Protocolo de la Conferencia de Wannssee, 1942

Sede de la Conferencia de Wannsee de enero de 1942, convocada por el jefe de la Oficina Principal de Seguridad del Reich Reinhard Heydrich, sobre la "Solución final al problema judío".

El 20 de enero de 1942, quince altos representantes de las SS, del NSDAP y de diferentes ministerios se reunieron en esta casa para debatir la instrumentación de la deportación y el asesinato planificados de los judíos europeos. Los representantes de las SS informaron a los secretarios de Estado presentes de las acciones homicidas que los Einsatzgruppen (grupos de intervención móviles) venían llevando a cabo desde agosto de 1941 en la Unión Soviética, así como de los métodos de asesinato ya practicados.

La reunión, conocida hoy como la «Conferencia de Wannsee», fue presidida por Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA). El encargado de organizar las deportaciones, Adolf Eichmann, redactó las actas – el Protocolo – de la reunión, que se encontraron en 1947 entre los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores. El Protocolo documenta con pavorosa claridad el plan para el asesinato de todos los judíos europeos y la participación activa de la administración del Estado alemán en ese genocidio.

PROTOCOLO DE LA CONFERENCIA DE WANNSEE
20 de enero de 1942

Geheime Reichssache
(Documento secreto del Reich)

30 Copias copia nº 16

PROTOCOLO DE LA CONFERENCIA

“I. Han participaden a la conferencia sobre la Solución Final (Endlösung) de la cuestión judía que tuvo lugar el 20 de enero de 1942 en Berlin, Am Großen Wannsee N° 56-58, las siguientes personas:”

  • Reinhard Heydrich – Jefe de la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA)
  • Adolf Eichmann – Jefe del Departamento IV B 4 (“Asuntos Judíos”) de la RSHA
  • Heinrich Müller – Jefe de la Policía Secreta del Estado (Gestapo)
  • Otto Hoffmann – SS líder del grupo – Oficina de Colonización
  • Rudolf Lange – SS Sturmbannführer – Servicio de Seguridad (Policía)
  • Eberhard Schöngarth, Coronel de las SS – Servicio de Seguridad
  • Gerhard Klopfer, Coronel de las SS – Sede del Partido
  • Wilhelm Kritzinger, Secretario Adjunto – Cancillería del Reich
  • Josef Bühler, Secretario de Estado – Oficina del Gobernador General en Cracovia
  • Georg Leibbrandt, Reichsamtsleiter – ocupó el Ministerio de Territorios del Este
  • Alfred Meyer, el Gauleiter – ocupó el Ministerio de Territorios del Este
  • Erich Neumann, Secretario de Estado – Oficina del Alto Comisionado para el Plan de Cuatro Años
  • Martín Lutero, Subsecretario – Ministerio de Relaciones Exteriores
  • Wilhelm Stuckart, Secretario de Estado – Ministerio del Interior
  • Roland Freisler, el Secretario de Estado – Ministerio de Justicia

Wannsee-Protokoll

“II. Se abrió la reunión con la declaración del Jefe de la Policía de Seguridad y del SD, el SS- Obergruppenführer Heydrich, quien anunció su nombramiento por el Mariscal del Reich como Plenipotenciario para la Preparación de la Solución Final del asunto Judio en Europa. Señaló que la conferencia fue convocada con objeto de clarificar ciertas cuestiones de principios. La demanda del Mariscal del Reich pidiendo que se realice un proyecto de plan relativo a los aspectos prácticos, económicos y organicatiros de la solución final de la cuestión judía europea, requiere una deliberación previa y conjunta de todas las parallelemente las instituciones centrales directamente involucradas en las asuntes, de manera de coordinar líneas de acción.

Declaró que la responsabilidad del tratamiento de la solución final de la cuestión judía incumbirá, sin tomar en consideración las fronteras geográficas, al Reichsführer SS y Jefe de la Policía alemana (Jefe de la Policía de Seguridad y del SD). Luego, el Jefe de la Policía de Seguridad y del SD pasó brevemente revista a la lucha conducida hasta el presente contra este enemigo. Los elementos más importantes son:

a) obligar a los judíos a salir de las distintas áreas de la vida del pueblo alemán,
b) obligar a los judíos a salir del espacio vital (Lebensraum) del pueblo alemán.

Para alcanzar estos objetivos, se dio impulso a la emigración acelerada de los judíos de la zona del Reich, que se consideró como única solución provisional posible.

En enero de 1939, se instituyó una Oficina Central del Reich para la Emigración Judía, bajo las instrucciones del Mariscal del Reich, siendo confiada su dirección al Jefe de la Policía de Seguridad y del SD. Sus tareas fueron principalmente:

a) tomar medidas para preparar una emigración incrementada de los judíos,
b) encauzar el flujo de emigración,
c) acelerar la emigración en los casos individuales.

El objetivo de esta tarea fue limpiar el espacio vital alemán de judíos, de forma legal.

Los inconvenientes ocasionados por tal forma de emigración, intensamente acelerada, eran claros para todas las autoridades. Pero al carecer de otras posibilidades de solución, se los deba aceptar momentáneamente.

Reinhard Heydrich, 1940

Durante el período que siguió, el tratamiento de la emigración no constituyó un problema únicamente alemán, sino que las autoridades de los países de destino o de emigración también tuvieron que ocuparse de ello. Las dificultades financieras – como las alzas de las tasas de desembarque decretadas por los distintos gobiernos – así como la falta de literas en los barcos y las restricciones cada vez más rígidas o las prohibiciones de inmigración, entorpecieron considerablemente los esfuerzos de emigración. A pesar de estas dificultades, un total de aproximadamente 537.000 judíos fueron obligados a emigrar, desde el ascenso al poder hasta el 31 de octubre de 1941.

Este total se desglosa de la siguiente forma:

Los mismos judíos o las organizaciones políticas judías asumieron la financiación de la emigración. Para evitar que los judíos proletarizados permanecieran atrás, se tomó como principio que los judíos ricos debían sufragar la emigración de los judíos sin medios; para este fin, impuso una cotización especial, o impuesto de emigración proporcional a la riqueza para cubrir las obligaciones financieras de la emigración de los judíos indigentes.

Desde el 30 de enero de 1933 del antiguo Reich [Alemana  antes 1938] aproximadamente 360.000
Desde el 15 de marzo de 1938 de Austria aproximadamente 147.000
Desde el 15 de marzo de 1939 del protectorado de Bohemia y Moravia aproximadamente  30.000.

Además de los fondos recaudados en marcos alemanes, se necesitaron divisas extranjeras para el dinero que los emigrantes necesitaban mostrar a su llegada al extranjero y para las tasas de desembarque. A fin de conservar los fondos en divisas extranjeras, las organizaciones judías de este país convencieron a las instituciones financieras judías del extranjero que ellas mismas se hicieran responsables de la recaudación de las sumas requeridas en divisas. extranjeras. Hasta el 30 de octubre de 1941, los judíos extranjeros regalaron un total de unos 9.500.000 dólares.

Mientras tanto, dado los peligros de la emigración en tiempo de guerra y dadas las posibilidades del Este, el Reichsführer SS y Jefe de la Policía alemana prohibió la emigración de los judíos.

III. Actualmente, con la previa autorización del Führer, la evacuación de los judíos hacia el Este reemplaza la emigración, como posible solución adicional.

Estas operaciones son opciones provisionales, pero ya se aplican las experiencias prácticas que tienen una importancia significativa para la próxima solución final de la cuestión judía.

En esta solución final de la cuestión judía europea, se tomarán en cuenta a los aproximadamente 11 millones de judíos distribuidos en los países siguientes:

PAÍS

NÚMERO

A. Altreich 131.800
    Ostmark [Austria] 43.700
    Territorios del Este
420.000
    Gobierno-General
2.284.000
    Bialystok 400.000
    Protectorado deBohemia y Moravia
74.200
    Estonia  -Sin judíos-
    Letonia 3.500
    Lituania 34.000
    Bélgica 43.000
    Dinamarca 5.600
    Francia   Territorio ocupado 165.000
                  Territorio no-ocupado 700.000
    Grecia 69.600
    Holanda 160.800

    Noruega

1.300

B. Bulgaria 48.000
    Inglaterra 330.000
    Finlandia 2.300
    Irlanda 4.000
    Italia, incluyendo Cerdeña 58.000
    Albania 200
    Croacia 40.000
    Portugal 3.000
    Rumania, incluyendo Besarabia 342.000
    Suecia 8.000
    Suiza 18.000
    Serbia 10.000
    Eslovaquia 88.000
    España 6.000
    Turquía europea 55.500
    Hungría 742.800
    U.R.S.S. 5.000.000
       Ucrania
       Bielorrusia, sin   2.994.684
       Bialystok              446.484

TOTAL: más de 

11.000.000

En países extranjeros aún falta una definición de los judíos según los principios raciales y las cifras comunicadas sólo incluyen a los judíos por religión. Dadas las actitudes y conceptos que prevalecen en cada país, el tratamiento de este problema se enfrentará con ciertas dificultades, especialmente en Hungría y en Rumania. Por ejemplo en Rumania, el judío aún puede obtener con dinero, documentos que certifican oficialmente que posee una ciudadanía extranjera.

En la Unión Soviética, la influencia de los judíos en todas las esferas de la vida es bien conocida. Hay unos 5 millones de judíos en Rusia europea frente apenas unos 250.000 en Rusia asiática.

En la zona europea de la URSS, los judíos se clasifican según su profesión, más o menos como sigue:

Agricultura                            9.1%
Trabajadores urbanos    14.8%
Comercio                             20.0%
Empleados del Estado    23.4%

Profesiones liberales, medicina, prensa, teatro, etc…32.7%

Durante la solución final, se deberá conducir a los judíos al servicio de trabajo al Este. En grandes columnas de trabajo y separados por sexo, se trasladará a esas zonas a los judíos capaces de trabajar, para que construyan carreteras; no hay duda alguna de que se perderá a una gran proporción de ellos como consecuencia de una selección natural.

Los que queden; necesitarán un tratamiento adecuado, porque sin duda alguna representan la parte [físicamente] más resistente y con su liberación, se podrían transformar en el germen de una resurrección judía (pruebas de ello las da la historia).

Durante la ejecución de la solución final, Europa será revisada a fondo, desde el Oeste hasta el Este. A causa del problema de alojamiento y de las demás necesidades socio-politicas, se tratará en primer lugar la zona del Reich, incluyendo los protectorados de Bohemia y Moravia.

Primeramente, los judíos evacuados serán trasladados por trenes hacia los denominados ghettos de tránsito, con el fin de transportarlos luego al Este.

El SS Obergruppenführer Heydrich señaló además, que una importante condición previa para realizar la evacuación general, es la determinación precisa de los grupos de personas involucradas.

No se intentará evacuar a los judíos de más de 65 años de edad, sino que se los colocará en un ghetto de personas mayores, Theresienstadt.

Además de estos grupos de personas ancianas, un 30% de los 280.000 judíos que se encuentran en Altreich y en Ostmark al 31 de octubre de 1941, tiene más de 65 años de edad. En el ghetto de judíos ancianos, se admitirá a los judíos lisiados de guerra, así como a los judíos con condecoraciones de guerra (EK I) [La cruz de hierro de primera clase]. Esta solución apropiada eliminará de una vez numerosas solicitudes de excepciones.

El inicio de las mayores operaciones de evacuación individual y grupal dependerá, en gran parte, de los desarrollos militares. Con respecto de la manera de tratar la solución final en las zonas europeas ocupadas por nosotros o bajo nuestra influencia, hemos propuesto que los funcionarios que se ocupan de estos asuntos en el Ministerio de Asuntos Exteriores, consulten con los expertos adecuados de la Policía de Seguridad y del SD.

En Eslovaquia y en Croacia, el asunto ya no es tan difícil, puesto que allí los problemas pertinentes más esenciales ya han sido solucionados. En Rumania también, el gobierno ha nombrado a un plenipotenciario para los asuntos judíos. A Hungría se deberá imponerle en un futuro próximo un consejero para las cuestiones judías.

Según el SS Obergruppenführer Heydrich, se deberá establecer contactos con el Jefe de la Policía de Italia acerca de estos asuntos, para poner en marcha los preparativos para plantear el problema.

En Francia ocupada y en Francia no-ocupada, la concentración de los judíos que habrán de ser evacuados se realizará sin grandes dificultades.

Sobre este punto, el Subsecretario de Estado Luther declaró que en varios países, como los países nórdicos, el trato a gran escala de este problema tropezará con dificultades, y que por consiguiente, en aquellos países

seria acertado postergar la acción por el momento. Dado el pequeño número de judíos allí involucrados, esta postergación en ningún caso será un obstáculo significativo.

Por otra parte, el Ministerio de Asuntos Exteriores no prevé ninguna dificultad importante en el Sud-Este y Oeste de Europa.

El SS Gruppenführer Hofmann opina que se debe enviar a Hungría a un especialista de la Oficina Central para la Raza y el Asentamiento para que les dé una orientación general cuando el jefe de la Seguridad y del SD tome allí el asunto en mano. Se decidió que un especialista de la Oficina Central para la Raza y el Asentamiento, que no desempeñará un papel activo, será designado oficialmente como asistente temporal agregado de la policía.

IV.    Las leyes de Nuremberg deben constituir una base para la realización del proceso de la solución final; pero como condición previa a una eliminación total del problema, se necesitarán también soluciones a las cuestiones de los casamientos mixtos y de Mischlinge.

Luego, el Jefe de la Policía de Seguridad y de los SD discutió en forme; teórica los siguientes puntos relacionados con una carta del Jefe de la Cancillería del Reich:

1. Tratamiento de los Mischlinge de primer grado.

Los Mischlinge de primer grado se encuentran en la misma posición que los judíos respecto de la solución final de la cuestión judía.

Quedarán extentos de este tratamiento las personas siguientes:

a) Los Mischlinge de primer grado que estén casados con personas de sangre alemana, y de cuyos casamientos hayan nacido hijos (Mischlinge de segundo grado). Estos Mischlinge de segundo grado se encuentran básicamente en la misma posición que los alemanes.

b) Los Mischlinge de primer grado que obtuvieron hasta la fecha excepciones en ciertas áreas vitales, por parte de las más altas autoridades del Partido y del Estado. Se deberá examinar de nuevo cada caso individual, y no se puede excluir que la nueva decisión empeore la situación de los Mischlinge.

Como cuestión de principio, las bases para conceder una excepción serán siempre los méritos de los propios Mischlinge (y no los méritos de los padres o cónyuges de sangre alemana).

Los Mischlinge de primer grado, que quedarán apartados de la evacuación, serán esterilizados de manera de impedir toda reproducción y terminar definitivamente con el problema de los Mischlinge. La esterilización será voluntaria, pero constituirá una condición para permanecer en el Reich. Tras ésta, el Mischling esterilizado quedará libre con respecto de todos los reglamentos restrictivos a los que se veía sometido anteriormente.

2) Tratamiento de los Mischlinge de segundo grado.

En principio, se clasificará a los Mischlinge de segundo grado como personas de sangre alemana, exceptuando los casos siguientes, en los que se considera a los Mischlinge de segundo grado de igual manera que a los judíos:

a) Descendiente de Mischling de segundo grado nacido de un casamiento bastardo (siendo Mischlinge ambos cónyuges).

b) Apariencia racial particularmente desfavorable del Mischling de segundo grado, que lo clasifica como judío, sólo bajo criterios únicamente externos.

c) Negativos informes políticos o de la policía sobre el Mischling de segundo grado, que indiquen que éste se siente y comporta como un judío.

Incluso en estos casos, no se harán excepciones cuando el Mischling de segundo grado esté casado con una persona de sangre alemana.

3) Casamientos entre judíos plenos y personas de sangre alemana.

Aquí se decidirá, caso por caso, si se deberá evacuar al cónyuge judío o si se lo enviará a un ghetto para ancianos, tomando en consideración los efectos que esta medida podría tener sobre los parientes alemanes de la pareja mixta.

4) Casamiento entre Mischlinge de primer grado y personas de sangre alemana.

a) Sin hijos.

Si no nacieron hijos del casamiento, se evacuará al Mischling de primer grado, o se le enviará a un ghetto para ancianos. (El tratamiento es el mismo que para los casamientos entre judíos plenos y personas de sangre alemana, [véase] apartado 3.)

b) Con hijos.

Si existen hijos nacidos de este casamiento (Mischlinge de segundo grado), y si se les considera equivalentes a judíos, se los evacuará o se los enviará a un ghetto, junto con los Mischlinge de primer grado. Cuando se considere a estos hijos personas de sangre alemana (como es la regle), igualmente se dispensará de la evacuación, tanto a ellos como a los Mischlinge de primer grado.

5) Casamiento entre un Mischling de primer grado y un Mischling de primer grado 0 un judío.

En estos casamientos, se deberá tratar a todas las partes (incluso a los hijos) como judíos, y por consiguiente se los evacuará y se los enviará a un ghetto para ancianos.

6) Casamiento entre un Mischling de primer grado y un Mischling de segundo grado.

Se evacuará y enviará a un ghetto de ancianos a ambos cónyuges del casamiento, tengan hijos o no, pues se considera habitualmente que los hijos recibieron una inoculación de sangre judía más fuerte que los Mischlinge de segundo grado.

El SS Gruppenführer Hofmann piensa que se deberá hacer amplio uso de la esterilización pues cuando los Mischlinge tengan la posibilidad de escoger entre la evacuación o la esterilización, preferirán escoger la esterilización.

El Secretario de Estado, Dr. Stuckart , observó que de este modo, los aspectos prácticos de las posibles soluciones arriba propuestas para resolver los problemas de casamientos mixtos y de Mischlinge, ocasionarán un trabajo administrativa sin fin. El Secretario de Estado, Dr. Stuckart, propone por ello una esterilización obligatoria, de modo que considere las realidades biológicas.

Para simplificar el problema de los Mischlinge se deben tener en cuenta posibilidades adicionales, con el objetivo de que el legislador pueda decidir algo así como: “estos casamientos quedan disueltos”.

En la cuestión relativa a los efectos que la evacuación de los judíos puede tener sobre la economía el Secretario de Estado N e u m a n n , declaró que por el momento y mientras no se disponga de substitutos, no se puede evacuar a los judíos que estén empleados en las industrias de guerra esenciales.

El SS Obergruppenführer Heydrich señaló que, conforme con las directivas aprobadas por él y relativas a la ejecución de la evacuación corriente, no se evacuará a estos judíos.

El Secretario de Estado, Dr. Bühler, observó que, si se inicia la solución final de este problema en el Gobierno-General, éste lo acoger bien, pues allí la cuestión del transporte no desempeña un papel importante, y las consideraciones de permanencia en trabajo no van a impedir el curso de esta operación. Lo antes posible se deberá trasladar a los judíos fuera del Gobierno-General, pues es allí en particular, donde el judío constituye un importante peligro como portador de epidemias y también donde, al mismo tiempo, causa desórdenes constantes en la estructura económica del país, por su continua actividad en el mercado negro. Es más, la mayoría de los 2,5 millones de judíos considerados es en todos los casos inepta para el trabajo.

El Secretario de Estado, Dr. Bühler, declaró además que el Jefe de la Policía de Seguridad y del SD es el responsable de la solución a la cuestión judía y que su trabajo tiene el apoyo de las autoridades del Gobierno-General. El sólo pide que se resuelva lo antes posible la cuestión judía de esta zona.

Como conclusión, tuvo lugar una discusión sobre las distintas formas que podría tomar la solución, y sobre este particular tanto el Gauleiter Dr. Meyer, como el Secretario de Estado, Dr. Bühler , opinaron que localmente en la zona involucrada, se debería realizar cierto trabajo preparatorio de la solución final, pero que al hacerlo se deberá evitar alarmar a la población.

La Conferencia finalizó con un pedido del Jefe de la Policía de Seguridad y del SD a los participantes a la Conferencia, al apoyo necesario para realizar las tareas de la solución [final].

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#alemania, #holocausto, #nazismo

«Proyecto Manhattan», el génesis de la bomba atómica

El programa nuclear estadounidense se desarrolló en secreto durante la Segunda Guerra Mundial

A las 8.15 horas, un bombardero B-29 estadounidense, el «Enola Gay», lanza una bomba nuclear sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. El artefacto, bautizado como «Little Boy», explota a unos metros de la superficie para provocar mayor devastación. «Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas». Así describe el artillero Bob Caron la explosión vista desde el avión que ha inaugurado la era atómica. Una única deflagración causa 70.000 muertos en el acto. Es el 6 de agosto de 1945. Tres días más tarde la ciudad de Nagasaki es aniquilada de idéntica forma. El mundo ya no será igual.

Se cumplen 66 años de aquellos trágicos días. Los brutales ataques sobre ambas ciudades niponas fueron el resultado de uno los mayores programas secretos científicos de la historia: el «proyecto Manhattan». Durante años algunas de las mentes más brillantes y privilegiadas del planeta, entre ellas Premios Nobel de física, participaron en la investigación y desarrollo del arma atómica de Estados Unidos.

En agosto de 1939 el gran Albert Einstein escribió una carta al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en la que le informaba de los avances sobre la fisión de Alemania y le animaba a desarrollar un programa nuclear. «Es concebible -pienso que inevitable- que pueden ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas», afirmaba en la misiva. En el fondo se escondía el miedo de que los nazis pudieran fabricar el arma atómica. Años más tarde, Einstein se arrepentiría de ese acto al comprobar la devastación generada con dichas bombas: «Debería quemarme los dedos con los que escribí aquella primera carta».

Pese al escrito de tan insigne figura, no fue hasta el ataque sobre Pearl Harbor y la entrada en la Segunda Guerra Mundial de Estados Unidos cuando el programa nuclear se desarrollara con fuerza. Al frente del proyecto se coloca en octubre de 1942 el físico Robert Oppenheimer, aunque el responsable militar es el general Leslie R. Groves. La operación estaría coordinada desde el Laboratorio Nacional de los Álamos (Nuevo México) construido para la ocasión. Entre los más estrechos colaboradores de Oppenheimer se encuentra el premio Nobel de física Enrico Fermi, o Edward Teller, un científico de origen judío que huyó de Alemania tras la llegada de Hitler.

Incendiar la atmósfera

El desarrollo del programa no estuvo exento de peligros. Una de las principales incógnitas radicaba sobre los efectos de tan potente arma. Se llegó a pensar que podría incendiar la atmósfera al provocar una reacción del hidrógeno, lo que retrasó el proyecto. Finalmente, nuevos cálculos descartaron esa opción.

EE UU no era el único país que trataba de desarrollar un arma atómica. El «programa Uranio» de los nazis también perseguía la fabricación de la bomba nuclear. Groves destinó parte de los recursos del proyecto en recabar información sobre los avances alemanes en el terreno. Varios científicos que trabajaban para el Reich fueron secuestrados.

El día D para Oppenheimer y su equipo llegó el 16 de julio de 1945. Fue la fecha para realizar la primera prueba, denominada «Trinity». El lugar escogido fue el desierto «Jornada del Muerto», un lugar remoto del Estado de Nuevo México. Mejo nombre imposible. La energía liberada durante la explosión equivalió a 19.000 toneladas de TNT. El equipo del proyecto observó a nueve kilómetros de distancia cómo la densa nube se elevaba hasta componer el característico hongo en el cielo.

El éxito de la prueba permitió el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki apenas dos semanas después. En la actualidad, los habitantes de ambas ciudades niponas todavía conviven con los problemas de la radiactividad desatada en aquellos ataques. Mientras tantos, los arsenales de Estados Unidos y Rusia cuentan con miles de cabezas nucleares muchos más potentes que las lanzadas hace 66 años sobre Japón.

David Valera, Madrid: «Proyecto Manhattan», el génesis de la bomba atómica, ABC, 6 de agosto de 2011

#ee-uu, #energia-atomica

La canción de amor y muerte de Lili Marleen

Marlene Dietrich

Allá donde solo tiene sentido la añoranza y el recuerdo de lo lejano, diariamente sonaba los sones de una canción en la voz de una seductora mujer que acariciaba el alma de los contendientes en el desierto. Sin remedio, poco antes de las diez de la noche desde Radio Belgrado tomada por las tropas alemanas, se difundía hasta las arenas del desierto la melodía que anunciaba la caída del día y el comienzo de la noche, como el eterno juego del Eros y el Tánatos, la música y la letra de ésta canción que se convertiría en el estandarte de la paz: “La única contribución positiva dada por los nazis al mundo” según el escritor norteamericano John Steinbeck.

La canción escrita en 1915 por Hans Leip y musicada en los treinta por Norbert Schultze (1938), un compositor nazi muy conocido por dar impulso a las bombas alemanas en Inglaterra con su música, es interpretada por primera vez por la alemana Lale Andersen, una cantante enamorada de un judío. La canción se origina en dos amores de Leip (Lili y Marleen) dos amores fracasados, aunque algunos lo atribuyen al amor platónico sobre una sobrina de Sigmund Freud que se casó con uno de sus mejores amigos.

Versionada a 48 idiomas, es con la cantante y actriz alemana nacionalizada norteamericana Marlene Dietrich con la que alcanza su mayor resonancia internacional, una canción alemana nacionalizada para los aliados por una cantante contraria a los nazis y nacionalizada norteamericana. Es una usurpación en toda regla, es un botín de un valor incalculable. Una canción escrita para dar cobijo al alma atormentada por la lejanía y la soledad de los soldados alemanes que describe la necesidad de rescatar un amor perdido o lo que es lo mismo de volver a casa, se convierte en una canción de paz y esperanza para el mundo occidental. Los aliados han ganado la guerra, y como Elena de Troya, Lili es apropiada para el mundo libre.

Esta versión alemana es la única que conserva en su última estrofa el triunfo de la muerte, por ello, desapareció del resto de las versiones no alemanas. Una canción inolvidable, una canción de un joven guerrero cantada por una mujer, una canción de una unidad bajo una farola que se desgarra en dos mitades que se buscan eternamente sin jamás encontrarse, como la realidad y el deseo, como el Eros y el Tánatos, como la vida y la muerte, como los alemanes y los ingleses, como Lale Andersen y Marlene Dietrich, pero que al final se encuentran cuando suena …wie einst, LILI MARLEEN.

Información tomada en Siroco. Viento sudeste, 3 de mayo de 2009

Vor der KaserneVor dem großen

TorStand eine Laterne

Und steht sie noch davor

So woll’n wir uns da wieder seh’n

Bei der Laterne wollen wir steh’n

Wie einst Lili Marleen.

Unsere beide Schatten

Sah’n wie einer aus

Daß wir so lieb uns hatten

Das sah man gleich daraus

Und alle Leute soll’n es seh’n

Wenn wir bei der Laterne steh’n

Wie einst Lili Marleen.

Schon rief der Posten,

Sie blasen Zapfenstreich

Das kann drei Tage kosten

Kam’rad, ich komm sogleich

Da sagten wir auf Wiedersehen

Wie gerne wollt ich mit dir geh’n

Mit dir Lili Marleen.

Doch mich vergaß sie lang

Und sollte mir ein Leid gescheh’n

Wer wird bei der Laterne stehen

Mit dir Lili Marleen?

Aus dem stillen Raume,

Aus der Erde Grund

Hebt mich wie im Traume

Dein verliebter Mund

Wenn sich die späten Nebel drehn

Werd’ ich bei der Laterne steh’n

Wie einst Lili Marleen.

Frente al cuartel,

delante del portón,

había una farola,

y aún se encuentra allí.

Allí volveremos a encontrarnos,

bajo la farola estaremos.

Como antes, Lili Marleen.

Nuestras dos sombras

parecían una sola.

Nos queríamos tanto

que daba esa impresión.

Y toda la gente lo verá,

cuando estemos bajo la farola.

Como antes, Lili Marleen.

El centinela me avisa:

“Están pasando revista

Esto te va a costar tres días”

Camarada, ya voy

Entonces nos decíamos adiós

Me habría ido encantado contigo

Contigo, Lili Marleen

La farola conoce tus pasos

tu delicado andar

todas las noches se enciende

pero a mí me olvidó ya

Y si algo malo me pasara un día

¿Quién se pondría bajo la farola

Contigo?, Lili Marleen

Desde el espacio silencioso

Desde el fondo  de la tierra

Me mantienen como en un sueño

tus adorables labios

Cuando se arremolinen las nieblas tardías,

junto a la farola yo estaré

Como antes, Lili Marleen.

#alemania

Buchenwald en la memoria: “El archipiélago del horror nazi”

El  escritor Jorge Semprún, facellido el 7 de junio de 2011, leyó en 2010 este discurso en Buchenwald, con motivo del 65º aniversario de la liberación del campo de concentración. Allí asistió entre los 20 y los 22 años a la gran tragedia de su vida y por extensión del siglo XX

El 11 de abril de 1945 -hace pues 65 años- hacia las cinco de la tarde, un jeep del Ejército americano se presenta a la entrada del campo de concentración de Buchenwald.

Dos hombres bajan del jeep.

De uno de ellos no se sabe gran cosa. Los documentos asequibles son poco explícitos. Está establecido, en todo caso, que se trata de un civil. Pero, ¿por qué estaba allí, a la vanguardia de la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército norteamericano del general Patton? ¿Qué profesión ejerce? ¿Cuál es su misión? ¿Es acaso periodista? ¿O, más probablemente, experto o consejero civil de algún organismo militar de inteligencia?

Semprún durante el acto de conmemoración del campo de Buchenwald, en abril de 2010.- ULY MARTÍN

No se sabe a ciencia cierta.

Está allí, sin embargo, presente, a las cinco de la tarde de un día memorable, ante la puerta de entrada monumental del campo de concentración. Está allí, acompañando al segundo tripulante del jeep.

Este sí está identificado: es un teniente, mejor aún, un primer teniente, un oficial de inteligencia militar asignado a la Unidad de Guerra Psicológica del Estado Mayor del general Omar N. Bradley.

Tampoco sabemos lo que pensaron los dos americanos al bajarse del jeep y contemplar la inscripción en letras de hierro forjado que se encuentra en la verja del portal de Buchenwald: Jeden das Seine.

No sabemos si tuvieron tiempo de tomar nota mentalmente de tamaño cinismo, criminal y arrogante. ¡Una sentencia que alude a la igualdad entre seres humanos, a la entrada de un campo de concentración, lugar mortífero, lugar consagrado a la injusticia más arbitraria y brutal, donde solo existía para los deportados la igualdad ante la muerte!

El mismo cinismo se expresaba en la sentencia inscrita en el portal de Auschwitz: Arbeit macht frei. Un cinismo característico de la mentalidad nazi.

No sabemos lo que pensaron los dos americanos en aquel histórico momento. Pero sí sabemos que fueron acogidos con júbilo y aplauso por los deportados en armas que montaban la guardia ante la entrada de Buchenwald. Sabemos que fueron festejados como libertadores. Y lo eran, en efecto.

No sabemos lo que pensaron, no sabemos casi nada de sus biografías, de su historia personal, de sus gustos o disgustos, de su entorno familiar, de sus años universitarios, si es que los tuvieron.

Pero sabemos sus nombres.

El civil se llamaba Egon W. Fleck y el primer teniente, Edward A. Tenenbaum.

Repitamos aquí, en el Appeliplatz de Buchenwald, 65 años después, en este espacio dramático, esos dos nombres olvidados e ilustres: Fleck y Tenenbaum.

Aquí, donde resonaba la voz gutural, malhumorada, agresiva, del Rapportführer todos los días de la semana, repartiendo órdenes o insultos; aquí donde resonaba también, por el circuito de altavoces, algunas tardes de domingo, la voz sensual y cálida de Zarah Leander, con sus sempiternas cancioncitas de amor, aquí vamos a repetir en voz alta, a voz en grito si fuera necesario, aquellos dos nombres.

Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.

Así, maravillosa ironía de la historia, increíble revancha significativa, los dos primeros americanos que llegan a la entrada de Buchenwald, aquel 11 de abril de 1945, con el Ejército de la liberación, son dos combatientes judíos. Y por si fuera poco, dos judíos americanos de filiación germánica, más o menos reciente.

Ya sabemos, pero no es inútil repetirlo, que en la guerra imperialista de agresión que desencadena en 1939 el nacionalsocialismo, y que aspira al establecimiento de una hegemonía totalitaria en Europa, y acaso en el mundo entero, ya sabemos que en dicha guerra, el propósito constante y consecuente de exterminar al pueblo judío constituye un objetivo esencial, localmente prioritario, entre los fines de guerra de Hitler.

Sin tapujos ni concesiones a ninguna restricción mortal, el antisemitismo racial forma parte del código genético de la ideología del nazismo, desde los primeros escritos de Hitler, desde sus primerísimas actividades políticas.

Para la llamada solución final de la cuestión judía en Europa, el nazismo organiza el exterminio sistemático en el archipiélago de campos especiales del conjunto Auschwitz-Birkenau, en Polonia.

Buchenwald no forma parte de dicho archipiélago. No es un campo de exterminio directo, con selección permanente para el envío a las cámaras de gas. Es un campo de trabajo forzado, sin cámaras de gas. La muerte, en Buchenwald, es producto natural y previsible de la dureza de las condiciones de trabajo, de la desnutrición sistemática.

Como consecuencia, Buchenwald es un campo judenrein.

Sin embargo, por razones históricas concretas, Buchenwald conoce dos periodos diferentes de presencia masiva de deportados judíos.

Uno de esos periodos se sitúa en los primeros años de existencia del campo, cuando, después de la Noche de Cristal y del pogrom general organizado, en noviembre de 1938, por Hitler y Goebbels personalmente, miles de judíos de Francfort, en particular, son enviados a Buchenwald.

En 1944, los veteranos comunistas alemanes se acordaban todavía de la mortífera brutalidad con que fueron maltratados y asesinados a mansalva, masivamente, aquellos judíos de Francfort, cuyos supervivientes fueron luego enviados a los campos de exterminio del Este.

El segundo periodo de presencia judía en Buchenwald se sitúa en 1945, hacia finales de la guerra, en los meses de febrero y de marzo concretamente. En aquel momento, decenas de miles de supervivientes judíos de los campos del Este fueron evacuados hacia Alemania central por el SS, ante el avance del Ejército Rojo.

A Buchenwald llegaron miles de deportados escuálidos, transportados en condiciones inhumanas, en pleno invierno, desde la lejana Polonia. Muchos murieron durante un viaje interminable. Los que consiguieron alcanzar Buchenwald, ya sobrepoblado, fueron instalados en los barracones del kleine Lager, el campo de cuarentena, o en tiendas de campaña y carpas especialmente montadas para su precario alojamiento.

Entre aquellos miles de judíos llegados por entonces a Buchenwald, y que nos aportaron información directa, testimonio vivo y sangrante del proceso industrial, salvajemente racionalizado, del exterminio masivo en las cámaras de gas, entre aquellos miles de judíos había muchos niños y jóvenes adolescentes.

La organización clandestina antifascista de Buchenwald hizo lo posible para venir en ayuda de los niños y adolescentes judíos supervivientes de Auschwitz. No era mucho, pero era arriesgado: fue un gesto importante de solidaridad, de fraternidad.

Entre aquellos adolescentes judíos se encontraba Elie Wiesel, futuro premio Nobel de la Paz. Se encontraba también Imre Kertesz, futuro premio Nobel de Literatura.

Cuando el presidente Barack Obama, hace unos meses, visitó Buchenwald, le acompañaba Elie Wiesel, hoy ciudadano americano. Se puede suponer que Wiesel aprovechó aquella ocasión para informar al presidente de EE UU de la experiencia de aquel pasado imborrable, de su experiencia personal de adolescente judío en Buchenwald.

En cualquier caso, me parece oportuno recordar aquí, en este momento solemne, en este lugar histórico, la experiencia de aquellos niños y adolescentes judíos, supervivientes del campo de Auschwitz, último círculo del infierno nazi. Recordar tanto a los que se hicieron célebres, como Kertesz y Wiesel, por su talento literario y su actividad pública, como a aquellos que permanecieron, sencillos héroes, en el anonimato de la historia.

Además, no es esta mala ocasión para subrayar un hecho que se perfila inevitablemente en el horizonte de nuestro porvenir.

Como ya dije hace cinco años, en el Teatro Nacional de Weimar, “la memoria más longeva de los campos nazis será la memoria judía. Y esta, por otra parte, no se limita la experiencia de Auschwitz o de Birkenau, Y es que, en enero de 1945, ante el avance del Ejército soviético, miles y miles de deportados judíos fueron evacuados hacia los campos de concentración de Alemania central. Así, en la memoria de los niños y adolescentes judíos que seguramente sobrevivirán todavía en 2015, es posible que perdure una imagen global del exterminio, una reflexión universalista. Esto es posible y pienso que hasta deseable: en este sentido, pues, una gran responsabilidad incumbe a la memoria judía… Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento solo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del exterminio. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte”.

Pero volvamos un momento al día del 11 de abril de 1945. Volvamos al momento en que Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum detienen su jeep ante el portal de Buchenwald.

Probablemente, si tuviera muchos años menos, acometería ahora una indagación histórica, una investigación novelesca acerca de estos dos personajes, investigación que abriría el camino de un libro sobre aquel 11 de abril de hace más de medio siglo, un trabajo literario en el cual ficción y realidad se apoyarían y enriquecerían mutuamente.

Pero no me queda tiempo para semejante aventura.

Me limitaré pues a recordar algunas frases del informe preliminar que Fleck y Tenenbaum redactaron dos semanas después, el 24 de abril exactamente, para sus mandos militares, informe que consta en los Archivos Nacionales de EE UU.

“Al desembocar en la carretera principal”, escriben los dos americanos, “vimos a miles de hombres, harapientos y de aspecto famélico, en marcha hacia el Este, en formaciones disciplinadas. Estos hombres iban armados y tenían jefes que los encuadraban. Algunos destacamentos portaban fusiles alemanes. Otros llevaban al hombro panzerfausts. Se reían y hacían gestos de furiosa alegría mientras caminaban… Eran los deportados de Buchenwald, en marcha hacia el combate, mientras nuestros tanques los rebasaban a 50 kilómetros por hora…”.

Este informe preliminar es importante por varias razones. En primerísimo lugar, porque los dos americanos, testigos imparciales, confirman rotundamente la realidad de la insurrección armada, organizada por la resistencia antifascista de Buchenwald, y que fue motivo de polémica en los tiempos de la guerra fría.

Lo más importante, sin embargo, al menos para mí, desde un punto de vista humano y literario, es una palabra de este informe: la palabra alemana panzerfaust.

Fleck y Tenenbaum, en efecto, escriben su informe en inglés, como es lógico. Pero cuando se refieren al arma individual antitanque, que se denomina bazooka en casi todos los idiomas del mundo, y en todo caso en inglés, recurren a la palabra alemana.

Lo cual hace pensar que Fleck y Tenenbaum, el civil y el militar, son americanos de reciente filiación germánica. Y esto abre un nuevo capítulo de la investigación novelesca que me apetecería acometer.

Pero hay otra razón, más personal, que me hace importante la palabra panzerfaust, o sea, literalmente, “puño antitanque”. Y es que yo estaba, aquel día de abril de 1945, en la columna en marcha hacia Weimar, aquella columna de hombres armados, furiosamente alegre. Yo estaba entre los portadores de bazookas.

El deportado 44.904, en el pecho el triángulo rojo estampado en negro con la letra “S”, de Spanier, español, ese era yo, entre los jubilosos portadores de bazooka o panzerfaust.

Hoy, tantos años después, en este dramático espacio del Appeliplatz de Buchenwald. En la frontera última de una vida de certidumbres destruidas, de ilusiones mantenidas contra viento y marea, permítanme un recuerdo sereno y fraternal hacia aquel joven portador de bazooka de 22 años.

Muchas gracias por la atención.

Jorge Semprún: El archipiélago del horror nazi, EL PAÍS, 8 de junio de 2011

De holocaustos y matanzas

El nuevo libro del hispanista británico Paul Preston es un extenso catálogo de historias de horror, una hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió en ambos bandos durante la Guerra Civil

Mario Onaindía, que sabía mezclar con eficacia el humor y la inteligencia, decía que a él lo que le hubiera gustado ser de verdad era hispanista inglés. Se refería, claro, a la posibilidad de observar los aconteceres de España, cuya historia le fascinaba, desde un punto de vista distante y sabio.

Por desgracia, podemos ver ahora que lo de ser anglosajón y analizar con distancia los episodios españoles no tiene por qué ir necesariamente unido.

No deseo herir la sensibilidad de Ian Gibson llamándole inglés, pero su posición fue por un tiempo la del hispanista, y años después la abandonó para lanzarse al ruedo de la bronca. Eso sí, hay que reconocer que se hizo español para alejarse de la obligada sobriedad que se exigía a su especie.

Ahora le ha correspondido a Paul Preston el turno de tocarnos las fibras sensibles. Preston ha decidido, al parecer, hacerse español y nos ha regalado un extenso catálogo de historias de horror que se agrupan bajo el sonoro título de El holocausto español.

La noticia del libro tiene un carácter mayor, tanto por la importancia del bagaje de Preston como por la recepción de que ha sido objeto. Se han llegado a decir sobre este libro cosas como que solo un extranjero podía escribir esto. Y se ha rendido pleitesía intelectual a su hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió durante la Guerra Civil de 1936. Lo de la hipérbole no viene porque se exageren los espantos vividos, sino por el nombre que le ha buscado, y lo de desequilibrada por la clasificación de los autores de esos espantos según estuvieran en un bando o en otro.

El uso de la palabra holocausto marca ya el libro desde su inicio, porque desde que los nazis procedieran al asesinato sistemático y ordenado de millones de judíos entre 1942 y 1945, conviene utilizar con cuidado el vocablo. Simplemente para entendernos mejor unos a otros. A mí se me antoja excesivo, aunque a la Real Academia Española (RAE) le baste para describir una gran matanza.

En España no hubo una acción sistemática de eliminación de un grupo social. Quizá con dos excepciones: los religiosos, que sufrieron en algunas zonas republicanas algo muy parecido al genocidio; y los masones, que padecieron lo mismo en la zona rebelde. De los primeros, murieron casi todos los que había en Lérida, por ejemplo; de los segundos, lo mismo entre los capturados por Franco. Los porcentajes de muertos en ambos grupos superan con mucho los registrados en las unidades de choque.

La espeluznante relación que ha hilado el autor con importantes ayudas locales tiene una intencionalidad evidente, que no oculta: la violencia cainita que se desarrolló desde el 17 de julio de 1936 y prolongó Franco hasta mucho después, no fue de la misma naturaleza en el lado rebelde que en el lado de quienes defendieron a la República.

De una forma muy sumaria se deduce de la lectura que los rebeldes emprendieron una tarea exterminadora como parte de un plan esencial a la naturaleza de su política, mientras que la violencia en el lado republicano fue, con excepciones que es preciso analizar, de reacción ante bombardeos, fusilamientos y otras salvajadas.

Es decir, hubo una violencia fría y programada frente a otra caliente e improvisada. Esto lo han dicho también otros historiadores, y Paul Preston lo asume.

Las herramientas para demostrarlo son variadas. La primera, la de la justificación de las violencias en el lado republicano. A las matanzas del puerto de Bilbao les preceden los bombardeos de Portugalete; al asalto a la cárcel Modelo de Madrid, le precede la carnicería de Badajoz; a la de Guadalajara, otro bombardeo. No sabemos, sin embargo, en realidad, qué es lo que precede a las matanzas sistemáticas en Castilla-La Mancha (salvo el odio a los terratenientes), o a la liquidación sistemática de pequeños comerciantes en Cataluña, por poner dos ejemplos. ¿Cabría la posibilidad de que, como ha descrito Fernando del Rey, los campesinos manchegos tuvieran claro a quiénes liquidarían en caso de conflicto, o la de que la acción de los anarquistas catalanes y los poumistas de Nin fuera tan programática como la de los rebeldes? En las proclamas de Largo Caballero también se pueden encontrar llamadas al exterminio de la clase enemiga.

Preston se extiende sobre las matanzas de Paracuellos, porque quizá sea el asunto que más ha desarbolado la teoría de la no planificación en el lado republicano, o sea, de la inocencia de los leales. Parece difícil demostrar que Azaña, Largo Caballero o el general Miaja y su ayudante Vicente Rojo estuvieran enterados del asunto. Pero en cambio es seguro que estuvieron al tanto los principales dirigentes anarquistas, como el ministro de Justicia, García Oliver, y todo el aparato del Partido Comunista de España. La literatura de la época señala incluso a Margarita Nelken, aún entonces en las filas socialistas, a la que Preston se esfuerza en desligar de toda complicidad. No fue un crimen del Gobierno, pero sí de una parte del aparato que estaba en él o lo sustentaba.

Es decir, que el asunto es complejo. Como lo es el del análisis de lo sucedido con los franquistas. Cada vez parece más difícil demostrar que la matanza que pretendían, bien expresada en las directivas de Mola (que se cumplieron), tuviera que desembocar en un exterminio, en un holocausto. Fue una tremenda escabechina que se prolongó hasta 1943 con un saldo de no menos de 150.000 muertos, que no es preciso multiplicar para que nos ponga los pelos de punta. Pero una matanza que, como bien ha demostrado otro inglés llamado Julius Ruiz, no tenía fines comparables a los hitlerianos. Preston insiste, para demostrar que tenía esos fines, en la más que excesiva teoría de la guerra larga, heredada de Dionisio Ridruejo e Hilari Raguer, según la cual Franco prolongó a propósito la guerra para matar con más comodidad. Una teoría que yo creo que ya está desacreditada por abundante documentación.

En el conteo de Badajoz, se incurre a mi juicio en un riesgo de sobrevaloración al hablar de más de 8.000 asesinados, siguiendo a Espinosa. ¿Es que nos parecen pocos 4.000 o 6.000? Es la misma técnica aplicada por César Vidal en Paracuellos, ya desenmascarada entre otros por Javier Cervera. (No puedo evitar sumar un dato a esta historia: Vidal incluye como víctima de Paracuellos a mi tío Manolo, con el que traté muchos años, y yo juro que respiraba).

El libro de Preston no es, por desgracia, una actualización rigurosa de lo sucedido durante la guerra, ni en los números ni en las razones. Y cojea en ocasiones de forma escandalosa, como cuando explica que en Cataluña y el País Vasco la represión se volcó sobre todo contra los nacionalistas, lo que contrasta con los datos que explican que en esas dos regiones el régimen de Franco mató proporcionalmente menos que en casi cualquier otra parte de España.

El trabajo de Preston contribuye a encender los ánimos de quienes consideran que las cosas de la guerra no se han liquidado bien, pero aporta irónicamente alguna perspectiva consoladora para creyentes en la justicia divina: en el epílogo se puede comprobar con satisfacción cómo los verdugos sufrieron su castigo. Unos murieron atacados por el cáncer; otros, se volvieron locos y mataron a sus propios hijos; otros, se arrepintieron de forma pública. ¿Castigo de Dios? Preston no cree que fuera cosa del altísimo, pero nos muestra que castigo sí tuvieron.

Lo que Preston no demuestra es que hubiera un holocausto; ni siquiera que hubiera una intención programática de exterminar. Franco, Mola (y tantos otros) fueron seres despiadados y asesinos, pero no anunciaron a Hitler, por mucho que sus intenciones fueran claramente homicidas.

Y de “los nuestros”, qué decir. Hubo de todo. Aunque tuvieran razón en defender el régimen legítimo.

Jorge M. Reverte, periodista y escritor: De holocaustos y matanzas, EL PAÍS, 11 de mayo de 2011

#espana, #prensa

Mi familia, los Himmler

Ser la sobrina nieta de Heinrich Himmler, el jefe de las SS y la Gestapo, marca. Hasta el punto de tener que hurgar en los secretos familiares y contarlo en un libro. Katrin Himmler lo ha hecho. Descubrió que su familia apoyó y se benefició de la posición del monstruo nazi.Heinrich Himmler, jefe de la SS y la Gestapo (a la izquierda), con su hermano Gebhard.-Hay apellidos que marcan. Pero pocos que emanen tanta oscuridad y terror como el de Heinrich Himmler, el siniestro acólito de Hitler jefe de las SS y la Gestapo y organizador del asesinato de los judíos en el III Reich, entre otros monstruosos crímenes. No ha de ser poca carga llevar ese apellido, me digo mientras acudo, no sin cierta aprensión, a la cita en Berlín con Katrin Himmler.Me pregunto qué aspecto y carácter tendrá la sobrina nieta del reichsführer SS. Katrin Himmler (1967) es nieta de Ernst Himmler, Ernstie, el “peque”, el hermano menor de Heinrich. Tenían otro hermano, el mayor, Gebhard. Estaban muy unidos fraternalmente, pero también en las SS. Sobre los tres ha escrito Katrin Himmler, a partir de documentación inédita, oficial y privada, un libro apasionante y revelador, Los hermanos Himmler, biografía de una familia alemana, que acaba de aparecer en España (Libros del Silencio, 2011). Nada más lejos de la complacencia o la justificación que ese libro: la obra pasa cuentas, rompe tabúes y dinamita desde dentro el mito familiar de que los parientes ignoraban las actividades criminales de Heinrich.

Katrin Himmler, licenciada en Ciencias Políticas, está casada con un judío israelí descendiente de supervivientes del gueto de Varsovia, viaja frecuentemente a Israel -debe de ser cosa de verse cuando cruza el control de pasaportes- y su actitud ante el Holocausto y su célebre pariente, al contrario que la de algún otro miembro de la familia, no tiene la más mínima fisura. Ella no duda en calificar a su tío abuelo y padrino de su padre de “asesino del siglo”. La autora me ha citado por la mañana en un pequeño café cerca de su casa en el tranquilo y modesto barrio berlinés de Wedding, en Mitte. Es difícil conciliar la pacífica y amable imagen de esta Alemania con la que ofrece, por ejemplo, la visita al Memorial del asesinato de los judíos de Europa con sus 2.711 estelas de doloroso gris y su subterráneo vía crucis de recuerdos y atrocidades.

Cuando entro en el café Auszeit -intentando no hacer perversas asociaciones con la sonoridad del nombre-, Katrin Himmler ya ha llegado. Tiene un aspecto juvenil, cercano y definitivamente agradable. Posee hermosos ojos azul grisáceo. Sonríe. Tomamos asiento junto a la ventana en el local prácticamente vacío y los dos pedimos té. Paradójicamente, ya que es lo que me ha traído hasta aquí, me cuesta empezar a hablar de Himmler, como si no quisiera que esa negra alimaña del pasado se entrometiera en este bonito día entre esta interesante mujer y yo.

“Desde muy joven, mis padres me hicieron leer libros sobre los nazis y sus crímenes, así que me identificaba con las víctimas y me avergonzaba de mi apellido, sintiéndome culpable de una forma difusa”, dice Katrin Himmler. “Sin embargo, aunque me interesaba mucho la historia de Alemania, nunca me había puesto a intentar conocer la de mi propia familia”.

El impulso inicial de la investigación que condujo al libro se lo dio a la autora su padre -ahora piensa que de una manera mucho más premeditada de lo que ella creía- al pedirle en 1997 que investigara la existencia de unos expedientes sobre su abuelo en archivos abiertos tras la reunificación. Al examinar los documentos, descubrió que la información que contenían no correspondía en absoluto con la que circulaba en la familia. Según los relatos familiares, el único politizado de los hermanos era Heinrich, la oveja negra (!), lo que libraba de responsabilidad a los otros dos, enfrascados aparentemente durante el nazismo y la guerra en asuntos técnicos y académicos. Era como si la gran culpa del mediano los exonerara.

“Los documentos que encontré probaban, sin embargo, que mi abuelo y Gebhard fueron también miembros tempranos del partido ¡y de las SS!, nazis entusiastas y cómplices de Heinrich Himmler -incluso parece que en algún proyecto científico secreto de cariz tecnológico-, que los recompensó largamente por sus servicios”.

Enterarte de que tu abuelo fue de las SS debe de ser un trance, aventuro. “¡En casa jamás se había dicho nada de eso, imagínate!”. Ernst Himmler alcanzó el rango de sturmbannführer SS, comandante, y Gebhard, el de standartenführer SS, coronel. Heinrich se reservaba el modesto rango único de reichsführer SS, jefe supremo. Como para dejarte caer por la sobremesa familiar cuando estaban los tres hermanos reunidos y hacer una broma sobre el Mein kampf.

Posteriormente, la investigadora halló otros perturbadores testimonios conservados en casa de sus padres. Sus abuelos, por ejemplo, dispusieron de una casa bonita requisada a unos polacos y de una muchacha ucrania trabajadora forzada. En el más puro estilo SS, el abuelo Ernst le dio a su mujer al final de la guerra cápsulas de veneno por si ella y los niños caían en manos de los rusos.

En su libro, Katrin Himmler muestra ampliamente y sin ambages que toda la familia simpatizó con el régimen, que padres y hermanos estaban muy orgullosos del éxito de Heinrich y que se aprovecharon de los privilegios del notable pariente. Ernst, que era ingeniero, se colocó en la Radiodifusión del Reich -bastión de la propaganda nazi- por puro nepotismo. Para los padres, el ascenso social a lomos del temido hijo jefe de las SS significó una manera de sentir que volvían a estar entre la élite alemana, de la que habían sido descabalgados traumáticamente tras la I Guerra Mundial. Inicialmente, el progenitor había visto con cierta inquietud las andanzas de su vástago Heinrich en los grupos derechistas de Baviera, pero siempre compartieron padre e hijo la oposición y el desprecio por la República de Weimar y la democracia, que une mucho. En la familia pasó a ser una estampa heroica la imagen de Heinrich sosteniendo el estandarte de la Reichskriegsflagge, la bandera de guerra del Reich, durante el fracasado putsch de 1923, un suceso en el que estuvo también presente el arribista Gebhard, el mayor de los hermanos, que sobrevivió a la guerra y, dice Katrin, siguió siendo un pedazo de nazi y antisemita.

¿Cuánto sabían los familiares de la verdadera dimensión de la labor criminal del jefe de las SS? “Sabían de los campos de concentración, sin duda alguna, hay muchas cartas de gente que les pedía ayuda para que intercedieran por internados. El padre, mi bisabuelo, murió en 1936, pero entonces ya funcionaba Dachau, y la política de Hitler con respecto a la oposición y los judíos no era ningún secreto. Desde luego, nadie de la familia consideró nunca que lo que hacía Himmler fuese malo”.
Heinrich Himmler, con sus padres y hermanos. Ernst, el pequeño, era el abuelo de Katrin.-
¿Supieron del Holocausto? “No tengo pruebas. Debían de saberlo, al menos los hermanos, que tenían muy buen contacto con Heinrich. Además, el cuñado de Gebhard, Richard Webdler, era gobernador de Cracovia cuando se deportó a los judíos de la ciudad. Si no lo supieron fue porque no quisieron. Como tantos en Alemania. Los judíos desaparecieron muy pronto de la vida del país, era fácil olvidar dónde estaban. Las leyes racistas se impusieron a la vista de todos. La eliminación física fue solo un último paso. En mi fuero interno creo que sí, que lo sabían. Había mucha confianza entre los tres hermanos”.

Todo parece tan tranquilo aquí. Y sin embargo, algo parece espesarse irremediablemente a nuestro alrededor. Hay aquel episodio de su abuelo, aquella carta… Ernst Himmler informaba a su hermano reichführer de la fiabilidad política de sus colegas y realizaba también para él labores de inteligencia. “El caso de Schmidt, sí. Era judío, pero se había pasado eso por alto a causa de su utilidad técnica. Mi abuelo cuestionó en un escrito dicha utilidad, a sabiendas de lo que iba a significar, probablemente una sentencia de muerte. Fue algo muy cruel”.

Katrin Himmler aparece ella misma en su libro, llevando a cabo su investigación, derribando tabúes, expresando sus reflexiones, su dolor. “Era la única forma de hacerlo, de manera muy personal. Siempre me pareció muy importante estar dentro. No soy una historiadora profesional, así que tenía que ser una historia de familia. Escribir ese libro cambió mi vida”. Del valor histórico de la obra da prueba que lo cita el mismísimo Peter Longerich como fuente en su monumental biografía Himmler (RBA, 2009).

Katrin no conoció, desde luego, a su tío abuelo Heinrich, que se suicidó mucho antes de que ella naciera, cuando lo apresaron los aliados al acabar la II Guerra Mundial. Tampoco a su abuelo. “Luchó, cuando movilizaron a la Radiodifusión, en las filas de la Volkssturm, la desesperada milicia nacional, durante la batalla de Berlín y desapareció en abril del 45”. Como su hermano Heinrich, Ernst llevaba una cápsula de veneno disimulada en la boca para que no lo cogieran vivo. La mordió, accidentalmente, según dijeron los testigos, al tropezar durante la huida por la ciudad en escombros. “Suena raro, ¿verdad?”. Eufemístico.

Luego, la sobrina nieta de Himmler continúa: “Mi abuelo era muy ambicioso, en las SS y en el partido no se relacionaba solo con Heinrich, sino con toda la jerarquía, toda la red. Entre sus buenos amigos estaba su vecino el siniestro general Hermann Behrends, de la SD, hombre de confianza de Heydrich y colaborador de Eichmann ejecutado tras la guerra…”.

A quien sí conoció bien personalmente Katrin Himmler fue a su abuela Paula. Una vez le preguntó por el hombre vestido de uniforme negro que hacía de testigo en la foto de su boda. Ella se puso a llorar de tristeza por Heini, como lo llamaba familiarmente. “Mi abuela recordaba siempre con sumo cariño a Heinrich Himmler”.

Uno de los momentos más terribles de la investigación de Katrin fue descubrir la relación de intensa amistad de su abuela no solo con la familia Behrends, sino con el obergruppenführer SS -general- Oswald Pohl, metido hasta las cachas en el Holocausto. “Sí, me causó una gran impresión que mi querida abuela simpatizara con ese criminal y lo apoyara como lo hizo cuando lo condenaron a muerte en 1947. Es cierto que muchos alemanes, incluso gente de la alta política de posguerra, tuvieron la misma actitud. Es algo repulsivo. Luego fui más comprensiva con ella porque se fue distanciando, modificó algo sus opiniones, se separó de Marga, la viuda de Heinrich Himmler, y de la hija de este, Gudrun. Incluso veía con una vecina la serie Holocausto en la televisión y lloraba”.

Una especie de redención. “Sí, mi abuela fue quizá naif en su relación con Pohl, lo consideraba una víctima, y a sí misma, también. Tras la guerra, a una mujer como ella, con su apellido, le resultaba difícil -como al resto de la familia- sobrevivir sin el contacto y apoyo de otros nazis. Acercarse a ellos la ayudó asimismo psicológicamente, para evitar su propia responsabilidad. Fue marginada, pasó por la desnazificación, no pudo trabajar durante mucho tiempo. Pero lo que más le dolió fue la reacción de la sociedad, la forma en que muchos alemanes proyectaron sobre ella y la familia el sentimiento de haber sido traicionados por Hitler, que les prometió todo a los alemanes y solo trajo la destrucción: de las ciudades, pero también de las esperanzas y de los sueños”.

Le pregunto a Katrin si ella ha padecido también por el apellido. En su libro explica el silencio en el aula del colegio cuando un alumno le preguntó en medio de la clase si era pariente de “ese Himmler”, y cómo la maestra disimuló y lanzó balones fuera. “En realidad no lo he sufrido demasiado, por mi generación, ya distante de todo eso. Mis padres, sí, mucho. Fueron maldecidos y atacados. Mi padre vivió la hostilidad de la gente y, lo que era a veces peor, la admiración de los que le decían: ‘Tu padre era un gran hombre, y tu tío, también’. En la familia nunca se hablaba de eso”.

Otros hijos de nazis han tenido graves problemas de identidad. “A muchos, su herencia les ha dejado huellas terribles, los ha vuelto psicológicamente enfermos”. Niklas Frank, el hijo de Hans Frank, el criminal gobernador de Polonia procesado en Núremberg y ahorcado, manifestó públicamente que se masturbaba cada 16 de octubre, la fecha de la ejecución, frente a una foto de su padre, al que detestaba. Otro hijo, Michael, se suicidó bebiendo leche hasta reventar. Y otro más, Norman, decidió no tener hijos para borrar el apellido Frank de la faz de la tierra. “De la generación de mi padre son pocos los que tuvieron hijos, no sabían cómo lidiar con ello”.

El pasado enero, Martin Bormann júnior, que había tratado de conjurar su herencia -de pequeño le enseñaron mobiliario hecho con restos humanos- haciéndose sacerdote, misionero en el Congo y predicador contra el Holocausto, fue acusado de violencia y abusos sexuales durante su época como maestro en la escuela de los Corazones de Jesús de Salzburgo en los años sesenta. El nieto de Rudolf Hess Wolf Andreas fue multado en 2002 por negar la existencia de las cámaras de gas en la página web que ha consagrado a su abuelo.

¿Tiene Katrin Himmler relación con otros descendientes de líderes del III Reich? “Tuve bastante cuando apareció el libro en la edición original en alemán. Ahora no son en general contactos regulares, pero me veo con algunos. Conocí a Bettina Goering, la sobrina nieta del mariscal; ella y su hermano decidieron esterilizarse para no pasar a otra generación la sangre del adlátere de Hitler. No lo entiendo, es tan parecido a lo de los propios nazis, la idea de la mala sangre, la teoría de la herencia racial. Me aterra”. Katrin Himmler se abraza a sí misma.

Hace un par de años, le explico, entrevisté a la hija del conde Von Stauffenberg, el autor del atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944. Me mira con renovado interés. Constance von Stauffenberg recordaba lo duro que había sido ser hija de su padre en la Alemania de posguerra. ¿Más o menos que de Himmler? “No sé, creo que fue más fácil para los hijos de los resistentes, sus padres demostraron que también había otros alemanes, alemanes buenos”.

Volviendo a los hijos de los nazis, ¿qué hay de su tía Gudrun (1929), la hija del reichführer y que, a diferencia de Katrin, ha consagrado su vida a reivindicar el nombre de su padre, incluso a costa de mezclarse con los neonazis? “Aún vive, la he visto en alguna reunión familiar, tiene opiniones muy chocantes; como sabes, traté de contactarla para el libro, pero no me contestó. Se que no le gustó nada. Piensa que soy una traidora”. ¿Y el resto de la familia? “Hay algunos que han decidido no hablar más conmigo porque he arrojado sombras, en su opinión, sobre los ancestros. No me importa”.

Le señalo a Katrin Himmler, por animarla, que es muy valiente y que tiene un apreciable sentido del humor. “Eso espero. Esta es una historia muy oscura. Soy una persona muy optimista, no se por qué, pero lo soy. Solo así puedes lidiar con este pasado. Lo que sucede al sumergirte en los documentos de la época es que o te deprimes y te hundes en la parte tenebrosa y no sales ya en años, o tratas de entender el pasado de forma que te ayude a entender el hoy”. La escucho en silencio. “Sacar eso ha sido bueno, ya no está ahí. Ya no sigues siendo una especie de cómplice que transmite mentiras de generación en generación. Mi padre tenía tanto miedo… Él estaba horrorizado de lo que podía haber hecho su padre. Saber lo que hizo de verdad ha sido catártico. Lo que hizo mi abuelo fue muy malo, pero mi padre temía algo incluso peor. El sentimiento de culpabilidad imprecisa es aplastante”.

Como hemos hecho buenas migas, me atrevo a preguntarle a Katrin si no percibe el parecido físico que guarda con su tío abuelo. Para mi sorpresa, no solo no se molesta, sino que reconoce que sí. Matiza que Heinrich Himmler no tenía los ojos del mismo color, aunque uno cree recordarlo con una mirada azul glacial. “No, no, él los tenía marrones”. Ella, dice, es más como su padre. ¿Qué siente al verse en el espejo, le asalta algún pensamiento extraño? “Hay cosas oscuras, claro. Pero pensar que el mal o ser nazi es algo genético, hereditario, es estúpido. Todos podemos hacer el mal, para eso no hace falta apellidarte Himmler. Creer lo contrario, que lo llevas en la sangre, insisto, es lo que hacían los nazis. A veces, como decía, me observo, pero no hay nada atemorizante, ningún espíritu negro”.

Le digo a Katrin que es curioso cómo en todas las familias siempre hay alguien que se ocupa de pasarle cuentas a la memoria colectiva. “Es cierto, un miembro de la familia suele husmear en los secretos, conjurar fantasmas. Es alguien que siente de una manera especial el peso de esa herencia. En alemán tenemos la palabra symptomträger, el que carga las enfermedades, en este caso los enigmas, las faltas, los pecados de la familia. En cierta manera yo lo soy, por supuesto. Mi padre intentó lidiar con ello muchos años antes, pero acabó poniéndome a mí sobre la pista. Me iba dando detalles para que encontrara cosas. A mí me era más fácil tomar distancia de los hechos, aunque no dejaban de hacerme daño hallazgos como la carta de mi abuela a Pohl. Identificar a mi querida abuela con la abuela nazi no era fácil. Era horrible”.

¿Casarse con un judío fue una decisión consciente? Quiero decir, ¿pensaba en su tío abuelo, en su apellido, en una reparación? “No, por supuesto que no. Solo pasó. Fue antes de que empezara todo, ya nos conocíamos antes”. Katrin tiene un hijo de 11 años de su matrimonio. ¿Qué sabe él de las circunstancias de su familia? “Me pregunta cosas ahora, me ha visto en entrevistas de televisión, por el libro. No le explico mucho, lo justo. Tengo experiencia del peso de disponer de demasiada información demasiado pronto, cuando no puedes asumirla. Un día, mi hijo deberá lidiar con el hecho de que una de las partes de su familia intentó exterminar a la otra. En todo caso, me alegra que él no tenga que hacer el mismo proceso que yo, porque yo ya lo he hecho antes por él, he limpiado para él. Podré responder a sus preguntas y explicarle con exactitud y sin miedo la culpa de mis antepasados”.

Katrin y su marido -Daniel: un nombre apropiado para un judío que se mete en el foso de la familia Himmler- viajaron a Cracovia durante su noviazgo. ¿Visitaron Auschwitz? “No, ¡cielos!, era un viaje romántico”. ¿Y luego? “He visitado otros campos, sin embargo, nunca he estado en Auschwitz”. Aprovecho, pues, para explicarle cosas del campo, como la desusada altura de la hierba, la fecundidad del terreno, por el abono de tanta ceniza, claro. Me escucha mirándome fijamente. Auschwitz era la niña de los ojos del universo concentracionario de Himmler. No hay lugar tan asociado a su nombre como ese infierno. Katrin se ha puesto pálida. Pero se repone. Y dice como para sí misma, con firmeza: “Iré”.

Jacinto Antón, Mi familia, los Himmler, EL PAÍS Semanal, 17 de abril de 2011