Colonización y grandeza nacional

Paul Leroy-Beaulieu (Saumur, 9-diciembre-1843 / París, 9-diciembre-1916)

«La colonización es la fuerza expansiva de un pueblo, es su potencia de reproducción, es su dilatación y su multiplicación a través del espacio; es la sumisión del universo o de una gran parte de él a su lengua, a sus costumbres, a sus ideas y a sus leyes. Un pueblo que coloniza es un pueblo que pone las bases de su grandeza futura. Todas las fuerzas vivas de la nación colonizadora se ven acrecentadas por este desbordamiento hacia fuera de esta desbordante actividad. Desde el punto de vista material, el número de los individuos que forman la raza aumenta en una proporción sin límites; la cantidad de recursos nuevos, de nuevos productos, de equivalentes de cambio hasta ahora desconocidos que demandan la intervención de la industria metropolitana, es inconmensurable; el campo que se abre a los capitales de las metrópolis y el dominio explotable que se ofrece a la actividad de sus ciudadanos son infinitos. Desde el punto de vista moral e intelectuales, este acrecimiento del número de las fuerzas y de las inteligencias humanas, estas condiciones diversas en las que todas estas inteligencias se encuentran situadas, modifican y diversifican la producción intelectual. ¿Quién podrá negar que la literatura, las artes y las ciencias de una raza determinada, al ser amplificadas de este modo, adquieren una pujanza que no se encuentra en otros pueblos, de naturaleza más pasiva y sedentaria?

Desde cualquier punto de vista que se adopte, sea que nos contentemos con la consideración de la prosperidad, de la autoridad y de la influencia política, sea que nos elevemos a la contemplación de la grandeza Intelectual, he aquí el enunciado de una verdad Indiscutible: el pueblo que coloniza más es el mejor pueblo; si no lo es hoy, lo será mañana».

P. Leroy-Beaulieu: De la colonisation chez les peuples modernes. París, 1870.

Fundamentos científicos para la colonización europea

Guerreros masai. Las grandes diferencias de cultura con los pueblos africanos fueron erróenamente interpretados como signo de una supuesta superioridad cultura de Europa

Las siguientes deducciones generales fueron hechas:

1º. Que hay tan buenas razones para clasificar al negro como una especie distinta al europeo como as hay para hacer del asno una especie distinta de la cebra; y si tomamos en consideración en la clasificación la inteligencia, hay más grande diferencia entre el negro y el anglosajón que entre el gorila y el chimpancé.
2º. Que las analogías son más numerosas entre el negro y los monos que entre el europeo y los monos.
3º. Que el negro es inferior, intelectualmente, al europeo.
4º. Que el negro es más humano en su natural subordinación al europeo que bajo cualquier otra circunstancia.
5º. Que el negro puede sólo ser humanizado y civilizado por los europeos.
6º. Que la civilización europea no es adecuada a las necesidades y al carácter del negro.

J. HUNT, Sesión científica de la Sociedad Antropológica de Londres, del 17 de noviembre de 1863

La expansión colonial, según Lord Salisbury

Lord Salisbury

“Podemos dividir las naciones del mundo, grosso modo, en vivas y moribundas. Por un lado, tenemos grandes países cuyo enorme poder aumenta de año en año, aumentando su riqueza, aumentando su poder, aumentando la perfección de su organización. Los ferrocarriles les han dado el poder de concentrar en un solo punto la totalidad de la fuerza militar de su población y de reunir ejércitos de un tamaño y poder nunca soñados por las generaciones que han existidos. La ciencia ha colocado en manos de esos ejércitos armamentos que aumentan el poder, terrible poder, de aquellos que tienen la oportunidad de usarlos. Junto a estas espléndidas organizaciones, cuya fuerza nada parece capaz de disminuir y que sostiene ambiciones encontradas que únicamente el futuro podrá dirimir a través de un arbitraje sangriento, junto a estas, existen un número de comunidades que sólo puedo describir como moribundas, aunque el epíteto indudablemente se le aplica en grado diferente y con diferente intensidad. Son principalmente comunidades no cristianas, aunque siento decir que no es éste exclusivamente el caso, y en esos Estados, la desorganización y la decadencia avanzan casi con tanta rapidez como la concentración y aumento de poder en las naciones vivas que se encuentran junto a ellos. Década tras década, cada vez son más débiles, más pobres y poseen menos hombres destacados o instituciones en que pode confiar, aparentemente se aproximan cada vez más a su destino aunque todavía se agarren con extraña tenacidad a la vida que tienen. En ellas no sólo no se pone remedio a la mala administración, sino que ésta aumenta constantemente. La sociedad, y la sociedad oficial, la Administración, es un nido de corrupción, por lo que no existe una base firme en la que pudiera apoyarse una esperanza de reforma y reconstrucción, y ante los ojos de la parte del mundo informada, muestran endiverso grado, un panorama terrible, un panorama que desafortunadamente el incremento de nuestros medios de información y comunicación describen con los más oscuros y conspicuos tintes ante la vista de todas las naciones, a pelando tanto a sus sentimientos como a sus intereses, pidiendo que les ofrezcan un remedio.

Alegoría del Imperialismo Británico. Los dominios de Victoria I (1819-1901), reina de Gran Bretaña e Irlanda y Emperatriz de la India (entre 1876 y 1901), se extendían a lo largo y a lo ancho de 32 millones de kilómetros cuadrados (130 veces la superficie actual del Reino Unido). Las rebeliones de los países sometidos dentro de tan vasto imperio (Afganistán, Australia, Birmania, Egipto, India, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Sudán, Irlanda, etc.), y los conflictos instigados por Londres, como las dos Guerras del Opio y la Guerra de los Boxers en China, provocaron más de cien millones de muertos en un período de apenas sesenta años (1840-1900).

(…) Por una u otra razón, por necesidades políticas o bajo presiones filantrópicas, las naciones vivas se irán apropiando gradualmente de los territorios de las moribundas y surgirán rápidamente las semillas y las causas de conflicto entre las naciones civilizadas (…) naturalmente no debemos suponer que a una sola de las naciones vivas se le permita tener el beneficioso monopolio de curar o desmenuzar a estos desafortunados pacientes (risas) (…) estas cuestiones pueden ocasionar diferencias fatales entre las grandes naciones cuyos poderosos ejércitos se encuentran frente a frente amenazándose (…) indudablemente no vamos a permitir que Inglaterra quede en situación desventajosa en cualquier reajuste que pueda tener lugar (aplausos). Por otro lado, no sentiremos envidia si el engrandecimiento de un rival elimina la desolación y la esterilidad de regiones en las que nuestros brazos no pueden alargarse (…)”

Discurso pronunciado por Robert Gascoyne-Cecil, Lord Salisbury (Primer Ministro, Jefe del Partido Consevador, del Reino Unido) 4 de mayo de 1898 en el Albert Hall. The Times, 5 de mayo de 1898

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Los factores de la colonización europea, según Jules Ferry

Jules Ferry

Jules Ferry

«Se puede relacionar el sistema de expansión colonial con tres tipos de ideas: ideas económicas, ideas de civilización […] e ideas de orden político y patriótico.

[…] La primera forma de la colonización es la que ofrece un asilo y trabajo al excesivo crecimiento de la población de los países pobres o de los que poseen una población numerosa. Es evidente, en efecto, que un país que deja escapar una gran cantidad de emigrantes no es un país feliz, ni un país rico. Y no es censurar a Francia, ni dirigirle una injuria a Francia, decir que, de todos los países de Europa, es el que tiene el menor número de emigrantes.

Pero hay otra forma de colonización: la que se adapta a los pueblos que poseen un exceso de capitales o un excedente de productos. Y ésta es la más moderna, actual, la más extendida y la más fecunda. […]  Las colonias son para los países ricos una inversión de capitales de lo más ventajosa. […] La cuestión colonial es para los países abocados por la naturaleza misma de su industria a una gran exportación, como es la nuestra, la cuestión misma de los mercados. Os digo que Francia, que siempre ha disfrutado de grandes capitales y ha exportado cantidades considerables de estos al extranjero, tiene interés en considerar este aspecto más importante de la cuestión colonial. [….] La experiencia demuestra que eso era suficiente […] en los tiempos que corren y en la crisis que atraviesan todas las industrias europeas, la fundación de una colonia es la creación de un mercado. Se ha señalado y los ejemplos abundan en la Historia económica de pueblos modernos, que es suficiente que el lazo colonial subsista entre la madre patria que produce y las colonias que ella ha fundado, para que el predominio económico acompañe y soporte, de alguna manera, el predominio político […].

Señores, hay un segundo punto, un segundo orden de ideas que debo igualmente abordar. Créanme lo más rápidamente posible: es el lado humanitario y civilizador de la cuestión […]. Es preciso decir abiertamente que, en efecto, las razas superiores tienen un derecho con respecto a las razas inferiores porque existe un deber para con ellas. Las razas superiores tienen el deber de civilizar a las razas inferiores […] ¿y existe alguien que pueda negar que existe más justicia, más orden material y moral, más igualdad, más virtudes sociales en el Africa del Norte desde que Francia ha hecho su conquista? Cuando fuimos a Argelia para destruir la piratería y asegurar la libertad del comercio en el Mediterráneo, ¿hicimos acaso acciones de corsarios, conquistadores o devastadores […]? […]

Por último, no hay compensaciones por los desastres que hemos sufrido [la pérdida de Alsacia y Lorena] […] y yo afirmo que la política colonial de Francia, que nos ha llevado -bajo el imperio- a Saigón y a la Cochinchina, que nos ha llevado a Túnez, que nos ha hecho llegar a Madagascar, afirmo que esta política de expansión imperial está inspirada en una verdad: una marina como la nuestra no puede prescindir de puertos sólidos, de defensas, de centros de aprovisionamiento».

Discurso de Jules Ferry, ministro de Asuntos Exteriores francés, ante la Cámara de Diputados, el 28 de julio de 1885.

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