El origen netamente americano de la crisis, según Roosevelt

Franklin Delano Roosevelt

«Finalmente, cuando fue imposible ignorar durante más tiempo los hechos y hubo que buscar excusas, Washington descubrió que la depresión venía del extranjero. En el mes de octubre de año pasado la política oficial se presentó ante nosotros de la forma siguiente: “la depresión se ha visto agravada por los acontecimientos producidos por el extranjero, que escapan tanto al control de nuestros conciudadanos como al de nuestro Gobierno”. Una excusa, no la perdáis de vista, amigos míos, que el Presidente ha repetido en el discurso de la aceptación de la nominación, la pasada semana […]

Los informes realizados por las naciones civilizadas de la Tierra prueban dos hechos: en primer lugar, que la estructura económica de las otras naciones se ha visto afectada por la creciente ola de especulación en los Estados Unidos y que la disminución de nuestros préstamos al extranjero ha contribuido a generar un estado de miseria; en segundo lugar, que la burbuja de las quimeras estalló en primer lugar en su país de origen…, los Estados Unidos.

El gran derrumbamiento en los otros países no ha hecho más que continuar el nuestro. No se produce a mismo tiempo que el nuestro. Además, nuevas disminuciones de préstamos al extranjero y el estancamiento del comercio provocado por la tarifa de Grundy han perpetuado la depresión en los negocios internacionales».

Discurso del candidato demócrata F.D. Roosevelt del 20 de agosto de 1932 durante la campaña electoral para la presidencia

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El anuncio del New Deal, 1932

El rostro de Franklin Delano Roosevelt, tomado de la página principal del programa de toma de posesión del presidente Franklin Delano Roosevelt , y el vicepresidente John Garner, el 4 de marzo de 1932. (UPI Foto / Smithsonian / Archivos)

Presidente Hoover, presidente de la Corte Suprema, amigos (1):

Hoy es un día de consagración nacional, y estoy seguro de que mis conciudadanos estadounidenses esperan que, en mi investidura a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la determinación que exige la actual situación de nuestro país. Este, en especial, es el momento de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y valor. No debemos rehuir, debemos hacer frente sin temor a la situación actual de nuestro país.

Esta gran nación resistirá como lo ha hecho hasta ahora, resurgirá y prosperará. Por tanto, ante todo, permítanme asegurarles mi firme convicción de que a lo único que debemos temer es al temor mismo, a un terror indescriptible, sin causa ni justificación, que paralice los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso.
En toda situación adversa de la historia de nuestra nación, un gobierno franco y enérgico ha contado con la comprensión y el apoyo del pueblo, fundamentales para la victoria. Estoy convencido de que el gobierno volverá a contar con su apoyo en estos días críticos. Con dicho espíritu, por mi parte y por la de ustedes, nos enfrentamos a nuestras problemáticas comunes que, gracias a Dios, sólo entrañan cuestiones materiales.

Los valores han caído hasta niveles inverosímiles, han subido los impuestos, los recursos económicos del pueblo han disminuido, el gobierno se enfrenta a una grave reducción de ingresos, los medios de pago de las corrientes mercantiles se han congelado, las hojas marchitas del sector industrial se esparcen por todas partes, los agricultores no hallan mercados para su producción, miles de familias han perdido sus ahorros de muchos años. Y lo más importante, gran cantidad de ciudadanos desempleados se enfrenta al triste problema de la subsistencia, y un número igual trabaja arduamente con escasos rendimientos.

Únicamente un optimista ingenuo negaría la trágica realidad de la situación. Sin embargo, nuestras penurias no se derivan de una carencia de recursos. No sufrimos una plaga de langostas. En comparación con los peligros que nuestros antepasados vencieron gracias a su fe y a su coraje, aún tenemos mucho por lo que sentirnos agradecidos. La naturaleza continúa ofreciéndonos su exuberante abundancia, y los denuedos humanos la han multiplicado. A nuestros pies se extiende una gran riqueza; no obstante, su generosa distribución languidece a la vista de cómo se administra.

Primordialmente, esto se debe a que quienes gestionan el intercambio de los bienes de la humanidad han fracasado a causa de su obstinación e incompetencia, han admitido dicho fracaso y han dimitido. Las prácticas de los cambistas poco escrupulosos comparecen en el banquillo de los acusados ante el tribunal de la opinión pública, repudiados por los corazones y por las mentes de los hombres.

Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en que apliquemos valores sociales más nobles que el mero beneficio económico. La felicidad no radica en la mera posesión de dinero; radica en la satisfacción del logro, en la emoción del esfuerzo creativo. La satisfacción y el estímulo moral del trabajo no deben volverse a olvidar en la irreflexiva persecución de beneficios fugaces.

La recuperación no sólo reclama cambios en la ética. Este país exige acción, y una acción inmediata. Nuestro mayor y primordial empeño es el de poner a la gente a trabajar. No es un problema insoluble si nos enfrentamos a él con juicio y arrojo. Como política personal práctica, soy partidario de solucionar primero los problemas más acuciantes. No escatimaré esfuerzos en recomponer el mercado mundial mediante un reajuste económico internacional. No obstante, la situación de emergencia nacional no puede esperar a que esto se vea cumplido. La idea fundamental en la que se basan estas medidas específicas para la recuperación de nuestro país no se restringe sólo al ámbito nacional. Es la insistencia, como primer factor para tener en cuenta, en la interdependencia de los diferentes elementos y territorios de los Estados Unidos; el reconocimiento de la vieja, y siempre importante, manifestación del espíritu estadounidense del pionero. Es el camino hacia la recuperación. Es el camino inmediato. Es la profunda convicción de que la recuperación será perdurable.

En el ámbito de la política internacional, consagraría este país a la política del buen vecino; del vecino que se respeta a sí mismo con resolución porque, al hacerlo, respeta los derechos del resto; del vecino que respeta sus compromisos y la inviolabilidad de sus acuerdos con una comunidad de vecinos mundial de la que forma parte. Si interpreto bien el ánimo de nuestro pueblo, es ahora cuando comprendemos, como nunca antes lo habíamos hecho, nuestra interdependencia; que no podemos limitarnos a tomar, sino que también debemos ofrecer.

Sé que estamos preparados y dispuestos a someter nuestras vidas y nuestros bienes a dicha disciplina porque es la que hace posible un gobierno con miras a un bien mayor. Esto es lo que me propongo ofrecerles, con la promesa de que estos propósitos supremos nos hermanarán a todos, como si se tratara de un compromiso sagrado, en una unidad en el deber sólo promovida hasta la fecha en tiempos de conflictos armados.

Al amparo de mi deber constitucional, estoy dispuesto a recomendar las medidas que requiera una nación abatida en medio de un mundo abatido. Con el poder que me otorga la autoridad constitucional, trataré de llevar a una rápida adopción estas medidas o aquellas otras que el Congreso elabore a partir de su experiencia y su sabiduría. No obstante, en el caso de que el Congreso fracase en la adopción de uno de estos dos caminos, y en el caso de que la emergencia nacional siga siendo crítica, no eludiré el claro cumplimiento del deber al que habré de enfrentarme. Pediré al Congreso el único instrumento que queda para enfrentarse a la crisis: un amplio poder ejecutivo para librar una batalla contra la emergencia, equivalente al que se me concedería si estuviéramos siendo invadidos por un enemigo.

A cambio de la confianza en mí depositada, devolveré el coraje y la entrega que requieren estos tiempos. Es lo mínimo que puedo hacer. Nos enfrentamos a los arduos días que nos depara el futuro con la cálida resolución de la unidad nacional, con la conciencia tranquila del que busca viejos e inestimables valores morales, con la clara satisfacción que produce el cumplimiento del deber por parte de ancianos y jóvenes por igual.

Aspiramos a la seguridad de una vida nacional equilibrada y perdurable. No desconfiamos del futuro de la democracia fundamental. El pueblo de los Estados Unidos no ha fracasado. En su momento de necesidad nos ha transmitido el mandato de que desea una acción directa y enérgica. Ha exigido al gobierno disciplina y dirección. Me ha convertido en el actual instrumento de sus deseos. Lo acepto como si fuera un regalo. En este día inaugural, pedimos con humildad la bendición de Dios. ¡Que nos proteja a todos y a cada uno de nosotros! ¡Que me guíe en los días venideros!

FRANKLIN DELANO ROSSEVELT, Discurso de toma de posesión como Presidente de EE.UU.,  4 de Marzo de 1933

[1] Expone su plan de reformas económicas y sociales en circunstancias que EE.UU se debatía en la crisis del 30. Es la antesala del “New Deal” (Nuevo Trato) que Roosevelt prometió por primera vez en su discurso de campaña electoral que pronunciara en la Convención Demácrata de Chicago de 1931 donde dijera: “un nuevo trato para el pueblo estadounidense”. El New Deal tomó forma en los primeros cien días de su asunción; llamado el primer plan mediante una reforma del sistema financiero, dejando en pie a un 75 por ciento de los bancos de todo el país luego de un feriado de tres días en sus actividades. El 19 de abril declaró el fin del Patrón Oro, por lo cual se prohibieron las salidas del metálico al extranjero y se devaluó el dólar. La resolución del problema bancario le brindó el apoyo de la gente común, lo que le permitió hacer aprobar las medidas legislativas que conformaron el nuevo programa económico.

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Una alternativa de solución a la crisis: el «New Deal»

Franklin D. Roosevelt

En un discurso de 1932, el futuro presidente Franklin D. Roosevelt, alma del -New Deal-, expone los fundamentos del mismo, haciendo hincapié, sobre todo, en la situación de los pequeños propietarios y empresas, a quienes se ofrece como solución la tarea dirigiste y fiscalizadora del Estado para corregir abusos y defectos.

«…Una mirada a la situación actual nos da idea con claridad de que la igualdad de oportunidades ya no existe. Nuestras estructuras industriales han sido definitivamente construidas, el problema, pues, es si en determinadas condiciones pueden ser reconstruidas. Nuestra última frontera ha sido alcanzada hace tiempo, y prácticamente ya no hay tierra libre. Más de la mitad de nuestro pueblo no vive en las granjas o en las tierras y no puede lograr un modo de vida cultivando su propiedad. No hay una válvula de seguridad para quienes se han lanzado a trabajar las praderas del oeste, porque las maquinarias económicas del norte pueden inventar una nueva salida. No estamos autorizados a invitar a la emigración de Europa para que comparta nuestra abundancia sin fin. Ahora nos preocupamos en buscar una vida segura para nuestro pueblo.

Nuestro sistema de elevar constantemente las tarifas se ha vuelto al fin contra nosotros, hasta el punto de cerrar nuestra frontera canadiense en el norte, nuestros mercados europeos en el este y varios de nuestros mercados latinoamericanos en el sur, y una buena parte de nuestros mercados del Pacífico en el oeste, por causa de las tarifas protectoras de esos países […] Esto ha producido la reducción de la actividad de las fábricas americanas y de las oportunidades de empleo.

Desde el momento en que ha cesado la libertad de la pequeña empresa, también la oportunidad en los negocios ha disminuido. Es aún cierto que los hombres pueden emprender pequeñas empresas, confiando en la astucia natural y en la capacidad de mantenerse al lado de los competidores; pero sector tras sector ha quedado ocupado casi totalmente por las grandes corporaciones, e incluso el campo, del que aún no se habían preocupado […] Últimamente se ha hecho un estudio cuidadoso de la concentración de negocios en los Estados Unidos. Demostró que nuestra vida económica estaba dominada por unas seiscientas compañías, que controlaban a los dos tercios de la industria americana. Diez millones de hombres de negocios de poca importancia, dividían el otro tercio […] Desdichadamente vamos inexorablemente hacia una economía oligárquica si no nos preocupamos de evitarlo.

Evidentemente, todo esto pide un reajuste de los valores. Un mero constructor de varias plantas industriales, un creador de varios sistemas de ferrocarriles, un organizador de varias corporaciones, es más un peligro que una ayuda. El día del gran promotor o bien del titán financiero, en quien se confía totalmente con tal que quiera construir o desarrollar, ha pasado. Nuestra tarea consiste ahora no en descubrir o explotar los recursos naturales, o producir necesariamente más mercancías. Es mucho más sobria y menos dramática, ya que consiste en administrar los recursos y las instalaciones que tenemos, o tratar de restablecer los mercados exteriores para nuestra producción excesiva, enfrentándonos con los problemas de la falta de consumo o bien adecuar la producción al consumo, distribuir la riqueza y los productos de modo más equitativo, adaptando las organizaciones económicas que existen al servicio del pueblo. El día de la administración ilustrada ha llegado».

Discurso de Franklin D. Roosevelt, en San Francisco (23 de septiembre de 1932)

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La salida a la crisis de 1929: el keynesianismo

El modelo keynesiano

Primeras impresiones de Keynes del crack de Wall Street

John Maynard Keynes

«El mundo comienza a darse cuenta -desde hace algunas semanas sobre todo- de que estamos pasando por una de las mayores depresiones en la industria que se han conocido. El descenso en los precios es en todos los países uno de los más fuertes y rápidos, con la sola excepción quizá de 1921. Desde principios del presente año, el precio medio de los productos de consumo ha caído en un doce por ciento, y ciertos artículos, tales como el cobre, el caucho, la plata alcanza su más baja cotización mientras que otros vuelven a los precios de anteguerra.

En tales circunstancias, es inevitable que se produzca un gran retraimiento en los negocios. Las nuevas empresas se ven detenidas y retrasadas en todas partes del mundo, y los comerciantes están sufriendo importantes pérdidas por doquier. Este retraimiento afecta igualmente a los Estados Unidos de Norteamérica; pero ocurre que en aquel país no parecen tomar la situación tan en serio como fuera menester. Y esto constituye, sin duda, un elemento peligroso.

En la actualidad, en efecto, Wall Street se ilusiona con la esperanza de que ésta es una de tantas depresiones de menor cuantía, como ocurrió, por ejemplo, en 1924. Creo totalmente errónea semejante interpretación»..

‘Mr. J. Maynard Keynes nos habla de la crisis mundial’, El Sol, Madrid, 10 de junio de 1930.

Las correcciones keynesianas al sistema capitalista-liberal

La doctrina económica elaborada por Keynes marca un hito para el capitalismo liberal; el supo teorizar una serie de prácticas que, abiertamente o en latencia, habían ido cobrando realidad desde la primera guerra mundial. El papel asignado al estado en el campo económico frente al tradicional “laissez faire”, constituye la nota más sobresaliente de la elaboración teórica keynesiana.

«Aunque mi teoría apunta la importancia vital de atribuir a los organismos centrales ciertos poderes de dirección hoy confiados en su mayor parte a la iniciativa privada, le reconoce un amplio dominio de la actividad económica.

En lo que concierne a la propensión al consumo (1), el Estado se verá obligado a ejercer sobre ella una acción directa por su política fiscal a través de la determinación de la tasa de interés y quizá también por otros medios. En cuanto a los flujos de inversión (2), parece poco probable que la influencia de la política bancaria sobre la tasa de interés baste para llevarlos a su nivel óptimo. También pienso que una muy amplia socialización de la inversión se revelará como el único medio de asegurar la proximidad al pleno empleo, lo que no implica excluir los compromisos y fórmulas de todas clases que permitan al Estado cooperar con la iniciativa privada. Pero al margen de lo dicho, no hay razón alguna que justifique un socialismo de Estado abarcando la mayor parte de la vida económica de la comunidad las medidas de socialización pueden, por lo demás, ser aplicadas de un modo gradual y sin trastornar las tradiciones generales de la sociedad […].

Pero tan pronto como los organismos centrales hayan conseguido restablecer un régimen de producción que se corresponda con una situación lo más cercana posible al pleno empleo, la teoría clásica volverá a tener vigencia […].

La existencia de organismos centrales de dirección necesarios para asegurar el pleno empleo, acarreará, como es de suponer, una amplia extensión de las funciones tradicionales del Estado. Por otro lado, la teoría clásica moderna ha llamado la atención sobre los diversos casos en los que puede ser necesario moderar o dirigir el libre juego de las fuerzas económicas. Sin embargo, no subsistirá un amplio dominio sobre ellas, al menos allí donde la iniciativa y las responsabilidades privadas puedan ejercerse. En este contexto, las ventajas tradicionales del individualismo conservarán todo su valor…

El aumento de la esfera de competencias estatales, imprescindible para el ajuste recíproco de la propensión al consumo y al estímulo a la inversión, parecería a un tratadista del siglo XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de funciones se nos muestra no sólo como el único medio de evitar una completa destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de una práctica acertada de la iniciativa privada».

Keynes, J.M.: Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Payot, París, 1936, pp. 391 y ss.

1) Propensión a consumir; relación entre la renta real de los consumidores y el valor de las compras que ellos efectúan.

2) Flujo de inversiones: suma destinadas a las inversiones, es decir, al incremento del equipamiento de una empresa.