Discurso de Mandela ante el tribunal que lo condenó a la cárcel

El líder ‘antiapartheid’ compareció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria y explicó por qué recurrió a la violencia para combatir el racismo. Fue condenado a cadena perpetua. El discurso marcó para siempre su biografía. Estas fueron sus palabras

El furgón que trasladó a prisión a Mandela en 1964. / AFP

Soy el primer acusado. Soy licenciado en arte y he ejercido como abogado en Johannesburgo durante algunos años en colaboración con Oliver Tambo. Soy un prisionero condenado a cinco años por salir del país sin permiso y por incitar a la gente a hacer huelga a finales de mayo de 1961.

Partidarios del CNA saludan al camión en el que viajaba Mandela camino al tribunal de Johannesburgo. REUTERS

Partidarios del CNA saludan al camión en el que viajaba Mandela camino al tribunal de Johannesburgo. REUTERS

De entrada, quiero decir que la insinuación de que la lucha en Sudáfrica esté influida por extranjeros o comunistas es absolutamente falsa. Sea lo que sea lo que he hecho, lo he hecho por mis experiencias en Sudáfrica y mis raíces africanas, de las que me siento orgulloso, y no por lo que cualquier extranjero pueda haber dicho. Durante mi juventud en Transkei, escuché a los ancianos de la tribu contar historias sobre los viejos tiempos. Entre las historias que me narraron se encuentran las de las batallas libradas por nuestros antepasados en defensa de la patria. Los nombres de Dingane y Bambata, Hintsa y Makana, Squngthi y Dalasile, Moshoeshoe y Sekhukhuni, eran elogiados y considerados el orgullo de toda la nación africana. Por entonces yo esperaba que la vida pudiese ofrecerme la oportunidad de servir a mi pueblo y hacer mi humilde contribución a su lucha por la libertad.

Algunas de las cosas que se le han dicho al tribunal hasta ahora son ciertas, y otras falsas. No niego, sin embargo, que planeé un sabotaje. No lo hice movido por la imprudencia ni porque sienta ningún amor por la violencia. Lo planeé como consecuencia de una evaluación tranquila y racional de la situación política a la que se había llegado tras muchos años de tiranía, explotación y opresión de mi pueblo por parte de los blancos.

Admito de inmediato que yo fui una de las personas que ayudó a crear Umkhonto we Sizwe [brazo armado del Congreso Nacional Africano]. Niego que Umkhonto fuese responsable de una serie de actos que claramente están al margen de las políticas de la organización y de los que se nos ha acusado. Yo y las demás personas que fundaron la organización pesamos que sin violencia no se abriría ninguna vía para que el pueblo africano venza en su lucha contra el principio de la supremacía blanca. Todas las formas legales de expresar la oposición a este principio habían sido proscritas por ley y nos veíamos en una situación en la que teníamos que elegir entre aceptar un estado permanente de inferioridad o desafiar al Gobierno. Optamos por desafiar la ley.

Primero infringimos la ley de un modo que eludía todo recurso a la violencia; cuando se legisló contra esta vía, y a continuación el Gobierno recurrió a una demostración de fuerza para aplastar la oposición a sus políticas, solo entonces decidimos responder a la violencia con violencia.

El Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) se constituyó en 1912 para defender los derechos del pueblo africano, que se habían visto gravemente coartados. Durante 37 años – es decir, hasta 1949 — llevó a cabo una lucha estrictamente constitucional. Pero los Gobiernos blancos se mantuvieron inamovibles y los derechos de los africanos se redujeron en vez de ampliarse. Incluso después de 1949, el ANC seguía decidido a evitar la violencia. En esa época, sin embargo, se tomó la decisión de protestar contra el apartheid mediante manifestaciones pacíficas, aunque ilegales. Más de 8.500 personas fueron a la cárcel. Pero no hubo ni un solo caso de violencia. Yo y 19 compañeros fuimos condenados por organizar la campaña, pero nuestras condenas se suspendieron, principalmente porque el juez consideró que en todo momento se había hecho hincapié en la no violencia y la disciplina.

Durante la campaña de desafío, se aprobaron las leyes de Seguridad Pública y de Enmienda del Código Penal. Estas contemplaban unos castigos más duros por las protestas contra [las] leyes. A pesar de ello, las protestas continuaron y el ANC se mantuvo firme en su política de no violencia. En 1956, 156 miembros destacados de la Alianza del Congreso, entre los que me encontraba, fuimos detenidos. La política no violenta del ANC fue puesta en tela de juicio por el Estado, pero cuando el tribunal emitió su veredicto unos cinco años después, halló que el ANC no tenía una política de violencia.

En 1960 se produjo el tiroteo de Sharpeville, que tuvo como consecuencia la ilegalización del ANC. Mis compañeros y yo, tras meditarlo detenidamente, decidimos que no íbamos a acatar ese decreto. El pueblo africano no formaba parte del Gobierno y no hacía las leyes por las que debía regirse. Creíamos en las palabras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dice que “la voluntad del pueblo será la base de la autoridad del Gobierno” y, para nosotros, aceptar la prohibición equivalía a aceptar que se silenciase a los africanos para siempre. El ANC se negó a disolverse, y, en vez de eso, pasó a la clandestinidad.

En 1960, el Gobierno celebró un referéndum que condujo a la instauración de la república. Los africanos, que representaban aproximadamente el 70% de la población, no tenían derecho a votar y ni siquiera se les consultó. Asumí la responsabilidad de organizar la campaña nacional para que la gente se quedara en casa coincidiendo con la declaración de la república. Puesto que todas las huelgas de los africanos son ilegales, la persona que organice dichas huelgas debe evitar ser detenida. Tuve que dejar mi casa y mi familia y mi trabajo para esconderme y evitar que me detuvieran. El quedarse en casa debía ser una manifestación pacífica. Se dieron instrucciones precisas para evitar cualquier brote de violencia.

La respuesta del Gobierno fue aprobar leyes nuevas y más estrictas, movilizar a las fuerzas armadas y enviar mercenarios, vehículos armados y soldados a los municipios segregados en lo que constituyó un alarde de fuerza masivo para intimidar a la gente. El Gobierno había decidido gobernar exclusivamente por la fuerza y esta decisión marcó un punto de inflexión en el camino hacia Umkhonto. ¿Qué debíamos hacer nosotros, los líderes de nuestro pueblo? No teníamos la menor duda de que teníamos que proseguir la lucha. Cualquier otra decisión habría sido una vil rendición. Nuestra duda no era si debíamos luchar, sino la manera de continuar la lucha.

Los miembros del ANC siempre hemos defendido una democracia no racista y nos alejábamos de cualquier acción que pudiese distanciar aún más las razas. Pero la dura realidad era que lo único que había conseguido el pueblo africano tras 50 años de no violencia era una legislación cada vez más represiva y unos derechos cada vez más mermados. Por entonces, la violencia ya se había convertido, de hecho, en un elemento característico de la escena política sudafricana.

Hubo violencia en 1957 cuando a las mujeres de Zccrust se les ordenó que llevasen un pase encima; hubo violencia en 1958 con el sacrificio selectivo del ganado en Sekhukhuneland; hubo violencia en 1959 cuando la gente de Cato Manor protestó por los controles de los pases; hubo violencia en 1960 cuando el Gobierno intentó imponer autoridades bantúes en Pondoland. Cada altercado apuntaba a la inevitable intensificación entre los africanos de la creencia de que la violencia era la única salida; mostraba que un Gobierno que emplea la fuerza para imponer su dominio enseña a los oprimidos a usar la fuerza para oponerse a él.

Llegué a la conclusión de que, puesto que la violencia en este país era inevitable, sería poco realista seguir predicando la paz y la no violencia. No me fue fácil llegar a esta conclusión. Solo cuando todo lo demás había fracasado, cuando todas las vías de protesta pacífica se nos habían cerrado, tomamos la decisión de recurrir a formas violentas de lucha política. Lo único que puedo decir es que me sentía moralmente obligado a hacer lo que hice.

Eran posibles cuatro formas de violencia. Está el sabotaje, está la guerra de guerrillas, está el terrorismo y está la revolución abierta. Optamos por adoptar la primera. El sabotaje no conllevaba la pérdida de vidas y era lo que ofrecía más esperanzas para las relaciones interraciales en el futuro. El resentimiento sería el mínimo posible y, si la estrategia daba sus frutos, el Gobierno democrático podría llegar a ser una realidad. El plan inicial se basaba en un análisis pormenorizado de la situación política y económica de nuestro país. Creíamos que Sudáfrica dependía en gran medida del capital extranjero. Pensábamos que la destrucción planificada de centrales eléctricas, y la interrupción de las comunicaciones telefónicas y ferroviarias, ahuyentarían la inversión en el país, lo que empujaría a los votantes a replantearse su postura. Umkhonto llevó a cabo su primera operación el 16 de diciembre de 1961, cuando fueron atacados varios edificios del Gobierno en Johannesburgo, Port Elizabeth y Durban. La selección de los blancos es una prueba de la política a la que me he referido. Si hubiésemos pretendido atentar contra las personas, habríamos seleccionado objetivos en los que se congrega la gente y no edificios vacíos y centrales eléctricas.

Los blancos no fueron capaces de responder proponiendo cambios; respondieron a nuestro llamamiento proponiendo los laager, una especie de fortines improvisados. Por el contrario, la respuesta de los africanos fue de ánimo. De repente, volvía a haber esperanza. La gente empezaba a hacer conjeturas sobre cuándo llegaría la libertad.

Pero en Umkhonto sopesábamos la respuesta de los blancos con desasosiego. Se estaban trazando líneas. Los blancos y los negros se estaban pasando a bandos diferentes y la posibilidad de evitar una guerra civil se reducía. Los periódicos blancos publicaban artículos diciendo que el sabotaje se castigaría con la muerte. Si eso era cierto, ¿cómo podíamos seguir manteniendo a los africanos alejados del terrorismo?

Nos sentíamos en el deber de prepararnos para usar la fuerza a fin de defendernos frente a ella. Decidimos por tanto tomar medidas para la posibilidad de una guerra de guerrillas. Todos los blancos pasan por un servicio militar obligatorio, pero a los africanos no se les proporciona ese entrenamiento. Desde nuestro punto de vista, era esencial crear un núcleo de hombres entrenados que fuesen capaces de proporcionar el liderazgo que se necesitaría si estallaba una guerra de guerrillas.

Llegados a ese punto, se decidió que yo debía asistir a la Conferencia del Movimiento Panafricano por la Libertad que iba a celebrarse a principios de 1962 en Adís Abeba y que, tras la conferencia, iniciaría un recorrido por los Estados africanos con el fin de encontrar centros de adiestramiento para los soldados. Mi viaje fue un éxito. Dondequiera que iba, encontraba solidaridad con nuestra causa y promesas de ayuda. Toda África estaba unida contra la actitud de la Sudáfrica blanca y hasta en Londres me recibieron con gran cordialidad dirigentes políticos como Gaitskell y Grimond.

Empecé a estudiar el arte de la guerra y la revolución y, mientras estaba en el extranjero, realicé un curso de entrenamiento militar. Si iba a haber una guerra de guerrillas, quería ser capaz de apoyar a mi pueblo y combatir junto a el, y de compartir los peligros de la guerra con ellos.

A mi regreso descubrí que pocas cosas habían cambiado en el panorama político, salvo que la amenaza de la pena de muerte para el delito de sabotaje se había convertido en un hecho.

Otra de las alegaciones que presenta el Estado es que los objetivos y fines del ANC y los del Partido Comunista son los mismos. El credo del ANC es, y siempre ha sido, el credo del nacionalismo africano. No es el concepto del nacionalismo africano expresado por el grito de “Empujad al hombre blanco mar adentro”. El nacionalismo africano que defiende el ANC es el concepto de libertad y plenitud para el pueblo africano en su propia tierra. El documento político más importante que ha adoptado el ANC en toda su historia es la “carta de la libertad”. No es en ningún modo un plan para un Estado socialista. Exige la redistribución, pero no la nacionalización, de la tierra; contempla la nacionalización de las minas, los bancos y los sectores monopolistas, porque los grandes monopolios están en manos de una de las razas solamente y, sin esa nacionalización, la dominación racial se perpetuaría aunque se repartiese el poder político. Conforme a la carta de la libertad, la nacionalización se llevaría a cabo en el contexto de una economía basada en la empresa privada.

Por lo que respecta al Partido Comunista, y si entiendo correctamente su política, defiende la creación de un Estado basado en los principios del marxismo. El Partido Comunista hace hincapié en la diferencia de clases, mientras que el ANC pretende que convivan en armonía. Esta es una distinción esencial.

Es cierto que a menudo ha habido una cooperación estrecha entre el ANC y el Partido Comunista. Pero esta cooperación es simplemente la prueba de que hay un objetivo común – la abolición de la supremacía blanca, en este caso — y no demuestra una coincidencia completa de nuestros intereses. La historia del mundo está llena de ejemplos similares. Quizás el más sorprendente sea la cooperación entre Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética en la lucha contra Hitler. Nadie salvo Hitler se habría atrevido a afirmar que dicha cooperación convertía a Churchill o a Roosevelt en comunistas. Las diferencias teóricas entre aquellos que luchan contra la opresión son un lujo que no podemos permitirnos en este momento.

Es más, durante muchas décadas los comunistas fueron el único grupo político en Sudáfrica dispuesto a tratar a los africanos como seres humanos y como sus iguales; que estaba dispuesto a comer con nosotros; a hablar con nosotros, a vivir con nosotros y a trabajar con nosotros. Eran el único grupo que estaba dispuesto a trabajar con los africanos para lograr derechos políticos y ocupar un lugar en la sociedad. Debido a esto, hay muchos africanos que, hoy en día, tienden a equiparar la libertad con el comunismo. Esta opinión está respaldada por un poder legislativo que tacha de comunistas a todos los exponentes de un Gobierno democrático y de la libertad africana y proscribe a muchos de ellos (que no son comunistas) en virtud de la Ley de Supresión del Comunismo. Aunque nunca he sido miembro del Partido Comunista, he sido encarcelado conforme a esa ley.

Siempre me he considerado, en primer lugar, un patriota africano. Hoy día me siento atraído por la idea de una sociedad sin clases, y es una atracción que proviene en parte de las lecturas marxistas y, en parte, de mi admiración por la estructura de las primeras sociedades africanas. La tierra pertenecía a la tribu. No había ricos ni pobres y no había explotación. Todos aceptamos la necesidad de que exista una cierta forma de socialismo para permitir que nuestro pueblo alcance a los países avanzados de este mundo y supere su legado de extrema pobreza. Pero esto no significa que seamos marxistas.

Tengo la impresión de que los comunistas consideran que el sistema parlamentario occidental es reaccionario. Pero, por el contrario, yo lo admiro. La Carta Magna, la Petición de Derechos y la Declaración de Derechos son documentos venerados por los demócratas en todo el mundo. Siento un gran respeto por las instituciones británicas y por el sistema judicial del país. Considero que el parlamento británico es la institución más democrática del mundo, y la imparcialidad de su poder judicial nunca deja de suscitar mi admiración. El Congreso estadounidense, la separación de poderes de ese país y también la independencia de su poder judicial suscitan en mí unos sentimientos parecidos.

Mi pensamiento se ha visto influido tanto por Occidente como por Oriente. No debería atarme a ningún otro sistema de sociedad concreto que no sea el socialismo. Debo liberarme para tomar prestado lo mejor de Occidente y de Oriente.

Nuestra lucha es contra adversidades reales, y no imaginarias, o, usando el lenguaje del fiscal del Estado, “las llamadas adversidades”. Básicamente, luchamos contra dos elementos que caracterizan la vida en Sudáfrica y que están reforzados por la legislación. Estos elementos son la pobreza y la falta de dignidad humana, y no necesitamos a los comunistas o a los llamados “agitadores” para enseñarnos algo sobre estas cosas. Sudáfrica es el país más rico de África, y podría ser uno de los países más ricos del mundo. Pero es una tierra de extraordinarios contrastes. Los blancos disfrutan del que posiblemente sea el nivel de vida más alto del mundo, mientras que los africanos viven en la pobreza y la miseria. La pobreza lleva aparejada la desnutrición y la enfermedad. La tuberculosis, la pelagra y el escorbuto provocan la muerte y la destrucción de la salud.

Sin embargo, los africanos no solo se quejan de que son pobres y de que los blancos son ricos, sino de que las leyes, que están hechas por los blancos, están diseñadas para mantener esta situación. Hay dos formas de salir de la pobreza. La primera es mediante la educación formal, y la segunda es que el trabajador adquiera una mayor destreza en su trabajo y consiga así unos salarios más elevados. En lo que se refiere a los africanos, ambas vías para progresar están limitadas deliberadamente por la legislación.

El Gobierno siempre ha tratado de poner trabas a los africanos en su búsqueda de educación. Hay una educación obligatoria para todos los niños blancos sin casi ningún coste para los padres, ya sean ricos o pobres. Los niños africanos, sin embargo, por lo general tienen que pagar más por sus estudios que los blancos.

Aproximadamente el 40% de los niños africanos en el grupo de edades comprendidas entre los siete y los 14 años no van al colegio. Para los que van, los niveles son muy diferentes de los que se exigen a los niños blancos. Solo 5.660 niños africanos en toda Sudáfrica consiguieron superar la escuela primaria en 1962, y solo 362 aprobaron el examen de ingreso en la universidad.

Esto concuerda previsiblemente con la política de la educación bantú sobre la cual el actual primer ministro dijo: “Cuando tenga el control de la educación nativa la reformaré para que a los nativos se les enseñe desde su infancia a darse cuenta de que la igualdad con los europeos no es para ellos. Las personas que creen en la igualdad no son profesores deseables para los nativos. Cuando mi departamento controle la educación nativa sabrá para qué clase de educación superior es apto un nativo, y si tendrá una oportunidad en la vida de usar sus conocimientos”.

El otro obstáculo principal para el progreso de los africanos es la prohibición basada en el color vigente en la industria, según la cual los mejores trabajos están reservados solo para los blancos. Además, a los africanos que consiguen un empleo en las profesiones no cualificadas o semicualificadas abiertas a ellos no se les permite formar sindicatos que sean reconocidos. Esto significa que se les niega el derecho a la negociación colectiva, que sí se permite a los trabajadores blancos mejor pagados.

El Gobierno responde a sus detractores diciendo que los africanos en Sudáfrica viven en mejores condiciones que los habitantes de otros países en África. No sé si esta afirmación es cierta. Pero incluso si lo es, en lo que se refiere a los africanos, es irrelevante.

No nos quejamos de que seamos pobres en comparación con gente de otros países, sino de que somos pobres en comparación con los blancos en nuestro propio país, y de que la legislación impide que cambiemos este desequilibrio.

La falta de dignidad humana experimentada por los africanos es una consecuencia directa de la política de la supremacía blanca. La supremacía blanca implica la inferioridad de los negros. La legislación diseñada para mantener la supremacía de los blancos refuerza esta idea. Las labores de baja categoría son siempre realizadas por africanos.

Cuando hay que llevar o limpiar algo el hombre blanco siempre mira a su alrededor buscando a un africano que lo haga para él, tanto si el africano es un empleado suyo como si no. Debido a esta clase de actitud, los blancos tienden a considerar a los africanos como una estirpe diferente. No los consideran personas con familias propias; no se dan cuenta de que tienen emociones y de que se enamoran igual que los blancos; de que quieren estar con sus mujeres y sus hijos igual que los blancos quieren estar con los suyos; de que quieren ganar suficiente dinero para mantener a sus familias como es debido, alimentarlas, vestirlas y enviarlas al colegio. ¿Y qué sirviente, jardinero o jornalero puede esperar hacer esto alguna vez?

Las leyes relativas a los pases hacen que cualquier africano esté sometido a la vigilancia policial en todo momento. Dudo que haya un solo hombre africano en Sudáfrica que no haya tenido un roce con la policía por su pase. Cientos, miles, de africanos son encarcelados cada año conforme a las leyes de pases.

Y aún peor es el hecho de que las leyes de pases separen al marido y a la mujer, y lleven a la ruptura de la vida familiar. La pobreza y la ruptura de la familia tienen efectos secundarios. Los niños deambulan por las calles porque no tienen escuelas a las que ir, ni dinero para poder ir, ni padres en casa para ver que van, porque ambos progenitores (si es que hay dos) tienen que trabajar para mantener viva a la familia. Esto conduce a una ruptura de las normas morales, a un incremento alarmante de la ilegitimidad y a la violencia, que surge no solo en el ámbito político, sino en todas partes. La vida en los municipios segregados es peligrosa. No hay un día en el que no apuñalen o ataquen a alguien. Y la violencia se traslada fuera de los barrios segregados [hasta] las zonas donde viven los blancos. La gente tiene miedo de andar por las calles cuando anochece. Los allanamientos de morada y los robos están aumentando, a pesar del hecho de que ahora se puede imponer la pena de muerte por estos delitos. Las penas de muerte no pueden curar el resentimiento enconado.

Los africanos quieren que se les pague un salario mínimo. Los africanos quieren realizar un trabajo que sean capaces de realizar, y no un trabajo que el Gobierno declare que son capaces de realizar. Los africanos quieren que se les permita vivir donde puedan conseguir trabajo, y que no se les expulse de una zona porque no nacieron allí. Los africanos quieren que se les permita poseer tierras en lugares en los que trabajen, y que no se les obligue a vivir en casas alquiladas que nunca pueden llamar suyas. Los africanos quieren formar parte de la población general, y que no se les confine en sus propios guetos.

Los hombres africanos quieren que sus mujeres y sus hijos vivan con ellos donde trabajan, y que no se les obligue a llevar una vida poco natural en albergues para hombres. Las mujeres africanas quieren estar con sus hombres, y no quieren quedarse viudas permanentemente en las reservas. Los africanos quieren que se les permita salir después de las once de la noche, y no quieren que se les confine en sus habitaciones como a niños pequeños. Los africanos quieren que se les permita viajar en su propio país y buscar trabajo donde quieran, y no donde la oficina de trabajo les diga que lo hagan. Los africanos solo quieren una parte equitativa de toda Sudáfrica; quieren seguridad y participar en la sociedad.

Por encima de todo, queremos los mismos derechos políticos, porque sin ellos nuestras desventajas serán permanentes. Sé que esto les parece revolucionario a los blancos de este país porque la mayoría de los votantes serán africanos. Esto hace que el hombre blanco tema la democracia. Pero no se puede permitir que este temor se interponga en el camino de la única solución que garantizará la armonía racial y la libertad para todos. No es cierto que la concesión del derecho al voto a todo el mundo provocará una dominación racial. La división política, basada en el color, es totalmente artificial y, cuando desaparezca, también lo hará el dominio de un grupo de color sobre otro. El ANC se ha pasado medio siglo luchando contra el racismo. Cuando triunfe, no cambiará esa política.

Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.

Traducción de News Clips.

EL PAÍS, 7 de diciembre de 2013

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Discurso de Mandela ante el Congreso de los Estados Unidos

El líder de ANC, Nelson Mandela (C) responde a los aplausos antes de dirigirse a una reunión conjunta del Congreso en el Capitolio de junio 26 de 1990

El líder de ANC, Nelson Mandela (C) responde a los aplausos antes de dirigirse a una reunión conjunta del Congreso en el Capitolio de junio 26 de 1990

[…] Hemos  legado a Washington en el Distrito de Columbia, y a estas cámaras sagradas del Congreso de Estados Unidos, no aspirando a la grandeza, sino como una partícula de un pueblo que sabemos noble y heroico, que se multiplica, permanentemente, y se regocija con la esperanza, sabiendo que su humanidad se reafirmará y ampliará y por la comunión abierta y sin restricciones con las naciones del mundo.

Nuestras aspiraciones

Hemos venido para contarles, y a través de ustedes a su pueblo, igualmente noble y heroico, sobre los problemas y dificultades, las esperanzas y aspiraciones del pueblo del que venimos. Entendemos que vuestra amable y conmovedora invitación para que habláramos aquí deriva de un deseo de transmitir un mensaje a nuestro pueblo, y de acuerdo a sus propósitos humanos, de darle la oportunidad de decir lo que quiere, y cómo quiere que sea su relación con ustedes.

Nuestro pueblo demanda democracia. Nuestro país, que sigue sangrando y sufriendo, necesita la democracia. Reclama que la ley establezca que la libertad de hablar de la libertad constituye la esencia misma de la legalidad y lo que hace a la legitimidad del orden constitucional.

Está sediento por llegar a una situación en la que los que tienen derecho a llevar armas -como las fuerzas de seguridad nacional y del orden público- no las usen contra los ciudadanos, simplemente porque éstos afirman que la igualdad, la libertad y la búsqueda de la felicidad son los derechos humanos fundamentales que no sólo son inalienables, sino que deben defenderse con las armas, si es necesario.

Visualizamos y luchamos por un futuro en que todos, sin distinción de raza, color, credo o sexo, tengan derecho a votar y ser votados en todos los órganos del Estado. Estamos comprometidos en una lucha para garantizar que los derechos de cada individuo estén garantizados y protegidos a través de una constitución democrática, el imperio de la ley, un proyecto de ley arraigado en los derechos que deben ser aplicados por un poder judicial independiente, así como por un sistema político multipartidario.

Sr. Presidente

Somos realmente conscientes del hecho de que estamos frente a una institución histórica para cuya creación e integridad muchos hombres y mujeres perdieron la vida en la guerra de independencia, la Guerra Civil y la guerra contra el nazismo y el fascismo. La historia misma exige que nos dirijamos a ustedes con respeto, franqueza y sin disimulos.

Creemos firmemente en lo que hemos dicho sobre  los acuerdos políticos que queremos lograr en nuestro país. Se trata de algo por lo que muchos de nosotros fuimos a la cárcel, y por lo que muchos otros han muerto en prisiones, en la horca, en nuestras ciudades y pueblos de los países del sur de África. Pero es algo por lo que nuestros representantes políticos fueron incluso asesinados en países que se encuentran tan lejas de Sudáfrica como Francia.

Por desgracia, nuestra gente sigue muriendo hoy en día, víctima de agentes armados del Estado que todavía están decididos a empuñar las armas contra la idea misma de una democracia no racial. Pero esta es la perspectiva que creemos vuestro Congreso se sentirá feliz de apoyar y fomentar, con el enorme peso de su prestigio y autoridad como un representante eminente de la práctica democrática.

Objetivos económicos

Negarles a los pueblos sus derechos humanos es cuestionar su propia humanidad. Imponerles una vida de miseria, hambre y privaciones es deshumanizarlos. Pero tal ha sido el destino terrible de todas las personas negras en nuestro país bajo el sistema del apartheid. Hay que ver para creer el grado de privaciones que sufren millones de personas. El daño se hace más intolerable por la opulencia de nuestros compatriotas blancos y la distorsión deliberada de la economía para alimentar esa opulencia.

El proceso de reconstrucción de la sociedad sudafricana supondrá también necesariamente la transformación de su economía. Necesitamos una economía fuerte y pujante. Se requiere una economía que sea capaz de atender las necesidades de toda la gente de nuestro país, que pueda proporcionar alimentos, viviendas, educación, servicios de salud, seguridad social y todo lo que hace humana la vida humana, que hace la vida más alegre y no un largo encuentro con la desesperanza y la desesperación.

Creemos que dada la estructura de la economía del apartheid de Sudáfrica y las enormes necesidades apremiantes de la población, el gobierno democrático deberá intervenir inevitablemente en esta economía a través del parlamento elegido. Hemos planteado a la comunidad empresarial de nuestro país que la necesidad de un sector público constituye uno de los elementos de una estrategia multifacética de desarrollo económico y la reestructuración que tiene que ser considerada por todos nosotros, incluido el sector privado.

El ANC no tiene ninguna posición ideológica que implique que éste debe adoptar una política de nacionalización. Pero el ANC también considera que no existe en la economía sudafricana ningún mecanismo auto regulador que pueda asegurar, por sí solo, el crecimiento con equidad.

Al mismo tiempo, consideramos que es un hecho que el sector privado es un motor de crecimiento y desarrollo fundamental para el éxito de la economía mixta, que esperamos ver en el futuro de Sudáfrica. Estamos, por lo tanto, comprometidos a crear una economía en la que la gente de negocios, tanto de origen sudafricano como extranjero, tenga confianza en la seguridad de sus inversiones, tenga la garantía de una tasa razonable de rendimiento de su capital y haga negocios en condiciones de paz y estabilidad.

También debemos plantear muy firmemente que la solución política y la democracia misma no pueden sobrevivir a menos que las necesidades materiales del pueblo, las necesidades básicas, se aborden como parte del proceso de cambio y con carácter de urgencia. Que nunca suceda que la ira de los pobres se transforme en un dedo acusador apuntando hacia todos nosotros porque no respondimos a sus reclamos de alimentación, de vivienda, y de dignidad del individuo.

Necesitaremos vuestro apoyo para alcanzar los objetivos económicos post-apartheid, que son una parte intrínseca del proceso de restauración de los derechos humanos del pueblo de Sudáfrica. Nos gustaría abordar la cuestión de nuestra cooperación económica  no como una relación entre donante y receptor, entre un dependiente y un benefactor.

Beneficio mutuo

Nos gustaría creer que hay una manera en que podamos estructurar esta relación de modo que realmente  podamos beneficiarnos con sus enormes recursos en términos de capital, tecnología, espíritu emprendedor y sus mercados. Esta relación debe, sin embargo, ser una en la que vuestro pueblo también obtenga beneficios, de manera tal que nosotros -que luchamos por liberar el espíritu mismo de todo un pueblo de los lazos de arrogancia de la ideología y la práctica de la supremacía blanca- no construyamos una relación de dependencia servil y aduladora gratitud.

Uno de los beneficios para ambos pueblos y para el resto del mundo será que esta compleja sociedad sudafricana, que no ha conocido otra cosa sino el racismo durante tres siglos, se transforme en un oasis de las buenas relaciones raciales, donde el negro sea hermano del blanco, un compañero sudafricano, un ser humano igual, ambos ciudadanos del mundo. Para destruir el racismo en el mundo, nosotros, juntos, debemos borrar el racismo del apartheid en Sudáfrica. La justicia y la libertad deben ser nuestra herramienta, la prosperidad y la felicidad nuestra arma.

La paz, el proceso y la realidad actual

Sr. Presidente,
Señor Presidente,
Distinguidos representantes del pueblo estadounidense:

Ustedes saben mejor que nosotros que la paz es su propia recompensa. Nuestro propio destino, nacido de una sucesión de generaciones que se remonta a varios siglos, ha estado marcado por conflictos, tensión, y muerte. En cierto sentido nuestro pueblo no conoce el significado de la paz, salvo en la imaginación. Pero esto se debe a que no conoció la paz verdadera en su sentido real, debido a que durante siglos, las generaciones han tenido que enterrar a las víctimas de la violencia estatal que han luchado por el derecho a vivir en paz.

Por iniciativa del ANC, el proceso hacia la celebración de una solución pacífica ha comenzado. Estamos comprometidos a realizar los esfuerzos que incluyen la eliminación de los obstáculos a las negociaciones, de acuerdo a la lógica de la situación en que nos encontramos. A esto seguirá el establecimiento negociado del mecanismo mediante el cual se elabore la nueva Constitución.

Esto debería conducir a la formación de un cuerpo encargado de dictar una constitución democrática, que la elabore y apruebe. A continuación, se celebrarán elecciones sobre la base de esta Constitución, y por primera vez, Sudáfrica tendrá un cuerpo de legisladores que, como ustedes, responderán al mandato de todo el pueblo.

Pese al compromiso declarado del Presidente de Klerk a transitar este camino con nosotros y, a pesar de nuestra aceptación de su integridad y la honestidad de sus propósitos, estaríamos locos si creyéramos que el camino que nos espera no tiene mayores obstáculos. Demasiados de nuestros compatriotas blancos están inmersos en la ideología del racismo como para aceptar fácilmente que se necesita un cambio.

Sin embargo, la tragedia puede mancillar el futuro por el que rezamos y trabajamos si estos esclavos del pasado toman las armas en un esfuerzo desesperado para resistir el proceso que debe conducir a la transformación democrática de nuestro país. Para aquellos que se preocupan sobre la violencia en nuestro país, como nosotros, es hacia estas fuerzas hacia donde enfocar su atención, un proceso en el que nosotros estamos inmersos.

Tenemos que luchar todavía con la realidad de que Sudáfrica es un país en las garras del crimen del apartheid contra la humanidad. Las consecuencias de esto aún se dejan sentir no sólo dentro de nuestras fronteras, sino en todo el Sur de África, que sigue cosechando los frutos amargos de conflictos y guerras, especialmente en Mozambique y Angola. La paz no llegará a nuestro país y a nuestra región hasta que se haya terminado con el sistema del apartheid.

Las sanciones deben seguir
Por eso decimos que todavía tenemos una lucha en nuestras manos. Nuestros esfuerzos comunes y nobles para abolir el sistema de dominación de la minoría blanca deben continuar. Nos sentimos alentados y fortalecidos por haber logrado acordar con nosotros mismos, con este Congreso, así como con el presidente Bush y con su administración, que las sanciones deben continuar. El propósito para el que fueron impuestas no se ha conseguido todavía.

Aún tenemos que llegar al punto en que podamos decir que Sudáfrica se encuentra en un curso irreversible hacia su transformación en un país unido, democrático y no racial. Rogamos que les cedan a los sudafricanos la prerrogativa de decidir el momento en que digan que los cambios profundos se han producido y un proceso irreversible se ha logrado, lo que permitirá que se levanten las sanciones impuestas por ustedes y por la comunidad internacional.

Nos gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecerles a todos por la lucha de principios que dio lugar a la adopción de la histórica Ley Extensa Anti-Apartheid, una contribución decisiva en el proceso de encaminar a nuestro país hacia las negociaciones. Le pedimos que vayan más lejos y nos ayuden con los recursos materiales que nos permitan promover el proceso de paz y satisfacer otras necesidades que surjan de la evolución de la situación que han contribuido a lograr.

Homenaje a los Estados Unidos

La actitud que ustedes adoptaron hizo saber a los millones de habitantes de nuestro pueblo que aquí tenemos amigos, que aquí quienes luchan contra el racismo se sienten heridos cuando a nosotros se nos lastima, que buscan nuestro éxito, porque ellos también buscan la victoria de la democracia sobre la tiranía. Y aquí no hablo sólo de ustedes, los miembros del Congreso de los Estados Unidos, sino también de las millones de personas que en esta gran tierra se pusieron de pie y participaron contra el sistema de apartheid. Las masas que nos han dado fuerza y ​​alegría por la forma en que nos han recibido desde que llegamos a este país.

Sr. Presidente,
Señor Presidente,
Senadores y Representantes:

El líder de ANC, Nelson Mandela, levanta las manos en respuesta a una ovación de pie al final de su discurso en una reunión conjunta del Congreso.

El líder de ANC, Nelson Mandela, levanta las manos en respuesta a una ovación de pie al final de su discurso en una reunión conjunta del Congreso.

Fuimos a la cárcel porque era imposible quedarse quieto mientras se imponía a nuestro pueblo la obscenidad del sistema de apartheid. Hubiera sido inmoral mantener silencio mientras una tiranía racista intentaba reducir a todo un pueblo a un estado peor que el de las bestias de la selva. Hubiera sido un acto de traición contra el pueblo y contra nuestra conciencia el permitir que el miedo y el impulso hacia la auto-preservación dominara nuestra conducta, obligándonos a permanecer ajenos a la lucha por la democracia y por los derechos humanos, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo.

Luego de leer sobre gigantes de la talla de George Washington, Abraham Lincoln y Thomas Jefferson no podríamos no haber sido inspirados a actuar como ellos lo hicieron. Luego de escuchar y admirar figuras como John Brown, Sojourner Truth, Frederick Douglass, W.E.B. DuBois, Marcus Garvey, Martín Luther King Jr., y otros, no podríamos no haber sido motivados a actuar como ellos. Al tener conocimiento de vuestra Declaración de Independencia, no podríamos no unirnos en la lucha para garantizar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad del pueblo.

Estamos muy agradecidos a todos ustedes por persistir en la determinación de que nosotros y otros presos políticos fuéramos liberados de la cárcel. Ustedes nos han dado el don y el privilegio de reunirnos con nuestro pueblo, con vosotros y con el resto de la comunidad internacional en un esfuerzo común de transformar a Sudáfrica en un país unido, democrático y no racial. Ustedes nos han dado el poder de unir sus manos con toda la gente de conciencia para luchar por la victoria de la democracia y los derechos humanos en todo el mundo.

Estamos contentos de que se hayan unido a nuestro pueblo e hicieran posible que saliéramos de la oscuridad de la celda de la prisión y nos uniéramos al proceso contemporáneo de la renovación del mundo. Les agradecemos muy sinceramente todo lo que han hecho y contamos con que continúen con sus nobles esfuerzos para lograr la liberación del resto de nuestros presos políticos y la emancipación de nuestro pueblo de la prisión más grande que es el apartheid de Sudáfrica.

Que triunfe la justicia

Quizás no esté lejos el día en que podamos tomar prestadas las palabras de Thomas Jefferson y hablar de la voluntad de la nación sudafricana. En el ejercicio de la voluntad de esta nación unida de la gente blanca y negra sin dudas nacerá un país en el extremo sur de África que ustedes estarán orgullosos de poder llamar un amigo y un aliado, debido a su contribución a la lucha universal por la libertad, los derechos humanos, la prosperidad y la paz entre los pueblos.

Que venga ese día ahora. Mantengamos nuestros brazos enlazados juntos para que podamos formar una sólida falange contra el racismo para que llegue ese día ahora. Asegurémonos, por nuestras acciones comunes, de que triunfe la justicia sin demora. Cuando esto haya sucedido, entonces seremos merecedores del saludo: bienaventurados los que procuran la paz.

Gracias por su amable invitación para hablar hoy aquí y gracias por la bienvenida y la atención que han otorgado a nuestro sencillo mensaje.

Discurso pronunciado ante la sesión conjunta de ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos el 26 de junio de 1990, pocos meses después de su liberación.

FuenteSouth African History Online (Traducción de El Historiador)

#mandela

Requiem por Nelson Mandela

En su investidura como Presidente electo de Sudafrica, el 10 de mayo de 1994, el ya para esa época ganador del Nobel de la Paz, Nelson Mandela, brindó un discurso que ya está impreso en la historia mundial como una de las grandes obras de la reconciliación racial. A continuación, reproducimos el discurso en forma completa:

“En el día de hoy, todos nosotros, mediante nuestra presencia aquí y mediante celebraciones en otras partes de nuestro país y del mundo, conferimos esplendor y esperanza a la libertad recién nacida. De la experiencia de una desmesurada catástrofe humana que ha durado demasiado tiempo debe nacer una sociedad de la que toda la Humanidad se sienta orgullosa.

Nuestros actos diarios como sudafricanos comunes deben producir una auténtica realidad sudafricana que reafirme la creencia de la Humanidad en la justicia, refuerce su confianza en la nobleza del alma humana y dé aliento a todas nuestras esperanzas de una vida espléndida para todos. Todo esto nos lo debemos a nosotros mismos y se lo debemos a los pueblos del mundo que tan bien representados están hoy aquí.

Sin la menor vacilación digo a mis compatriotas que cada uno de nosotros está íntimamente arraigado en el suelo de este hermoso país, igual que lo están los famosos jacarandás de Pretoria y las mimosas del Bushveld. Cada vez que uno de nosotros toca el suelo de esta tierra, experimentamos una sensación de renovación personal. El clima de la nación cambia a medida que lo hacen también las estaciones. Una sensación de júbilo y euforia nos conmueve cuando la hierba se torna verde y las flores se abren. Esa unidad espiritual y física que todos compartimos con esta patria común explica la profundidad del dolor que albergamos en nuestro corazón al ver cómo nuestro país se hacía pedazos a causa de un terrible conflicto, al verlo rechazado, proscripto y aislado por los pueblos del mundo, precisamente por haberse convertido en la sede universal de la ideología y la práctica perniciosas del racismo y la opresión racial.

Nosotros, el pueblo sudafricano, nos sentimos satisfechos de que la Humanidad haya vuelto a acogernos en su seno; de que nosotros, que no hace tanto estábamos proscriptos, hayamos recibido hoy el inusitado privilegio de ser los anfitriones de las naciones del mundo en nuestro propio territorio. Les damos las gracias a todos nuestros distinguidos huéspedes internacionales por haber acudido a tomar posesión, junto con el pueblo de nuestro país, de lo que es, a fin de cuentas, una victoria común de la justicia, de la paz, de la dignidad humana. Confiamos en que continuarán ofreciéndonos su apoyo a medida que nos enfrentemos a los retos de la construcción de la paz, la prosperidad, la democracia, la erradicación del sexismo y del racismo.

Apreciamos hondamente el papel que el conjunto de nuestro pueblo, así como sus líderes de masas, políticos, religiosos, jóvenes, empresarios, tradicionales y muchos otros, tanto hombres como mujeres, han desempeñado para provocar este desenlace. De entre todos ellos, mi segundo vicepresidente, el honorable F.W. de Klerk, es uno de los más significativos. También nos gustaría rendir tributo a nuestras fuerzas de seguridad, a todas sus filas, por el distinguido papel que han desempeñado en la salvaguarda de nuestras primeras elecciones democráticas, así como de la transición a la democracia, protegiéndonos de fuerzas sanguinarias que continúan negándose a ver la luz.

Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen.Nos ha llegado el momento de construir. Al fin hemos logrado la emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo del persistente cautiverio de la pobreza, las privaciones, el sufrimiento, la discriminación de género así como de cualquier otra clase. Hemos logrado dar los últimos pasos hacia la libertad en relativas condiciones de paz. Nos comprometemos a construir una paz completa, justa y perdurable. Hemos triunfado en nuestro intento de implantar esperanza en el seno de millones de los nuestros. Contraemos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los sudafricanos, tanto negros como blancos, puedan caminar con la cabeza alta, sin ningún miedo en el corazón, seguros de contar con el derecho inalienable a la dignidad humana: una nación irisada, en paz consigo misma y con el mundo.

Como muestra de este compromiso de renovación de nuestro país, el nuevo gobierno provisional de unidad nacional, puesto que es apremiante, aborda el tema de la amnistía para gente nuestra de diversa condición que actualmente se encuentra cumpliendo condena. Dedicamos el día de hoy a todos los héroes y las heroínas de este país y del resto del mundo que se han sacrificado de numerosas formas y han ofrendado su vida para que pudiéramos ser libres. Sus sueños se han hecho realidad. La libertad es su recompensa. Nos sentimos a la par humildes y enaltecidos por el honor y el privilegio que ustedes, el pueblo sudafricano, nos han conferido como primer presidente de una Sudáfrica unida, democrática, no racista y no sexista, para conducir a nuestro país fuera de este valle de oscuridad.

Aun así, somos conscientes de que el camino hacia la libertad no es sencillo. Bien sabemos que ninguno de nosotros puede lograr el éxito actuando en soledad. Por consiguiente, debemos actuar en conjunto, como un pueblo unido, para lograr la reconciliación nacional y la construcción de la nación, para alentar el nacimiento de un nuevo mundo.

Que haya justicia para todos. Que haya paz para todos. Que haya trabajo, pan, agua y sal para todos. Que cada uno de nosotros sepa que todo cuerpo, toda mente y toda alma han sido liberados para que puedan sentirse realizados. Nunca, nunca jamás volverá a suceder que esta hermosa tierra experimente de nuevo la opresión de los unos sobre los otros, ni que sufra la humillación de ser la escoria del mundo. Que impere la libertad. El sol jamás se pondrá sobre un logro humano tan esplendoroso. Que Dios bendiga a Africa. Muchas gracias.

Y citó el siguiente poema, escrito por Marianne Williamson:

‘Nuestro temor más profundo no es que somos meramente idóneos.

Nuestro temor más profundo es que tenemos poder más allá de toda medida.

Es nuestra luz o nuestras tinieblas, lo que nos atemoriza.

Nos preguntamos¿quién soy para ser brillante, maravilloso, talentoso y fabuloso?.

En realidad ¿quién eres para no serlo?

Sois los niños de Dios.

Si actuáis de forma pequeña de nada le sirven al mundo.

No es un acto iluminado encogerse para que las otras personas a vuestro alrededor no se sientan inseguras.

Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que se halla en nosotros.

No en algunos de nosotros está en todos.

Y cuando permitimos que nuestra propia luz brille, inconscientemente le damos permiso a la otra gente para que haga lo mismo.

A medida que nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

#mandela

Refugiados y violencia de género

Una mujer congoleña desplazada organiza la leña que ha recolectado. Las mujeres son expuestas al riesgo de violencia sexual al recoger la leña necesaria para el hogar.

El ACNUR se ocupa de unos 20 millones de personas, entre refugiados y desplazados internos, aunque se calcula que en el mundo hay cerca de 50 millones. El 80% de la población de refugiados lo componen mujeres y niños. Cerca de 1,2 millones de niños y niñas son víctimas de trata anualmente.

El 80% de las personas con las que se trafica anualmente son mujeres y niñas. Más de 300.000 menores de edad han sido reclutados forzosamente en conflictos armados y cerca de la mitad son niñas que, en su mayoría, son empleadas también como esclavas sexuales. La Mutilación Genital Femenina afecta a 3 millones de niñas anualmente en 28 países de África, Asia y Oriente Medio. Una de cada tres mujeres en el mundo ha sido golpeada, maltratada u obligada a mantener relaciones sexuales. Entre los 15 y los 44 años de edad, se produce el mismo número de muertes de mujeres por actos de violencia que por cáncer.

Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Nueva Zelanda, Reino Unido y España están entre el número cada vez mayor de países que han concedido el estatuto de refugiado sobre la base de la persecución por motivos de género.

ACNUR, Historias con rostro, 2007

Para conocer y profundizar más en estos contenidos, puede utilizarse los siguientes recursos:

Las guerras del Caucaso y los conflictos en África