El nuevo orden mundial, 2011

Obama, tras anunciar la muerte de Bin Laden. | Efe

Diez años después, Estados Unidos ha iniciado la retirada de Irak y de Afganistán, está revisando su presencia en Pakistán tras la muerte de Bin Laden y se ve obligado a adaptar su estrategia de seguridad y defensa a unos presupuestos limitados por una deuda de más de 14 billones de dólares y por un déficit de casi tres billonesAunque intentarán mantener bases estratégicas y unidades especiales por tiempo indefinido en los países ocupados en el último decenio, el grueso de las fuerzas estadounidenses estará fuera de Irak a finales de 2011 y de Afganistán a partir de 2015. La Administración Obama corrige así algunos de los excesos y errores de su antecesor, George Bush, tras los atentados, que deterioraron gravemente la imagen e influencia de EEUU en el mundo y reconduce su acción exterior para hacer frente a desafíos mucho más importantes que Al Qaeda, como la competencia global de China y de otras potencias emergentes, la difusión incontrolable del poder a causa de la revolución informativa, la multiplicación de actores (legales e ilegales) no estatales, la proliferación de estados frágiles y la crisis económica y financiera más grave desde 1929.

Hillary Clinton, secretaria de Estado de EEUU, en Hong Kong en julio de 2011 durante su gira por Asia. | Efe

La gira de 11 días de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en julio por cinco países de Europa y Asia demostró la pérdida de influencia de EEUU en conflictos como la intervención de la OTAN en Libia, la crisis griega, la nuclearización de Irán y Corea del Norte, las revueltas de Siria, la crisis de Cachemira, la situación en Birmania, la tensión creciente en el Mar del Sur de China y el conflicto palestino-israelí. Más que a un declive de poder relativo o a la falta de una estrategia clara de seguridad, como señalan muchos críticos conservadores, esa pérdida de influencia se debe a la globalización y a una revisión de prioridades.

Prometiendo el cierre de Guantánamo y el fin de las torturas, ofreciendo diálogo a amigos y enemigos, retirando las fuerzas militares de Irak antes de enero de 2012 y empezando la retirada de Afganistán en julio de 2011, concentrando las operaciones en Afganistán en la persecución de Al Qaeda y eliminando a su líder principal, y sustituyendo el terrorismo por la crisis económica o la ciberseguridad como amenazas prioritarias para la seguridad nacional, Obama ha empezado a corregir el desastre heredado de Bush, pero está aún lejos de alcanzar sus objetivos.

Leon Panetta, secretario de Defensa de EEUU, visita a los soldados en Bagdad, el 11 de junio de 2011. | Efe

Frente a la avalancha de voces que niegan o critican la ausencia de una doctrina de seguridad en la Administración Obama, el profesor Daniel Drezner reconoce en Foreign Affairs no una sino dos estrategias paralelas: la primera, de retraimiento, para impulsar el multilateralismo, reducir los compromisos en el exterior, restablecer el prestigio perdido y transferir responsabilidades a los socios globales. Esta estrategia está perfectamente articulada en los principales discursos del presidente y de sus asesores desde 2009, aunque su aplicación en las relaciones con Rusia, China o Europa haya producido hasta hoy pobres resultados. De la segunda, que Drezner denomina ‘counterpunching’ (contragolpe), sólo estamos viendo la punta del iceberg en operaciones muy llamativas como la que acabó con Bin Laden el 2 de mayo, sin el menor escrúpulo por violar la legalidad internacional y la soberanía nacional de un país como Pakistán.

Aunque muy pocos se atreven a reconocerlo abiertamente, la opinión general en la Administración Obama es que el precio pagado por la seguridad de EEUU tras los atentados ha sido excesivo y no se corresponde, en absoluto, con los resultados.

Según el estudio del Grupo Eisenhower, del Instituto Watson, uno de los más completos realizados hasta la fecha,  hasta mediados de junio de 2011 las tres guerras han costado al menos 225.000 vidas (en su mayoría civiles iraquíes, afganos y pakistaníes), más de 6.000 militares estadounidenses, 1.200 militares de países aliados, 172 cooperantes y unos 200 periodistas. A ellos hay que añadir cerca de 400.000 heridos, 5 millones y medio de refugiados y más de 2 millones de desplazados. Cotejando los cálculos del  CRS (Congressional  Research Service), el Informe Stiglitz y los presupuestos oficiales, el costo total de las guerras de Bush, incluida la del terrorismo, se sitúa ya entre los 3’6 y los 4’4 billones de dólares.

Aunque ha habido elecciones tanto en Irak como en Afganistán, ambos países están en el Índice de Democracia de Freedom House en posiciones parecidas a las que ocupaban antes de la intervención estadounidense: Irak en el puesto 111 y Afganistán en el 150. En cuanto a corrupción, Transparencia Internacional da a Irak un 1,5 (la nota máxima es 10), el peor de Oriente Medio, y a Afganistán un 1,4.

Protestas contra EEUU en Pakistán en julio de 2011. | Efe

Tras dos años de investigación para el Washington Post, Dana Priest y William Arkin ofrecen otros datos relevantes en este décimo aniversario del 11-S (1):

  • En una década el Gobierno estadounidense ha establecido o reconstituido 263 organizaciones para hacer frente a algún aspecto de la mal llamada guerra contra el terror.
  • Los gastos en los servicios secretos en ese tiempo han aumentado un 250%, superando con creces los 75.000 millones de dólares anuales: más de lo que gasta el resto del mundo.
  • EEUU ha construido 33 edificios  o complejos de edificios sólo para burocracias viejas y nuevas de inteligencia, que ocupan más de 1 millón y medio de metros cuadrados: el equivalente de 22 Capitolios y 3 Pentágonos.
  • Para albergar a sus 230.000 funcionarios, a unos 8 kilómetros al sureste de la Casablanca se está construyendo, con un presupuesto de 3.400 millones de dólares, el nuevo departamento de Seguridad Interior.
  • El nuevo sistema de seguridad implantado produce unos 50.000 informes cada año, unos 136 cada día, lo que significa que la mayor parte, como ha sucedido siempre, no se leerán nunca. Muchos son banales y «podrían haberse escrito en una hora, consultando sólo Google», señala Fareed Zakaria en su resumen de la investigación del Post (2).
  • Cincuenta y un centros distintos, en 16 estados, vigilan el flujo de dinero que reciben las organizaciones terroristas y sale de ellas, pero la coordinación de la información entre ellos sigue dejando mucho que desear.
  • Unas 30.000 personas trabajan ya sólo en EEUU en los servicios de escucha telefónica y de seguimiento del terrorismo en otros medios de comunicación y, a pesar de ello, nadie anticipó lo que preparaba el comandante Nidal Malik Hasan en el Centro Médico Walter Reed del Ejército. Nadie escuchó ni transmitió a los superiores adecuados los avisos del padre del yihadista nigeriano sobre el atentado que preparaba su hijo en EEUU.

¿El hecho de que Al Qaeda no haya logrado golpear de nuevo a EEUU como en el 11-S justifica semejante esfuerzo? A diferencia de movilizaciones anteriores para la guerra, siempre acompañadas de leyes de emergencia y, en ocasiones, abusos de poder, el problema en esta campaña es, como sucedió con la Guerra Fría, que nadie conoce su final. Peor aún, el fin de la Guerra Fría estaba claro que desaparecía con la desaparición de la URSS. Nadie sabe, sin embargo, en qué momento se podrá cantar victoria contra el terrorismo y abolir los poderes excepcionales aprobados en los últimos diez años.

La detención o eliminación de la cúpula máxima de Al Qaeda, y la destrucción de su base operativa en Afganistán y Pakistán sin duda ayudarán, pero la amenaza terrorista no desaparecerá con la muerte de Osama Bin Laden.

Frente a los viejos y nuevos desafíos, el 11-S, Al Qaeda y las respuestas a los atentados seguramente serán un breve pie de página en la gran Historia del siglo XXI. En los próximos años, Estados Unidos seguirá siendo el actor dominante, pero cada día tendrá más dificultades  para controlar e imponer su agenda sin el apoyo de otros muchos Estados y actores no estatales.

(1) Los textos originales pueden consultarse en washingtonpost.com.
(2) ‘What America has Lost. Newsweek. September 13, 2010, p. 8.

Felipe Sahagún: Nuevo orden mundial, EL MUNDO / Especiales. 11-S, septiembre de 2011

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#ee-uu

Ideología del radicalismo terrorista islámico

Osama bin Laden

Declaramos la yihad contra el gobierno norteamericano […] ha cometido actos que son extremadamente injustos, horribles y criminales, tanto de manera directa como por mediación de la ocupación israelí de Palestina. Creemos que Estados Unidos es el responsable directo de los muertos en Palestina, Líbano e Irak. El gobierno norteamericano abandonó los sentimientos humanitarios al cometer esos crímenes pavorosos. Transgredió todas las reglas y se comportó de una forma jamás practicada por ningún poder, o ningún poder imperialista del mundo. Debido a su subordinación a los judíos, la arrogancia del régimen norteamericano ha llegado hasta el punto de ocupar Arabia. Por este y otros actos de transgresión e injusticia hemos declarado la yihad contra Estados Unidos, porque nuestra religión y nuestro deber es hacer la yihad, para exaltar la palabra de Dios y expulsar a los norteamericanos de todos los países musulmanes (.)

El país de los Dos Lugares Santos posee en nuestra religión una peculiaridad que lo diferencia de los demás países musulmanes. En nuestra religión está prohibida la estancia en él a cualquier persona que no sea musulmana. Por consiguiente , hemos concentrado nuestra atención en atacar a los soldados en ese país: aunque los civiles americanos no son el objetivo de nuestras acciones, deben marcharse (…)

El hundimiento de la Unión Soviética convirtió a Estados Unidos en una nación más altiva y arrogante; ha empezado a considerarse el amo del mundo y ha establecido lo que denominan el Nuevo Orden mundial […].

Declaraciones de Osama Bin Laden al periodista Peter Bergen, marzo de 1997.

#bin-laden, #islamismo

Principios ideológicos del ayatolá Jomeini

Jomeini, saludando a sus seguidores- AFP

El gobierno islámico no puede ser totalitario ni despótico, sino constitucional y democrático. Así pues, en esta democracia las leyes no dependen de la voluntad del pueblo sino únicamente del Corán y de la Sunna del Profeta. La Constitución, el Código Civil y el Código Judicial no pueden inspirarse más que en las leyes islámicas contenidas en el Corán y transcritas por el Profeta y esas leyes deberán ser aplicadas escrupulosamente. EL gobierno islámico es el gobierno de derecho divino, y sus leyes no pueden ser cambiadas, ni modificadas, ni contestadas.

Es precisamente aquí donde reside la diferencia radical entre un gobierno islámico y los diferentes gobiernos monárquicos o republicanos donde son los elegidos, los representantes del pueblo o del Estado, quienes proponen y votan las leyes, mientras que en el islmam la única Autoridad competentes es el Todopoderoso y su voluntad divina. El poder legislativo está exclusivamente detentado por el Santo Profeta del islam y nadie más excepto él puede promover una ley; toda ley que no emane de él se debe rechazar. En un gobierno islámico que se respete, el poder legislativo (Parlamento), que es uno de los tres componentes de todo sistema constitucional junto al ejecutivo y el judicial, está reemplazado por un “Consejo religioso de planificación” que tramite a cada ministerio las leyes islámicas que le conciernen, le indica su programa conforme a la religión y establece en la base del conjunto de estos programas la política general de todo el país. […]

La guerra santa significa la conquista de los territorios no musulmanes. Podrá ser declarada por el imán, después de la formación de un gobierno islámico digno de este nombre. Es deber de todo hombre mayor de edad y útil acudir voluntario a esta guerra de conquista en la que la metal final no es otra que la de extender la ley coránica de un extremo al otro de la Tierra. El mundo entero debe saber que la supremacía universal del islam difiere considerablemente del sistemas de poder que motiva a otros conquistadores. Es necesario pues que el gobierno islámico se cree bajo la autoridad del imán a fin de que sea posible emprender esta conquista que se distinguirá de otras injustas y tiránicas guerras de conquista que hacen abstracción de los principios morales y civilizadores del islam. […]

¿Cuál es la ligazón entre la vida social y los principios religiosos? ¿Y en qué consiste esta vida social? ¿Está acaso en los antros de inmoradlidad llamados tetros, cines o salas de baile? ¿La podemos ver quizás en la presencia indiferente por las calles de jóvenes lujuriosos del brazo de mujeres que muestran sus pechos y piernas desnudos? ¿O también en la contemplación del ridículo aspecto que ofrece un sombrero europeo, o hasta en la imitación de la costumbre europea de beber vino? Estamos convencidos que a cambio de algunos aparatos de radio o de ridículos sombreros occidentales habéis renunciado a vuestra capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal. Han degenerado vuestra atención hacia la contemplación de mujeres ligeras de ropas que fácilmente se pueden hallar tanto en las calles como en las piscinas. ¡Pongamos fin a estas vergonzosas prácticas para que pueda apuntar el alba de una nueva vida! […]

La fe y la justicia islámica exigen la erradicación, en el mundo musulmán, de los gobiernos anti islámicos o de aquellos que no se adapten enteramente a las leyes islámicas. La instauración de un orden político laico debe ser considerada como un escollo a la progresión del orden islámico. Todo poder laico, sin importar la forma en que se manifieste, es forzosamente un poder ateo, obra de Satanás. Nuestro deber consiste en luchar contra él y sus efectos. El poder satánico no puede engendrar más que la corrupción sobre la Tierra, mal supremo que debe ser implacablemente combatido, erradicado. Para ello no hay otra solución que derrocar todos los gobiernos cuyas bases no se asienten en los más puros principios islámicos y que, por lo tanto, son corrompidos y corruptores. Desmantelar los sistemas administrativos traidores, corrompidos, tiránicos e injustos y a sus servidores es deber de todo musulmán, tanto en Irán como en el resto de los países musulmanes del mundo. […]

Para asegurar la unidad del “pueblo mu]sulmán”, para liberar la “patria islámica” de la dominación o de la influencia de los imperialistas, no existe más solución que la de formar un verdadero gobierno islámico. Iniciar la lucha necesaria para derrocar al resto de gobiernos tiránicos seudo-musulmanes, títeres de extranjeros, y una vez alcanzada esta meta, instalar “El” gobierno islámico universal.

R. Ayatollah (Jomeini): Principios políticos, filosóficos, sociales y religiosos del ayatolá, Icaria, Barcelona, 1981, pp. 15-22.Recogido en Fernando Martínez Rueda, Mikel Urquijo Goitia: Materiales para la historia del mundo actual. II, Itsmo, Madrid, 2006, pp. 348-350.

#iran, #islamismo, #jomeini

La seguridad de los Estados Unidos, 2002

George W. Bush, 2002

Las grandes luchas del siglo XX entre la libertad y el totalitarismo terminaron con una victoria decisiva de las fuerzas de la libertad, y en un solo modelo sostenible de éxito nacional: libertad, democracia y libre empresa. En el siglo XXI, solamente aquellas naciones que comparten el compromiso de proteger los derechos humanos fundamentales y de garantizar la libertad política y económica podrán desatar el potencial de sus pueblos y asegurar su prosperidad futura. En todas partes los pueblos desean hablar libremente; elegir a quienes los gobernarán; practicar la religión que desean; educar a sus hijos e hijas; poseer propiedades; y disfrutar de los beneficios de su trabajo. Estos valores de la libertad son justos y perdurables para toda persona, en cualquier sociedad, y el deber de proteger estos valores de sus enemigos es la vocación común de las gentes amantes de la libertad en todo el mundo y de cualquier edad.

Hoy, Estados Unidos disfruta de una posición de fuerza militar sin paralelo y de gran influencia económica y política. De acuerdo con nuestro pasado y a nuestros principios, no utilizamos nuestra fuerza para obtener ventajas unilaterales. En cambio, buscamos crear un equilibrio de fuerzas que favorezca la libertad humana: condiciones en que todas las naciones y sociedades puedan elegir por sí mismas las recompensas y los retos de la libertad política y económica. En un mundo a salvo de peligros, la gente estará en condiciones de mejorar sus propias vidas. Defenderemos la paz al luchar contra los terroristas y los tiranos. Preservaremos la paz al crear buenas relaciones entre las grandes

Defender a nuestra nación de sus enemigos es el primer compromiso fundamental del gobierno federal. Hoy, ese cometido ha cambiado drásticamente. En el pasado, nuestros enemigos necesitaban tener grandes ejércitos y grandes capacidades industriales para poner en peligro a Norteamérica. Ahora, redes oscuras de individuos pueden traer gran caos y sufrimiento a nuestras costas por menos de lo que cuesta comprar un solo tanque. Los terroristas están organizados para penetrar las sociedades abiertas y tornar contra nosotros el poder de la tecnología moderna.

Para derrotar esta amenaza debemos utilizar cada herramienta de nuestro arsenal: el poderío militar, la defensa mejorada de nuestro territorio nacional, la aplicación de la ley, la recopilación de inteligencia, y gestiones vigorosas para cortarles el financiamiento a los terroristas. La guerra contra el terrorismo de alcance global es una empresa mundial de duración incierta. Estados Unidos ayudará a aquellos países que necesitan de nuestra ayuda para combatir el terrorismo. Y Estados Unidos hará responsables a aquellos países comprometidos con el terrorismo, incluso aquellos que dan refugio a terroristas, porque los aliados del terrorismo son enemigos de la civilización. Estados Unidos y los países que cooperan con nosotros no deben permitirles a los terroristas establecer nuevas bases de operaciones. Juntos, procuraremos denegarles refugio, dondequiera que lo busquen.

El peligro más grave que encara nuestra nación está en la encrucijada del radicalismo y la tecnología. Nuestros enemigos declararon abiertamente que procuran armas de destrucción en masa, y hay pruebas que indican que lo están haciendo con determinación. Estados Unidos no permitirá que estas gestiones tengan éxito. Construiremos defensas contra misiles balísticos y otros medios de transporte. Cooperaremos con otros países para denegar, contener y restringir los esfuerzos de nuestros enemigos para adquirir tecnologías peligrosas. Y, como una cuestión de sentido común y de autodefensa, Estados Unidos actuará contra esas amenazas en surgimiento antes de que éstas terminen de formarse. No podemos defender a Norteamérica y a nuestros aliados esperando que todo saldrá bien. Por lo tanto, debemos estar preparados para frustrar los planes de nuestros enemigos, al utilizar la mejor inteligencia y al proceder con deliberación. La historia juzgará severamente a aquellos que vieron venir este peligro pero no actuaron. En el nuevo mundo en que hemos entrado, el único camino hacia la paz y la seguridad es el de la acción.

Al defender la paz, aprovecharemos también una oportunidad histórica para preservar la paz. Hoy, la comunidad internacional tiene la mejor oportunidad que se ha presentado después del nacimiento del estado nación en el siglo XVII, para crear un mundo en el que las grandes potencias compiten en paz en lugar de prepararse continuamente para la guerra. Hoy, las grandes potencias del mundo nos encontramos en el mismo lado, unidos por los peligros comunes de la violencia y el caos terroristas. Estados Unidos se basará en estos intereses comunes para promover la seguridad mundial. Estamos unidos también en forma creciente por valores comunes. Rusia está en medio de una transición llena de esperanza, en busca de su futuro democrático, y es un socio en la guerra contra el terrorismo. Los dirigentes chinos van descubriendo que la libertad económica es la única fuente de la riqueza nacional. Con el tiempo, verán que la libertad social y política es la única fuente de la grandeza nacional. Estados Unidos alentará el adelanto de la democracia y la apertura económica en ambos países, porque ellas son los mejores cimientos de la estabilidad interna y el orden internacional. Resistiremos vigorosamente toda agresión de otras potencias, si bien acogeremos con beneplácito su búsqueda pacífica de prosperidad, comercio y adelanto cultural.

Por último, Estados Unidos aprovechará este momento de oportunidad para extender los beneficios de la libertad al mundo entero. Trabajaremos activamente para llevar la esperanza de democracia, desarrollo, mercados libres y libre comercio a todos los rincones del mundo. Lo acaecido el 11 de septiembre de 2001 nos enseñó que estados débiles, como Afganistán, pueden representar un peligro tan grande para nuestros intereses nacionales como los estados poderosos. La pobreza no hace que los pobres se conviertan en terroristas y asesinos. Pero la pobreza, las instituciones débiles y la corrupción pueden hacer que los estados débiles sean vulnerables a las redes de terroristas y a los carteles narcotraficantes dentro de sus fronteras. Estados Unidos apoyará a cualquier país que esté resuelto a crear un futuro mejor al buscar las recompensas de la libertad para su pueblo. El libre comercio y los mercados libres han demostrado su capacidad de levantar a sociedades enteras fuera de la pobreza; por lo tanto, Estados Unidos colaborará con países individuales, con regiones enteras y con toda la comunidad del comercio mundial para crear un mundo que comercie en libertad y, por lo tanto, crezca en prosperidad. Estados Unidos, por medio de la Cuenta del Reto del Nuevo Milenio, proveerá una mayor asistencia al desarrollo a aquellos países que gobiernan con justicia, invierten en sus pueblos y estimulan la libertad económica. Continuaremos también encabezando los esfuerzos para reducir en el mundo el número terrible de víctimas del VIH/SIDA y otras enfermedades contagiosas.

Al crear un equilibrio de poder que favorece a la libertad, Estados Unidos se guía por la convicción de que todas las naciones tienen responsabilidades importantes. Las naciones que disfrutan de libertad deben combatir activamente al terrorismo. Las naciones que dependen de la estabilidad internacional deben ayudar a impedir la propagación de las armas de destrucción en masa. Las naciones que procuran obtener ayuda internacional se deben gobernar a sí mismas sabiamente, para que la ayuda se gaste apropiadamente. Para que la libertad prospere, se debe esperar y exigir la rendición de cuentas.

Nos guía también la convicción de que ninguna nación puede por sí sola crear un mundo mejor, más seguro. Las alianzas y las instituciones multilaterales pueden multiplicar la fuerza de las naciones amantes de la libertad. Estados Unidos está comprometido con instituciones perdurables como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, la Organización de los Estados Americanos, la OTAN, así como con otras alianzas de larga data. Las coaliciones de naciones dispuestas a participar pueden aumentar estas instituciones permanentes. En todos los casos, deben tomarse en serio las obligaciones internacionales. No se las debe asumir simbólicamente con el fin de obtener apoyo para un ideal, sin promover su realización.

La libertad es una demanda no negociable de la dignidad humana; el derecho natural de toda persona en cualquier civilización. A través de la historia, la libertad se ha visto amenazada por la guerra y el terrorismo; ha sido desafiada por las voluntades conflictivas de estados poderosos y los propósitos malvados de tiranos; y ha sido puesta a prueba por la pobreza y las enfermedades que se propagan. Hoy, la humanidad tiene en sus manos la oportunidad para hacer que la libertad triunfe sobre todos estos enemigos. Estados Unidos acoge con beneplácito nuestra responsabilidad de encabezar esta gran misión.

George W. Bush.

LA CASA BLANCA, 17 de septiembre de 2002

Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos

#ee-uu, #george-w-bush

La caza del monstruo Bin Laden

¿Qué sucedió aquella noche en Abbottabad? “Nunca se planteó la posibilidad de detenerlo o capturarlo; no fue una decisión de último minuto. Nadie quería prisioneros”. Todas las respuestas a la gran pregunta.

1 de mayo de 2011. Esta ya es una fotografía que puede considerarse histórica. El presidente de EEUU, Barack Obama, su Secretaria de Estado (equivalente a ministra de exteriores), Hillary Clinton, y toda la plana mayor del Pentágono y la Casa Blanca siguen en directo la operación de los Navy Seals, en la que mataron a Bin Laden terrorista más buscado del mundo. Autor: Peter Souza

Poco después de las once de la noche del 1 de mayo, dos helicópteros MH-60 Black Hawk despegaron del aeródromo de Jalalabad, en el este de Afganistán, e iniciaron una incursión secreta en Pakistán con la misión de matar a Osama bin Laden. Dentro de los aparatos iban 23 miembros del Equipo 6 de los SEALS, las fuerzas especiales de la Marina, conocido como Grupo Especial de Desarrollo de Guerra Naval (en inglés, DEVGRU). También iban a bordo un traductor estadounidense de origen paquistaní, a quien llamaré Ahmed, y un perro llamado Cairo, un pastor belga. Era una noche de luna nueva, y los pilotos de los helicópteros, con gafas de visión nocturna, volaron sin luces sobre las montañas que recorren la frontera con Pakistán. Las comunicaciones por radio se redujeron y en la nave se instaló una extraña calma.

Quince minutos más tarde, los helicópteros descendieron hacia un valle y se introdujeron sin que los detectasen en el espacio aéreo paquistaní. Desde hace más de 60 años, el Ejército de ese país mantiene un estado de máxima alerta contra su vecino oriental, India. Debido a esa obsesión, “las principales defensas aéreas están dirigidas hacia el este”, explica Shuja Nawaz, experto en el Ejército paquistaní. Varios oficiales y altos funcionarios de la Administración de Estados Unidos coinciden con esta opinión, pero un jefe militar paquistaní con el que hablé en Rawalpindi no está de acuerdo: “Nadie deja sus fronteras sin vigilar”. Aunque no dio detalles sobre la localización ni la orientación de los radares paquistaníes -“No se trata de dónde están o no están los radares”-, dijo que la infiltración estadounidense fue consecuencia de “las diferencias tecnológicas que tenemos con Estados Unidos”. Los Black Hawks, cada uno de ellos con dos pilotos y un tripulante del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, también conocidos como “merodeadores nocturnos”, estaban modificados para enmascarar el calor que desprendían, el ruido y el movimiento; los exteriores tenían unos ángulos afilados y planos y estaban cubiertos con una “piel” antirradar.

Vecinos de Abbottabad contemplan ayer la casa en la que estaba oculto Bin Laden. MUHAMMED MUHEISEN

El destino de los SEALS era una casa en la pequeña ciudad de Abbottabad, a 190 kilómetros de la frontera, en las colinas de la sierra de Pir Panjal. Fundada en 1853 por un comandante británico de nombre James Abbott, la ciudad se convirtió en sede de una prestigiosa academia militar tras la creación de Pakistán en 1947. Según la CIA, Bin Laden estaba escondido en la tercera planta de una casa en un complejo de media hectárea junto a Kakul Road en Bilal, un barrio de clase media a 1,5 kilómetros de la academia. Si se cumplía el plan, los SEALS descenderían desde los helicópteros sobre el complejo, dominarían a los guardias de Bin Laden, le dispararían de cerca para matarlo y se llevarían el cuerpo a Afganistán.

Los helicópteros atravesaron Mohmand, una de las siete áreas tribales de Pakistán, rodearon Peshawar por el norte y siguieron hacia el este. El comandante del Escuadrón Rojo del DEVGRU, a quien llamaré James, iba sentado en el suelo entre otros 10 SEALS, Ahmed y Cairo (he cambiado los nombres de todos los que participaron secretamente en esta acción). James, un hombre ancho de pecho, de menos de 40 años, no tiene el cuerpo ágil de nadador que se espera de un SEAL; más bien parece un lanzador de disco. Esa noche vestía camisa y pantalón de camuflaje y llevaba una pistola Sig Sauer P226 con silenciador, municiones extra y barras de energía. En la mano tenía un fusil M4 de cañón corto, con silenciador (otros SEALS habían preferido el Heckler & Koch MP7). En los riñones llevaba un “botiquín de emergencia” para el tratamiento de heridas graves sobre el terreno. En uno de sus bolsillos había un mapa plastificado y cuadriculado del complejo. En otro, un folleto con fotografías y descripciones físicas de las personas que se pensaba que estaban dentro. Tenía puestos unos auriculares para suprimir los ruidos. Solo escuchaba su corazón.

Durante los 90 minutos de vuelo, James y sus compañeros ensayaron mentalmente la operación. Abbottabad era, con gran diferencia, la misión en la que más se había adentrado el DEVGRU en territorio paquistaní. También representaba el primer intento serio, desde finales de 2001, de matar a “Cigüeñal”, el nombre en clave que el Mando Conjunto de Operaciones Especiales (en inglés, JSOC) había asignado a Bin Laden. Desde que se escapó aquel invierno durante una batalla en la región de Tora Bora, en el este de Afganistán, Bin Laden había permanecido oculto de EE UU.

Cuarenta y cinco minutos después del despegue de los Black Hawks, cuatro MH?47 Chinooks partieron de la misma pista de Jalalabad. Dos de ellos volaron hasta la frontera y se quedaron en el lado afgano; los otros dos entraron en Pakistán. El despliegue de los Chinooks fue una decisión de último minuto: el presidente Barack Obama quería estar seguro de que los estadounidenses iban a poder “salir de Pakistán”. Otros 25 SEALS del DEVGRU, sacados de un escuadrón estacionado en Afganistán, iban en los Chinooks que se quedaron en la frontera; era una “fuerza de respuesta rápida” que solo entraría en acción si la misión salía muy mal. Los otros dos Chinooks estaban equipados con un par de ametralladoras M134 Minigun. Siguieron la ruta inicial de los Black Hawks, pero aterrizaron en un lugar predeterminado, dentro del lecho seco de un río, en un amplio valle poco poblado del noroeste de Pakistán. La casa más próxima estaba casi a un kilómetro. A pesar de haberse posado, las hélices siguieron funcionando mientras los agentes vigilaban las colinas circundantes. Uno de los Chinooks llevaba bidones de combustible por si los otros aparatos lo necesitaban.

Localización de la residencia de Bin Laden

Mientras tanto, los dos Black Hawks se aproximaban a toda velocidad hacia Abbottabad por el noroeste. De pronto, los pilotos giraron a la derecha y fueron hacia el sur por encima de un risco. Al acabar las colinas, los pilotos volvieron a girar a la derecha, hacia el centro de la ciudad, e iniciaron el descenso. El interior de los Black Hawks se llenó del sonido metálico de las balas que iban entrando en las recámaras. Mark, suboficial mayor de la Marina y el de más rango entre los suboficiales que participaban en la operación, se agachó sobre una rodilla junto a la puerta abierta del helicóptero de cabeza. Él y los otros 11 SEALS que iban en el “helicóptero número 1”, con guantes y gafas de visión nocturna, se preparaban para deslizarse por cuerdas hasta el jardín de Bin Laden. Esperaron a que el jefe de la tripulación diera la señal de arrojar la cuerda. Pero cuando el piloto sobrevolaba el complejo, subió de pronto y empezó a bajar, Mark sintió que el Black Hawk se alejaba de él. Creyó que iban a estrellarse.

Cuatro meses después de que Obama llegara a la Casa Blanca, Leon Panetta, director de la CIA, informó al presidente de las últimas iniciativas de la agencia para localizar a Bin Laden. A Obama no le produjo gran impresión. En junio de 2009 redactó un memorándum en el que ordenaba a Panetta que elaborase un “plan operativo” para encontrar al dirigente de Al Qaeda. El presidente intensificó el programa secreto de aviones no pilotados de la CIA; hubo más ataques con misiles en Pakistán durante ese primer año de Obama que en los ocho años de George W. Bush. Pese a ello, Bin Laden seguía en paradero desconocido.

En agosto de 2010, Panetta regresó con mejores noticias. Los analistas de la CIA creían haber identificado al correo de Bin Laden, un hombre de treinta y pocos años llamado Abu Ahmed al Kuwaiti. Este conducía un todoterreno blanco que en la cubierta de la rueda de repuesto tenía bordada la imagen de un rinoceronte blanco. La CIA empezó a seguir la pista. Un día, un satélite capturó imágenes del todoterreno entrando en un gran recinto de cemento en Abbottabad. Los agentes, convencidos de que Kuwaiti vivía allí, vigilaron el complejo, que estaba formado por una vivienda principal de tres pisos, una casa de invitados y varios edificios auxiliares. Observaron que los residentes quemaban su basura, en vez de sacarla, y llegaron a la conclusión de que el complejo no tenía teléfono ni Internet. Kuwaiti y su hermano iban y venían, pero otro hombre que vivía en el tercer piso no se iba nunca. Cuando se atrevía a salir, se quedaba siempre dentro del recinto. Algunos analistas aventuraron que podía ser Bin Laden. La agencia le apodó El Caminante.

Aunque aquello entusiasmó a Obama, todavía no estaba preparado para ordenar una acción. John Brennan, asesor de Obama en materia antiterrorista, me contó que los consejeros del presidente examinaron los datos para ver “si podía refutarse la teoría de que Bin Laden estaba allí”. La CIA redobló sus esfuerzos y, según una información reciente en The Guardian, un médico que trabajaba para la agencia inició una campaña de inmunización en Abbottabad, con la esperanza de lograr muestras de ADN de los hijos de Bin Laden (al final, nadie del complejo recibió vacunas).

Al terminar 2010, Obama ordenó a Panetta que explorara las opciones de una acción militar. Panetta contactó con el vicealmirante Bill McRaven, el SEAL a cargo del JSOC. Tradicionalmente, el Ejército ha controlado las operaciones especiales, pero en los últimos años los SEALS han adquirido una mayor presencia: el jefe de McRaven en el momento de la incursión, Eric Olson -jefe del Mando de Operaciones Especiales, SOCOM en sus siglas en inglés-, es almirante de la Armada y fue comandante del DEVGRU. En enero de 2011, McRaven pidió a un oficial del JSOC llamado Brian, que había sido subcomandante del DEVGRU, que le presentara un plan. El mes siguiente, Brian se instaló en un despacho de la CIA en Langley (Virginia), y llenó las paredes de mapas e imágenes de satélite.

Un hombre lee la noticia de la muerte de Bin Laden en el 'Pakistan Today'. (Keystone)

La relación entre las unidades de operaciones especiales y la CIA se remonta a la guerra de Vietnam. Pero el límite entre los dos colectivos se ha ido difuminando a medida que los agentes de la agencia y los militares han coincidido cada vez más en Irak y Afganistán. “Tenemos una relación muy íntima, hablamos y entendemos nuestros respectivos lenguajes”, dice un alto oficial del Departamento de Defensa. Ejemplo de esa tendencia es que el general David H. Petraeus, general y antiguo comandante en jefe de las fuerzas en Irak y Afganistán, es ahora el nuevo director de la CIA, mientras que Panetta se ha hecho cargo del Departamento de Defensa. La misión para matar a Bin Laden, preparada en el cuartel general de la CIA y autorizada en virtud de los estatutos legales de la CIA, pero ejecutada por agentes del DEVGRU de la Armada, intensificó aún más la cooperación entre la agencia y el Pentágono. John Radsan, que había pertenecido al equipo de abogados de la CIA, dice que el asalto a Abbottabad fue equivalente a “una total incorporación del JSOC a una operación de la CIA”.

El 14 de marzo, Obama convocó a sus consejeros de seguridad nacional en la Sala de Crisis de la Casa Blanca y revisó un cuadro que mostraba posibles acciones contra el complejo de Abbottabad. Todas eran variantes de un asalto del JSOC o un ataque aéreo. En algunas versiones se proponía cooperar con el Ejército paquistaní; en otras, no pedir su colaboración. “Había una auténtica falta de confianza en que los paquistaníes pudieran mantener el secreto durante más de un nanosegundo”, dice un asesor cercano al presidente. Al final de la reunión, Obama ordenó a McRaven que siguiera adelante y elaborase un plan.

Brian invitó a James, el jefe del Escuadrón Rojo del DEVGRU, y a Mark, el suboficial mayor, al cuartel general de la CIA. Pasaron las dos semanas y media siguientes buscando formas de entrar en la casa. Una opción era volar en helicópteros hasta un lugar a las afueras de Abbottabad y hacer que el equipo entrara a pie en la ciudad. Pero el riesgo era alto y los SEALS estarían cansados después de tener que correr una distancia considerable hasta el complejo. Pensaron en excavar un túnel para entrar o, al menos, en la posibilidad de que Bin Laden excavara un túnel para salir. Pero las imágenes del Centro Nacional de Inteligencia Geoespacial mostraban que había agua estancada, lo cual sugería que el complejo estaba construido sobre una cuenca de drenaje. La capa freática estaba seguramente justo bajo la superficie, por lo que los túneles serían casi imposibles. Al final, los planificadores se pusieron de acuerdo en que tenía más sentido volar hasta el complejo. “Nuestro trabajo consiste en hacer lo inesperado, y es probable que lo que menos se esperasen fuera que llegase un helicóptero, dejase caer a unos hombres en el tejado y aterrizase en el jardín”, dice el oficial de Operaciones Especiales.

El 29 de marzo, McRaven presentó el plan a Obama. Los asesores militares del presidente estaban divididos. Algunos eran partidarios de un asalto; otros, de un ataque aéreo, y otros querían esperar a mejores datos. Una opción era atacar con bombarderos B-2 Spirit. Esto evitaba el riesgo de meter soldados estadounidenses en territorio paquistaní. Pero la Fuerza Aérea calculó que sería necesaria una carga de 32 bombas inteligentes, cada una de 1.000 kilos, para penetrar a 10 metros bajo tierra y asegurarse del derrumbe de cualquier búnker. La perspectiva de arrasar una ciudad paquistaní hizo dudar a Obama, que aparcó la opción de los B-52 e indicó a McRaven que empezara a ensayar la incursión.

Brian, James y Mark seleccionaron un equipo de dos docenas de SEALS del Escuadrón Rojo y les dijeron que se presentaran en un lugar muy boscoso de Carolina del Norte para hacer un ejercicio de entrenamiento el 10 de abril (el Escuadrón Rojo es uno de los cuatro que componen el DEVGRU, que cuenta con unos 300 agentes). Ninguno de los SEALS, aparte de James y Mark, estaba al tanto de las informaciones de la CIA sobre el complejo de Bin Laden hasta que un teniente de navío entró en un despacho en el que encontró a un general de dos estrellas del Ejército, del cuartel general del JSOC, sentado en torno a una mesa con Brian, James, Mark y varios analistas de la CIA. Allí mismo pusieron al teniente de navío al corriente. En el campamento se había construido una réplica del complejo, todo señalado con muros y alambradas. El equipo pasó los cinco días siguientes practicando maniobras.

El 18 de abril, la patrulla del DEVGRU voló a Nevada para otra semana de ensayos. Practicaron en una gran franja de desierto, propiedad del Gobierno, con una elevación equivalente a la zona de alrededor de Abbottabad. Había un edificio que podía hacer de casa de Bin Laden. Las tripulaciones de los helicópteros prepararon una ruta paralela al camino entre Jalalabad y Abbottabad. Cada noche, tras el atardecer, comenzaban las prácticas. Doce SEALS, entre ellos Mark, abordaban el helicóptero número 1. Otros 11 SEALS, Ahmed y Cairo subían al helicóptero número 2. Los pilotos volaban a oscuras, llegaban al falso complejo y se quedaban sobrevolándolo mientras los SEALS descendían por cuerdas. No todos estaban acostumbrados. A Ahmed lo habían sacado de una mesa para la misión, y nunca se había deslizado por una cuerda. Aprendió enseguida la técnica.

Refinaron el plan. El helicóptero número 1 volaría sobre el patio y lanzaría dos cuerdas por las que se deslizarían los 12 SEALS al suelo. El helicóptero número 2 volaría hacia la esquina noreste para dejar bajar a Ahmed, Cairo y cuatro SEALS, que vigilarían el perímetro del edificio. Entonces el helicóptero se situaría sobre la casa y James y los otros seis SEALS bajarían al tejado. Ahmed mantendría a raya a los vecinos curiosos. Si hacía falta, los SEALS y el perro ayudarían de forma más agresiva. Si no encontraran a Bin Laden, enviarían a Cairo para que buscase paredes falsas o puertas ocultas. “No era una operación difícil”, dice el oficial de Operaciones Especiales.

La noche del 21 de abril llegó un avión lleno de invitados. El almirante Mike Mullen, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se reunió con Olson, McRaven y el personal de la CIA en un hangar para que Brian, James, Mark y los pilotos les informaran sobre la misión, denominada Operación Lanza de Neptuno. A pesar del papel fundamental del JSOC, la misión era oficialmente una operación secreta de la CIA. El secreto permitía que la Casa Blanca ocultara su participación en caso necesario.

En la noche del martes 26 de abril, el equipo de SEALS subió a un Boeing C-17 Globemaster en Oceana, una base aérea de la Marina. Tras repostar en la base aérea de Ramstein, en Alemania, el C-17 continuó vuelo hasta el aeródromo de Bagram, al norte de Kabul. En Washington, Panetta convocó a más de una docena de responsables y analistas de la CIA a una última reunión. Panetta preguntó a los asistentes qué seguridad tenían de que Bin Laden estaba en Abbottabad. El agente especializado en antiterrorismo dice que los porcentajes “variaron entre el 40% y el 90% o 95%”.

Panetta era consciente de las dudas de los analistas, pero pensaba que las informaciones eran las mejores obtenidas por la CIA sobre Bin Laden desde su huida de Tora Bora. A media tarde del jueves, Panetta y el resto del equipo de seguridad nacional se reunieron con el presidente. Durante unas noches no iba a haber luz de luna sobre Abbottabad, las condiciones ideales para un asalto. Después habría que esperar otro mes a que el ciclo lunar volviera a tener su fase más oscura. Invitaron a varios analistas del Centro Nacional de Antiterrorismo a que expresaran su opinión; su grado de confianza en la fiabilidad de los datos de la CIA fue de entre un 40% y un 60%. El director, Michael Leiter, dijo que sería preferible esperar a una confirmación más sólida de la presencia de Bin Laden. Sin embargo, el peligro era que cuanto más se aplazara la acción, más posibilidades había de alguna filtración, “que habría desbaratado el plan”. Obama levantó la sesión pasadas las siete de la tarde. Se lo iba a pensar.

A la mañana siguiente, el presidente se reunió en la sala de mapas con su asesor de seguridad nacional, Tom Donilon; uno de sus adjuntos, Denis McDonough, y Brennan. Obama había decidido llevar a cabo un asalto con el DEVGRU, y McRaven debía escoger la noche. Era demasiado tarde para hacerlo ese viernes, y el sábado iba a haber demasiadas nubes. El sábado por la tarde, McRaven y Obama hablaron por teléfono, y McRaven dijo que la misión se iba a llevar a cabo el domingo por la noche. “Que Dios les ayude”, dijo Obama. “Por favor, transmítales mi agradecimiento personal por su servicio y el mensaje de que voy a seguir personalmente esta misión muy de cerca”.

El domingo 1 de mayo por la mañana, los miembros del equipo de la Casa Blanca cancelaron las visitas previstas, encargaron bandejas de sándwiches en un supermercado y transformaron la Sala de Crisis en un puesto de mando. A las once en punto, los principales asesores de Obama empezaron a reunirse en torno a una gran mesa de conferencias. Tenían una pantalla que les conectaba con Panetta, en la sede de la CIA, y McRaven, en Afganistán (había al menos otros dos centros de mando, uno en el Pentágono y otro dentro de la Embajada de Estados Unidos en Islamabad).

El general de brigada Marshall Webb, uno de los jefes adjuntos del JSOC, se sentó al extremo de una mesa lacada en un pequeño despacho anexo y encendió su ordenador portátil. Abrió varias ventanas de chat para mantener a la Casa Blanca conectada con los demás equipos. El despacho tenía la única pantalla de la Casa Blanca con imágenes del objetivo en directo, en tiempo real, tomadas por un avión no pilotado RQ 170 que sobrevolaba Abbottabad a más de 5.000 metros de altura. Los estrategas del JSOC, decididos a guardar el mayor secreto posible, habían preferido no utilizar aviones de combate ni bombarderos. “No valía la pena”, dice el oficial de Operaciones Especiales. Los SEALS estaban solos.

Obama regresó a la Casa Blanca a las dos en punto, después de jugar nueve hoyos de golf en la base aérea de Andrews. Los Black Hawks salieron de Jalalabad 30 minutos después. Justo antes de las cuatro, Panetta anunció al grupo en la Sala de Crisis que los helicópteros se aproximaban a Abbottabad. Obama se puso de pie. “Tengo que verlo”, dijo, y cruzó el pasillo para entrar en el despachito y sentarse junto a Webb. El vicepresidente Joseph Biden; el secretario de Defensa, Gates, y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, le siguieron, igual que hicieron todos los que pudieron caber en la habitación. En la pantalla LCD, de un tamaño mediano, el helicóptero número 1 -una imagen granulada en blanco y negro- apareció sobre el complejo y empezó a tener problemas.

Cuando el piloto notó que el helicóptero se le iba, tiró del plato cíclico, que controla la velocidad de las aspas de la hélice, pero el aparato no respondía. Los altos muros del complejo y las temperaturas cálidas habían hecho que el Black Hawk entrara en el flujo descendente causado por su propia hélice, una peligrosa situación aerodinámica conocida como settling with power, una caída en torbellino. En Carolina del Norte no habían visto ese problema, porque la alambrada utilizada en los ensayos permitía la libre circulación del aire. Un antiguo piloto de helicópteros con amplia experiencia explica la situación de quien estaba a los mandos: “Es terrorífico, yo he estado en una situación así. La única forma de superarla es empujar el plato cíclico hacia delante y salir del silo vertical que se ha formado y por el que estás cayendo. Pero hace falta altitud. Si estás a 700 metros, tienes tiempo. Si estás a 16 metros, te chocas contra el suelo”.

El piloto abandonó el plan de soltar las cuerdas y se centró en aterrizar. Fue en busca de un corral para animales que había en la parte occidental del complejo. Los SEALS a bordo se sujetaron mientras la hélice de cola giraba y rozaba el muro de seguridad. El piloto bloqueó el morro hacia delante para empotrarlo en el suelo y evitar que la nave se volcase hacia un costado. Vacas, gallinas y conejos salieron corriendo. Con el Black Hawk estrellado sobre la pared en un ángulo de 45 grados, la tripulación emitió una llamada de socorro a los Chinooks.

James y los SEALS del helicóptero número 2 observaron todo mientras sobrevolaban la esquina noreste del complejo. El segundo piloto, sin saber si sus colegas estaban recibiendo disparos o experimentando problemas mecánicos, dejó de lado el plan de sobrevolar el tejado y aterrizó en un campo al otro lado de la calle. Todavía no había ningún estadounidense en la parte residencial del complejo: Mark y su equipo estaban en un helicóptero caído en un lado, y James y el suyo estaban en el extremo opuesto. Los equipos llevaban un minuto sobre el objetivo y la misión ya se había desviado del plan.

“La eternidad es el tiempo entre el momento en que ves que algo va mal y la primera información de viva voz”, dice el oficial de Operaciones. Los responsables en Washington vieron las imágenes aéreas y aguardaron con inquietud a oír una transmisión militar. El asesor personal del presidente compara la experiencia con la de “ver el clímax de una película”.

Al cabo de unos minutos, los 12 SEALS del helicóptero número 1 se repusieron y transmitieron con calma por radio que seguían adelante con la incursión. Habían llevado a cabo tantas operaciones en los nueve años anteriores que pocas cosas les pillaban desprevenidos. En los meses transcurridos desde entonces, los medios de comunicación han dicho muchas veces que la operación de Abbottabad fue tan difícil como la Operación Garra de Águila y el incidente de Black Hawk Down, pero el alto funcionario del Departamento de Defensa dice que “esta no fue una de las tres misiones más difíciles. Fue una más entre las casi 2.000 misiones que se han realizado en los dos últimos años, noche tras noche”. Equiparó la práctica de las incursiones nocturnas con la tarea de “cortar el césped”. Solo en la noche del 1 de mayo, las fuerzas de Operaciones Especiales estacionadas en Afganistán completaron otras 12 misiones en las que capturaron o mataron a entre 12 y 15 objetivos. “La mayoría de las misiones siguen una dirección”, dice. “Esta se torció”.

Tras el choque, Mark y los demás miembros del equipo salieron por las puertas laterales del helicóptero número 1. Las botas se les hundían en el barro mientras corrían junto a una pared de más de tres metros que rodeaba el corral. Tres hombres del equipo de demolición se acercaron a la puerta de metal, cerrada, sacaron explosivos C4 de sus bolsas y los colocaron en las bisagras. La puerta se abrió con una gran explosión. Los otros nueve SEALS salieron corriendo y fueron a parar a una especie de callejón, dando la espalda a la entrada principal de la casa. Siguieron por el callejón, con los fusiles silenciados en los hombros. Mark iba el último mientras trataba de establecer comunicación por radio con el otro equipo. Al final del camino, los estadounidenses volaron otra verja y entraron en el patio del pabellón de invitados, donde vivía Abu Ahmed al Kuwaiti, el mensajero de Bin Laden, con su esposa y sus cuatro hijos.

Tres SEALS que iban en la parte delantera corrieron a examinar la casa de invitados mientras los otros nueve volaban otra puerta más y pasaban a un patio interior que daba a la casa principal. Cuando los primeros doblaron una esquina para acercarse a la puerta del pabellón de invitados, vieron a Kuwaiti que entraba corriendo a avisar a su mujer y sus hijos. Las gafas de visión nocturna de los estadounidenses daban a la escena unos tonos pixelados de color verde esmeralda. Kuwaiti iba vestido con un shalwar kameez (un conjunto de camisa y pantalón) blanco, había agarrado un arma y estaba volviendo a salir cuando los SEALS abrieron fuego y le mataron.

Los otros nueve SEALS, entre ellos Mark, formaron unidades de tres para limpiar el patio interior. Los estadounidenses sospechaban que había varios hombres más en la casa: el hermano de Kuwaiti, Abrar, de 33 años; dos hijos de Bin Laden, Hamza y Khalid, y el propio Bin Laden. Cuando una unidad SEAL acababa de atravesar el patio hacia la entrada delantera, Abrar -un hombre robusto, con bigote, con un shalwar kameez de color crema- apareció armado con un AK-47. Le dispararon en el pecho y le mataron, igual que a su mujer, Bushra, que estaba de pie, sin arma alguna, junto a él.

Fuera de los muros del complejo, Ahmed, el traductor, patrullaba el camino de tierra delante de la casa de Bin Laden como si fuera un policía paquistaní vestido de paisano. Tenía todo el aspecto, con un shalwar kameez por encima de un chaleco antibalas. Ahmed, el perro Cairo y cuatro SEALS protegían el perímetro de la casa mientras James y otros seis SEALS -el contingente que debería haber descendido sobre el tejado- entraban. Para el equipo que patrullaba el perímetro, los 15 primeros minutos transcurrieron sin incidentes. Los vecinos, sin duda, habían oído los helicópteros, el sonido de uno que se estrellaba y las explosiones y los disparos esporádicos, pero no salió nadie. Un habitante local mencionó el tumulto en Twitter: “Helicóptero sobrevolando Abbottabad a la una de la mañana (es poco frecuente)”.

Unos cuantos paquistaníes curiosos se acercaron a preguntar por la conmoción al otro lado del muro. “Vuelvan a sus casas”, dijo Ahmed en pastún, mientras Cairo permanecía alerta. “Está en marcha una operación de seguridad”. La gente se fue a sus casas sin sospechar que habían hablado con un norteamericano. Cuando, en los días siguientes, llegaron los periodistas a Bilal, un residente contó: “Vi que de un helicóptero salían unos soldados y que iban hacia la casa. Varios de ellos nos ordenaron en pastún que apagáramos las luces y permaneciéramos en el interior de las casas”.

El jefe del escuadrón, James, tras atravesar un muro, cruzar una parte del patio cubierta de enrejados y atravesar un segundo muro, se había reunido con los SEALS del helicóptero número 1, que estaban entrando en la planta baja de la casa. Lo que sucedió a continuación no está claro. “Les aseguro que hubo un periodo de casi 20 o 25 minutos en el que no supimos qué estaba ocurriendo”, declaró Panetta más tarde, en el programa de la cadena PBS NewHour.

Hasta ese momento, la operación había sido observada por docenas de responsables de defensa, inteligencia y la administración, que veían las imágenes enviadas por el avión no tripulado. Los SEALS no llevaban cámaras en los cascos, pese a lo que dijo una información muy reproducida de CBS. Ninguno de ellos conocía de antemano la planta de la casa y se sentían aún más excitados por saber que podían estar a unos minutos de acabar con la persecución más costosa de la historia de EE UU; como consecuencia, algunos de sus recuerdos -en los que se basa este relato- pueden ser poco precisos y sujetos a controversia.

Mientras los hijos de Abrar corrían, los SEALS registraron la primera planta de la casa principal, habitación por habitación. Aunque los estadounidenses habían previsto la posibilidad de que hubiera alguna bomba trampa, la presencia de niños en el complejo les indicó que no era así. “Hay un límite a lo hipervigilante que se puede ser”, dice el oficial de Operaciones Especiales. “¿Bin Laden se acostaba todas las noches pensando que íbamos a venir al día siguiente? Por supuesto que no. Quizá los dos primeros años, pero ahora ya no”. No obstante, había medidas de precaución: una puerta de metal cerrada bloqueaba la base de la escalera que llevaba al segundo piso.

Después de volar la puerta con cargas de C-4, tres SEALS subieron por las escaleras. A mitad de camino vieron al hijo de Bin Laden de 23 años, Khalid, que asomaba el cuello detrás de una esquina. Luego apareció en lo alto de la escalera con un AK-47. Khalid, que llevaba una camiseta con el cuello dado de sí y tenía el pelo corto y una barba recortada, disparó a los soldados. (El responsable de antiterrorismo afirma que Khalid no iba armado, aunque sí era una amenaza digna de tener en cuenta. “Un varón adulto, a última hora de la noche, a oscuras, que baja por la escalera hacia ti en una casa de Al Qaeda, lo normal es suponer que es un elemento hostil”). Al menos dos de los SEALS devolvieron los disparos y mataron a Khalid. Según los folletos que llevaban, dentro del complejo vivían hasta cinco varones adultos. Había ya tres muertos; el cuarto, Hamza, otro hijo de Bin Laden, no estaba allí. El último era el propio Bin Laden.

Antes de comenzar la misión, los SEALS habían creado una lista de palabras en clave, con referencias a los indios americanos. Cada palabra representaba una fase distinta de la misión: salir de Jalalabad, entrar en Pakistán, acercarse al complejo, etcétera. “Gerónimo” significaba que habían encontrado a Bin Laden. Tres SEALS pasaron corriendo junto al cuerpo de Khalid y volaron otra verja de metal que obstruía el paso a la escalera para subir al tercer piso. Subieron por los escalones sin luz y examinaron el descansillo. En el escalón superior, el primer SEAL giró a la derecha: con las gafas de visión nocturna había visto a un hombre alto y delgado, con barba, que miraba desde la puerta de un dormitorio, a tres metros de distancia. El SEAL sintió de inmediato que era “Cigüeñal”. El responsable de antiterrorismo dice que el SEAL vio a Bin Laden desde el descansillo y disparó, pero falló.

Los estadounidenses corrieron hacia la puerta del dormitorio. El primer SEAL la abrió de un empujón. Dos de las esposas de Bin Laden se habían colocado delante de él. Amal al Fatah, su quinta esposa, gritaba en árabe. Hizo un movimiento como si fuera a atacar; el SEAL bajó el cañón y le disparó en la pantorrilla. Temiendo que alguna de las mujeres, o las dos, llevara chalecos cargados de explosivos, se acercó y las envolvió en un abrazo del oso. Desde luego, si los hubieran llevado y los hubieran hecho estallar, habría muerto, pero habría absorbido parte del impacto y quizá habría salvado a los dos SEALS que iban tras él.

Un segundo SEAL entró en la habitación y apuntó el láser de infrarrojos de su M4 hacia el pecho de Bin Laden. El jefe de Al Qaeda, que llevaba un shalwar kameez de color tostado y un gorro de oración en la cabeza, se quedó paralizado; no iba armado. “Nunca se planteó la posibilidad de detenerlo o capturarlo; no fue una decisión de último minuto. Nadie quería prisioneros”, dice el oficial de Operaciones Especiales. El Gobierno mantiene que si Bin Laden se hubiera rendido, lo habrían capturado vivo.

Nueve años, siete meses y 20 días después del 11 de septiembre, un estadounidense estaba a un disparo de acabar con la vida de Bin Laden. El primer tiro, una bala de 5,56 milímetros, alcanzó a Bin Laden en el pecho. Cuando caía hacia atrás, el SEAL le disparó un segundo tiro a la cabeza, justo sobre el ojo izquierdo. Tomó su radio e informó: “Por Dios y por mi país, Gerónimo, Gerónimo, Gerónimo”. Tras una pausa, añadió: “Gerónimo E.K.I.A.” (enemy killed in action, enemigo muerto en acción).

Al oír esto en la Casa Blanca, Obama frunció los labios y dijo en tono solemne, sin dirigirse a nadie: “Lo tenemos”.

El primer SEAL soltó un poco a las dos mujeres de Bin Laden, les puso esposas de plástico y las llevó abajo. Mientras tanto, dos colegas suyos subieron corriendo con una bolsa de nailon para cadáveres. La desenrollaron, se arrodillaron cada uno a un lado de Bin Laden y colocaron el cuerpo en la bolsa. Habían pasado 18 minutos desde el aterrizaje del equipo del DEVGRU.

Durante los 20 minutos siguientes recogieron datos. Cuatro hombres examinaron la segunda planta, con bolsas de plástico en la mano, para recoger lápices de memoria, CD, DVD y discos de ordenador, en una habitación que había sido, en parte, un centro de medios de comunicación de Bin Laden. Fuera, los soldados agruparon a las mujeres y los niños -todos ellos con esposas de plástico- y les hicieron sentarse junto a una pared exterior desde la que se veía el segundo Black Hawk, el que no había sufrido daños. El único miembro del equipo que hablaba bien árabe les interrogó. Casi todos los niños eran menores de 10 años. Parecían no tener idea de quién era el que vivía en el piso de arriba, aparte de que era “un viejo”. Ninguna de las mujeres confirmó que el hombre era Bin Laden, pero una de ellas no dejó de llamarle “el jeque”. Cuando llegó el Chinook de rescate, un sanitario salió y se arrodilló junto al cuerpo de Bin Laden. Le inyectó una jeringuilla y extrajo dos muestras de médula espinal. Luego obtuvo más ADN con bastoncillos de algodón. Una de las muestras de médula fue al Black Hawk. La otra fue al Chinook, junto con el cadáver.

Después, los SEALS tenían que destruir el Black Hawk estrellado. El piloto, armado con un martillo que tenía para casos así, destrozó el panel de instrumentos, la radio y los demás dispositivos secretos de la cabina. Luego llegó el equipo de demolición. colocaron explosivos junto al sistema de aviación, las comunicaciones, el motor y la hélice. “No se podía ocultar que era un helicóptero”, dice el oficial de operaciones especiales. “Pero sí dejarlo inutilizable”. Mientras salían llamas gigantescas, los estadounidenses se fueron.

En la Sala de Crisis, Obama dijo: “No voy a estar tranquilo hasta que esos chicos salgan de ahí y estén a salvo”. Después de 38 minutos en el complejo, los dos equipos de SEALS tenían que superar el largo vuelo de vuelta a Afganistán. El Black Hawk tenía poco combustible y tuvo que quedar con el Chinook en el punto de repostaje que estaba cerca de la frontera afgana, pero todavía dentro de Pakistán. Se tardaban 25 minutos en llenar el depósito. En Washington, Biden, que tenía un rosario en las manos, se volvió hacia Mullen, el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor. “Deberíamos ir todos a misa esta noche”, afirmó.

Los helicópteros aterrizaron en Jalalabad hacia las tres de la madrugada; McRaven y el jefe de la delegación de la CIA recibieron al equipo en la pista. Dos SEALS bajaron la bolsa con el cadáver y la abrieron para que McRaven y el funcionario de la CIA pudieran ver el cuerpo de Bin Laden con sus propios ojos. Hicieron fotografías de su rostro y de su cuerpo. Pensaron que Bin Laden debía de medir alrededor de 1,90 metros, pero nadie tenía una cinta métrica a mano para confirmarlo. Un SEAL que medía 1,80 se tendió junto al cuerpo y vieron que este medía más o menos 10 centímetros más que él. Minutos después, McRaven apareció en la pantalla de teleconferencia de la Sala de Crisis para confirmar que el cuerpo de Bin Laden estaba en la bolsa. Lo enviaron a Bagram.

Desde el principio, los SEALS habían pensado arrojar el cadáver al mar, una forma rotunda de acabar con el mito de Bin Laden. Ya habían hecho algo similar en otro caso anterior. Durante un asalto con helicópteros del DEVGRU en Somalia, en septiembre de 2009, los SEALS habían matado a Saleh Ali Saleh Nabhan, uno de los principales dirigentes de Al Qaeda en África oriental; luego llevaron el cadáver a un buque en el océano Índico, le administraron los debidos ritos musulmanes y lo arrojaron por la borda. Antes de hacer lo mismo con Bin Laden, John Brennan hizo una llamada. Había sido jefe de la oficina de la CIA en Riad y llamó a un antiguo colega de los servicios de inteligencia saudíes. Le dijo lo que había ocurrido en Abbottabad y le informó del plan. Brennan sabía que la familia de Bin Laden seguía ocupando un lugar destacado en el reino y que Osama había sido ciudadano saudí. ¿Estaba interesado el Gobierno saudí en recuperar el cadáver? “Su plan me parece bien”, replicó su homólogo.

Al amanecer cargaron el cuerpo en la bodega de un V-22 Osprey de alas basculantes, acompañado por un oficial de enlace del JSOC y una patrulla de seguridad de policía militar. El Osprey voló hacia el sur, hacia el USS Carl Vinson, un portaaviones nuclear de más de 300 metros de eslora que navegaba por el mar de Arabia, frente a la costa paquistaní. Una vez más, los estadounidenses iban a atravesar espacio aéreo de Pakistán sin permiso. A algunos funcionarios les preocupaba que los paquistaníes, humillados por el ataque unilateral en Abbottabad, restringieran el acceso. Pero el avión aterrizó en el Vinson sin incidente. Lavaron el cuerpo de Bin Laden, lo envolvieron en una mortaja blanca, lo pesaron y lo metieron en una bolsa. El proceso se llevó a cabo “en estricto cumplimiento de los preceptos y las prácticas del islam”, dijo Brennan. El enlace del JSOC, el contingente de policía militar y varios marineros colocaron el cuerpo amortajado en un ascensor al aire libre y bajaron hasta el nivel inferior, el hangar para los aviones. Desde siete u ocho metros sobre las olas, arrojaron el cuerpo al agua.

La proximidad de la casa de Bin Laden a la Academia Militar de Pakistán sugirió la posibilidad de que el Ejército o el ISI le hubieran protegido. ¿Cómo había podido vivir el jefe de Al Qaeda tan cerca de la academia sin que por lo menos varios oficiales lo supieran? Las sospechas aumentaron cuando The New York Times informó de que en casa de Bin Laden se había encontrado al menos un teléfono móvil con los datos de contacto de militantes destacados pertenecientes al grupo Harakatul-Mujahideen, un grupo yihadista estrechamente vinculado al ISI. Aunque las autoridades estadounidenses han dicho que seguramente hubo funcionarios paquistaníes que le ayudaron a ocultarse en Abbottabad, todavía no se han presentado pruebas concluyentes.

La muerte de Bin Laden proporcionó a la Casa Blanca la victoria simbólica que necesitaba para sacar a las tropas de Afganistán. Siete semanas después, Obama anunció un calendario de retirada. No obstante, no se prevé que las actividades antiterroristas de EE UU dentro de Pakistán -es decir, las operaciones clandestinas de la CIA y el JSOC- se interrumpan a corto plazo. Desde el 2 de mayo ha habido más de 20 incursiones de aviones no tripulados en Waziristán del Norte y del Sur, incluida una que, al parecer, mató a Ilyas Kashmiri, uno de los principales líderes de Al Qaeda, mientras tomaba té en un huerto.

El 6 de mayo, Al Qaeda confirmó la muerte de Bin Laden e hizo pública una declaración en la que felicitaba “a la nación islámica” por “el martirio de su buen hijo Osama”. Los autores prometían a los estadounidenses que “su alegría se transformará en pena y sus lágrimas se mezclarán con sangre”. Ese día, el presidente Obama viajó a Fort Campbell (Kentucky), donde tiene su base el 160º Regimiento, para conocer a la unidad del DEVGRU y a los pilotos que habían llevado a cabo la misión. Los SEALS, que habían vuelto de Afganistán unos días antes, volaron desde Virginia. Biden, Tom Donilon y una docena de asesores de seguridad nacional les acompañaron.

McRaven recibió a Obama en la pista. Se habían conocido en la Casa Blanca unos días antes, el presidente había regalado una cinta métrica a Mc Raven. Le condujo, junto con su equipo, a un edificio de una planta al otro lado de la base. Entraron en una habitación sin ventanas, con una moqueta raída, luces fluorescentes y tres filas de sillas plegables de metal. McRaven, Brian, los pilotos del 160º Regimiento y James informaron por turnos al presidente.

Después, Obama y sus asesores fueron por el pasillo a una segunda habitación en la que estaban reunidas otras personas que habían intervenido en la misión: logísticos, jefes de tripulación y suplentes de los SEALS. Obama otorgó al equipo una mención presidencial y dijo: “Los profesionales de nuestros servicios de inteligencia han hecho una labor asombrosa. Yo creía a medias que Bin Laden estaba allí, pero tenía plena confianza en ustedes. Son, literalmente, la mejor fuerza pequeña de combate que ha existido jamás en el mundo”. Entonces, el equipo que había llevado a cabo la misión dio al presidente una bandera de Estados Unidos que estaba a bordo del Chinook de rescate. La bandera, de 1×1,6 metros, la habían estirado, planchado y enmarcado. Los SEALS y los pilotos la habían firmado por detrás; delante había una inscripción que decía: “De la Fuerza Conjunta para la Operación Lanza de Neptuno, 1 de mayo de 2011: por Dios y por nuestro país. Gerónimo”. Obama prometió colocar el regalo “en algún sitio privado y que signifique mucho para mí”. Antes de su vuelta a Washington, el presidente posó para que le hicieran fotografías con cada miembro del equipo y habló con muchos de ellos, pero hubo una cosa de la que no se dijo nada. Nunca preguntó quién había tirado el disparo mortal, y los SEALS nunca se ofrecieron a decírselo.

© ‘The New Yorker’.

Nicholas Schmidle: La caza del monstruo Bin Laden, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

#bin-laden, #ee-uu, #islamismo, #terrorismo

11 de septiembre de 2001. Aquel olor a ceniza mojada

El escritor había llegado a Nueva York con su familia diez días antes. Un septiembre tranquilo. Pero todo cambió en minutos. Lo más irreal se hizo lo más real. Recuerda aquí sus sensaciones. Sobre todo, el olor.

Reflejo de la Zona Cero. JAMES RAJOTTE

Recuerdo de aquellos días que iba por la calle con la determinación instintiva de fijarme en todo tal y como lo vieran mis ojos, sin veladuras de interpretación o de opinión; ir mirando, escuchar, percibir los olores, aislar las sensaciones, contar lo que veía como si fuera una cámara, como cuando Christopher Isherwood dice eso al principio de Adiós a Berlín, “Soy una cámara”. No había vuelos comerciales a la ciudad. No había en ese momento nadie de la corresponsalía del periódico. Elvira y yo habíamos llegado con tres de nuestros hijos a Nueva York diez días antes, con el propósito de que ella descansara del agosto laborioso que había tenido en España escribiendo una crónica diaria. Yo empezaría a dar unas clases en la City University a principios de octubre. Septiembre sería el mes de vacaciones que no habíamos tenido aún ese año, y como los hijos no habían estado nunca en la ciudad, nosotros nos convertiríamos de nuevo en turistas para enseñársela a ellos. Uno o dos días antes habíamos bajado en metro a las Torres Gemelas. A ellos les hizo mucha sensación que la estación estuviera en el vestíbulo de una de las torres, un gran espacio cóncavo en el que resonaban siempre los pasos atareados de la gente, ejecutivos y turistas, repartidores de comida, empleados de las oficinas.

Yo había estado allí en mi primer viaje a Nueva York, en 1990, con un grupo de escritores españoles, entre ellos Bernardo Atxaga y José María Guelbenzu. Había subido con ellos al mirador de la planta más alta, con la camaradería del asombro, viendo desde allí, hacia el Norte, la amplitud selvática de la ciudad; hacia el Oeste, el Hudson; hacia el Sur, la boca del océano, el horizonte en el que se distinguían en la bruma las torres picudas de Ellis Island y la estatua de la Libertad, los paisajes invariables del turismo. Aquel día muy caluroso de septiembre de 2001 se nos hizo tarde para subir al mirador o a los adultos nos pudo la desgana y aplazamos el ascenso para un poco después. Al fin y al cabo teníamos un mes entero, y las torres estarían allí, invariables, mucho más atractivas para la mirada de lejos que de cerca, como estaría el Empire State y la estatua de la Libertad, o como está en Roma el Coliseo o en París la torre Eiffel, a medias reales y a medias espejismos turísticos, calderilla visual de postales y souvenirs, de recordatorios kitsch con baño de oro falso o lucecitas interiores.

En obras, cerca de la Zona Cero. JAMES RAJOTTE

La imaginación es fatalista; se acostumbra enseguida a lo que ya ha sucedido: ahora ya no sabemos recordar el estupor de que de un día para otro las dos torres no existieran, ni siquiera nosotros, que estábamos allí, que tantas veces a lo largo de estos diez años hemos respondido a la pregunta, cómo era estar en Nueva York la mañana del 11 de septiembre, salir a la calle, acercarse lo más posible a la frontera que establecieron las vallas de la policía, primero en Houston, luego un poco más al sur, en Canal Street, delimitando una parte de la ciudad que se volvía del todo fantasmal en cuanto caía la noche, cuando en los controles solo le permitían el paso a quien llevara uniforme de policía o de bombero o a quien mostrara con un documento de identidad que vivía o había vivido en la zona.

La escala verdadera del horror la escondía el secreto. No se podía pasar más allá de un cierto punto, y durante semanas el solar inmenso de escombros donde habían estado las torres permaneció tapado por altas pantallas de plástico o lona. No se veían fotos de heridos o de muertos. La pornografía visual a la que se entregaron algunos medios desalmados en España después del 11 de marzo de 2004 no se permitió en Nueva York. Tampoco la inmundicia de la gresca política a costa de las víctimas.

De modo que de un día para otro ya no éramos turistas, sino enviados especiales del periódico, y teníamos que mandar crónicas veloces de lo que veíamos, y al mismo tiempo adaptarnos a una incertidumbre demasiado absoluta como para que la haya preservado bien el recuerdo. La memoria hace trampa porque ahora sabemos lo que vino después, igual que hace trampa para convertir en natural lo que era inaudito. Había que fijarse en todo y había que vencer el miedo a que continuaran sucediendo cosas atroces. Después de que un avión colisionara contra una de las torres había aparecido en el cielo un segundo avión que atravesó la otra en una catástrofe de fuego. Cuando apenas nos adaptábamos a la imposibilidad de que una torre se hubiera derrumbado en unos segundos ya se estaba derrumbando la otra. Aviones militares atronaban el cielo volando muy bajo y proyectaban sus siluetas exactas sobre las calles y sobre las fachadas de los edificios. Pero cada nuevo avión podía ser otro emisario de catástrofe, lo mismo que cada largo alarido de sirena podía indicar un nuevo atentado. Estábamos en una isla unida al mundo exterior por unos cuantos puentes y túneles. De pronto se habían cortado las conexiones telefónicas. Quizá de un momento a otro se cortara la luz eléctrica o el suministro de agua. Nada que ocurriera sería menos inverosímil que lo que ya había sucedido. En la radio decían que un avión o un misil se habían estrellado contra el Pentágono, que otro avión podía estar dirigiéndose hacia la Casa Blanca. Los chicos, alucinados, miraban el televisor y desayunaban leche con galletas, mucho menos asustados que nosotros.

Era preciso fijarse en todo. Ser una cámara, un testigo absoluto. En el supermercado, la gente compraba cosas metódicamente y en silencio. Qué se debe comprar en esas circunstancias: botellas de agua, pan de molde, comida congelada, leche, cereales. Pero por qué no también bombillas, velas, alimentos no perecederos por si se corta la electricidad y no funciona el frigorífico, quién sabe. Nadie sabe. Nadie sabía. No saber conducía al aturdimiento más que al miedo. Buscábamos cestas de plástico para poner las cosas, pero ya no quedaban. La gente llevaba lo que quería comprar en las manos. Sin una cesta de plástico, el número de artículos que se pueden acarrear es muy limitado. En las colas perfectamente ordenadas de las cajas nadie hablaba. Se oía el tecleo en las cajas registradoras y el pitido del láser al reconocer los códigos de barras y la cantinela sempiterna de las cajeras neoyorquinas: Next? (¿el siguiente?).

LA VIDA SIGUE, EN APARIENCIA, IGUAL. Al menos en Times Square, el corazón de Nueva York. Como aquel 11 de septiembre de 2001, repleta de publicidad y de tráfico. JAMES RAJOTTE

A diferencia de lo simbólico o lo literario, lo real subyuga porque es específico. Nueva York en la mañana del ataque a las Torres Gemelas no era lo que nosotros veíamos. Eso lo veía cualquiera en cualquier parte del mundo, en la pantalla de un televisor. Nosotros veíamos un cielo limpio y sereno -el viento llevaba el humo hacia el este, hacia Brooklyn- y esa plaza que se forma en la confluencia de Broadway con Columbus Avenue a la altura de la Calle 66, donde hay una boca de metro y un busto poco afortunado de Leonard Bernstein, rodeado de sillas y mesitas metálicas en las que la gente se sienta a tomar el sol, comer un sándwich o hablar por teléfono. La boca del metro estaba abierta, pero nadie entraba ni salía por ella. Es una estación de la línea 1, la que pasaba por las torres. En los ventanales de las aulas de la Juilliard School no se veían músicos jóvenes ensayando. No se percibían cambios radicales en las cosas, tan solo diferencias de grado: un poco menos tráfico; más gente subiendo por la acera de Broadway a media mañana, cuando deberían haber estado en las oficinas. Mujeres enérgicas con trajes de chaqueta y zapatillas deportivas; hombres con corbata y con la chaqueta del traje al hombro, fatigados por el calor y las largas caminatas. Era ese tiempo ahora tan lejano en el que no todo el mundo iba por la calle con un móvil adherido a la oreja. Alguien se paraba en una esquina para marcar un número y no conseguía respuesta. Alguien escuchaba con el teléfono en el oído y con una expresión de estupor o de pánico.

Aprendíamos con extrañeza que la normalidad y el desastre pueden ser simultáneos. En un extremo de la ciudad, los supervivientes caminan extraviados por un desierto de ceniza en el que el humo y el polvo lo envuelven todo en una noche apocalíptica y unos kilómetros más al norte un camarero con chaquetilla negra limpia las mesas de un restaurante al aire libre y un vagabundo demente habla y gesticula solo en un banco de una plazoleta, bajo una estatua de Dante.

A la mañana siguiente, según se bajaba hacia el sur, una gasa de humo y ceniza debilitaba la luz del sol convirtiéndola en una claridad anaranjada. Por Union Square y Washington Square y las calles del Village, mucha gente llevaba mascarillas. Como no había tráfico, se escuchaba por todas partes un rumor multiplicado de pasos. Al fondo de las calles donde hasta ayer mismo habían estado las Torres Gemelas ahora ascendía una sola torre de humo negro mucho más alta. Partículas invisibles de polvo y de humo y ceniza picaban en la garganta. Luego comprendimos que en aquel aire que respirábamos habría también partículas volatizadas de los cuerpos humanos que nadie llegó a ver. La gente iba perdida de un lado para otro desconociendo los lugares más habituales, que de repente ya eran otros, como trastornados por la dislocación de los sueños. El día antes, a las nueve menos cinco de la mañana, una amiga nuestra había dejado a sus dos hijos en la escuela, justo al norte de las torres, y había regresado a casa con el alivio de quedarse sola a esa hora todavía fresca. Unos minutos después tomaba un café mirando perezosamente por la ventana de la cocina y lo que vio de pronto enmarcado en ella fue el apocalipsis, y salió corriendo a la calle para buscar a sus hijos. En Brooklyn Hights, otro amigo salía a cuidar el pequeño jardín que tenía en la terraza y al levantar los ojos vio una torre ardiendo y un avión que se acercaba en línea recta a la otra y que no podía ser verdad. Un directivo de un banco español al que conocí años más tarde acababa de salir de una de las torres y al mirar hacia arriba vio cómo un cielo negro se desplomaba sobre él y echó a correr y no recuerda lo que hizo durante los siguientes minutos ni cómo se salvó.

El estupor nos ayudaba a dejar en suspenso todo lo que no fuera la percepción sensorial de las cosas: el filtro sucio de la luz, la ligera aspereza del aire, las caras de resucitados de los supervivientes que salían del hospital St. Vicent’s, el tormento incesante de las sirenas, los bosques de velas ardiendo a la caída de la noche en Union Square y en Washington Square y casi en cualquier esquina, las velas, los ramos y los vasos de flores debajo de las fotografías de los desaparecidos, las pequeña banderas y las lámparas votivas, las calles oscuras y desiertas y el parpadeo azulado de los televisores en todas las ventanas. Y el olor que no parecía que fuera a irse nunca, enquistado al cabo de los días en las estaciones de metro más cercanas a la catástrofe, el olor que si volviéramos a percibirlo nos devolvería la atmósfera exacta de lo que fue aquel tiempo: olor a ceniza mojada y a partículas infinitesimales de carne putrefacta.

Antonio Muñoz Molina: Aquel olor a ceniza mojada, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

#ee-uu, #islamismo, #terrorismo

11 de septiembre de 2001. “Estados Unidos está siendo atacado”

En la única entrevista concedida al cumplirse el décimo aniversario del 11-S, el expresidente Bush recuerda ahora lo mucho que sintió aquel día y cómo cambió su mandato.

El momento en que a Bush fue le fuecomunicado el ataque a las Torres Gemelas

“Gata, pata…”. Palabras de niños en el aula de un colegio de Florida, carteles en la pared; en una pizarra, detrás del visitante ilustre, George W. Bush, está escrito: “La lectura hace grande a un país”. “Pata, lata…”. Y de repente, un susurro al oído. Una frase. “Estados Unidos está siendo atacado”. Y todo cambia. El rostro del hombre más poderoso del mundo se convierte en un libro abierto. Por la página Tocado y Hundido, se diría. Un poema. Como el de (casi) todos, en todo el mundo pegados en ese instante del 11 de septiembre de 2001, ante los televisores, viendo desmoronarse una época.

Bush aprieta los labios, la mirada se le pierde; le crecen bosques de rabia entre las cejas; océanos de desconcierto le caen por las mejillas. He aquí que la historia le convertía en protagonista (a él, presidente anodino bajo el nombre del padre). Siente enseguida el peso de su cargo. Lo recuerda ahora, desde su condición ya de ex presidente, en la única entrevista que ha concedido al cumplirse el décimo aniversario para hablar de los atentados; dos días de charla en su oficina de Dallas con el periodista Peter Schnall, del National Geographic Channel. “Miles de personas perdieron la vida y yo hice la promesa de que no volvería a repetirse nunca”.

Bush hilvana sus recuerdos sin citar guerras posteriores o efectos colaterales, relata cómo vivió y qué sintió desde su puesto y condición de mando esas horas. “No lo olvidaré nunca. Ese día cambió mi mandato”, afirma. “Pasé de ser un presidente centrado en asuntos nacionales a uno en tiempo de guerra”. O también: “La guerra nos llegó de forma inesperada, y tienes que afrontarla…no piensas en consecuencias ni política. Hay que decidir. Lo hice lo mejor que supe, algunas decisiones fueron polémicas… pero tomadas con el objetivo de proteger a mi país. No tenía una estrategia… vivía el día a día”.

Una jornada, comenta, que prometía ser como otra cualquiera. Esa mañana, Bush sale a correr, lee informes de seguridad (“Nada fuera de lo normal”), se sube a su coche, y ya ahí sabe del impacto de una avión en Nueva York, pero no le da mayor importancia, va de visita al colegio, para promover reformas, y los niños le cantan palabras. Hasta que su cara se llena de otras que no pronuncia porque decide callarlas: “Me concentré inmediatamente en los niños. El contraste entre el horror del ataque y su inocencia me hizo ver claramente cuál era mi trabajo: proteger a la gente”.

Proteger es la clave. Lo repite mientras habla y traga saliva, sus labios se tensan, se le achican los ojos… “Y al momento, los periodistas empezaron a recibir llamadas. Era como ver una película de cine mudo”. Todos lo sabían. Todos le observaban. Se movió lento. Demasiado para algunos. “Quería proyectar una imagen de calma”. Escribe un primer discurso allí mismo, para los padres y el mundo: “Hoy ha ocurrido una tragedia nacional…”. Llega la noticia del tercer avión en el Pentágono: “Con el primero pensé que sería accidente; con el segundo, ataque. Y el tercero era una declaración de guerra”. Dijeron también que estuvo escondido durante horas. Él lo desmiente: quiso salir hacia Washington de inmediato, pero su equipo en el Air Force One lo impidió: “Creían que era una irresponsabilidad por mi parte volver a una ciudad que había sido atacada…”.

Una jornada cualquiera, escrita con guion insuperable: escenas de rascacielos que se derrumban en segundos; aviones secuestrados cargados de civiles; masas de gente cubierta de polvo huyendo de la muerte en plena City. Un apocalipsis. Un país violentado. “Una de las cosas que cambió el 11-S fue la noción de estar protegidos por los océanos”. Sintió horror: “Lo más devastador fue ver a gente saltando al vacío y no poder hacer nada”. Y recuerda frases plenas de significado: “¿Quién demonios querría hacer eso a EE UU?”. “¿Por qué no lo hemos visto venir?”. “¿Estará bien mi esposa?”. “Decidí que ya nos encargaríamos de Irak. El primer objetivo era Al Qaeda, en Afganistán”. Su tarea era encontrar culpables, aplicar la justicia, implacable, serenar a la población. Fue al Pentágono y a la Zona Cero: “Desde el aire parecía una cicatriz enorme, pero de cerca fue caminar por el infierno”. “Atrápalos”, le pedían. “Su sed de sangre era palpable”.

Él no lo consiguió, pero llegó ese día. Una llamada de Obama el 1 de mayo pasado. Una frase: el fin de Bin Laden. “No sentí nada parecido a felicidad ni júbilo. Simplemente que se cerraba un capítulo. Con el paso del tiempo, el 11-S será una fecha señalada del calendario”, dice. Y el libro de su rostro ese día, de lectura obligada en las escuelas.

‘George W. Bush: la entrevista del 11-S’, National Geographic (Digital +), 5 de septiembre, 22.30. www.nationalgeographic.es/11S.

Lola Huete Machado: “Estados Unidos está siendo atacado”, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

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