Las condiciones de vida durante la revolución industrial

La explotación infantil, lacra de la revolución industrial

Cuando estuve en Oxford Road, Manchester, observé la salida de los trabajadores cuando abandonaban la fábrica a las doce de la mañana. Los niños, en su casi totalidad, tenían aspecto enfermizo; eran pequeños, enclenques e iban descalzos. Muchos parecían no tener más de siete años. Los hombres en su mayoría de dieciséis a veinticuatro años, estaban casi tan pálidos y delgados como los niños. Las mujeres eran las de apariencia más saludable, aunque no vi ninguna de aspecto lozano (…). Aquí vi, o creí ver, una raza degenerada, seres humanos achaparrados, debilitados y depravados, hombres y mujeres que no llegarán a ancianos, niños que nunca serán adultos sanos. Era un espectáculo lúgubre (…)”.

Charles Turner Thackrah: Los efectos de los oficios, trabajos y profesiones, y de las situaciones civiles y formas de vida, sobre la salud y la longevidad. 1832.

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Las reivindicaciones del proletariado

Es la décima novela escrita por Charles Dickens. Se publicó por primera vez en 1853 y transcurre en Inglaterra durante la primera industrialización. La acción no transcurre ni en Londres ni en sus alrededores, algo inusual en Dickens. Transcurre en Coketo

(Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – Gads Hill Place, Inglaterra, 9 de junio de 1870)

En, una ciudad ficticia del norte de la Inglaterra victoriana. Se considera que su descripción está basada, al menos parcialmente, en la ciudad de Preston. Se nos da una perspectiva del momento desde dos puntos de vista muy diferentes: el de la clase proletaria, que cree que el trabajo es su único modelo de vida, («además de resultarles necesario para subsistir»), y el de la clase alta, que controla las fábricas y mantiene en condiciones pésimas a sus obreros. También se nos muestra otro tipo de vida: el de la gente del circo, que se apartan completamente de la que llevan los dos grupos anteriormente nombrados. Dickens nos muestra todo esto con un trasfondo irónico, sin hacer una crítica clara de la sociedad de su época hasta las últimas páginas de la obra.

«- ¿De qué os quejáis de un modo general vosotros, los trabajadores? -repitió el señor Bounderby, cruzándose de brazos. Esteban lo miró un momento algo indeciso; pero de pronto pareció tomar una resolución.

– Señor, aunque yo he tenido mi parte de sufrimientos, nunca tuve habilidad para exponerlos. Señor, vivimos metidos en un embrollo. Fijaos en nuestra ciudad…, con todo lo rica que es…, y ved la gran cantidad de personas que han tenido la idea de reunirse aquí para tejer, para cardar y para ganarse la vida, todos con el mismo oficio, de un modo u otro, desde que nacen hasta que los entierran. Fijaos en cómo vivimos, en dónde vivimos, en qué apiñamiento y con qué uniformidad todos. Fijaos en cómo las fábricas funcionan siempre, sin que con ello nos acerquen más a ninguna meta determinada y distante.., como no sea a la muerte. Fijaos en el concepto en que nos tenéis, en lo que escribís acerca de nosotros, en lo que decís de nosotros, en las comisiones que enviáis a los ministros con quejas de nosotros y en que siempre tenéis razón y jamás la tuvimos nosotros en todos los días de nuestra vida. Fijaos en cómo todas estas cosas han ido creciendo y creciendo, haciéndose más voluminosas, adquiriendo mayor amplitud, endureciéndose más y más, de año en año, de generación en generación. ¿Quién que se fije con atención en todo esto no dirá, si es sincero, que es un embrollo?”

– ¡Naturalmente -exclamó el señor Bounderby-. Y después de todo esto quizá tengáis a bien explicarle a este caballero cóm pondríais vos en orden este emborllo, como os gusta llamarlo.

Instalaciones fabriles en Inglaterra

– Señor yo soy hombre de pocos conocimientos y de maneras ordinarias para que pueda indicar a este caballero el modo de mejorar todo esto…, aunque hay en esta ciudad trabajadores de más talento que yo y podrían hacerlo… pero sí que puedo decirle qué es lo que no mejorará jamás la situación. La mano dura no la mejorará. Con vencer y triunfar en los conflictos no se mejorará. Poniéndose de acuerdo para dar siempre, contra naturaleza, la razón a una de las partes, y quitársela siempre, contra toda lógica, a la otra parte, jamás, jamás se mejorará. Mientras se aísle a millares y millares de personas que viven todas de la misma manera, metidas siempre en idéntico embrollo, por fuerza han de ser como un solo hombre, y vosotros seréis como otro solo hombre, con un mundo negro e imposible de salvar entre unos y otros, mientras subsista esta situación desdichada, sea poco o sea mucho tiempo. No se mejorará la situación ni en todo el tiempo que ha de transcurrir hasta que el Sol se vuelva hielo, si se persiste en no acercarse a los trabajadores con simpatía, paciencia y métodos cariñosos como hacen ellos unos con otros en sus muchas tribulaciones, acudiendo al socorro de sus compañeros necesitados con lo que a ellos mismos les está haciendo falta… No lo hacen mejor, esa es mi humilde opinión, los trabajadores de ninguno de los países por donde ha viajado el caballero. Sobre todo valorándolos como tanta o cuánta mano de obra y moviéndolos como números en una suma, o como máquinas, igual que si ellos no tuviesen amores y gustos, recuerdos e inclinaciones, ni almas que pueden entristecerse, ni almas capaces de esperar… ; menospreciándolos como si para nada contasen ellos, cuando están tranquilos, y echándoles en cara la falta de sentimientos humanos en sus tratos con vosotros, cuando ellos se desasosiegan…; de ese modo, señor, no se mejorará la situación mientras el mundo sea mundo y no vuelva a la nada de que Dios lo sacó.»

Charles Dickens, Tiempos difíciles, 1854.

Las condiciones de trabajo en la industria textil

Ilustración del interior de una fábrica textil

“La invención y el uso de la máquina de peinar lana, que tiene por efecto reducir la mano de obra de manera muy inquietante, inspira a los obreros y el temor serio y justificado de llegar a ser ellos y sus familias, una grave carga para el Estado.

Constatan que una sola máquina, atendida por una persona adulta y servida por cinco o seis niños, realiza tanto trabajo como treinta hombres trabajando a mano según el antiguo sistema…

La introducción de la citada máquina tendrá por consecuencias casi inmediata al privar de sus medios de existencia a la masa de obreros. Todos los negocios serán acaparados por algunos empresarios poderosos y ricos…Las máquinas cuyo uso lamentan los peticionarios, se multiplican rápidamente en todo el reino, experimentándose ya cruelmente sus; un gran número de obreros se encuentra sin trabajo y sin pan. Con dolor y en la más profunda angustia ven aproximarse el tiempo de miseria en el que cincuenta mil hombres, con sus familias, privados de todos los recursos, victimas del acaparamiento, lucrativo y para algunos, y de sus medios de existencia se verán reducidos a implorar caridad de las parroquias.

Petición de los obreros a Cámara de los Comunes “Diario de la Cámara de los Comunes”1794. Citado en López – Cordón y Martínez Carreras, Análisis y comentarios de textos II pág. 215.

El trabajo infantil en la industria textil

“A los comerciantes y a los fabricantes de paños y a todos aquellos que aman a la manufactura textil de este país (…) El número de máquinas para cardar que se están instalando por doquier a lo largo de 17 millas al suroeste de Leeds supera todo lo imaginable, pues ¡ya llega a un total de no menos de ciento sesenta! Dado que toda máquina puede hacer en doce horas el trabajo que pueden realizar diez hombres trabajando noche y dia (como mínimo), ello significa que una máquina podrá hacer en un día el trabajo para el que se requerirían veinte hombres.

Dado que no querermos afirmar nada que no pueda ser probado, calculamos que si se emplean cuatro hombres por cada máquina durante 12 horas y si esta trabaja día y noche, harán falta 8 hombres para las 24 horas; de esta manera (…) por cada máquina de cardar 12 hombres perderán su trabajo. Dado que se puede suponer que el número de máquinas que hay, conjuntamente, en todos los demás distritos, es similar al de las máquinas que hay en el suroeste, al menos 4.000 hombres se verán obligados a arreglárselas de otro modo para sobrevivir y probablemente terminarán en la lista de pobres, si no se soluciona en breve la situación: calculando que en cada una de las familias ahora sin trabajo un muchacho se podía colocar como prendiz, ocho mil personas se verán privadas de la oportunidad de procurarse sus medios de subsistencia.

Por tanto esperamos que los sentimientos de humanidad inducirán a quienes pueden impedir el uso de estas máquinas a hacer lo posible para frenar esa tendencia que tan negativos efectos tiene sobre sus semejantes. Y eso no es todo, ya que también estropea los paños, en cuanto que en lugar de dejar una pelusa, rasca la lana y daña el paño (…)

¿Y cómo podrán mantener a sus familias esos hombres a quienes se les quita su trabajo? ¿Cómo podrán enseñar a sus hijos de manera que la generación posterior pueda vivir de su trabajo y no se vean obligados a arrastrarse en el ocio como vagabundos? Alguien nos podría decir: “empezad a aprender otro oficio”. Imaginemos que así lo hacemos, ¿Y quien mantendrá a nuestras familias mientras acometemos tan dificil empeño? Y, además, durante nuestro segundo aprendizaje podría inventarse otra máquina que nos quitaría también este trabajo y nuestras familias, que ya estarían medio muertas de hambre mientras nosotros aprendíamos el modo de llevarles el pan, lo estarán del todo durante nuestro tercer aprendizaje (…)”.

Citado por Giorgio Mori en “La Revolución Industrial”, Barcelona, Grijalbo-Crítica, 1980.

Niños y niñas trabajando en el sector textil

“La población empleada en las fábricas de algodón se levanta a las cinco en punto por la mañana, trabaja en las hilanderías desde las seis de la mañana hasta las 8 y regresa a casa durante media hora o cuarenta minutos para desayunar. Esta comida consiste generalmente en té o café con un poco de pan. Algunas veces toma copos de avena, pero de tarde en tarde y principalmente los hombres; el té es preferido como estimulante, fundamentalmente por las mujeres. (…) los trabajadores vuelven a las hilanderías y fabrican hasta las 12, teniendo una hora para comer. Entre aquellos que tienen los más bajos salarios la comida consiste en patatas hervidas. La ración de patatas se coloca en un gran plato y se le añade manteca de cerdo derretida, a lo que se le agrega ocasionalmente, trozos de tocino frito; pero muy raramente carne. Aquellos que tienen mejores salarios, o familias en las que se reúnen varios sueldos, añaden una mayor proporción de carne, por lo menos tres veces por semana, pero la cantidad consumida por la población obrera no es grande. La familia se sienta alrededor de la mesa y cada uno rápidamente coge su ración o, por el contrario, todos meten su cuchara en una fuente común, satisfaciendo su apetito con ansia animal. Al término de la hora vuelven a las factorías hasta las siete o más tarde, volviendo a ingerir té, a menudo mezclado con licores, acompañándose de un poco de pan”.

J: P: Kay-Shutthworth: The moral an physical condición of the working classes employed in de cotton manufacture in Manchestter, Londres, 1832

Fuentes: Construye la Historia, 3 de marzo de 2010; Siempre Historia, 24 de agosto de 2010

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Las condiciones de trabajo en las minas

El descenso a la mina es una operación estremecedora: hay que pasar una pierna por un nudo situado en el extremo de la cuerda que sirve para extraer el carbón y sostenerse fuertemente a ella […], entonces quedas suspendido sobre un gran abismo completamente oscuro. Llegamos a la tierra a 378 pies de profundidad […]. Cubiertos con una capa de lana y con una vela en la mano avanzamos por una galería, caminando por encima de la roca y con un negro muro brillante a ambos lados […]. Por las galerías más estrechas y bajas, circulan […] vagonetas empujadas por niños […]. Las minas cuentan con un gran ingenio para hacer circular el aire por todas las galerías, pero cualquier error puede provocar grandes accidentes por la inflamación del hidrogeno […].

L. Simon, Viaje a Inglaterra durante 1810 y 1811

“Trabajo en el pozo de Gawber. No es muy cansado, pero trabajo sin luz y paso miedo. Voy a las cuatro y a veces a las tres y media de la mañana, y salgo a las cinco y media de la tarde. No me duermo nunca. A veces canto cuando hay luz, pero no en la oscuridad, entonces no me atrevo a cantar. No me gusta estar en el pozo. Estoy medio dormida a veces cuando voy por la mañana. Voy a escuela los domingos y aprendo a leer. (…) Me enseñan a rezar (…) He oído hablar de Jesucristo muchas veces. No sé por qué vino a la tierra y no sé por qué murió, pero sé que descansaba su cabeza sobre piedras. Prefiero, de lejos, ir a la escuela que estar en la mina.”

Declaraciones de la niña Sarah Gooder, de ocho años de edad.

Testimonio recogido por la Comisión Ashley para el estudio de la situación en las minas, 1842

“Una consecuencia interesante de la mayor profundidad alcanzada en los pozos ha sido el abandono de las escaleras que servían para descender y subir los obreros: En efecto el tiempo y la fuerza empleados en este penoso trayecto reducían el rendimiento que podía esperarse del minero (…)

“A partir de una cierta profundidad, los medios mecánicos se imponen, tanto para el transporte de hombres como para la extracción.

(…) Sin embargo, algo tan simple en apariencia, encontró fuertes resistencias. Mucho tiempo después de haberse generalizado el uso de cables y vagonetas, el privilegio de descender o subir por el cable de extracción todavía se reservaba generalmente a los jefes mineros, a los capataces y a algunos obreros especiales. …Pero la razón (mayor rendimiento) y el sentido humanitario terminaron por imponerse. Lo que fue privilegio llegó a ser un derecho común. Los mineros fueron autorizados tanto a utilizar las vagonetas como, especialmente en Inglaterra, a descender y a subir colgados del cable por unas cadenas en forma de racimos humanos”

“Betty Harrys, 37 años: Me casé a los 23 años y sólo después bajé a la mina. No sé leer ni escribir (…). Arrastro las vagonetas de carbón y trabajo desde las 6 de la mañana a las 6 de la tarde. Hay un descanso de una hora para almorzar y me dan para ello pan y mantequilla, pero nada de beber. Tengo dos niños que aún son muy pequeños para trabajar. (…)Tengo puesto un cinturón y una cadena que me pasa entre las piernas y avanzo con las manos y los pies. Y la galería es muy pendiente y nos debemos coger a una cuerda; cuando no la hay, nos agarramos a todo lo que podemos. En los pozos donde yo trabajo hay seis mujeres y media docena de niños y niñas.”
A. Picard: Bilán dú siècle, 1801-1900, París, 1906 tomado del
Dossier de la Documentation photographique, “La Première Révolution Industrielle”

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Los barrios londinenses en la primera mitad del siglo XIX

La industrialización y la organización fabril obligaron a los trabajadores a concentrarse en torno a la fábrica y a trasladarse a las ciudades. El rápido crecimiento de las ciudades originó una fuerte segregación social por barrios. La burguesía edificó nuevos y confortables barrios residenciales, donde la contaminación industrial era menor. Los barrios obreros crecieron rápidamente y a menudo sin ninguna planificación. En medio de la élite y los trabajadores fabriles surgió la clase media, formada por profesionales liberales (abogados, médicos, profesores…). Leamos esta recreación literaria:

“Londres tiene tres partes bien diferenciadas: la City, el West End y los barrios periféricos. (…) La City es el casco antiguo, que conserva un gran número de calles estrechas, mal alineadas, mal edificadas y las orillas del Támesis están abarrotadas de casas. La mayoría de sus habitantes son comerciantes que cuidan con esmero sus prósperos comercios (…).

Barrio obrero londinense

En el West End se encuentra la corte, la alta aristocracia, el comercio elegante, los artistas, la nobleza de provincias. Esta parte de la ciudad es soberbia; las calles están bien construidas, las calles, bien alineadas, aunque excesivamente monótonas. Las mujeres se pasean por ellas lujosamente vestidas (…).

Los barrios del nordeste y del sudeste son, a consecuencia de los bajos precios de las viviendas, habitados mayoritariamente por obreros, prostitutas y toda una turba de hombres que la falta de trabajo y los vicios de todo tipo convierten en vagabundos, o que la miseria y el hambre fuerzan a la mendicidad o a la criminalidad. Allí se encuentran estas pandillas de niños que salen cada noche de sus madrigueras para asaltar la ciudad, donde se entregan al crimen muy seguros de librarse de la policía, que es insuficiente para un territorio tan inmenso.”

FLORA TRISTÁN: Paseos por Londres, 1840

Fuente: Paseando por la Historia, 9 de noviembre de 2009

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