Las consecuencias psicológicas y personales de la guerra

Cartel de la película

“No puede comprenderse que encima de unos cuerpos tan destrozados se sostengan todavía rostros humanos en los que la vida siga su curso cotidiano. Y éste es tan sólo uno de los innumerables centros sanitarios, es un solo hospital. Los hay a miles en Alemania: a miles en Francia, a miles en Rusia. ¡Qué inútil debe ser todo lo que se ha escrito, hecho o pensado en el mundo, cuando todavía es posible una cosa así!. Forzosamente, todo ha de ser mentira e insignificancia cuando la cultura de miles de años no ha podido impedir que se derramaran estos torrentes de sangre ni que existieran esas cárceles del dolor y el sufrimiento. Tan solo el hospital da un auténtico testimonio de lo que es la guerra.

Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor. Veo que los pueblos son lanzados los unos contra los otros, y se matan sin rechistar, sin saber nada, locamente, dócilmente, inocentemente. Veo cómo los más ilustres cerebros inventan armas y frases para hacer posible todo esto durante más tiempo y con mayor refinamiento. Y como yo, lo ven todos los hombres de mi edad, aquí y entre los otros, en todo el mundo; conmigo lo está viviendo toda mi generación. ¿Qué harán nuestros padres si un día nos levantamos y les exigimos cuentas? ¿Qué esperan de nosotros cuando la guerra haya terminado? Durante años enteros, nuestra ocupación ha sido matar; ha sido el primer oficio de nuestra vida. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué puede, pues, suceder después de esto? ¿Qué podrán hacer de nosotros?” […]

Nuestros pensamientos son como barro que el paso del tiempo va moldeando: buenos cuando estamos en las barracas e inexistentes mientras permanecemos bajo el fuego. Hay embudos en los campos y en nuestros espíritus.

Todos son así, no sólo nosotros. No existe el pasado, nadie sabe a ciencia cierta cómo era. Las diferencias creadas por la cultura y la instrucción casi se han borrado, apenas son perceptibles. A veces proporcionan algunas ventajas para sacar mejor partido de una situación; pero a menudo ocasionan inconvenientes, pues suscitan escrúpulos que ya tenían que haber desaparecido. Es como si antes todos hubiéramos sido monedas de distintos países; las han fundido, y ahora todas llevan el mismo cuño. Si se quieren encontrar diferencias ha de acudirse a la primera materia. Somos soldados, y tan sólo después, extraña y vergonzosamente, nos consideramos individuos. Hay entre nosotros una gran fraternidad que, de una manera singular, reúne un reflejo de la camaradería de las canciones populares, algo del sentimiento solidario de los presidiarios y el desesperado auxilio mutuo de los condenados a muerte; una fraternidad que lo funde todo y lo sitúa en un plano de nuestra existencia, donde incluso en medio del peligro, sobresale de la angustia y la desesperación de la muerte y se apodera rápidamente de las horas rescatadas para la vida, sin que en todo ello encuentre lugar el patetismo. Si quisiéramos definirla, diríamos que es heroísmo y trivialidad al mismo tiempo; pero, ¿quién se preocupa de esto?

Es a causa de ese estado de ánimo que cuando se anuncia un ataque enemigo, Tjaden traga a toda prisa su sopa de guisantes con tocino, porque ignora si dentro de una hora seguirá vivo. Hemos discutido mucho a propósito de si esto está bien o mal hecho. Kat lo desaprueba diciendo que es preciso contar con la eventualidad de recibir una bala en el vientre, cosa que es mucho más peligrosa si el estómago está lleno que si está vacío.

Erich María Remarque

Estos son nuestros problemas; nos los tomamos muy en serio y no podría ser de otro modo. La vida, aquí en la frontera de la muerte, tiene una línea de extraordinaria simplicidad, se limita a lo estrictamente necesario; el resto está profundamente dormido. Esto es nuestro primitivismo y nuestra salvación. Si nos comportáramos de otro modo, haría tiempo ya que habríamos enloquecido, desertado o muerto. Es como una expedición a las regiones polares; toda manifestación vital ha de aplicarse, tan sólo, a conservar la existencia y debe forzosamente orientarse en este sentido, el resto está de más,ya que consumiría inútilmente energías.

Es el único modo de salvarnos, y a menudo, yo me considero un extraño cuando en las horas de tranquilidad, el reflejo misterioso de otros tiempos me revela, como en un espejo empañado, el contorno de mi actual existencia; entonces me admira que esa inefable actividad que conocemos por vida haya podido adaptarse incluso a esta forma. Todas las demás manifestaciones están sumidas en un sueño invernal; la vida es tan sólo un constante estar alerta contra la amenaza de la muerte; nos ha convertido en bestias pensantes para entregarnos el arma del instinto; ha embotado nuestra sensibilidad para que no desfallezcamos ante el horror que, con la conciencia clara, nos aniquilaría; ha despertado en nosotros el sentido de camaradería para librarnos del abismo del aislamiento; nos ha prestado la indiferencia de los salvajes para que, a pesar de todo, podamos encontrar siempre el elemento positivo y nos sea posible conservarlo como defensa contra los ataques de la nada; vivimos así una existencia cerrada y dura, puramente superficial y sólo de vez en cuando, un acontecimiento hace saltar algunas chispas de nuestro interior. Entonces, sin embargo, se levanta en nosotros una enorme llamarada, pesada y terrible, de anhelo.

Estos son los momentos peligrosos que nos demuestran que, no obstante, la adaptación es sólo artificial; que no es verdadera calma, sino únicamente una potente tendencia a la calma. Por lo que respecta a las formas exteriores de vida, no se diferencian apenas de aquellas que detentan los negros de la selva; pero mientras ellos pueden permanecer siempre así porque es su estado natural y seguirán desarrollándose tan sólo por el esfuerzo de sus facultades, en nosotros sucede lo contrario; nuestras fuerzas interiores están obligadas, no a un desarrollo, sino a una regresión. Ellos son libremente normales; nosotros forzosamente artificiales.

Y es con espanto que por la noche, al despertar de un sueño y a la merced del encantador torrente de visiones que nos inunda, sentimos la fragilidad del soporte y la debilidad del muro que nos separa de las tinieblas. Somos llamitas ligeramente protegidas por delgadas pantallas contra la desatada tempestad del aniquilamiento y de la locura, a causa de la que oscilamos y algunas veces casi nos extinguimos. Después, el sordo rumor de la lucha es como un anillo que nos rodea; nos acurrucamos en nosotros mismos, y con los ojos muy abiertos, contemplamos la noche. Tenemos como único consuelo el jadeo de los camaradas que duermen, y así esperamos el amanecer.

Cada día y cada hora, cada granada y cada muerte, van royendo este frágil soporte, y los años lo liman rápidamente. Me doy cuenta de que, poco a poco, va desmoronándose a mi alrededor.”

Erich María Remarque: Sin novedad en el frente, 1929.

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Las consecuencias económicas de la paz

Caricatura de John Maynard Keynes (1883-1946)

«Llegue, por tanto, a la conclusión final de que, admitiendo todos los procedimientos de pago, riqueza inmediatamente transferible, propiedades cedidas y tributo anual, 2.000 millones de libras es la cifra máxima exacta de la capacidad de Alemania para pagar.

La oferta, tal y como se ha hecho, no parece que tenga en cuenta el problema de la capacidad de Alemania para pagar […]. Si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austriacos, húngaros y los demás son hijos de del demonio; si deseamos que, año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos, entonces rechacemos todas las proposiciones generosas, y particularmente las que puedan ayudar a Alemania a recuperar una parte de su antigua prosperidad material. […].

Si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el Cielo nos salve a todos¡ Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará. […]. Si las negociaciones prometidas se llevan realmente por estos caminos, no es probable que sen fructíferas. No será mucho más fácil llegar a una cifra convenida antes de fines de 1919 que lo eran en el momento de la Conferencia […].

La política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable, aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros, aunque no sembrara la decadencia de toda la vida civilizada de Europa. Algunos la predican en nombre de la justicia. En los grandes acontecimientos de la historia del hombre, en el desarrollo del destino complejo de las naciones, la justicia no es tan elemental. Y si lo fuera, las naciones no están autorizadas por la religión ni por la moral natural a castigar en los hijos de sus enemigos los crímenes de sus padres o de sus jefes […].

El Tratado no incluye ninguna disposición para lograr la rehabilitación económica de Europa; nada para colocar a los Imperios centrales, derrotados, entre buenos vecinos; nada para dar estabilidad a los nuevos Estados de Europa; nada para levantar a Rusia, ni promueve en forma alguna la solidaridad económica estrecha entre los mismos aliados. En París no se logró ningún arreglo para restaurar la desorganizada Hacienda de Francia e Italia, ni para concordar los sistemas del Viejo y el Nuevo Mundo.[…]

Los caracteres que expresan la situación inmediata se pueden agrupar bajo tres epígrafes: 1º. El hundimiento absoluto para el porvenir de la productividad interior de Europa; 2º. La ruina del transporte y del cambio que servían para enviar los productos cuándo y dónde más se necesitaban; 3º. La incapacidad de Europa para adquirir sus provisiones de Ultramar.

[…] Es un hecho sorprendente que, teniendo el problema económico fundamental de una Europa hambrienta y deshecha ante sus ojos, fuera ésta la única cuestión sobre la cual fue imposible despertar el interés de los Cuatro. Las reparaciones eran una única incursión en el campo económico, y la resolvieron como un problema de teología, de política, de táctica electoral, desde todos los puntos de vista, excepto el del porvenir económico de los Estados cuyos destinos tenían en sus manos […].

Europa es el núcleo más denso de población conocido en la historia del mundo. Esta población está acostumbrada a un tipo de vida relativamente elevado, que aún hoy muchos de sus elementos esperan mejorar y no empeorar. Comparada con otros continentes, Europa no se basta a sí misma; especialmente, no puede alimentarse a sí misma. La población no está distribuida con igualdad, sino que gran parte de ella está acumulada en un número relativamente pequeño de centros industriales muy densos. Esta población había asegurado su propia vida antes de la guerra, sin gran margen de excedente, mediante una organización delicada e inmensamente complicada, cuyas bases eran el carbón, el hierro, los transportes y una provisión ininterrumpida de alimentos y materias primas importados de otros continentes. La destrucción de esta organización y la interrupción de la corriente de aprovisionamientos privan a una parte de esta población de sus medios de vida.

[…] Todas estas influencias se combinan no sólo para impedir a Europa que inicie inmediatamente una corriente de exportaciones lo bastante grande para pagar las mercancías que necesita importar, sino para quitarle el crédito necesario para obtener el capital requerido para el restablecimiento del cambio, apartando también las fuerzas de la ley económica aún más de su equilibrio en lugar de acercarlas a él, favoreciendo la continuación de las circunstancias presentes, en lugar de curarse de ellas. Estamos ante una Europa improductiva, sin trabajo y desorganizada, desorganizada por querellas intestinas y por el odio internacional, luchando, muriéndose de hambre, robando y mintiendo.»

John M. Keynes, Las consecuencias económicas de la paz, 1919

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Jóvenes reclutas alemanes conversan sobre su retorno a la vida civil

Soldados alemanes en las trincheras de la Primera Guerra Mundial

Kropp encuentra la expresión de nuestros sentimientos:

–  ¿Cómo puede uno tomarse en serio todo aquello cuando se ha estado aquí, en el frente?

–  ¡Pero bien has de tener una profesión u otra! – objeta Müller como si fuera el propio Kantorek.

Albert se limpia las uñas con el cuchillo. Quedamos asombrados ante esterefinamiento de pipioli. Pero es, simplemente, que está pensativo. Guarda la navaja y declara:

– Sí, eso es. Kat, Detering y Haie volverán a su trabajo porque lo tenían ya antes de venir. Himmelstoss también. Pero nosotros no teníamos ninguno. ¿Cómo podremos acostumbrarnos a algo, después de esto? – Y señala hacia el frente.

– Habríamos de ser rentistas y poder vivir solos en medio de un bosque – digo, pero me avergüenzo en seguida de este afán de grandezas.

–  ¿Qué pasará si volvemos? -dice Müller, perplejo.

Kropp se encoge de espaldas.

– No lo sé. Primero volvamos. Después, ya veremos.

Realmente, nadie de nosotros sabe cómo responder a la pregunta.

–  ¿Qué podríamos hacer? – inquiero.

– Nada me atrae -responde Müller, cansado- . Cualquier día revientas y entonces, ¿qué? Yo, la verdad, no creo que lo contemos.

– Cuando lo pienso, Albert -digo después de una pausa, tendiéndome en el suelo-  quisiera que al oír la palabra «paz», y suponiendo que la paz se firmara realmente, pudiera hacer algo inimaginable, ya ves si soy ambicioso. Algo, ¿sabes? que fuera la digna compensación de haber vivido este zafarrancho. Pero no puedo encontrar nada. En cuanto a lo que es más posible, estas porquerías del colegio, de los estudios, del sueldo, etc., me dan náuseas tan sólo de pensarlo; son la lata de siempre, es repugnante. No encuentro nada, Albert, no encuentro nada.

De pronto, todo se me aparece oscuro y desesperado. Kropp también piensa en esto.

– Todos las pasaremos moradas. ¿Y los que se han quedado atrás no se preocupan de eso? Dos años disparando y echando bombas de mano no podemos sacárnoslos de encima como quien se cambia los calcetines.

Todos estamos de acuerdo, no será nada fácil; y no sólo para nosotros, sino para todos aquellos que se encuentren en la misma situación, unos más, otros menos. Es el destino común de nuestra generación.

Albert lo expresa muy bien:

– La guerra nos ha estropeado a todos.

Tiene razón. Ya no somos jóvenes. Ya no queremos conquistar el mundo. Somos fugitivos. Huimos de nosotros mismos. De nuestra vida. Teníamos dieciocho años y empezábamos a amar el mundo y la existencia; pero hemos tenido que disparar contra esto. La explosión de la primera granada nos estropeó el corazón. Estamos al margen de la actividad, del esfuerzo, del progreso… Ya no creemos en nada; sólo en la guerra.

La oficina de la compañía se anima. Parece que Himmelstoss ha sembrado la alarma. A la cabeza de la columna trota el gordo sargento mayor. Es curioso que casi todos los sargentos mayores sean tan obesos.

Erich María Remarque: Sin novedad en el frente (1929), Bruguera.

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