Impresión de una fábrica durante el siglo XIX

Industria madrileña. Taller principal de la fábrica plateria modelo de L. Espuñes. Ilustracion Española y Americana. 1885

Industria madrileña. Taller principal de la fábrica plateria modelo de L. Espuñes. Ilustracion Española y Americana. 1885

“La condujo a la derecha a otro cobertizo, donde su patrón instalaba toda una fabricación mecánica. En el umbral vaciló, sobrecogida de un miedo instintivo. El inmenso local, sacudido por las máquinas, tembla­ba; y se veían flotar grandes sombras manchabas de fuego rojo. Pero él la tranquilizó, sonriente, jurando que no había nada que temer; únicamente debía tener cuidado de no acercar demasiado sus faldas a los engranajes. Echó a andar delante, y ella le siguió en medio de aquel es­truendo ensordecedor en donde toda clase de ruidos silbaban y roncaban, envueltos en humaredas pobladas de seres fantásticos, de hombres negros, atareados y de máquinas agitando sus brazos. De tal modo que la plan­chadora no diferenciaba unas de otros. Los pasos eran estrechísimos y resultaba necesario saltar sobre los obstáculos, evitar los agujeros y apartarse para resguardarse de un carretón. No se oía hablar. Gervasia nada distinguía aún, todo danzaba a su alrededor. Después, como experimentara por encima de su cabeza la sensación de un gran batir de alas, levantó los ojos y se entretuvo en mirar las correas, las largas cintas que tendían en el techo una gigantesca tela de araña, cada uno de cuyos hilos se devanaba en un extre­mo, detrás de un pequeño muro de ladrillos; las correas parecían hilar por sí mismas y traer el movimiento desde el fondo de la sombra, con su resbalar continuo, regular, dulce como el vuelo de un ave nocturna”.

E. ZOLA, La taberna, 1877

Las reivindicaciones del proletariado

Es la décima novela escrita por Charles Dickens. Se publicó por primera vez en 1853 y transcurre en Inglaterra durante la primera industrialización. La acción no transcurre ni en Londres ni en sus alrededores, algo inusual en Dickens. Transcurre en Coketo

(Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – Gads Hill Place, Inglaterra, 9 de junio de 1870)

En, una ciudad ficticia del norte de la Inglaterra victoriana. Se considera que su descripción está basada, al menos parcialmente, en la ciudad de Preston. Se nos da una perspectiva del momento desde dos puntos de vista muy diferentes: el de la clase proletaria, que cree que el trabajo es su único modelo de vida, («además de resultarles necesario para subsistir»), y el de la clase alta, que controla las fábricas y mantiene en condiciones pésimas a sus obreros. También se nos muestra otro tipo de vida: el de la gente del circo, que se apartan completamente de la que llevan los dos grupos anteriormente nombrados. Dickens nos muestra todo esto con un trasfondo irónico, sin hacer una crítica clara de la sociedad de su época hasta las últimas páginas de la obra.

«- ¿De qué os quejáis de un modo general vosotros, los trabajadores? -repitió el señor Bounderby, cruzándose de brazos. Esteban lo miró un momento algo indeciso; pero de pronto pareció tomar una resolución.

– Señor, aunque yo he tenido mi parte de sufrimientos, nunca tuve habilidad para exponerlos. Señor, vivimos metidos en un embrollo. Fijaos en nuestra ciudad…, con todo lo rica que es…, y ved la gran cantidad de personas que han tenido la idea de reunirse aquí para tejer, para cardar y para ganarse la vida, todos con el mismo oficio, de un modo u otro, desde que nacen hasta que los entierran. Fijaos en cómo vivimos, en dónde vivimos, en qué apiñamiento y con qué uniformidad todos. Fijaos en cómo las fábricas funcionan siempre, sin que con ello nos acerquen más a ninguna meta determinada y distante.., como no sea a la muerte. Fijaos en el concepto en que nos tenéis, en lo que escribís acerca de nosotros, en lo que decís de nosotros, en las comisiones que enviáis a los ministros con quejas de nosotros y en que siempre tenéis razón y jamás la tuvimos nosotros en todos los días de nuestra vida. Fijaos en cómo todas estas cosas han ido creciendo y creciendo, haciéndose más voluminosas, adquiriendo mayor amplitud, endureciéndose más y más, de año en año, de generación en generación. ¿Quién que se fije con atención en todo esto no dirá, si es sincero, que es un embrollo?”

– ¡Naturalmente -exclamó el señor Bounderby-. Y después de todo esto quizá tengáis a bien explicarle a este caballero cóm pondríais vos en orden este emborllo, como os gusta llamarlo.

Instalaciones fabriles en Inglaterra

– Señor yo soy hombre de pocos conocimientos y de maneras ordinarias para que pueda indicar a este caballero el modo de mejorar todo esto…, aunque hay en esta ciudad trabajadores de más talento que yo y podrían hacerlo… pero sí que puedo decirle qué es lo que no mejorará jamás la situación. La mano dura no la mejorará. Con vencer y triunfar en los conflictos no se mejorará. Poniéndose de acuerdo para dar siempre, contra naturaleza, la razón a una de las partes, y quitársela siempre, contra toda lógica, a la otra parte, jamás, jamás se mejorará. Mientras se aísle a millares y millares de personas que viven todas de la misma manera, metidas siempre en idéntico embrollo, por fuerza han de ser como un solo hombre, y vosotros seréis como otro solo hombre, con un mundo negro e imposible de salvar entre unos y otros, mientras subsista esta situación desdichada, sea poco o sea mucho tiempo. No se mejorará la situación ni en todo el tiempo que ha de transcurrir hasta que el Sol se vuelva hielo, si se persiste en no acercarse a los trabajadores con simpatía, paciencia y métodos cariñosos como hacen ellos unos con otros en sus muchas tribulaciones, acudiendo al socorro de sus compañeros necesitados con lo que a ellos mismos les está haciendo falta… No lo hacen mejor, esa es mi humilde opinión, los trabajadores de ninguno de los países por donde ha viajado el caballero. Sobre todo valorándolos como tanta o cuánta mano de obra y moviéndolos como números en una suma, o como máquinas, igual que si ellos no tuviesen amores y gustos, recuerdos e inclinaciones, ni almas que pueden entristecerse, ni almas capaces de esperar… ; menospreciándolos como si para nada contasen ellos, cuando están tranquilos, y echándoles en cara la falta de sentimientos humanos en sus tratos con vosotros, cuando ellos se desasosiegan…; de ese modo, señor, no se mejorará la situación mientras el mundo sea mundo y no vuelva a la nada de que Dios lo sacó.»

Charles Dickens, Tiempos difíciles, 1854.

Las condiciones de vida de la clase trabajadora

Después de un examen tan detallado como me ha sido posible, les solicito hacer una recapitulación de las conclusiones principales que dicho examen me permite establecer:

Primero, en cuanto al grado y efectos de los males que son objeto de esta pregunta:

Que son frecuentes entre la población de muchos lugares del reino diversas formas de enfermedad epidémica, endémica, o cualquier otra causada, agravada o propagada principalmente entre las clases que trabajan entre impurezas atmosféricas producidas por la descomposición de sustancias animales y vegetales, por la humedad y la suciedad y cerca de viviendas atestadas; también están presentes en lugares donde las viviendas están separadas, en pueblos rurales, pequeñas o grandes ciudades, especialmente en los barrios más pobres de dichas ciudades.

Dicha enfermedad, en cualquier parte donde es común, siempre está relacionada con las circunstancias físicas antes señaladas, y cuando dichas circunstancias son eliminadas por un buen drenaje, limpieza apropiada, mejor ventilación u otro medio de disminuir la impureza atmosférica, la frecuencia y la intensidad de dicha enfermedad disminuye; y donde los agentes nocivos se eliminan, la citada enfermedad desaparece casi por completo.

Que la pérdida anual de vidas humanas a causa de la suciedad y la mala ventilación es mayor que la de muertos o heridos en cualquiera de las guerras en las que el país se ha comprometido en los últimos tiempos. De las 43.000 viudas y 112.000 huérfanos indigentes, aliviados por las ayudas de la beneficencia pública en Inglaterra y Gales, la mayor parte son causadas por la muerte de los jefes de familia debida a las razones ya señaladas. La edad media de estos no rebasaba los 45 años; es decir, 13 años por debajo de la esperanza de vida que tiene la población de Suecia.

Informe de Edwin Chadwick, miembro del Comisionado para las Leyes de Pobres, sobre una encuesta acerca de las condiciones sanitarias de la población trabajadora británica, 1842

#sociedad

Germinal, obra de Emile Zola (1885)

Portada de la obra Germinal de ZolaPortada de la obra Germinal de Zola

El presente trabajo sobre esta obra literaria ha sido realizado por  Aitor Lopete Guimaraes. 1ºBachillerato B del I.E.S. Isaac Albéniz”(Leganés, Madrid). Aquí lo reproducimos con algunas modificaciones en la redacción y estilo.

Información sobre el autor y la obra

Los textos que se van a analizar a continuación tiene un carácter narrativo y pertenece a la obra literaria Germinal escrita por Emile Zola; esta obra fue escrita a finales del siglo XIX; está considerada como la mejor novela jamás escrita en francés y ha servido como inspiración a numerosas adaptaciones cinematográficas y series de televisión. En esta novela se narra la dura y realista historia sobre una huelga de mineros de Francia alrededor de 1850.

La obra fue escrita por Emile Zola (1840-1902), autor nacido en Francia y máximo representante del naturalismo. El naturalismo es un movimiento artístico surgido en el siglo XIX basado en reproducir la realidad con una objetividad perfecta en todos sus aspectos y tuvo como autores también a John Stuart Mill, Friedich Engels y Karl Marx entre otros. Zola se ganó la vida escribiendo poemas, relatos y críticas en periódicos locales. Su primera gran novela trato sobre el estudio psicológico del asesinato y la pasión; más tarde, inspirado por los experimentos científicos sobre herencia y entorno, decidió escribir una novela que ahondara en todos los aspectos de la vida humana. Basándose en esto, escribió veinte novelas bajo el título genérico de Les Rougon-Macquart, entre las que está incluidas Germinal, para poder ilustrar sus teorías basadas en el alcoholismo, la prostitución, tendencias homicidas, pretensiones de las clases medias bajas, etc. Zola también escribió novelas de crítica en los que ataca a los escritores románticos y las autoridades francesas por perseguir al oficial judío Alfred Dreyfus. Murió en París por intoxicación de monóxido de carbono en 1902. En su entierro, multitud de obreros y mineros salieron a la calle para declarar su grito de guerra: “¡Germinal! ¡Germinal!

La obra Germinal no se puede considerar como una novela desfasada ya que actualmente debe haber algunos países y zonas donde se den estas condiciones que se pueden observar en los textos que se van a analizar.

A continuación reproduciremos los textos que vamos a comentar.

1. La casa de la familia Maheu

“En casa de los Maheu, el numero 16 del segundo edificio, no se movía nada. Espesas tinieblas inundaban la única habitación del primer piso, como aplastando con su peso el sueño de unos seres a los que presentía allí, amontonados, con la boca abierta y muertos de fatiga. Pese al frio recio del exterior, el aire pesado tenía un calor vivo, ese ahogo cálido de los dormitorios cuarteleros mejor cuidados, que despiden un olor a rebaño humano.

Sonaron las cuatro en el reloj de cuco de la sala de la planta baja, nada se movió, silbaban unas respiraciones débiles acompañadas por dos sonoros ronquidos. Y de pronto fue Catherine quien se levanto. En medio de su fatiga, había contado por hábito los cuatro timbrazos del reloj a través del piso, sin encontrar fuerzas parta despertarse por completo. Luego, sacando las piernas fuera de las mantas, empezó a tantear, rasco finalmente una cerilla y encendió la vela. Pero permanecía sentada, con la cabeza tan pesada que se le derrumbaba entre los hombros, cediendo a la necesidad invencible de volver a caer sobre el cabezal.

La vela iluminaba ahora la habitación rectangular, ocupada por tres camas, con dos ventanas. Había un armario, una mesa y dos sillas de viejo nogal, cuyo tono renegrido manchaba con dureza las paredes, pintadas de amarillo claro. Y nada más, unos harapos colgados de clavos, un cántaro colocado sobre las baldosas, cerca de un barreño rojo que servía de palangana. En la cama de la izquierda, Zacharie, el mayor, un muchacho de veintiún años, dormía junto a sus hermano Jeanlin, que había cumplido los once; en la de la derecha, dos críos, Leonore y Henri, la primera de seis años, el segundo de cuatro, dormían uno en brazos de la otra; mientras que Catherine compartía el tercer lecho con su hermana Alzire, tan enclenque para sus nueve años que no la habría sentido a su lado de no ser por la joroba de la pequeña invalida que se le clavaba en el costado. La puerta vidriera estaba abierta, se veía el corredor del descansillo, aquella especie de pasillo donde el padre y la madre ocupaban una cuarta cama, junto a la que habían tenido que instalar la cuna de la última recién nacida, Estelle, de tres meses apenas.”

(Páginas 40-41)

En este texto narrativo se describe la vivienda en la que vivía la familia de los Maheu, que formaba parte del proletariado que ofrecía sus servicios a una minería próxima a su lugar de residencia. La hora, a la que se tenían que levantar para ir al trabajo era muy temprana, siendo la primera en hacerlo una de las hijas, Catherine, de unos 15 o 16 años, quien no podía consigo misma debido al cansancio y al sueño acumulado. Esta familia vivía en un estado de pobreza absoluta, tal como puede desprenderse de la circunstancia que todos sus miembros (nueve en total) dormían en una sola habitación con tan solo cuatro camas, por lo que los hermanos tenían que compartir sus lechos con otros más pequeños.

El ‘olor a rebaño humano’, que se menciona en el texto, indica las malas condiciones higiénicas que soportaba esa familia; a pesar de que en el exterior hacía frio, en ese cuarto al estar todos juntos se irradiaba un ambiente cálido. Como era muy temprano y la luz del sol no habría salido, había que iluminar la habitación y lo único que podía alumbrar la sala era una simple vela; Catherine la encendió para poder levantar al resto de la familia antes de ir a trabajar. En el texto se menciona que en la habitación había unos ‘harapos’, trozos de vieja tela colgados en la pared, que usarían como medio de limpieza para quitar el polvo a las sillas y armarios de nogal; sólo contaban con un cántaro al lado de una palangana que debían de usar como único medio para la higiene personal.

También es destacable notar que mientras que los hijos ocupaban la habitación del primer piso, los señores Maheu dormían en el pasillo por falta de espacio en la habitación y junto a ellos han tenido que instalar una cuna para la recién llegada Estelle. Los menores de edad -como Jeanlin, que tenía solamente 12 años-, también tenían que levantarse para trabajar: la ley francesa de 1841 permitía que los menores de 12 años pudieran trabajar en el fondo de las minas de carbón. Y esta explotación que debían sufrir tanto niños como adultos era necesaria si querían subsistir con el sueldo mínimo necesario para sobrevivir ya que los salarios eran muy bajos.

Minería subterránea del carbón en el siglo XIX, Departamentos de la Vendée y Deux Sèvres (Francia). Centre minier de Faymoreau (Vendée), ilustración de Françoise Boudigon.

2. El trabajo en las minas

“Abajo estaba, primero, Zacharie; Levaque y Chaval se escalonaban encima; y, por fin, en todo lo alto, Maheu. Todos picaban el lecho de esquisto, hundiendo en el una punta de hierro, la parte superior. La hulla era grasienta, el bloque se rompía y rodaba en trozos a lo largo del vientre y de los muslos. Cuando estos trozos, retenidos por la plancha, quedaban amontonados a sus pies, los picadores desaparecían, enumurados en la estrecha hendidura.

Maheu era quien más sufría. Arriba, la temperatura alcanzaba hasta los treinta y cinco grados, ni circulaba el aire y a la larga el ahogo resultaba mortal. Para ver con claridad había tenido que fijar la lámpara en un clavo, junto a su cabeza; y esa lámpara que calentaba su cráneo terminaba quemándole la sangre. Pero su suplicio se agravaba más todavía con la humedad. Por encima de él, a unos centímetros de su cara, la roca rezumaba agua, gruesas gotas continuas y rápidas que caían con una especie de ritmo obcecado, siempre en el mismo lugar. Daba lo mismo que torciera el cuello o volviera la nuca: le golpeaban entonces la cara, estallaban y reventaban sin tregua. Al cabo de un cuarto de hora, estaba completamente mojado, cubierto por su propio sudor, soltando el humo de un caliente vaho de lejía. Aquella mañana una gota que se había empeñado en caer sobre su ojo le hacía soltar juramentos. No quería abandonar su zona de corte, propinaba grandes golpes que le sacudían violentamente entre las hojas de un libro, bajo la amenaza de un total aplastamiento.

No se cruzaban una sola palabra. Picaban todos, solo se oían golpes irregulares, velados y como lejanos. Los ruidos adquirían una sonoridad ronca, sin eco en el aire muerto. Y parecía que las tinieblas eran de un negror desconocido, sobrecargado por las polvaredas volantes del carbón, espesado por gases que pesaban sobre los ojos. Bajo sus cubiertas de tela metálica, las mechas de las lámparas solo creaban unos puntos rojizos. No se distinguía nada, el corte se abría, subía como una ancha chimenea, aplanada y oblicua, donde el hollín de diez inviernos hubiera paliando una negrura profunda. Se agitaban formas espectrales, resplandores perdidos permitían entrever la redondez de una cadera, unos brazos nudosos, una cabeza violenta, pintarajeada como para un crimen. A veces, destacándose, relucían bloques de hulla, lienzos de pared y aristas, repentinamente iluminadas por un reflejo de cristal. Luego todo volvía a sumirse en la oscuridad, los picos golpeaban con grandes golpes sordos, solo se oía el jadeo de los pechos, un gruñido de tormento y de fatiga, bajo la pesadez del aire y la lluvia de los manantiales.

(Páginas 65-66)

León Choubrac: cartel publicitario de la obra "Germinal" de Emile Zola en "Gil Blas", 25 de noviembre 1878

En este fragmento se pueden advertir  las durísimas situaciones a las que se enfrentaban los mineros en el fondo de la mina, tras haber madrugado y subirse a un ascensor que los sumergía kilómetros, debajo de la superficie terrestre, hasta la zona en la que debían cavar para extraer el esquisto. El esquisto es un grupo de rocas metamórficas notables por su preponderancia de minerales; éste era utilizado en la construcción, ya que son bastante fuertes y duraderos. De este mineral también se puede extraer el aceite de esquisto, que se utiliza como combustible y derivados del petróleo que exijan un bajo contenido en azufre.

Los hombres más experimentados (Maheu, Zacharie, Levaque y Chaval) se iban escalonando para ir llegando y picar a las zonas más altas. La seguridad era deficiente y a medida que iban picando, los trozos se desprendían y rodaban al lado de sus cabezas, fueran del tamaño que fueran y con el temor a que cualquiera les abriera la cabeza. En la parte más alta se encontraba Maheu, quien sufría las abrasadoras temperaturas y la sequedad del ambiente de la zona. La lámpara la tenía situada apenas unos centímetros de su cráneo; debido a que las lámparas alcanzan una temperatura bastante alta, su cráneo debía de estar abrasado y empapado de sudor. Como las jornadas diarias eran de más de 12 horas, acababa rendido y a la larga su salud se iba a ver afectada; en parte también por las malas posturas para cavar en las que se encontraban debajo de esa mina. Las malas condiciones de estas minas se pueden verificar, por ejemplo, en la escasa ventilación en cada una de las venas, junto a la escasa iluminación: lo único que se distinguían eran unos puntitos rojos que apenas daban una iluminación apropiada.

3. Primeros problemas en las minas

“Había que vaciar las jaulas, y además todavía quedaban diez minutos para la hora del ascenso. Poco a poco, las canteras quedaban vacías y de todas las galerías llegaban mineros. Ya había allí unos cincuenta hombres, mojados y temblorosos, bajo las fluxiones de pecho, que tosían por todas partes. Pierron, a pesar de su cara bonachona, abofeteo a su hija Lydie porque había dejado el corte antes de la hora. Zacharie pellizcaba a escondidas a la Mouquette, para volver a calentarse. Pero el descontento aumentaba; Chaval y Levaque contaban la amenaza del ingeniero, la vagoneta bajada de precio, el entibado pagado aparte; y ese proyecto era acogido con exclamaciones; en aquel estrecho rincón, a seiscientos metros bajo tierra, germinaba la rebelión. No tardaron mucho las voces en dejar de contenerse: aquellos hombres manchados de carbón y helados por la espera acusaron a la Compañía de matar en el fondo a la mitad de los obreros y de hacer reventar a la otra mitad de hambre. Etienne escuchaba temblando

— ¡Deprisa! ¡Deprisa! –repetía a los cargadores el capataz Richomme

Apresuraba la maniobra de la remonta sin querer castigar a nadie, fingiendo que no oía. Sin embargo, los murmullos eran tan altos que se vio obligado a intervenir. A sus espaldas gritaban que aquello no duraría siempre y que una buena mañana el tinglado saltaría por los aires”

(Paginas 87 -88)

En este fragmento de la obra Germinal se advierten los primeros indicios de descontento generado en los obreros por parte Compañía a la que prestaban su trabajo. Al finalizar la jornada, los mineros debían reunir todo el material que habían conseguido desprender de las venas de la mina e introducirlo en carros que posteriormente serían supervisados por los revisores y responsables de la Compañía, que daban el visto bueno si el material era de calidad y era aprovechable para su posterior uso o no. Los mineros tenían un sueldo fijo, con el que apenas podían comprar las cosas imprescindibles como la comida, pero también recibían comisión por la cantidad de carros, o vagonetas, que han conseguido acumular; pero el precio de estos tampoco era muy alto y tenían que sacar mucha cantidad de mineral para conseguir una buena comisión.

Los primeros en enterarse de las intenciones de la Compañía fueron Chaval y Levaque, quienes se enfurecieron y desataron la locura colectiva: la Compañía quería la bajada de precio de la vagoneta cargada y, a partir de ese momento, el entibado se cobraría aparte. El entibado consistía en la instalación de unas estructuras de contención que evitaban que el techo de las minas se derrumbara encima de los mineros, favoreciendo su seguridad. Se conseguía colocando tablones de madera en cada uno de los trayectos de galerías de la mina. El problema de los tablones era que al no ser impermeables la humedad lo hacía muy vulnerables a ceder el peso que tenían encima. Con este sistema intentaban mejorar la seguridad de los mineros, pero aun así se producían muchos derrumbamientos al fondo de las minas y esto también era motivo de queja, aunque muchos (como Maheu) se resignaban a que se les cayera los escombros encima ya que lo que él vivía no lo consideraba vida.

Hay que añadir que los mineros acusaban a la Compañía de ‘matar a la mitad de los mineros en las minas y a la otra mitad de hambre’: de lo primero se debía a que las venas eran muy estrechas y nada favorables para trabajar, la larga jornada laboral hacía que su salud se resintiera, y la seguridad, como hemos visto, por el entibado era escasa; y acerca de lo segundo se refería a que el sueldo que daba a los empleados era insuficiente para mantener a la familia, que solía estar compuesta por numerosos hijos.

4. La casa de la familia Gregoire

“La señora Gregoire, que había meditado en su cama la sorpresa del brioche se quedó para ver meter la pasta en el horno. La cocina era inmensa, y por su extremada limpieza, por el arsenal de cacerolas, utensilios y ollas que la llenaban parecía ser la pieza importante de la casa. Olía a buenos alimentos. Las provisiones rebosaban en los estantes y aparadores. […]

Además de la estufa que calentaba toda la casa, aquella sala estaba animada por un fuego hulla. Pero no había ningún lujo: la mesa, las sillas, un aparador de caoba; y únicamente dos sillones hondos dejaban traslucir el amor por el bienestar, las largas digestiones tranquilas. Nunca iban al salón, se quedaban allí, en familia.

Precisamente en ese momento volvía el señor Gregoire, vestido con una gruesa chaqueta de fustán; también era de tez colorada a sus setenta años, con amplios rasgos honestos y bondadosos, en medio de la nieve de su pelo rizado. Había visto al cochero y al jardinero; ningún destrozo importante, solo un cañón de la chimenea caído. Todas las mañanas le gustaba echar una ojeada a la Piolaine, que no era lo bastante grande para causarle preocupaciones, y de la que sacaba todas las compensaciones del propietario […]

La habitación era la única lujosa de la casa, tapizada de seda azul y provista de muebles lacados, blancos, con filetes azules, un capricho de niña mimada satisfecho por los padres. En las blancuras confusas de la cama, en la semiclaridad que caía de una cortina corrida, al joven dormía con una mejilla apoyada en su brazo desnudo. No era guapa ni demasiado sana, ni tenia una apariencia robusta, madura ya a los dieciocho años; pero poseía una carne soberbia, un frescor de leche, con su pelo castaño y su cara redonda de pequeña nariz decidida, ahogada entre las mejillas. La manta se le había caído, y respiraba tan suavemente que su aliento no levantaba siquiera su pecho ya formado.”

(Paginas 100-101)

Sin lugar a duda, la familia Gregoire era todo lo opuesto a la familia Maheu. Mientras que los Maheu vivían en la miseria con los mínimos materiales imprescindibles para vivir, los Gregoire se rodeaban de lujos y riquezas en su casa. Los Gregoire pertenecían a la clase alta del siglo XIX, con unas rentas bastante elevadas, lo que les permitía tener una casa repleta de lujos y contratar unos empleados de servicio doméstico. Para el hogar, contaban con los servicios de Honorine, una joven de veinte años que servía de doncella al ser recogida y criada desde la infancia por sus señores; un matrimonio que se ocupaban de la jardinería plantando frutas, vegetales y flores; y de un cochero al servicio del señor Gregoire.

Mientras en las familias de la clase baja (proletariado) se amontonaba toda la familia en una sola habitación con unas camas que no eran nada saludables ni cómodas para el descanso, en la familia Gregoire los padres compartían un cuarto y la hija otro. Además, las paredes de la casa se encontraban muy limpias y blancas. La habitación de la hija era la más cuidada, evidencia de cómo daban caprichos a su hija y la cuidaban, todo por su propio bienestar y felicidad: estaba rodeada de muebles de primera calidad y totalmente limpios, una cama confortable en la que descansaba, cortinas que la protegían del frío y los rayos del sol y con manta para que las noches no las pasara con mucho frío.

Otra parte de la casa que estaba muy cuidada era la cocina, repleta de utensilios para la cocina y su extremada limpieza que la daban más importancia en la casa. Toda esta limpieza iba acompañada de apetitosas comidas que olían en toda la casa y abría el apetito de los inquilinos.

5. Orígenes de la ‘Compañía’

“La fortuna de los Gregoire, unos cuarenta mil francos de renta, estaba formada en su totalidad por acciones de las minas de Montsou. Contaban complacidos su origen, que arrancaba de la creación misma de la Compañía.

Hacia principios del siglo anterior, de Lille a Valenciénnes se declaró la locura por la búsqueda de la hulla. El éxito de los concesionarios que mas tarde debían formar la Compañía de Anzin había exaltado todas las cabezas. En todas las comunas se sondaba el suelo; y se creaban sociedades, y las concesiones brotaban en una sola noche. Pero, entre los obstinados de la época, había sido el barón Desrumaux quien había dejado recuerdo de la inteligencia más heroica. Durante cuarenta años, había luchado sin flaquear, en medio de continuos obstáculos: primeras búsquedas infructuosas, pozos nuevos abandonados al cabo de largos meses de trabajo, derrumbamientos, que rellenaban los agujeros, inundaciones ubitas que ahogaban a los obreros, centenares de miles de francos enterrados; luego, las inquietudes de la administración, el pánico de los accionistas, la lucha con los terratenientes nobles dispuestos a no reconocer las concesiones reales si antes no se negociaba con ellos. Por fin fundó la sociedad Desrumaux, Fauquenoix y Compañía, para explotar la concesión de Montsou, y los pozos empezaban a dar débiles beneficios cuando dos concesiones vecinas, la de Cougny, perteneciente al conde de Cougny, y la de Joselle, propiedad de la sociedad Cornille y Jenard, habían estado a punto de aplastarla bajo el terrible asalto de su concurrencia. Por suerte, el 25 de agosto de 1760, las tres concesiones firmaban un tratado que las reunía en una sola. Se creaba la Compañía de Minas de Montsou tal como todavía existe en la actualidad. Para el reparto, se había dividido la propiedad total, según el patrón de la moneda de la época, en veinticuatro sois, cada uno de los cuales se subdividía en doce dineros, en total doscientos ochenta y ocho dineros; y como el dinero era de diez mil francos, el capital representaba una suma de cerca de tres millones. Desrumaux, agonizante, pero vencedor, había logrado en el reparto seis sous y tres dineros.”

(Paginas 102-103)

En el presente fragmento de la obra literaria Germinal, se explican los orígenes de la Compañía de Minas de Montsou (también llamada Compañía de Anzin), empresa a la que prestan sus servicios toda la familia Maheu y cuyo accionista principal es el señor Gregoire.

Aunque fue fundado en 1717, sus primeras actuaciones mineras no datan hasta 1734; sus primeras cuatro décadas no fueron muy productivas debido a las búsquedas infructuosas, derrumbamientos y continuas bajas de los trabajadores. Durante esos años estuvieron sometidos a numerosas pérdidas de dinero, inquietudes de la administración y pánico de los accionistas. Pero a pesar de estas primeras etapas repletas de pérdidas, consiguió la fusión con otras compañías que estaban empezando hasta conseguir el poder e importancia que tenían en el momento en el que se escribe en la obra. La familia Gregoire fue desde el principio uno de los principales inversores de esta compañía, por lo que poseía gran parte del capital de la mimas, siendo así copropietaria. Esta empresa contaba con un capital superior a los 2.0000.000 de francos de la época, una suma bastante alta para el siglo XIX.

Contaba con doce máquinas de vapor hacia 1791 proporcionadas por el mismo Watt, y llegaron a contratar hasta 4000 obreros. Su actuación se centraba en el territorio comprendido entre Anzin y Valenciennes. Para favorecer a los trabajadores a los que contrataban, se habían construido una serie de caseríos con viviendas unifamiliares en línea que alquilaban los mineros a un bajo precio para que pudieran adquirirlas, encontrándose asimismo en la proximidad de las minas.

Webgrafía

  • http://citywiki.ugr.es/wiki/Tema_6.La_ciudad_industrial_del_siglo_XIX_y_sus_cr%C3%ADticos.
  • “La multitud en la historia” por George Rude
  • http://www.worldlingo.com/ma/enwiki/es/Anzin
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Hulla
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Primera_Revolucion_Industrial
  • http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Especial%3ABuscar&search=esquisto&go=Ir
  • http://www.dooyoo.es/libros/germinal-emile-zola
  • http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2458
  • http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Especial%3ABuscar&search=emile+zola&go=Ir

#literatura