Suicidios fustrados, 1929

Las referencias a suicios en la prensa surgieron con cierta frecuencia después del crack de la Bolsa de Nueva York; según algunos historiadores, se incrementaron hasta un 20%, pero Galbraith no lo considera muy significativo; quizás fue la prensa senscionalista la que fabricó esta leyenda para incrementar sus ventas.

Edward Stone, importante especulador bursátil, llego a casa a las seis de la tarde del jueves Negro. Con ojos enloquecidos grito a su hija Edith:

– No podemos conservar nada. No tengo ni un centavo. La Bolsa se ha hundido. Nos hemos quedado sin nada. ¡Nada!… ¡Voy a matarme!, es la única solución. Tendréis el seguro…

Y echo a correr en dirección a la terraza. Edith salio tras el, llamando a su madre. Stone trató de abrir las puertas de la terraza, dando tiempo a que ambas mujeres se lanzasen sobre él y lo derribasen.

– Por favor, escuchad… Estamos arruinados, así al menos tendréis el seguro…

– Ed, por favor, tranquilizate…; tienes una familia.

Las mujeres aflojaron la presión. Los tres, un patético grupo en el suelo, ante la terraza, se quedaron en silencio; de pronto, Edward salto hacia adelante y gano la terraza. Un paso le separaba de la barandilla cuando Edith logro agarrarle un pie y retorcerselo hasta derribarle…

Consciente de que no podría retenerle mucho tiempo recurrí, a las palabras. Le llamé marica, le grité, le insulté, le odié por lo que me estaba obligando a hacer y a decir…

Entonces intervino la esposa, que le abofeteo repetidas veces y, al fin, Edward Stone comenzó a reaccionar… Todo había pasado en menos de cinco minutos.

Comenzaron a llegar los criados, a quienes hubo que decir que se había caído. Al final, ya mas calmado y en su habitación junto a su mujer e hija, logro contar lo ocurrido. Estaban en la más completa miseria. Ese día había perdido mas de cinco millones de dolares.

Gordon Thomas. El día en que se hundió la Bolsa. 1984.

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El origen netamente americano de la crisis, según Roosevelt

Franklin Delano Roosevelt

«Finalmente, cuando fue imposible ignorar durante más tiempo los hechos y hubo que buscar excusas, Washington descubrió que la depresión venía del extranjero. En el mes de octubre de año pasado la política oficial se presentó ante nosotros de la forma siguiente: “la depresión se ha visto agravada por los acontecimientos producidos por el extranjero, que escapan tanto al control de nuestros conciudadanos como al de nuestro Gobierno”. Una excusa, no la perdáis de vista, amigos míos, que el Presidente ha repetido en el discurso de la aceptación de la nominación, la pasada semana […]

Los informes realizados por las naciones civilizadas de la Tierra prueban dos hechos: en primer lugar, que la estructura económica de las otras naciones se ha visto afectada por la creciente ola de especulación en los Estados Unidos y que la disminución de nuestros préstamos al extranjero ha contribuido a generar un estado de miseria; en segundo lugar, que la burbuja de las quimeras estalló en primer lugar en su país de origen…, los Estados Unidos.

El gran derrumbamiento en los otros países no ha hecho más que continuar el nuestro. No se produce a mismo tiempo que el nuestro. Además, nuevas disminuciones de préstamos al extranjero y el estancamiento del comercio provocado por la tarifa de Grundy han perpetuado la depresión en los negocios internacionales».

Discurso del candidato demócrata F.D. Roosevelt del 20 de agosto de 1932 durante la campaña electoral para la presidencia

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El anuncio del New Deal, 1932

El rostro de Franklin Delano Roosevelt, tomado de la página principal del programa de toma de posesión del presidente Franklin Delano Roosevelt , y el vicepresidente John Garner, el 4 de marzo de 1932. (UPI Foto / Smithsonian / Archivos)

Presidente Hoover, presidente de la Corte Suprema, amigos (1):

Hoy es un día de consagración nacional, y estoy seguro de que mis conciudadanos estadounidenses esperan que, en mi investidura a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la determinación que exige la actual situación de nuestro país. Este, en especial, es el momento de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y valor. No debemos rehuir, debemos hacer frente sin temor a la situación actual de nuestro país.

Esta gran nación resistirá como lo ha hecho hasta ahora, resurgirá y prosperará. Por tanto, ante todo, permítanme asegurarles mi firme convicción de que a lo único que debemos temer es al temor mismo, a un terror indescriptible, sin causa ni justificación, que paralice los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso.
En toda situación adversa de la historia de nuestra nación, un gobierno franco y enérgico ha contado con la comprensión y el apoyo del pueblo, fundamentales para la victoria. Estoy convencido de que el gobierno volverá a contar con su apoyo en estos días críticos. Con dicho espíritu, por mi parte y por la de ustedes, nos enfrentamos a nuestras problemáticas comunes que, gracias a Dios, sólo entrañan cuestiones materiales.

Los valores han caído hasta niveles inverosímiles, han subido los impuestos, los recursos económicos del pueblo han disminuido, el gobierno se enfrenta a una grave reducción de ingresos, los medios de pago de las corrientes mercantiles se han congelado, las hojas marchitas del sector industrial se esparcen por todas partes, los agricultores no hallan mercados para su producción, miles de familias han perdido sus ahorros de muchos años. Y lo más importante, gran cantidad de ciudadanos desempleados se enfrenta al triste problema de la subsistencia, y un número igual trabaja arduamente con escasos rendimientos.

Únicamente un optimista ingenuo negaría la trágica realidad de la situación. Sin embargo, nuestras penurias no se derivan de una carencia de recursos. No sufrimos una plaga de langostas. En comparación con los peligros que nuestros antepasados vencieron gracias a su fe y a su coraje, aún tenemos mucho por lo que sentirnos agradecidos. La naturaleza continúa ofreciéndonos su exuberante abundancia, y los denuedos humanos la han multiplicado. A nuestros pies se extiende una gran riqueza; no obstante, su generosa distribución languidece a la vista de cómo se administra.

Primordialmente, esto se debe a que quienes gestionan el intercambio de los bienes de la humanidad han fracasado a causa de su obstinación e incompetencia, han admitido dicho fracaso y han dimitido. Las prácticas de los cambistas poco escrupulosos comparecen en el banquillo de los acusados ante el tribunal de la opinión pública, repudiados por los corazones y por las mentes de los hombres.

Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en que apliquemos valores sociales más nobles que el mero beneficio económico. La felicidad no radica en la mera posesión de dinero; radica en la satisfacción del logro, en la emoción del esfuerzo creativo. La satisfacción y el estímulo moral del trabajo no deben volverse a olvidar en la irreflexiva persecución de beneficios fugaces.

La recuperación no sólo reclama cambios en la ética. Este país exige acción, y una acción inmediata. Nuestro mayor y primordial empeño es el de poner a la gente a trabajar. No es un problema insoluble si nos enfrentamos a él con juicio y arrojo. Como política personal práctica, soy partidario de solucionar primero los problemas más acuciantes. No escatimaré esfuerzos en recomponer el mercado mundial mediante un reajuste económico internacional. No obstante, la situación de emergencia nacional no puede esperar a que esto se vea cumplido. La idea fundamental en la que se basan estas medidas específicas para la recuperación de nuestro país no se restringe sólo al ámbito nacional. Es la insistencia, como primer factor para tener en cuenta, en la interdependencia de los diferentes elementos y territorios de los Estados Unidos; el reconocimiento de la vieja, y siempre importante, manifestación del espíritu estadounidense del pionero. Es el camino hacia la recuperación. Es el camino inmediato. Es la profunda convicción de que la recuperación será perdurable.

En el ámbito de la política internacional, consagraría este país a la política del buen vecino; del vecino que se respeta a sí mismo con resolución porque, al hacerlo, respeta los derechos del resto; del vecino que respeta sus compromisos y la inviolabilidad de sus acuerdos con una comunidad de vecinos mundial de la que forma parte. Si interpreto bien el ánimo de nuestro pueblo, es ahora cuando comprendemos, como nunca antes lo habíamos hecho, nuestra interdependencia; que no podemos limitarnos a tomar, sino que también debemos ofrecer.

Sé que estamos preparados y dispuestos a someter nuestras vidas y nuestros bienes a dicha disciplina porque es la que hace posible un gobierno con miras a un bien mayor. Esto es lo que me propongo ofrecerles, con la promesa de que estos propósitos supremos nos hermanarán a todos, como si se tratara de un compromiso sagrado, en una unidad en el deber sólo promovida hasta la fecha en tiempos de conflictos armados.

Al amparo de mi deber constitucional, estoy dispuesto a recomendar las medidas que requiera una nación abatida en medio de un mundo abatido. Con el poder que me otorga la autoridad constitucional, trataré de llevar a una rápida adopción estas medidas o aquellas otras que el Congreso elabore a partir de su experiencia y su sabiduría. No obstante, en el caso de que el Congreso fracase en la adopción de uno de estos dos caminos, y en el caso de que la emergencia nacional siga siendo crítica, no eludiré el claro cumplimiento del deber al que habré de enfrentarme. Pediré al Congreso el único instrumento que queda para enfrentarse a la crisis: un amplio poder ejecutivo para librar una batalla contra la emergencia, equivalente al que se me concedería si estuviéramos siendo invadidos por un enemigo.

A cambio de la confianza en mí depositada, devolveré el coraje y la entrega que requieren estos tiempos. Es lo mínimo que puedo hacer. Nos enfrentamos a los arduos días que nos depara el futuro con la cálida resolución de la unidad nacional, con la conciencia tranquila del que busca viejos e inestimables valores morales, con la clara satisfacción que produce el cumplimiento del deber por parte de ancianos y jóvenes por igual.

Aspiramos a la seguridad de una vida nacional equilibrada y perdurable. No desconfiamos del futuro de la democracia fundamental. El pueblo de los Estados Unidos no ha fracasado. En su momento de necesidad nos ha transmitido el mandato de que desea una acción directa y enérgica. Ha exigido al gobierno disciplina y dirección. Me ha convertido en el actual instrumento de sus deseos. Lo acepto como si fuera un regalo. En este día inaugural, pedimos con humildad la bendición de Dios. ¡Que nos proteja a todos y a cada uno de nosotros! ¡Que me guíe en los días venideros!

FRANKLIN DELANO ROSSEVELT, Discurso de toma de posesión como Presidente de EE.UU.,  4 de Marzo de 1933

[1] Expone su plan de reformas económicas y sociales en circunstancias que EE.UU se debatía en la crisis del 30. Es la antesala del “New Deal” (Nuevo Trato) que Roosevelt prometió por primera vez en su discurso de campaña electoral que pronunciara en la Convención Demácrata de Chicago de 1931 donde dijera: “un nuevo trato para el pueblo estadounidense”. El New Deal tomó forma en los primeros cien días de su asunción; llamado el primer plan mediante una reforma del sistema financiero, dejando en pie a un 75 por ciento de los bancos de todo el país luego de un feriado de tres días en sus actividades. El 19 de abril declaró el fin del Patrón Oro, por lo cual se prohibieron las salidas del metálico al extranjero y se devaluó el dólar. La resolución del problema bancario le brindó el apoyo de la gente común, lo que le permitió hacer aprobar las medidas legislativas que conformaron el nuevo programa económico.

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Una alternativa de solución a la crisis: el «New Deal»

Franklin D. Roosevelt

En un discurso de 1932, el futuro presidente Franklin D. Roosevelt, alma del -New Deal-, expone los fundamentos del mismo, haciendo hincapié, sobre todo, en la situación de los pequeños propietarios y empresas, a quienes se ofrece como solución la tarea dirigiste y fiscalizadora del Estado para corregir abusos y defectos.

«…Una mirada a la situación actual nos da idea con claridad de que la igualdad de oportunidades ya no existe. Nuestras estructuras industriales han sido definitivamente construidas, el problema, pues, es si en determinadas condiciones pueden ser reconstruidas. Nuestra última frontera ha sido alcanzada hace tiempo, y prácticamente ya no hay tierra libre. Más de la mitad de nuestro pueblo no vive en las granjas o en las tierras y no puede lograr un modo de vida cultivando su propiedad. No hay una válvula de seguridad para quienes se han lanzado a trabajar las praderas del oeste, porque las maquinarias económicas del norte pueden inventar una nueva salida. No estamos autorizados a invitar a la emigración de Europa para que comparta nuestra abundancia sin fin. Ahora nos preocupamos en buscar una vida segura para nuestro pueblo.

Nuestro sistema de elevar constantemente las tarifas se ha vuelto al fin contra nosotros, hasta el punto de cerrar nuestra frontera canadiense en el norte, nuestros mercados europeos en el este y varios de nuestros mercados latinoamericanos en el sur, y una buena parte de nuestros mercados del Pacífico en el oeste, por causa de las tarifas protectoras de esos países […] Esto ha producido la reducción de la actividad de las fábricas americanas y de las oportunidades de empleo.

Desde el momento en que ha cesado la libertad de la pequeña empresa, también la oportunidad en los negocios ha disminuido. Es aún cierto que los hombres pueden emprender pequeñas empresas, confiando en la astucia natural y en la capacidad de mantenerse al lado de los competidores; pero sector tras sector ha quedado ocupado casi totalmente por las grandes corporaciones, e incluso el campo, del que aún no se habían preocupado […] Últimamente se ha hecho un estudio cuidadoso de la concentración de negocios en los Estados Unidos. Demostró que nuestra vida económica estaba dominada por unas seiscientas compañías, que controlaban a los dos tercios de la industria americana. Diez millones de hombres de negocios de poca importancia, dividían el otro tercio […] Desdichadamente vamos inexorablemente hacia una economía oligárquica si no nos preocupamos de evitarlo.

Evidentemente, todo esto pide un reajuste de los valores. Un mero constructor de varias plantas industriales, un creador de varios sistemas de ferrocarriles, un organizador de varias corporaciones, es más un peligro que una ayuda. El día del gran promotor o bien del titán financiero, en quien se confía totalmente con tal que quiera construir o desarrollar, ha pasado. Nuestra tarea consiste ahora no en descubrir o explotar los recursos naturales, o producir necesariamente más mercancías. Es mucho más sobria y menos dramática, ya que consiste en administrar los recursos y las instalaciones que tenemos, o tratar de restablecer los mercados exteriores para nuestra producción excesiva, enfrentándonos con los problemas de la falta de consumo o bien adecuar la producción al consumo, distribuir la riqueza y los productos de modo más equitativo, adaptando las organizaciones económicas que existen al servicio del pueblo. El día de la administración ilustrada ha llegado».

Discurso de Franklin D. Roosevelt, en San Francisco (23 de septiembre de 1932)

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Síntomas de la crisis de 1929, según Paul Reynaud

¿Se deduce de esta entrevista con el político francés Reynaud que la crisis del 29 surge de forma inesperada? ¿Ven el periodista y el entrevistado los signos precursores de la crisis? ¿Cuáles son los rasgos principales de la economía norteamericana, según Reynaud?

Paul Reynaud

«¿Qué os parece la situación económica y financiera de los Estados Unidos? Algunos estiman que la fachada actual, de apariencia muy brillante, el desarrollo constante de la producción, acusado por casi todas las estadísticas, la ascensión continua de los valores en Wall Street no podrán sostenerse durante mucho tiempo y que una crisis brutal estallará un día próximo.

– No podrá tratarse de una crisis violenta. Los trusts que han sido formados poseen una gran parte de las acciones de la sociedades que consideran como las mejores. Estos trusts tendrán una acción reguladora. Estimo de todas formas que una crisis apunta en los Estados Unidos. Algunas fuentes de riqueza están cerradas. Los agricultores se lamentan, la situación textil es difícil. Hay superproducción de automóviles; los stocks aumentan sin cesar, y una detención en la producción de automóviles repercutirá directamente en las industrias metalúrgicas, industrias de base. Por otra parte, el alza continua de los valores ha desarrollado el gusto por la especulación […]». Algunos retrocesos, como los que se han producido en estos últimos días en Wall Street no deberán ser desdeñados […] estos son los signos precursores.

Entrevista del diario Temps al diputado francés Paul Reynaud, 15 de octubre de 1929.

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Factores psicológicos en la crisis de 1929

En la crisis confluyen factores económicos diversos, pero no deben olvidarse los factores psicológicos. Subráyense los que el economista Galbraith considera operantes.

Mapa conceptual sobre los factores que desencadenaron la crisis del 29

«En realidad, cualquier explicación, con pretensiones de satisfacer a la audiencia más avisada, de los acontecimientos ocurridos en otoño de 1929 y después, tiene que conceder una digna importancia al papel desempeñado por el auge especulativo y la consiguiente depresión. Hasta septiembre u octubre de 1929 la recesión de la actividad económica era muy ligera. Como intentaré probar más adelante, se podía suponer razonablemente -hasta después del colapso del mercados- que este movimiento deflacionista podría modificarse pronto en sentido contrario, como ocurrió en 1927, o más tarde en 1949, en situaciones semejantes. No había la menor razón para temer un desastre. Nadie podía prever que la producción, precios, rentas y demás indicadores se mantendrían considerablemente contraídos durante tres largos y funestos años. Y solamente después de producirse el crac aparecieron motivos plausibles para suponer que las cosas podrían ir bastante peor y por mucho más tiempo.

De lo dicho se sigue que la depresión no se produjo -como algunos han sugerido- porque el mercado se diese cuenta de repente que se avecinaba una grave crisis. Cuando el mercado comenzó a contraerse no se podía en absoluto prever una depresión, fuese ésta grave o leve. Queda la posibilidad de que el giro recesionista que tomaron los índices atemorizase a los especuladores, empujándolos a desprenderse del papel y dar así la puntilla a un globo que de todas maneras tenía que desinflarse. Esto ya es más plausible. Ciertas personas muy atentas a la evolución de los índices habrían considerado conveniente vender, arrastrando al resto con su acción. Mas esto no es excesivamente importante, pues es propio de las expansiones especulativas que cualquier cosa -o casi- puede llevarlas al precipicio. Es cierto que cualquier trastorno serio puede quebrar la confianza y obligar a vender a aquellos especuladores que nunca perdieron la esperanza de escabullirse a tiempo, aunque por supuesto después de haberse agotado todas las posibilidades de obtener alguna ganancia resultante de la elevación de los precios. Su pesimismo, entonces, contagiará a los espíritus más simples, para quienes el mercado sería un eterno organismo alcista pero que en esos momentos, revisarán su criterio y venderán. A no tardar, los agentes exigirán un aumento de las fianzas, lo cual obligará a vender a una nueva ola de especuladores. Con lo cual, el globo se deshincha».

Galbraith, J.: El crack del 29, Barcelona, Ariel, 1975, pp. 137-138

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La especulación bursátil en los años 20

Evolución de las acción en Walt Street

Hay un texto, con lenguaje sencillo e ingenioso, debido a la pluma del escritor francés Bertrand de Jouvenel, La crise du capitalime americain, que en los primeros años de la depresión explicaba la desafortunada especulación bursátil de Wall Street y el señuelo de los lazos para forzar el consumo, a través del gracioso periplo económico de Jones, símbolo americano medio.

Jones tenía en 1921 2.000 dólares ahorrados. No sabiendo qué hacer con ellos. compró acciones de la RCA y de la Goodyear a precio entre dos y cinco dólares la acción. En 1924 se felicitó por su ingenio sus acciones habían subido y valían ya 10.000 dólares. Había multiplicado su capital por cinco. Animado, decidió no venderlas y tratar de adquirir otro buen paquete. No tenía dinero pero, depositando sus acciones como garantía pudo fácilmente obtener un crédito de 6.000 dólares, y así volver a comprar acciones en bolsa. En 1927 sus títulos valían 36.000 dólares. Lleno de confianza en el porvenir, decide no vender más que lo indispensable para pagar los intereses de sus créditos. ¿Para qué reembolsarlos? Basta con comprar nuevas acciones. Tampoco ahorra ni un dólar, ya que las, subidas de la bolsa le enriquecen día a día. Entonces decide comprarse un coche y una buena casa, a plazos ambos, más una hipoteca sobre ésta. Y sigue sus inversiones, siempre a crédito, naturalmente. Va a todas las ampliaciones que se le ofrecen. En 1928 posee ya un capital en acciones de 136.000 dólares. Pero como, dan muy poco beneficio, tiene que echar mano de sus sueldo para amortizar sus crecientes cargas financieras. Impone en la casa una drástica reducción de gastos. ¿Vender acciones? Sólo en último momento. Son un valor seguro y en alza. Al inicio de 1929 posee ya, 285.000 dólares, pero necesita dinero efectivo de forma ineludible y urgente. Las letras del coche, los plazos de la hipoteca y los intereses de los préstamos se comen ya todos sus ingresos. Hay que vender acciones. Pero todos los Jones del país tienen que vender.

Los grandes especuladores hace ya tiempo que se pusieron a salvo, liquidando sus ganancias y tomando posición a la baja. En un mes, las acciones de Jones sólo valen 39.000 dólares. Su capital en títulos no cubre lo que debe, e innumerables Jones son apremiados por sus vendedores de coches, sus prestamistas y sus banqueros . Hay que vender el coche, la casa y parte de las acciones. Pierde dinero en todas las ventas, pero aún confía en que el resto de sus acciones vuelvan a subir. En 1930 no valen ya nada prácticamente. En el mismo año pierde su empleo por efectos de la crisis.

Esta es la historia de Jones, en definitiva, la historia del pueblo americano. En ella se ilustran todos los componentes de una crisis. La caída de la bolsa (el índice de cotización pasó de 79 en 1921, a 448 en 1929). Los préstamos para especulación, de 774 millones de dólares, a 6.800 en el mismo periodo. Las compras a plazos de Jones representan el desenfreno consumista, atizado constantemente con la necesidad de dar salida al exceso de producción, es una prosperidad basada en el crédito y no en la solidez económica.

J. Lezcano,  El País, 16 de abril de 1983

Fuente: http://webs.ono.com/pedabagon/pedro/Historiacontemporanea/temas/1929/ejercicios/ejercicios.html

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