El rescate del siglo XX

Nadie de los que han votado Pensar el siglo XX como el mejor libro del año lo ha hecho por considerar las tristes circunstancias en las que se produjo y fue escrita esta conversación de Tony Judt, un enfermo de esclerosis lateral amiotrófica que tenía pocas oportunidades de verla impresa, y su colega y admirador Timothy Snyder. En esa misma época angustiosa había surgido también un breve pero intenso panfleto sobre la crisis de civilización que todavía nos aquejaAlgo va mal (2010), y una sugestiva autobiografía ordenada por ámbitos temáticos, El refugio de la memoria (2010), ambos dictados por el autor y transcritos por manos amigas. Lo que sucedió es que todos reconocimos en estos libros la lucidez, la libertad y la inteligencia que nos habían deslumbrado en los dos inmediatamente anteriores, la síntesis histórica sobre la historia europea posterior a 1945, Posguerra (publicado en 2005, traducido en 2006), con enorme éxito internacional, y los brillantes ensayos de Sobre el olvidado siglo XX (2008), escritos casi todos para las exigentes páginas de The New Yorker.

Tony Judt, coautor de ‘Pensar el siglo XX’: / JAMES LEYNSE/CORBIS

Leer algo que se ha escrito con la contumaz voluntad de un testamento impresiona por fuerza. Pero, desde un comienzo, Tony Judt había observado la experiencia de su propia vida como un objeto de historia y en estos libros postreros se aprecian las dotes intelectuales que siempre tuvo: la vehemencia y la brillantez expresivas, la capacidad de evocación de lo concreto y revelador, la legítima soberbia de quien puede ser osado o impertinente, pero sin rozar la autosuficiencia o la pedantería. En la conversación con Snyder se habla a menudo de la doble condición de insider y outsider como formas de socialización y disposiciones de ánimo, y se infiere que Judt se sabía beneficiario de las ventajas de ambas: como historiador fue un insider con resabios de outsider (formado en Cambridge, enseñó muy tempranamente en Reino Unido y en Estados Unidos, pero siempre fue bastante rebelde a consejos, actitudes y supersticiones académicas) y como ser humano fue un outsider con voluntad de insider (fue un judío británico de clase media que cursó estudios gracias al excelente sistema de becas, que siempre echó de menos, y supo lo que debía a las tradiciones pedagógicas británicas). En El refugio de la memoria, el precioso capítulo dedicado a ‘Joe’, su primer profesor de alemán, deja muy claro el orgullo por el propio esfuerzo. Y otro apartado, ‘Palabras’, consigna la deuda con la retórica y la exactitud verbal que aprendió en el King’s College. Y nunca se sintió incómodo por haber sido —como sus compañeros becarios— “al mismo tiempo radicales y miembros de una élite. Es la incoherencia de la meritocracia: dar a cada uno su oportunidad y luego privilegiar a los que tenían talento”. Tampoco resulta fácil clasificarle en virtud de otras decisiones vitales. Se dedicó temprana y brillantemente a la historia intelectual de la Francia moderna, pero nunca estuvo cómodo en el mundo ceremonioso y mandarinesco de las grandes Écoles, donde tuvo la oportunidad de completar su formación. Por edad vivió la conmoción de 1968, pero no sintió el atractivo de la revolución, ni militó en el comunismo, porque en esos años prefirió ser sionista. Y, de hecho, su gran descubrimiento intelectual se produjo, ya en los noventa, cuando empezó a leer (y logró hacerlo en sus lenguas de origen) a pensadores disidentes polacos y checos a los que sus coetáneos anglosajones y franceses habitualmente desdeñaban.

El análisis de esta trayectoria marca el sistema conjuntivo que pactaron Snyder y Judt para la escritura de Pensar el siglo XX. El arranque de cada capítulo es un memorándumautobiográfico de Judt que plantea lo sustancial del tema y que va dando paso a las matizaciones, apostillas o sugerencias de su colega y, al cabo, a un diálogo animado entre dos hombres de distinta edad (el entrevistador es veinte años más joven) y biografía (Snyder es un norteamericano de Ohio), aunque ambos compartan el mismo interés por la cultura centroeuropea y la misma aversión a los dos totalitarismos del siglo XX, el fascismo y el comunismo. Snyder escribe al frente de su prólogo que “este es un libro de historia, una biografía y un tratado de ética”, porque recuerda, sin duda, que la definición de historiador que más complacía a Judt era aquella que los hacía “filósofos que enseñan mediante ejemplos”. En las páginas de los capítulos 7 (‘Unidades y fragmentos: historiador europeo’) y 8 (‘La edad de la responsabilidad: moralista estadounidense’), que se refieren respectivamente a la escritura de Posguerra y a la participación en los debates políticos de las revistas norteamericanas de los últimos diez años, encontraremos a un defensor del concepto clásico de la historia (“la historia es un relato moral”), que prefiere como arrimo la referencia de las Humanidades a la de las llamadas Ciencias Sociales y que se confiesa poco amigo de las corrientes poshistóricas de patente francesa, o de las surgidas al calor de los Cultural Studies. Y a quien no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica, concebida como una suerte de democratización de la primera: “Son hermanastras que se odian —apunta en sus conversaciones— y son inseparables porque comparten una herencia indivisible”. El objetivo de la Historia es la dilucidación de la verdad y no un acto personal de reconciliación o de querella con el pasado: la “verdad de la autenticidad”, le cuenta a Snyder, “es distinta de la verdad de la honestidad. Del mismo modo, la verdad de la caridad es diferente de la verdad de la crítica”.

No le gustaba que la Historia se haya arrogado la función de corregir el presente, mediante la lectura masoquista del pasado. Como historiador de los acontecimientos del siglo XX, pudo tener la tentación de hacerlo pero la conjuró porque no creyó (como escribió en el prefacio a Sobre el olvidado siglo XX) que aquella centuria fuera solamente “una Cámara de los Horrores Históricos de utilidad pedagógica cuyas estaciones se llaman Múnich o Pearl Harbor, Auschwitz o Gulag, Armenia o Bosnia o Ruanda, con el 11 de septiembre como especie de coda excesiva, una sangrienta posdata”. Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II, por la fatuidad vana de Tony Blair, por la soberbia de Jean-Paul Sartre, por los silencios del gran historiador Eric Hobsbawn, a la vez que exponía su consideración negativa de la sociedad belga de hoy y de los errores que parecen presidir los rumbos de la historia israelí después de 1967 y de la rumana de los últimos cien años. En las conversaciones con Snyder, leemos que lo esencial del legado del último siglo no fueron las guerras y los conflictos de identidad nacional, sino que “durante gran parte del siglo nos dedicamos a debatir, implícita o explícitamente, sobre el surgimiento del Estado”, algo que, en puridad, fue herencia del fecundo siglo XIX y desembocó en la opción por “Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión”. Y, a despecho de su proclamada renuncia a aleccionar, Judt concluye: “Seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a ese legado”.

Estas briosas afirmaciones y la nostalgia del pensamiento de quien las dijo es lo que —a mí, cuando menos— me han llevado a considerar estas conversaciones de Judt y Snyder como el mejor libro del año pasado. Hubo otros excelentes, sin duda, pero ninguno nos habla tan claramente de la estirpe rahez del poder financiero y de la estupidez de sus corifeos políticos y periodísticos, dedicados al resignado masoquismo (los sacrificios nos harán dignos de la felicidad futura) y al cuidadoso desmantelamiento de aquello que, desde hace más de cien años, tanto ha contribuido a la libertad y la dignidad de los seres humanos.

José Carlos Mainer, El rescate del siglo XX, EL PAÍS, 29 de diciembre de 2012

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Una docena de citas de Tony Judt

¿Quién era Tony Judt? Judt era un historiador británico de origen judío especializado en el estudio de la Europa del siglo XX, en los procesos intelectuales y sociales que han configurado la sociedad en la que vivimos actualmente, el mundo al que nos enfrentamos. A pesar de ser lo que se conoce como un erudito, su valor máximo no viene dado por la vastedad de sus conocimientos sino por su capacidad crítica, su inteligencia, su sentido del humor, su pensamiento reflexivo y la facilidad para transmitir todo eso de manera amena, interesante y que genere debate entre sus lectores. A Judt se le lee con placer. Cuando llegas al final de un capítulo, levantas la vista del libro y dices: cuéntame más, sigue hablando. Tiene una cabeza increíble, una capacidad de argumentación impresionante y una inteligencia brillante. Además, es accesible para todo el mundo, es entretenido y ameno. Engancha y fascina porque es capaz de hacerte reflexionar sobre temas que ni siquiera te habías planteado y que sin embargo te afectan directamente. Hoy traigo doce reflexiones de Judt para animaros a leerle y conocerle:

Fotografía destacada cortesía de SciencesPo

1. Sobre la situación actual

En este artículo escrito en el 2010, Judt escribe cosas como estas:

Quienes afirman que el fallo es del “sistema” o quienes ven misteriosas maniobras detrás de cada revés político tienen poco que enseñarnos. Pero la disposición al desacuerdo, el rechazo o la disconformidad -por irritante que pueda ser cuando se lleva a extremos- constituye la savia de una sociedad abierta. Necesitamos personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria. Una democracia de consenso permanente no será una democracia durante mucho tiempo”.

2. Sobre lo que habría que reformar.

Del mismo artículo que  la cita anterior.

La mayoría de los críticos de nuestra condición presente comienzan con las instituciones. Dirigen su atención a los parlamentos, los senados, los presidentes, las elecciones y los grupos de presión, y señalan las formas en que se han degradado o han abusado de la autoridad que se les ha confiado. Cualquier reforma, concluyen, debe comenzar ahí. Necesitamos leyes nuevas, sistemas electorales distintos, restricciones a los grupos de presión y a la financiación de los partidos; debemos dar más (o menos) autoridad al ejecutivo y hallar la forma de que las autoridades, elegidas o no, escuchen y respondan a quienes son su base y les paga: nosotros.

3. Sobre su enfermedad

Judt murió en agosto del 2010 de esclerosis lateral amiotrófica. Con una frialdad, una objetividad y una entereza que te dejan conmocionado, describe en este artículo sus noches paralizado completamente en la cama, enfrentado al “traje de hierro” en que se ha convertido su cuerpo y a sus pensamientos que son lo que le mantienen activo.

Lo malo es cuando llega la noche. Yo retraso la hora de irme a la cama hasta el último momento compatible con la necesidad de dormir de mi enfermero. Cuando estoy “preparado” para acostarme, me lleva al dormitorio en la misma silla de ruedas en la que he pasado las últimas 18 horas. Con cierta dificultad (a pesar de que he perdido altura, masa y volumen, sigo siendo un peso muerto considerable para quien me tiene que mover, aunque sea un hombre fuerte), me coloca en mi cama. Me sienta en un ángulo de 110º y me sujeta en mi sitio con toallas dobladas y almohadas, con la pierna izquierda vuelta hacia afuera como si hiciera ballet, para compensar su tendencia a hundirse hacia adentro. Este proceso requiere una concentración considerable. Si dejo que se quede un poco descolocada alguna extremidad o no insisto en que me alinee cuidadosamente el estómago con las piernas y la cabeza, luego sufro una agonía infernal durante la noche.

Después me tapa y me coloca las manos por fuera de la manta para darme la ilusión de movilidad, aunque también tapadas, porque tengo una sensación permanente de frío en ellas, como en el resto del cuerpo. Me rasca por última vez en alguno de los varios sitios que me pican de la cabeza a los pies; me ajusta el respirador Bipap a la nariz, incómodamente apretado para que no se me caiga por la noche; me quita las gafas… y ahí me quedo: vendado, miope e inmóvil como una momia moderna, solo en mi prisión corporal, acompañado durante el resto de la noche únicamente por mis pensamientos.”

4. Sobre sus pensamientos en las noches

Judt dedica las noches de su enfermedad a bucear en sus recuerdos y a ordenarlos para a la mañana siguiente poder dictarlos. Para no olvidar todas esas ideas y pensamientos recurre a una regla nemotécnica, recuerda un chalet suizo donde pasó unas vacaciones con sus padres. Realiza recorridos mentales por la casa, y va colocando los recuerdos en las distintas habitaciones y rincones para a la mañana siguiente realizar ese mismo recorrido mental recuperando los pensamientos nocturnos. Esa recopilación de recuerdos se encuentran recogidos en un libro maravilloso que se llama “El refugio de la memoria” y en el que Judt cuenta sus noches en vela.

Las noches improductivas son frustrantes de un mundo casi físico. Desde luego no puedes decirte: Vamos, deberías estar orgulloso por el simple hecho de haber conservado tu cordura, ¿dónde está escrito que, además, tuvieras que ser productivo? Y, sin embargo, siento cierta culpa por haberme rendido al destino tan fácilmente ¿Quién podría hacerlo mejor en tales circunstancias? La respuesta es, naturalmente, “un mejor yo” y es sorprendente lo a menudo que desearíamos ser una mejor versión de nuestro yo actual, aún siendo plenamente conscientes de lo difícil que ha sido llegar hasta donde estamos”.

5. Sobre los trenes.

Judt era un enamorado de los trenes y dedicó este “Trenes que nunca volveré a coger” a los trenes de su infancia, al maravilloso servicio estatal de trenes británico desmantelado posteriormente por sucesivas privatizaciones.

Los trenes son, como dice la expresión francesa, transports en commun: diseñados a partir de principios del siglo XIX con el fin de ofrecer un medio colectivo de viajar para las personas que no podían permitirse el transporte privado y, con los años, para otras más acomodadas a las que se podía atraer con la perspectiva de unas instalaciones comunes de lujo pagando un precio más alto. Los trenes inventaron las clases sociales en su variante moderna, al designar y clasificar distintos niveles de comodidad, facilidad y servicio: como revela cualquier ilustración de aquella época, durante muchas décadas, los trenes fueron algo incómodo y abarrotado excepto para quienes tenían la suerte de viajar en primera. En mi época, sin embargo, la segunda era más que aceptable para la gente normal y corriente; que, en Inglaterra, quiere decir una gente que no se mete con los demás. En aquellos días felices, antes de los teléfonos móviles, cuando todavía era impensable poner una radio en un lugar público (y la autoridad del revisor bastaba para reprimir a los espíritus rebeldes), el tren era un lugar fantástico y silencioso”.

6. Sobre el amor y sus relaciones

Judt tiene una ironía extraordinaria incluso para referirse a sí mismo.

Según el teórico literario René Girard, los seres humanos deseamos e incluso amamos aquello que aman también otros. Yo no puedo confirmarlo por experiencia personal; tengo una trayectoria de deseos frustrados de objetos y mujeres que estaban claramente fuera de mi alcance, pero no interesaban especialmente a nadie más.”

7. Sobre la universidad

Las universidades son elitistas: les concierne seleccionar a la promoción más capaz de una generación y educarla en esa capacidad, forzando una renovación de la elite y rehaciéndola consecuentemente. Igualdad de oportunidades e igualdad de resultados no son la misma cosa. Una sociedad dividida por la riqueza y por la herencia no puede corregir esa injusticia camuflándola en las instituciones educativas- negando diferencias de capacidad o limitando posibilidades selectivas-, mientras en nombre del libre mercado favorece una diferencia entre ricos y pobres que aumenta de manera constante. Eso es mera jerga e hipocresía.”

Es una cita sencillamente genial. Más claro agua.

8. Sobre el deterioro del lenguaje y la pobreza de argumentos

Cuando las palabras pierden su integridad, también la hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal por encima de la convención formal, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que hemos privatizado tantas otras cosas”.

“La prosa de muy baja calidad es hoy indicativa de inseguridad intelectual: hablamos y escribimos mal porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos y nos resistimos a afirmarlo de un modo inequívoco: es sólo mi opinión…Más que padecer la aparición de la neolengua nos amenaza el auge de la “no lengua”.

9. Sobre la crisis de la mediana edad

Gracias a su crisis de la mediana edad, Judt aprendió checo y escribió su obra más importante, Posguerra, un libraco de 1000 páginas que hace un repaso exhaustivo por la Europa posterior a la II Guerra Mundial dónde se formaron las bases de toda nuestra sociedad actual.

Algunos hombres cambian de esposa. Otros cambian de coche. Algunos incluso cambian de sexo. Lo importante de la crisis de la mediana edad es que uno demuestre que continúa siendo joven y, para ello, necesita hacer algo completamente diferente. Por supuesto, “diferente” es un término relativo: el hombre que está atravesando esa crisis suele hacer lo mismo que todos los demás; al fin y al cabo, por eso se sabe que es la crisis de la mediana edad. Sin embargo, la mía fue un poco distinta. Tenía la edad apropiada; me encontraba en la fase apropiada de mi vida (estaba divorciándome de mi segunda esposa); y estaba experimentando las habituales incertidumbres de la edad: ¿qué hago yo aquí? Pero yo la pasé a mi manera. Me puse a aprender checo.

10. Sobre los políticos

Attlee fue un representante ejemplar de la gran época de reformadores eduardianos de clase media: moralmente serios y ligeramente austeros. ¿Quién de entre nuestros actuales líderes pretendería acreditar lo mismo, o incluso comprenderlo? La seriedad moral en la vida pública es como la pornografía: aunque difícil de definir, sabes que lo es cuando la ves. Describe una coherencia entre intención y acción, una ética de responsabilidad política. Toda política es el arte de lo posible. Pero el arte también tiene su ética”.

11. Sobre austeridad, política y sociedad

La abundancia de recursos que dedicamos al entretenimiento solo sirve para escudarnos frente a la pobreza del producto: lo mismo que en política, donde la cháchara incesante y la retórica grandilocuente enmascaran una profunda vacuidad.

Lo contrario de la austeridad no es prosperidad sino luxe et volupté. Hemos sustituido utilidad pública por comercio sin límites, y no esperamos de nuestros líderes aspiraciones mayores. 60 años después de que Churchill solo pudiera ofrecer “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, nuestro muy señor presidente de la guerra – a pesar del hiperventilado moralismo de su retórica- no podía pensar en nada mejor en el despertar del 11 de septiembre de 2001 que en pedirnos seguir de compras. Esta visión empobrecida de la comunidad – “unidos” en el consumo- es todo lo que nos merecemos de los que ahora nos gobiernan. Si queremos mejores gobernantes tendremos que aprender a pedir más de ellos y menos para nosotros. Un poco de austeridad estaría bien

12. Y una reflexión final sobre nacionalismos y convivencia

A diferencia del desaparecido Edward Said, creo que puedo comprender e incluso sentir empatía con los que saben qué significa amor a un país. No considero esos sentimientos incomprensibles, simplemente no los comparto. Pero, con el tiempo, esas lealtades fieramente incondicionales – a un país, a Dios, a una idea o a un hombre- han llegado a aterrorizarme. La fina capa de la civilización reposa sobre lo que bien podría ser una fe ilusoria en nuestra humanidad común. Pero ilusoria o no, haríamos bien en aferrarnos a ella. Ciertamente, es esa fe -y las restricciones que impone a la mala conducta humana- la que debe anteponerse en tiempos de guerra o de malestar social”.

Nos hacen falta personas con conocimientos, personas que hayan estudiado. Gente con curiosidad por el mundo que les rodea, por lo que lo ha hecho así y por cómo mejorarlo y enfrentarse a los problemas actuales. Nos hace falta gente que sepa gestionar todo ese conocimiento y curiosidad y sea capaz de contarlo, de hacerlo accesible, interesante y que provoque con sus ideas reflexiones y pensamientos en nosotros. Gente con capacidad intelectual, sentido crítico, curiosidad y capaces de comunicar. Más gente como Judt. Corred a leerle.

Molinos, Una docena de citas de Tony Judt, 21 de enero de 2013

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Hobsbawm: “Marx fue un profeta sin armas”

Con la crisis global, el pensamiento De Eric Hobsbawm ha vuelto a estar en boga. Aquí, habla sobre el interés de los financistas por las ideas de Marx, opina sobre el comunismo en China y afirma Que en América Latina se siente “como En casa” porque todavía se habla el lenguaje del socialismo. Su libro “Cómo cambiar El mundo” será publicado próximamente.

Los problemas del siglo XXI.   “Para resolverlos hace falta una mezcla distinta de público y privado”.

Los problemas del siglo XXI. “Para resolverlos hace falta una mezcla distinta de público y privado”.

Hampstead Heath, en la zona arbolada del norte de Londres, se enorgullece del papel destacado que tuvo en la historia del marxismo. Es aquí donde los domingos Karl Marx llevaba a su familia hasta Parliament Hill, recitando en el camino a Shakespeare y a Schiller, para pasar una tarde de picnic y poesía. Los días de semana, se reunía con su amigo Friedrich Engels, que vivía cerca, para hacer una caminata a paso ligero por el monte, donde los “viejos londinenses”, como se los conocía, reflexionaban sobre la Comuna de París, la Segunda Internacional y la naturaleza del capitalismo.

Hoy, sobre una calle lateral que sale del monte, la ambición marxista sigue viva en la casa de Eric Hobsbawm. Nacido en 1917 (en Alejandría, bajo el protectorado británico de Egipto) a más de 20 años de la muerte de Marx y Engels, no conoció personalmente a ninguno de esos dos filósofos, por supuesto. Pero al hablar con Eric en la espaciosa sala de estar, llena de fotos familiares, honores académicos y toda una vida de objetos culturales, se percibe una sensación casi tangible de conexión con estos hombres y su memoria.

La última vez que entrevisté a Eric, en 2002, su brillante autobiografía Años interesantes –la crónica de un joven en la Alemania de Weimar, el amor de toda su vida por el jazz y la forma en que realizó la transformación del estudio de la historia en Gran Bretaña– acababa de salir y había recibido críticas elogiosas. También coincidió con otro ataque cíclico de los medios a la pertenencia de Eric al Partido Comunista, tras la publicación del libro de Martin Amis contra Stalin, Koba el temible. En ese entonces, el “profesor marxista” explicó que no buscaba, tal como escribió, “acuerdo, aprobación o simpatía” sino más bien, comprensión histórica para una vida en el siglo XX moldeada por la lucha contra el fascismo.

La crisis neoliberal

Las cosas cambiaron desde entonces. La crisis global del capitalismo, que causa estragos en la economía mundial desde 2007, transformó los términos del debate.

De pronto, resurgió la crítica que hace Marx acerca de la inestabilidad del capitalismo. “Ha vuelto”, proclamó el London Times en el otoño de 2008 cuando las bolsas se desplomaban, los bancos eran nacionalizados en forma sumaria y Sarkozy, el presidente de Francia, era fotografiado hojeando Das Kapital (cuyas ventas aumentaron al punto de llegar a las listas alemanas de libros más vendidos). Hasta el papa Benedicto XVI se vio obligado a elogiar la “gran habilidad analítica” de Marx. Karl Marx, el gran ogro del siglo XX, había sido resucitado en las universidades, los encuentros de debate y las oficinas editoriales.

Parecería ser, pues, el momento ideal para que Eric Hobsbawm reúna sus ensayos más celebrados sobre Marx en un solo volumen, junto con material nuevo sobre el marxismo a la luz del colapso económico. Para Hobsbawm, el deber continuo de abordar a Marx y sus múltiples legados –entre otras cosas, en este libro, algunos nuevos capítulos excelentes sobre el significado de Gramsci– sigue siendo fuerte.

El propio Eric, empero, cambió. Sufrió una fea caída en Navidad y ya no puede eludir las limitaciones físicas de sus 93 años. El humor y la hospitalidad tanto suyos como de su esposa, Marlene, así como su intelecto, su agudeza política y su amplitud de visión, continúan no obstante maravillosamente intactos. Con un Financial Times sobre la mesa de café, Eric pasó sin contratiempos de los sondeos sobre Lula, el presidente saliente de Brasil, a las dificultades ideológicas que afronta el Partido Comunista en Bengala Occidental o las convulsiones en Indonesia que siguieron a la caída económica global de 1857.

La sensibilidad global y la ausencia total de provincianismo, siempre tan sólidas en su obra, siguen configurando su política y su historia.

Y después de una hora hablando sobre Marx, el materialismo y la lucha continua por la dignidad humana frente a los chubascos del libre mercado, uno se va de la terraza de Hobsbawm en Hampstead –cerca de los senderos por los que solían caminar Karl y Friedrich– con el sentimiento de haber pasado por un seminario vertiginoso con una de las grandes mentes del siglo XX. Una mente resuelta, además, a mantener una mirada crítica sobre el XXI.

¿En el núcleo de este libro hay una idea de reivindicación? ¿De que aun cuando las ideas propuestas en su momento por Karl Marx no sean ya relevantes, él hacía las preguntas correctas sobre la naturaleza del capitalismo y que el capitalismo que surgió en los últimos 20 años se parecía mucho a lo que Marx pensaba allá por el año 1840?

Sí, sin duda. El redescubrimiento de Marx en esta época de crisis capitalista se debe a que en 1848 predijo más que ningún otro el mundo moderno. Es, creo, lo que ha atraído hacia su obra la atención de una serie de nuevos observadores, paradójicamente, en primer lugar gente de negocios y comentaristas de negocios más que de la izquierda. Recuerdo haberlo observado justamente en la época del 150° aniversario de la publicación de El manifiesto comunista, cuando en la izquierda no se estaban haciendo muchos planes para celebrar. Descubrí para mi gran asombro que los editores de la revista que daban en el avión de United Airlines decían que querían publicar algo sobre El Manifiesto . Al poco tiempo, estuve almorzando con el financista George Soros que me preguntó: “¿Qué piensa usted de Marx?” Aunque no coincidíamos en muchas cosas, me dijo: “Ese tipo definitivamente algo tenía”.

¿Tiene la sensación de que lo que le gusta, en parte, de Marx a gente como Soros es cómo describe de manera brillante la energía, el carácter iconoclasta y el potencial del capitalismo? ¿Era esa la parte que atraía a los altos ejecutivos que volaban por United Airlines?

Creo que es la globalización, los impresionaba el hecho de que predijera la globalización, como quien dice, una globalización universal, que incluye la globalización de los gustos y todo lo que trae aparejado. Pero pienso que los más inteligentes también veían una teoría que permitía una especie de desarrollo recortado de la crisis. Porque la teoría oficial en esa época (fines de los años 1990) teóricamente rechazaba la posibilidad de una crisis.

¿Y ese discurso de “un fin de la expansión y contracción” y salir del ciclo económico?

Exactamente. Lo que pasó a partir de los años 1970, primero en las universidades, en Chicago y el resto, y finalmente, desde 1980 con Thatcher y Reagan fue, supongo, una deformación patológica del principio de libre mercado que propicia el capitalismo: la economía de mercado pura y el rechazo del Estado y de la acción pública que no creo que ninguna economía del siglo XIX haya puesto en práctica realmente, ni siquiera los Estados Unidos. Y estaba en conflicto, entre otras cosas, con la forma en que el capitalismo había funcionado en su época más exitosa, entre 1945 y comienzos de los 70.

Cuando dice “exitosa”, ¿es en cuanto a elevar los niveles de vida en los años de la posguerra?

Exitosa porque dio ganancias y aseguró algo como una población políticamente estable y relativamente satisfecha a nivel social. No era ideal pero era, digamos, un capitalismo con rostro humano.

Y usted considera que el renovado interés por Marx también se debió al fin de los Estados marxistas/leninistas. ¿La sombra leninista desapareció y usted pudo volver a la naturaleza original de la escritura de Marx?

Con la caída de la Unión Soviética, los capitalistas dejaron de tener miedo y en ese sentido tanto ellos como nosotros pudimos analizar el problema de una manera mucho más equilibrada, menos distorsionada por la pasión que antes. No obstante, yo creo que fue más la inestabilidad de esta economía neoliberal globalizada la que empezó a ser muy notable al final del siglo. Mire, en cierto modo, la economía globalizada fue dirigida en forma efectiva por lo que podríamos llamar el Noroeste [Europa occidental y Norteamérica] global y ellos impulsaron ese fundamentalismo de mercado ultra-extremo. Al principio, pareció funcionar muy bien –al menos en el viejo noroeste– aunque desde el comienzo se podía ver en la periferia de la economía global que creaba terremotos, grandes terremotos. En América Latina hubo una enorme crisis financiera a comienzos de los 80. A comienzos de los 90, en Rusia hubo una catástrofe económica. Y después hacia finales del siglo, se produjo ese colapso enorme, casi global, que fue de Rusia a Corea (del Sur), Indonesia y Argentina. Esto hizo que la gente empezara a pensar, me parece, que había en el sistema una inestabilidad de base que antes se había pasado por alto.

Se ha llegado a sugerir que la crisis que vemos desde 2008 en relación con Estados Unidos, Europa y Gran Bretaña no es tanto una crisis del capitalismo en sí, sino del capitalismo financiero moderno de Occidente. Mientras tanto, Brasil, Rusia, India y China –BRIC– están desarrollando sus economías al mismo tiempo sobre modelos cada vez más capitalistas. ¿O es simplemente que ahora nos toca sufrir a nosotros las crisis que ellos tuvieron hace 10 años?

El verdadero avance de los países BRIC es algo que se produjo en los últimos 10 años, 15 como máximo. O sea que en ese sentido se puede decir que fue una crisis del capitalismo. Por otro lado, creo que es riesgoso asumir, como hacen los neoliberales y los defensores del libre mercado, que hay un solo tipo de capitalismo. El capitalismo es, si se quiere, una familia, con una variedad de posibilidades, desde el capitalismo dirigido por el Estado de Francia hasta el libre mercado de Estados Unidos. Por lo tanto es un error creer que el avance de los países BRIC es simplemente lo mismo, como la generalización del capitalismo occidental. No lo es: la única vez que se intentó importar el fundamentalismo del libre mercado al por mayor fue en Rusia y resultó un fracaso absolutamente trágico.

Usted planteó el tema de las consecuencias políticas del colapso. En su libro, habla de una insistencia en analizar los textos clásicos de Marx como si aportaran un programa político coherente para hoy, pero ¿adónde cree que va en la actualidad el marxismo como proyecto político?

No creo que Marx haya tenido nunca un proyecto político, por así decirlo. Políticamente hablando, el programa específico de Marx era que la clase trabajadora se formara como un cuerpo consciente de clase y actuara políticamente para adquirir poder. Fuera de eso, Marx de manera muy deliberada fue vago en razón de su aversión hacia las cosas utópicas. Paradójicamente, yo diría incluso que a los nuevos partidos se les permitía improvisar, hacer lo que pudieran sin instrucciones efectivas. Lo que Marx había escrito equivalía apenas un poco más que a las ideas estilo Cláusula IV sobre la propiedad privada, en ninguna parte cercano siquiera a brindar una orientación a los partidos o ministerios. Mi opinión es que el principal modelo que los socialistas y los comunistas del siglo XX tuvieron en mente fueron las economías de guerra dirigidas por el Estado de la Primera Guerra Mundial, que no eran particularmente socialistas pero que sí aportaban alguna suerte de orientación acerca de cómo podía llegar a funcionar la socialización.

¿No le sorprende la incapacidad, ya sea de la izquierda marxista o socialdemócrata, de aprovechar la crisis de estos últimos años políticamente? Aquí estamos sentados a 20 años de la muerte de uno de los partidos que usted más admira, el Partido Comunista de Italia. ¿Lo deprime el estado de la izquierda en este momento en Europa y en otras partes?

Sí, por supuesto. De hecho, una de las cosas que estoy tratando de mostrar en el libro es que la crisis del marxismo no es sólo la crisis de la rama revolucionaria del marxismo sino de la rama social demócrata también. La nueva situación en la nueva economía globalizada finalmente aniquiló no sólo al leninismo marxista sino también al reformismo social demócrata, que fue esencialmente la clase trabajadora ejerciendo presión sobre sus Estados-nación. Con la globalización, no obstante, la capacidad de los Estados para responder a esta presión disminuyó efectivamente. Y entonces la izquierda retrocedió dando a entender: “Miren, los capitalistas están haciendo las cosas bien, lo único que debemos hacer es dejarlos ganar y asegurarnos de recibir nuestra parte”. Eso funcionó mientras esa parte se tradujo en crear Estados de bienestar, pero a partir de los años 1970, dejó de funcionar y entonces hubo que hacer, efectivamente, lo que hicieron Blair y Brown: dejarlos ganar todo el dinero posible y tener la esperanza de que se derramara la cantidad suficiente como para que nuestro pueblo estuviera mejor.

Entonces, ¿hubo un pacto faustiano para que en los buenos tiempos, en tanto las ganancias fueran saludables y se pudiera garantizar la inversión en educación y salud, no hiciéramos demasiadas preguntas?

Sí, mientras mejoró el nivel de vida.

Y ahora al caer las ganancias ¿luchamos por encontrar respuestas?

Ahora que con los países occidentales estamos yendo para el otro lado, con el crecimiento económico relativamente estático, declinando incluso, la cuestión de las reformas vuelve a tornarse urgente una vez más.

¿Usted ve como parte del problema, en lo que a la izquierda se refiere, el final de una clase trabajadora masiva consciente e identificable, algo que fue tradicionalmente esencial para la política socialdemócrata?

Históricamente es cierto. Los gobiernos socialdemócratas y las reformas cristalizaron en torno de partidos de clase obrera. Estos partidos nunca fueron, o sólo rara vez, totalmente de clase trabajadora. Siempre fueron hasta cierto punto alianzas: alianzas con ciertos tipos de intelectuales progresistas y de izquierda, con minorías, minorías religiosas y culturales, posiblemente muchos países con distintos tipos de pobres trabajadores, obreros. Con la excepción de los Estados Unidos, la clase trabajadora fue un bloque masivo reconocible durante mucho tiempo, ciertamente hasta bien entrada la década de 1970. Creo que la rapidez de la desindustrialización en este país alteró muchísimo no sólo la magnitud sino también, si se quiere, la conciencia de la clase trabajadora. Y no hay ningún país en la actualidad donde la clase trabajadora industrial pura en sí sea suficientemente fuerte. Lo que todavía es posible es que la clase trabajadora forme, por así decirlo, el esqueleto de movimientos más amplios de cambio social. Un buen ejemplo de esto, en la izquierda, es Brasil, que presenta un caso clásico de partido laborista de fines del siglo XIX basado en una alianza de sindicatos, trabajadores, los pobres en general, intelectuales, ideólogos y distintos tipos de izquierdistas, que ha producido una coalición gobernante asombrosa. Y no se puede decir que no sea exitosa después de ocho años de gobierno con un presidente saliente que cuenta con niveles de aprobación del 80%. En este momento, ideológicamente, me siento más en casa en América Latina porque sigue siendo el lugar en el mundo donde la gente todavía habla y dirige la política con el viejo lenguaje, el lenguaje del siglo XIX y el XX de socialismo, comunismo y marxismo.

En términos de partidos marxistas, algo que se desprende con mucha fuerza de su trabajo es el rol de los intelectuales. Hoy, vemos un entusiasmo enorme en universidades como la suya en Birkbeck, con reuniones y actos. Y si miramos los trabajos de Naomi Klein o David Harvey o las presentaciones de Slavoj Zizek, hay un verdadero entusiasmo. ¿Lo entusiasman estos intelectuales públicos del marxismo en este momento?

No sé si ha habido un gran cambio pero es indudable: con los actuales recortes del Gobierno habrá una radicalización de los estudiantes. Eso es algo del lado positivo. Del lado negativo… si analizamos la última oportunidad de una radicalización masiva de estudiantes en el 68, no significó demasiado. No obstante, como pensaba entonces y sigo pensando aún hoy, es preferible que los jóvenes, hombres y mujeres, piensen que están en la izquierda a que los jóvenes, hombres y mujeres, sientan que lo único por hacer es conseguir un trabajo en la bolsa.

¿Y cree que hombres como Harvey y Zizek desempeñan un papel útil en eso?

Supongo que la descripción de presentador se ajusta a Zizek. Tiene ese elemento de provocación que es muy característico y que ayuda a generar el interés de la gente, pero no estoy seguro de que quienes leen a Zizek se sientan mucho más cerca de repensar los problemas de la izquierda.

Permítame pasar de Occidente a Oriente. Uno de los interrogantes más urgentes que usted se plantea en el libro es si el Partido Comunista chino puede desarrollar su nuevo lugar en la escena global y responder a ésta.

Es un gran misterio. El comunismo desapareció pero subsiste un elemento importante del comunismo, ciertamente en Asia, que es el Partido Comunista estatal que dirige a la sociedad. ¿Cómo trabaja? En China me parece que hay un grado más alto de conciencia de la inestabilidad potencial de la situación. Probablemente haya una tendencia a crear más espacio de maniobra para una clase media intelectual creciente y para sectores educados de la población, que, después de todo, se medirán en decenas, posiblemente cientos de millones. También es cierto que el Partido Comunista en China parece estar reclutando un liderazgo tecnocrático. Cómo se une todo eso, no lo sé. Lo que sí me parece posible con esta rápida industrialización es el crecimiento de movimientos laboristas, y no queda claro hasta qué punto el Partido Comunista chino puede encontrar lugar para las organizaciones del trabajo o si las consideraría inaceptables, a la manera en que [consideró inaceptables] las protestas de la Plaza Tianannmen.

Permítame hacerle algunas preguntas sobre la política aquí en Gran Bretaña, para conocer su idea sobre la coalición. Me parece que tiene cierto aire de 1930 en lo relacionado con su ortodoxia fiscal, recortes del gasto, desigualdades del ingreso, con David Cameron como una figura muy similar a Stanley Baldwin. ¿Cuál es la lectura que usted hace?

Detrás de los distintos recortes que se sugieren en este momento, y que tienen la justificación de librarse del déficit, claramente parece haber una demanda ideológica sistemática de deconstruir, semiprivatizar, los viejos acuerdos, ya se trate del sistema de pensiones, la asistencia social, el sistema escolar o incluso el de salud. Estas cosas en la mayoría de los casos no se tuvieron en cuenta ni en el manifiesto conservador ni en el liberal y sin embargo, viéndolo desde afuera, éste es un gobierno mucho más radicalmente derechista de lo que parecía a primera vista.

¿Y cuál le parece que debería ser la respuesta del Partido Laborista?

El partido Laborista en líneas generales no ha sido una oposición muy eficaz desde la elección, en parte porque pasó meses y meses eligiendo a su nuevo líder. Pienso que el Partido Laborista debería, en primer lugar, hacer mucho más hincapié en que para la mayoría de la gente en los últimos 13 años, la época no fue del colapso al caos sino en realidad una época en que la situación mejoró, y particularmente en áreas como las escuelas, los hospitales y toda una serie de otros logros culturales – o sea que la idea de que de alguna manera todo debe ser desmantelado y sepultado no es válida. Creo que debemos defender lo que la mayoría de la gente cree que debe básicamente ser defendido y que es la provisión de alguna forma de bienestar desde la cuna hasta la tumba.

Usted conoció a Ralph Miliband, puesto que los Miliband son viejos amigos. ¿Qué cree que habría pensado Ralph de la contienda entre sus hijos y el desenlace con Ed dirigiendo el Partido?

Bueno, como padre obviamente no podría dejar de estar bastante orgulloso. Ciertamente estaría mucho más a la izquierda de sus dos hijos. Creo que Ralph se identificó realmente durante la mayor parte de su vida con el rechazo del Partido Laborista y de la ruta parlamentaria, y la esperanza de que, de alguna manera, fuera posible que naciera un partido socialista como corresponde. Cuando Ralph finalmente se reconcilió con el Partido Laborista, fue en el período menos útil, a saber la época de Bennite cuando no hizo mucho. De todos modos, creo que Ralph ciertamente habría esperado algo mucho más radical de lo que hasta ahora parecieron hacer sus hijos.

El título de su nuevo libro es Cómo cambiar el mundo . Usted escribe, en el último párrafo, “todavía sigue pareciéndome plausible el reemplazo del capitalismo”. ¿Es una esperanza intacta y es lo que lo mantiene trabajando, escribiendo y pensando en este momento?

No existe ninguna esperanza intacta en esta época.

Cómo cambiar el mundo es un relato de lo que hizo fundamentalmente el marxismo en el siglo XX, en parte a través de los partidos socialdemócratas que no derivaron directamente de Marx y de otros partidos –los partidos laboristas, los partidos de los trabajadores, etc.– que subsisten como gobierno y como partidos potenciales en el gobierno en todas partes. Y segundo, a través de la Revolución rusa y todas sus consecuencias. El precedente de Karl Marx, un profeta sin armas, inspirador de grandes cambios, es innegable. De manera muy deliberada, no digo que haya perspectivas equivalentes en este momento. Lo que digo ahora es que los problemas básicos del siglo XXI requerirían soluciones que ni el mercado puro, ni la democracia progresista pura pueden resolver adecuadamente. Y en ese sentido, habría que pensar una combinación diferente, una mezcla diferente de público y privado, de acción y control del Estado y libertad. Cómo se llamará eso, no lo sé. Pero podría perfectamente no ser capitalismo, ciertamente no en el sentido en el que lo hemos conocido en este país y en los Estados Unidos.

Tristram Hunt: Hobsbawm: “Marx fue un profeta sin armas”, (c) The Guardian, 2011 (tomado de Revista Ñ. Revista de Cultura. Diario Clarçin, Buenos Aires, traduccion: Cristina Sardoy, 25 de febrero de 2011)

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Hobsbawm y el tiempo histórico

Hobsbawm y la voluntad popular
Artículo de Eric Hobsbawm publicado en el suplemento CASH del diario argentino Página 12, sobre los gobiernos, la opinión pública y la actual crisis internacional. Un par de citas para que les pique y lo lean entero:
En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.”

Jorge Luis Valdez Morgan: La demografica y el pueblo (Eric Hobsbawm), La bitacora de Hobsbawm, 10 de enero de 2009

En el Prefacio y agradecimientos de su libro Historia del siglo XX:

Nadie puede escribir acerca de la historia del siglo XX como escribiría sobre la de cualquier otro período, aunque sólo sea porque nadie puede escribir sobre su propio período vital como puede (y debe) hacerlo sobre cualquier otro que conoce desde fuera, de segunda o tercera mano, ya sea a partir de fuentes del período o de los trabajos de historiadores posteriores. Mi vida coincide con la mayor parte de la época que se estudia en este libro y durante la mayor parte de ella, desde mis primeros años de adolescencia hasta el presente, he tenido conciencia de los asuntos públicos, es decir, he acumulado puntos de vista y prejuicios en mi condición de contemporáneo más que de estudioso. Esta es una de las razones por las que durante la mayor parte de mi carrera me he negado a trabajar como historiador profesional sobre la época que se inicia en 1914, aunque he escrito sobre ella por otros conceptos. Como se dice en la jerga del oficio, «el período al que me dedico» es el siglo XIX. Creo que en este momento es posible considerar con una cierta perspectiva histórica el siglo XX corto, desde 1914 hasta el fin de la era soviética, pero me apresto a analizarlo sin estar familiarizado con la bibliografía especializada y conociendo tan sólo una ínfima parte de las fuentes de archivo que ha acumulado el ingente número de historiadores que se dedican a estudiar el siglo XX.

Es de todo punto imposible que una persona conozca la historiografía del presente siglo, ni siquiera la escrita en un solo idioma, como el historiador de la antigüedad clásica o del imperio bizantino conoce lo que se escribió durante esos largos períodos o lo que se ha escrito después sobre los mismos. Por otra parte, he de decir que en el campo de la historia contemporánea mis conocimientos son superficiales y fragmentarios, incluso según los criterios de la erudición histórica. Todo lo que he sido capaz de hacer es profundizar lo suficiente en la bibliografía de algunos temas espinosos y controvertidos —por ejemplo, la historia de la guerra fría o la de los años treinta— como para tener la convicción de que los juicios expresados en este libro no son incompatibles con los resultados de la investigación especializada. Naturalmente, es imposible que mis esfuerzos hayan tenido pleno éxito y debe haber una serie de temas en los que mi desconocimiento es patente y sobre los cuales he expresado puntos de vista discutibles…”

 

Eric Hobswanm: Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aries,1999, pp. 7-8

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Tony Judt: Algo va mal

Tony Judt es un historiador británico de tradición socialdemócrata. Nacido en 1948 ha fallecido hace pocos meses de una enfermedad degenerativa. Entre sus obras de historia hay que destacar sin duda Postguerra, un monumental libro de la historia europea desde 1945 hasta hoy que resume bien las décadas transcurridas desde el fin de la II Guerra Mundial. Judt, de origen judío, militó en el sionismo en su juventud y llegó a vivir en un kibutz a finales de los sesenta del siglo XX. Posteriormente perdió su fe en el sionismo y se convirtió en un crítico de Israel y de su política contra el pueblo palestino, pidiendo públicamente la creación de un Estado binacional repartido entre árabes y judíos.

Invencible arsenal ciudadano en las calles de Valencia. 21 de febrero de 2012. Cuadernos de la vida cotidiana

En su obra historiográfica se aprecia un gran compromiso por las libertades democráticas y por la defensa de los principios inspiradores del Estado de Bienestar.  Es profundamente crítico con los regímenes dictatoriales de diverso signo, lo que le conduce a la descalificación de todo lo que tenga que ver con el comunismo, al que considera como ideología incompatible con la libertad del individuo y la democracia. De hecho, realiza una generalización al tratar el comunismo o la izquierda revolucionaria. Para Judt el comunismo sólo existe en los regímenes del socialismo real y los movimientos o partidos de tradición marxista revolucionaria que no se encarnaron en eso, solo fueron proyectos del mismo tipo que no se salieron con la suya y que, por tanto, también llevaban en su seno construir regímenes autoritarios o dictaduras. Es decir, Judt no cree posible un comunismo respetuoso con las libertades que llamamos de primera generación, lo que le impide apreciar los valores democráticos indiscutibles de muchos partidos comunistas en su trayectoria histórica. Judt diría que éstos respetaban (o respetan, si aún existen) las reglas del juego democrático sólo formalmente, pues su objetivo era (o es), al final, la destrucción misma de la democracia.

A su vez, es muy crítico con el liberalismo económico como se está gestando en los últimos treinta años (neoliberalismo) y tampoco es partidario de socialdemócratas (o laboristas) que abandonaron en estas mismas décadas las políticas centradas en la defensa de los servicios públicos de calidad y de carácter universal. En su último libro, Algo va mal (editorial Taurus, edición 2010), casi un testamento político de este historiador, analiza la construcción histórica de los Estados de Bienestar en su doble vertiente anglosajona (de herencia keynesiana y laborista) y europea continental (de herencia socialdemócrata) y defiende la tesis de que para un mundo mejor sólo es posible el capitalismo reformado o controlado por alguna de estas herencias en su versión seria, es decir, no en la versión de gente como, por ejemplo, Blair.

Muchos de sus análisis históricos son reseñables, especialmente cuando estudia las causas que hacen que muchos ciudadanos de los países democráticos actuales ya no pretendan ni siquiera defender los Estados de Bienestar, o estén incluso en su contra, y que ello nos lleve al momento crítico actual al poner en cuestión importantes logros históricos como la labor de los sindicatos, la existencia de una hacienda pública que recaude impuestos para generar bienes comunes indispensables para una comunidad, o la existencia de una educación o una sanidad públicas gratuitas y universales.

Leamos a Judt:

Refiriéndose a los estadounidenses: “A todos les gustaría que su hijo tuviera probabilidades de progresar en la vida: mejor educación, mejores expectativas laborales. Preferirían que su esposa o su hija tuvieran las mismas probabilidades de sobrevivir a la maternidad que las mujeres de los demás países avanzados. Les gustaría disfrutar de una cobertura médica completa más barata, una esperanza de vida más larga, mejores servicios públicos y menos delincuencia. No obstante cuando se les dice que todo eso existe en Europa occidental, muchos estadounidenses responden “¡Pero allí tienen socialismo! No queremos que el Estado se inmiscuya en nuestros asuntos. Y, sobre todo, no queremos pagar más impuestos”.

Esta curiosa disonancia cognitiva ya es antigua. […]

También están los factores culturales, en particular la notoria desconfianza estadounidense hacia el gobierno central.

Esta desconfianza hacia las autoridades públicas, que periódicamente elevan a culto los Know Nothings, los defensores a ultranza de los derechos de los estados, los “antiimpuestos” y –más recientemente- los demagogos de las tertulias radiofónicas de la derecha republicana, es exclusivamente estadounidense. Convierte una suspicacia distintiva hacia los impuestos (con o sin representación) en un dogma patriótico. De ahí que en los Estados Unidos los impuestos se suelan considerar una pérdida de renta sin compensación. Rara vez se considera la idea de que (también) podían ser una aportación a la provisión de bienes colectivos que los individuos aislados no podrían permitirse nunca (carreteras, bomberos, policías, colegios, farolas, oficinas de correos, por no mencionar soldados, barcos de guerra y armas).” Págs. 42-43.

Si no respetamos los bienes públicos; si permitimos o fomentamos la privatización del espacio, los recursos y los servicios públicos; si apoyamos con entusiasmo la tendencia de la joven generación a ocuparse exclusivamente de sus propias necesidades: no debería sorprendernos una disminución constante de la participación cívica en la toma de decisiones públicas. En años anteriores se ha hablado mucho del llamado “déficit democrático”. Los sondeos de opinión reflejan un desinterés cada vez mayor por las elecciones locales y nacionales y un cínico desprecio hacia los políticos y las instituciones políticas, especialmente entre los jóvenes. Se ha generalizado la sensación de que como “ellos” harán lo que quieran en cualquier caso -al tiempo que sacan todo el beneficio personal posible- por qué habríamos de perder el tiempo “nosotros” en tratar de influir en sus actos. […]

¿Por qué es esto importante? Porque, como sabían los griegos, la participación en la forma en que se nos gobierna no sólo aumenta el sentido colectivo de responsabilidad por los actos del gobierno, sino que también contribuye a que los líderes se comporten honestamente y constituye una salvaguarda ante los excesos autoritarios. La desmovilización política, […] constituye una peligrosa pendiente resbaladiza. Además, es acumulativa: si nos sentimos excluidos de la gestión de nuestros asuntos colectivos, no nos molestaremos en expresar nuestra opinión sobre ellos. En este caso, no debería sorprendernos descubrir que nadie nos escucha.” Págs 130-131.

Reelaboración a partir de Ander Fernández: Tony Judt: Alto va mal, La Marcha Obrera, 26 de abril de 2011

#judt

Sobre la “Historia del Tiempo Presente” y sus repercusiones en la Historia Contemporanea

Sobre el concepto

La historia del tiempo presentehistoria del presente, historia inmediata o historia del mundo actual es una disciplina historiográfica de reciente creación que surge por escisión de la historia contemporánea, inevitablemente dilatada por el paso del tiempo. Como nueva área de conocimiento historiográfica surge por la necesidad de recuperar el sentido del término “contemporáneo” como tiempo coetáneo al de la experiencia vivida. La delimitación de la Historia del Tiempo Presente depende no sólo de las vivencias de las diversas generaciones que coexisten en un momento dado, sino de la conciencia histórica y del uso público del pasado por la política, los grupos sociales y los medios de comunicación.

Con el empleo de términos, explícitamente ligados al presente y lo inmediato, se insiste en la aplicación preferente para referirse a la más reciente actualidad, con lo que su objeto está en permanente construcción. La diferencia con el periodismo, que se ocupa también de la narración de la actualidad, se establece en la aplicación de la metodología propia de la ciencia histórica. El problema de la objetividad es el que más fácilmente puede afectar al historiador de la historia del tiempo presente, aunque tampoco se consigue para épocas más antiguas totalmente, a pesar de que para ellas debiera operar la perspectiva y la lejanía de intereses que da el paso del tiempo. Eric Hobsbawm argumenta que el historiador mantiene una relación muy personal incluso con el periodo no vivido directamente por él, pero que ha vivido de forma intermediada, influido por su familia u otros testimonios (lo que denomina zona de sombra). Para periodos más lejanos en el tiempo, la identificación con una religión, una nación, una civilización o cualquier otro rasgo (que, aunque carezca de validez para el presente, puede ser incluso adoptado por el historiador) operaría en el mismo sentido.

En consecuencia, tales etiquetas historiográficas pueden ser también utilizadas para periodizar el segmento más actual de la Edad Contemporánea, cuya determinación no ha suscitado un acuerdo generalizado entre los historiadores del periodo; las mismas pueden referirse al mundo posterior a la caída del muro de Berlín (1989) y la desaparición del bloque comunista ligado a la Unión Soviética; o al posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, aunque en su origen se acuñó (por historiadores franceses como Pierre Chaunu o Jean-Pierre Azéma) para designar al mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial (1945).

¿Qué ha sido de la Historia Contemporánea entonces?

Esta ruptura de la Historia Contemporánea evidentemente repercute sobre la periodización de la misma. Tal como la historiografía francesa determinó en su momento, esta fase histórica tuvo su comienzo en la aparición de las la triple Revolución (revolución liberal, revolución burguesa y revolución industrial) que ponen fin al Antiguo Régimen y pueden concretarse en la fecha de 1789 (Revolución francesa) o en la de 1776 (Independencia de Estados Unidos) o en la de 1808 (Guerra de la Independencia española e inicio de las Guerras de independencia hispanoamericanas). En ese contexto, los historiadores burgueses y nacionalistas del siglo XIX hablaban de una historia contemporánea, es decir, cuyo tiempo compartían, al igual que Heródoto y Tucídides narraban hechos que habían vivido o que podían reconstruir por testimonios directos (como la actual historia oral).

El largo siglo XIX (en inglés: The long nineteenth century) es un término acuñado por el historiador y autor marxista británico Eric Hobsbawm para referirse al período histórico de ciento veinticingo años comprendido entre 1789 y 1914.  Hobsbawm explaya su teoría a lo largo de tres libros sobre distintas “eras” o “edades” (ages)The age of revolution: Europe, 1789-1848The age of capital, 1848-1875 y The age of empire, 1875-1914. Su formación marxista puede inferirse a partir de la segunda de sus obras, que tiene por inicio no sólo un año de revoluciones sociales sino el de la publicación original del Manifiesto Comunista. Ciertamente se trata de una centuria larga durante el cual se van a desarrollar los cambios esenciales que se alumbran en las revoluciones atlánticas (la Independencia de los EEUU y la Revolución Francesa), que dan lugar al nacimiento del mundo moderno, al nacimiento del liberalismo, al desarrollo de los sistemas parlamentarios contemporáneos y al desarrollo del capitalismo. También es el tiempo en el que se desmontan las estructuras ideológicas, políticas y sociales del Antiguo Régimen, el tiempo en el que nacen las naciones y los nuevos estados, en el que los antiguos estamentos se convierten en clases sociales, en el que la economía corporativa y gremial del sistema señorial dan paso al “laiser faire, laiser passer” (Dejar hacer, dejar pasar) del liberalismo económico, en el que nuestro sistema legal deja atrás la ley divina y se entrega a las constituciones y los nuevos códigos. Tiene su final en el comienzo de la Primera Guerra Mundial, gran conflagración bélica que eliminó definitivamente el largo equilibrio de poder o de fuerzas que había caracterizado al siglo XIX propiamente dicho (1801-1900). Estos hechos y eventos representaron cambios significativos en la historia, no sólo europea, sino mundial, tratándose de transformaciones que redefinieron toda una era.

John Gray sobre Hobsbawm

El mismo Hobsbawm publico en 1994 otro libro complementario de aquella trilogía, titulado The ages of extremes: The short twentieth century, 1914-1991 (“La era de los extremos: El corto siglo XX, 1914-1991”), donde sugiere el uso del the short twentieth century); con este concepto se refería al período de 77 años comprendido entre 1914 y 1991, entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y el colapso de la Unión Soviética. La cadena de grandes hechos o eventos involucrados representó cambios significativos en la historia europea y mundial, tanto que las afectaron y redefinieron completamente. Según Hobsbawm, el corto o tardío siglo XX omenzó con el estallido de la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, la que finalmente causó la caída o el hundimiento de los imperios alemán), otomano, autrohúngaro y ruso (éste último a causa de las sucesivas revoluciones de febrero y de octubre -o bolchevique- de 1917). La Segunda Guerra Mundial de 1939-1945 fue consecuencia de la Primera (sobre todo debido a las pérdidas territoriales y condiciones de desarme que se le habían impuesto a la derrotada Alemania en el tratado de Versalles de 1919). Quedaba así claramente este siglo dividido en una primera mitad marcada por la crisis de los treinta años (1914-1945, expresión de Arno Mayer parafraseando el título de un estudio de E. H. Carr prácticamente contemporáneo a los hechos), abierta y cerrada por las dos guerras mundiales y en cuyo período de entreguerras se desarrollaron la revolución soviética, los fascismos y la crisis de 1929.  La segunda mitad estuvo presidida por la Guerra Fría (aproximadamente desde 1947 a 1989) entre los dos bloques antagónicos liderados por los Estados Unidos y la Unión Soviética, la descolonización y el surgimiento del tercer mundo, la revolución científico-técnica, la revolución de 1968, la crisis de 1973 y la espectacular desintegración de la Unión Soviética a fines de 1991 (la cual, a su vez había sido presagiada por la caída en 1989 de los regímenes comunistas del denominado “socialismo real” en Europa Oriental). Con ellos parece también haber caído la posición dominante del paradigma más característico de a mediados de siglo: el materialismo histórico o sus versiones más o menos adaptadas (notablemente las de la Escuela de Annales o y el marxistas ingleses); que sin dejar de seguir influyendo notablemente, viene siendo complementado por las aportaciones diferentes metodologías historiográficas, que van desde una historia más narrativa hasta la aproximación a otras ciencias sociales.

Atentado terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York

Es de ese modo que coincide la renovación metodológica de la historiografía con la búsqueda de claves explicativas para el siglo XXI, periodo inaugurado con el atentado del 11 de septiembre de 2001, nuestra más radical contemporaneidad, aunque también puede establecerse con la desapariciòn del mundo soviétivo. ¿Es así que podemos creer y fundamentar la aparición de una nueva fase de la historia contemporanea, a la que podría asignar el concepto que debatimos? El paso del tiempo demostrará si la historiografía futura entiende la evolución histórica de los últimos o próximos años (caída de la Unión Soviética, atentado contra las Torres Gemelas, u otros hechos que estén por producirse) como el desarrollo de las mismas características propias de toda la Edad Contemporánea, o como una nueva época completamente distinta que justifique una nueva periodización de la historia o una renovación metodológica; aunque mientras los hechos y procesos están en curso, tales tareas no corresponden a la historiografía, sino a la prospectiva.

Artículos de consulta

Sobre este temática, podemos encontrar numerosas referencias en la red; ofrecemos una selección en castellano:

 

Enzo Traverso: La Historia del siglo XX de Eric Hobsbawn

Portada del libro

En el último número de la Revue des Livres, –como informábamos hace unos días– Enzo Traverso escribe sobre Hobsbawm y su historia del siglo XX. El momento es el adecuado, porque se acaban de presentar en Francia otros dos volúmenes del historiador británico: L’Empire, la démocratie, le terrorisme. Réflexions sur le XXIe siècle (André Versailles éditions / Le Monde diplomatique) y Marx et l’histoire(Demopolis), ambas ya vertidas al castellano con otros títulos (Guerra y paz en el siglo XXI y Sobre la historia).

Recordemos el contexto. La obra a la que se refiere Traverso se publicó en 1994 (Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991) y, como ha recordado su propio autor, se tradujo de inmediato a las principales lenguas: alemán, español, portugués, italiano, chino, japonés y árabe. Al poco se trasladó también al ruso, polaco, checo, húngaro, rumano, esloveno, serbo-croata y albanés. Por lo demás, la recepción internacional fue magnífica. Por ejemplo:

Tony Judt, “Downhill All the Way”, NYRB, vol. 42, núm. 9, 25 de mayo de 1995; Stanley Hoffman, “From Catastrophe to Landsline”, The New York Times Book Review, 19 de febrero de 1995; Eugene Genovese, “The Squandered Century: Review of The Age of Extremes”, The New Republic, 17 de abril de 1995; Edward Said, “Contra MundumLondon Review of Books, 9 de marzo de 1995 (“Contra Mundum: Sobre Eric Hobsbawm”, en Reflexiones sobre el exilio: Ensayos literarios y culturales. Madrid, Debate, 2005, págs. 437-48).

Sin embargo, como el lector atento habrá podido observar, hubo una excepción en esa vorágine de versiones, al menos hasta 1999: la del francés. Y ello se salvó gracias a la conjunción de un editor belga con una revista combativa: L’Age des extrêmes. Le court XXe siècle, 1914-1991. Complexe-Le Monde diplomatique, Bruselas-París, 1999. Para explicarlo, Hobsbawm remitió en su día a lo observado por Tony Judt en la revista Lingua franca: “Hace veinticinco años, La historia del siglo XX se habría traducido en una semana. ¿Qué ocurrió? Parece que hubo tres factores que se conjugaron para impedirlo: el fortalecimiento de un antimarxismo agresivo entre los intelectuales franceses; las restricciones presupuestarias que afectan a la edición de las ciencias humanas y, por último aunque no menos importante, el rechazo o el miedo de la comunidad editorial a oponerse a estas tendencias” (“Chunnel Vision”, Lingua Franca, noviembre de 1997, págs. 22-24.).

Vayamos ahora con Traverso. Empieza reconociendo que Hobsbawm es el historiador más notable que existe en la actualidad, y que tal notoriedad se ha acrecentado con su Historia del Siglo XX (1914-1991), porque ese volumen le ha permitido llegar a un público más vasto. Y ello a pesar de que no esconde sus simpatías por el comunismo ni su apego a una concepción de la historia de inspiración marxista.

En el caso francés, añade Traverso, ese éxito ha tardado algo más. El volumen citado (L’Âge des extrêmes) sólo se tradujo cinco años después de su aparición y gracias a la iniciativa de un editor belga (Complexe). En 1997, Pierre Nora explicaba en la revista Le Débat las razones por las que había desechado incluirlo en su colección de Gallimard: se trataba de una obra anacrónica e inspirada por una ideología trasnochada, de modo que no la veía como un producto rentable para la editorial (“Traduire: nécessité et dificultes”, núm. 93, 1997, págs. 93-95). Eran los tiempos de Furet (El pasado de una ilusión) y de Courtois (El libro negro del comunismo).

Para Pierre Nora : “Todos [los editores], mal que bien, están obligados a tener en cuenta la situación intelectual e ideológica en la que se inscribe su producción. Pero existen fundadas razones para creer que (…) [este] libro aparecería en un entorno histórico e intelectual poco favorable. De ahí la falta de entusiasmo a la hora de apostar por su oportunidad (…). Francia fue el país que más tiempo y más profundamente estuvo estalinizado, y la descompresión, a su vez, ha acentuado la hostilidad contra todo aquello que, de cerca o de lejos, pueda recordar a la posición filosoviética o procomunista de antaño, incluido el marxismo más abierto. Aunque sea de forma distante, Eric Hobsbawm cultiva este apego a la causa revolucionaria como una cuestión de orgullo, con una fidelidad altanera, como una reacción a la moda imperante, pero en Francia, y en la actualidad, cuesta digerirlo”. Por supuesto, Hobsbawm lo vio de otro modo, y así lo expone en la introducción a la edición francesa de su volumen, recogida también en Le Monde Diplomatique.

Enzo Traverso nos dice que Hosbawm concibió su historia del siglo XX justo tras la caída del Muro. Fue de hecho uno de los primeros en interpretar ese acontecimiento como signo de un cambio que no sólo clausuraba la guerra fría, sino todo un siglo. De ahí la idea de un “corto” siglo XX, opuesto a un “largo” siglo XIX que discurría entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial. En ese sentido, si la guerra ha sido la auténtica matriz del XX, la revolución bolchevique y el comunismo son los elementos que lo perfilan. El impacto de esa mirada es indiscutible, porque ofrece un giro en lo que es nuestra percepción del pasado, de modo que la idea de ese siglo “corto” ha entrado en la esfera pública, arraigándose incluso en el sentido común.

En cambio, la visión de un “largo” siglo XIX no era nueva, pues tanto Kart Polanyi como Arno J. Mayer la habían expuesto con anterioridad. En su caso, Hobsbawm lo presenta como el teatro de una transformación mundial en la que Europa, gracias al auge del imperialismo, es a la vez centro y motor. Todas las corrientes políticas se identifican con su misión civilizadora y la idea de progreso deviene una creencia inquebrantable. De hecho, a juicio de Traverso, las mejores páginas de su Historia del Siglo XX están en el primer capítulo, cuando describe los inicios del siglo XX bajo un clima apocalíptico, que invierte literalmente todas las certezas de paz y prosperidad de la era anterior. La nueva centuria comienza como una “era de la catástrofe” (1914-1945), enmarcada por dos guerras destructivas y mortíferas. Desafiado por la revolución bolchevique, al capitalismo parece haberle llegado su hora, mientras que las instituciones liberales aparecen en descomposición, como vestigios de una era clausurada, frente al auge de los fascismos y las dictaduras militares. Tras tres décadas de cataclismos, se sigue una “edad dorada” (1945-1973) y “la debacle” (1973-1991), dos momentos distintos de una misma época, que coincide con la historia de la guerra fría.

Traverso señala que esa periodización propuesta por el historiador británico es parte de la fuerza de su famosa tetralogía, pero que también muestra sus limitaciones. En primer lugar, sus divisiones cronológicas no son generalizables. Por ejemplo, vistas desde Asia, las grandes rupturas del siglo XX no coinciden con las de la historia europea. Esa edad dorada europea coincide en el caso chino con la revolución, la guerra civil, el gran salto adelante y la revolución cultural, lo cual no puede considerarse precisamente como una edad dorada. Sólo se podría aplicar al caso japonés. Por su parte, la era de la catástrofe se sitúa en América Latina entre principios de los setenta y finales de los ochenta, con el predominio de sanguinarias dictaduras militares.

Aunque Hobsbawm rechaza toda actitud condescendiente y etnocéntrica con respecto a los países “atrasados y pobres”, postula su subalternidad como un truismo que evoca por momentos la clásica tesis de Engels (de origen hegeliano) sobre los “pueblos sin historia”. A su juicio, esos países habrían conocido una dinámica “derivada, no original”. Con un argumento semejante, Hobsbawm parece justificar el culto a la personalidad instaurado por Stalin en la URSS, considerando que era algo que se adaptaba bien a la población campesina, cuya mentalidad se correspondía con la de las plebes occidentales del siglo XI. Finalmente, su Historia del Siglo XX no percibe que la revuelta de los pueblos colonizados y su transformación en sujeto político en la escena mundial pueda ser un aspecto central de la historia de esa centuria.

Así pues, tenemos dos Hobsbawm. Por un lado, el historiador social que se interesa por rescatar a los de “abajo” y, por otro, el autor de las grandes síntesis históricas en las que las clases subalternas aparecen como una masa anónima. Eso explica que los representantes de los subaltern studies, sobre todo Ranajit Guha, le reprochen que trate a las luchas campesinas como esencialmente “prepolíticas”, a causa de su carácter “improvisado, arcaico y espontáneo”, y que sea incapaz de captar su dimensión profundamente política, aunque irreductible a los códigos ideológicos del mundo occidental. (Véase, por ejemplo la crítica de Jackie Assayag: “«Sur les échasses du temps». Histoire et anthropologie chez Eric J. Hobsbawm”).

Hobsbawm ha reconocido la aproximación eurocéntrica de su libro, afirmando que su intento de “representar un siglo complicado” no es incompatible con otras interpretaciones y otras periodizaciones. (Así lo expone en la conclusión al volumen editado por Silvio Pons, L’eta Degli Estremi: Discutendo Con Hobsbawm Del Secolo Breve. Roma, Carocci, 1998). Y, por supuesto, ejemplos no faltan, desde The Long Twentieh Century de Giovanni Arrighi a Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri. En ese sentido, el último volumen de Hobsbawm (Guerra y paz en el siglo XXI ) vuelve sobre la historia de los imperios para concluir que su tiempo ha concluido. A pesar de su imponente fuerza militar, los EE.UU. ya no pueden imponer su dominio sobre el resto del planeta. No son el núcleo de un nuevo orden mundial comparable a la Pax Britannica del siglo XIX, de manera que hemos entrado en “una forma profundamente inestable de desorden global tanto a escala internacional como en el interior de los Estados”.

El comunismo

El hilo rojo que atraviesa la Historia del Siglo XX (1994) es la trayectoria del comunismo y su comparación con El pasado de una ilusión (1995) es prácticamente inevitable. Hobsbawm jamás ha visto en Furet a un gran historiador y, en el fondo, lo tiene por un epígono del conservador Alfred Cobban. Así que su balance de la historia del comunismo es para Hobsbawm un “producto tardío de la época de la guerra fría(“Histoire et illusion”, Le Débat, núm. 89, 1996, pág. 138).

Comparando ambos volúmenes, el politólogo noruego Torbjorn L. Knutsen los reduce a dos estructuras narrativas clásicas: la comedia y la tragedia (“Twentieth-century Stories“). Ambos cuentan la misma historia, con idénticos actores, pero la distribución de roles y la tonalidad del relato son sensiblemente diferentes. El pasado de una ilusión respeta las reglas de la comedia: una familia liberal en perfecta armonía, pero cuya existencia se ve repentinamente perturbada por una serie de desafortunados imprevistos; por momentos, todo parece en tela de juicio, pero al final los malos son desenmascarados y la seducción totalitaria se desvanece; una vez desecho el equívoco, todo vuelve al orden y la comedia acaba con un happy end tranquilizador. Para Furet, comunismo y fascismo han sido “episodios cortos, enmarcados por aquello que han querido destruir”: la democracia liberal.

Hobsbawn ha escrito una tragedia. La esperanza liberalizadora del comunismo atraviesa el siglo como un meteoro. Su objetivo no es la destrucción de la democracia, sino la instauración de la igualdad. La Revolución de Octubre transforma esta esperanza liberalizadora en “utopía concreta” que, encarnada en el estado soviético, conoce una ascensión inicial espectacular y luego un largo declive. Hobsbawm expone sus dudas: “la tragedia de la Revolución de Octubre es precisamente no haber podido producir más que un socialismo autoritario, implacable y brutal”. Pero el comunismo ha cumplido una función necesaria; su vocación era de sacrificio: “el resultado más perdurable de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era derrocar a escala mundial al capitalismo, fue el de salvar a su adversario, tanto en la guerra como en la paz, incitándolo tras la Segunda Guerra Mundial a reformarse por miedo”. Pero la victoria del capitalismo no incita al optimismo; más bien parece evocar en ángel de la historia de Benjamín, que ve el pasado como un montón de escombros.

Furet ha escrito una apología satisfecha del capitalismo liberal; Hobsbawm una apología melancólica del comunismo. Desde esta perspectiva, ambas son discutibles.

Hobsbawm compara el universalismo de la Revolución de Octubre con el de la Revolución Francesa. Describe su influencia y su difusión como la fuerza magnética de una “religión secular”. Él nunca ha sido un creyente ingenuo ni ciego de esta “religión secular”, pero sí un fiel discípulo. Fue uno de los escasos representantes de la historiografía marxista británica que no dejaron el Partido Comunista en 1956. Todavía en noviembre de 2006, Hobsbawm ofrecía una justificación de la represión soviética de Hungría en 1956 e incluso una apología de János Kádár (“Could it have been different?“). Sería la dimensión consoladora de la que hablaba Perry Anderson (“The vanquished left: Eric Hobsbawm”, en Spectrum. Londres, Verso, 2005, págs. 306-318).

Barbarie

El siglo XX que pinta Hosbawn es en realidad un díptico cuya linea de separación viene marcada por la Segunda Guerra Mundial. Para él, se trata de una “guerra civil ideológica internacional” que enfrenta a dos ideologías, a dos visiones del mundo, a dos modelos de civilización. Es una oposición entre ilustrados y anti-ilustrados, entre la coalición que reúne a las democracias occidentales y el comunismo soviético, por un lado, y el nazismo y sus aliados, por el otro. A diferencia de los filósofos de la escuela de Francfort, no ve que las raíces de la barbarie estén en la propia civilización europea. De ese modo, al presentar una antinomia absoluta entre civilización y barbarie, rechaza el concepto de totalitarismo. El pacto germano-soviético de no agresión del verano de 1939 no desvela la naturaleza de los firmantes, sino que es un paréntesis efímero, oportunista y contranatura. La convergencia entre ambos es, pues, superficial.

El recurso al concepto de “guerra civil” suscita inevitablemente otra comparación, en este caso con el historiador conservador Ernst Nolte. Un aroma de noltismo impregna la Historia del Siglo XX, aunque se trate de un noltismo invertido. No hay ninguna convergencia ideológica ni ninguna complicidad, pero ambos parten de la misma constatación, la del enfrentamiento titánico entre nazismo y comunismo como momentum del siglo XX, para deducir de ello sendas lecturas simétricas y sustancialmente apologéticas del uno o del otro. Nolte reconoce los crímenes nazis, pero los interpreta como un exceso lamentable, una reacción legítima de autodefensa de la Alemania amenazada por los comunistas. Hobsbawm no niega los crímenes del estalinismo, pero los considera inevitables, aunque lamentables, e inscritos en un contexto objetivo que no permitía otras alternativas. Dos sombras, pues, concluye Traverso: tras Nolte, la de Heidegger; tras Hobsbawm, la del Hegel que había justificado el terror jacobino, o quizá la de Alexandre Kojève, que había percibido en Stalin el “espíritu del mundo”.

Nacido en el corazón de la guerra civil europea, el comunismo de Hosbawm jamás ha sido libertario. En el fondo, siempre ha sido un hombre de orden, una especie de “comunista tory“.

Perspectiva braudeliana

En su autobiografía, Hosbawm reconoce la influencia que sobre él ejerció la escuela de Annales. En Historia del Siglo XX, la centuria es observada con el telescopio, adoptando una aproximación braudeliana en la que la “larga duración” engulle al acontecimiento. Pasa revista a los momentos capitales de un siglo de cataclismos como piezas de un todo, y rara vez capta su singularidad. Pero se trata de una época marcada por rupturas repentinas e imprevistas, grandes giros irreductibles a sus “causas”, bifurcaciones que escapan a la lógica de la larga duración.

De hecho, han sido varios los críticos que han subrayado el silencio de Hobsbawm sobre Auschwitz y Kolyma, dos nombres que ni siquiera figuran en el índice de su libro. Los campos de concentración y de exterminio desaparecen de su volumen. En el siglo de la violencia, las víctimas son reducidas a cantidades abstractas. De todos modos, esta indiferencia por el acontecimiento no sólo afecta a los campos nazis y al Gulag, sino también a otros momentos del siglo XX. Por ejemplo, Hobsbawm inscribe la toma del poder en Alemania por parte de Hitler, en enero de 1933, simplemente como un elemento más dentro de la tendencia general que conforma el auge del fascismo en Europa. Y lo mismo se podría decir de mayo del 68, donde las apreciaciones de Hobsbawm parecen muy condicionadas por elementos de índole autobiográfica.

La adopción de una perspectiva de “larga duración” no es una novedad del último Hosbawm. Sin embargo, en su Historia del Siglo XX, la larga duración no se inscribeen una visión teleológica dela historia. Su relación con la obra de Marx es crítica y abierta, no dogmática, rechazando lo que denomina marxismo “vulgar”. Hace algunas décadas, Hosbawm pensaba que la historia tenía una dirección y que ésta conducía hacia el socialismo. En su Historia del Siglo XX esta certidumbre ha desaparecido. Las últimas palabras del libro -un futuro de “tinieblas”- parece hacerse eco del diagnóstico de Max Weber, que en 1919 anunciaba “una noche polar, de una duración y de una oscuridad glaciales”. Hobsbawm registra el fracaso del socialismo real: “si la humanidad debe tener algún futuro, no será prolongando el pasado o el presente”. Sobre el horizonte se divida una nueva catástrofe, pero los intentos que se hicieron en el pasado para cambiar el mundo han encallado. Hemos de cambiar la trayectoria, pero carecemos de brújula. La inquietud de Hobsbawm, concluye Traverso, es la propia de nuestro tiempo.

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Como contrapartida, la posición de Hobsbawm:

1. Eric Hobsbawm Speaks on His New Memoir, una charla sobre sus memorias que tuvo lugar a principios de 2004 en la UCLA.

2. Eric Hobsbawm à l’âge des incertitudes, un video que recoge una reciente entrevista de Sylvain Bourmeau para Mediapart.

Este material está recogido en Anaclet Pons: Enzo Traverso: La Historia del siglo XX de Eric Hobsbawn, Clionauta: Blog de Historia, 7 de marzo de 2009

#hobsbawm

El último romántico, por Toni Judt

El historiador de Cambridge, Toni Judt, presenta una informada reseña de “Tiempos interesantes” (2003), las memorias del eminente historiador británico Eric Hobsbawm.

1.

Portada del libro

A la edad de ochenta y seis años, Eric Hobsbawm es el historiador más conocido en el mundo. Su libro más reciente, The Age of the Extremes [La era de los extremos], ha sido traducido a decenas de idiomas, desde el chino hasta el checo. Sus memorias, publicadas por primera vez este año, fueron un best seller en Nueva Delhi; en algunas partes de Sudamérica -especialmente en Brasil- es un héroe popular y cultural. Su fama está muy bien ganada. Eric Hobsbawm controla vastos continentes informativos con facilidad y seguridad; su asesor de pregrado en Cambridge, después de decirme una vez que Eric Hobsbawm había sido el estudiante más brillante de todos a los que había enseñado, añadió: “Por supuesto, no se podría decir que yo le enseñé; era imposible enseñarle algo. Eric ya lo sabía todo”.

Hobsbawm no solamente sabe más que otros historiadores; también escribe mejor: no tiene nada de la quisquillosa “teorización” o del grandilocuente narcisismo retórico de algunos de sus colegas británicos más jóvenes (tampoco cuenta con dedicados equipos de investigadores de posgrado: él mismo hace sus lecturas). Su estilo es limpio y claro. Como E. P. Thompson, Raymond Williams y Christopher Hill, sus otrora compañeros en el Grupo de Historiadores Comunistas Británicos, Hobsbawm tiene un manejo maestro de la prosa inglesa: escribe en una historia inteligible para los lectores educados.

Las primeras páginas de su autobiografía son quizá las mejores que Hobsbawm jamás haya escrito. Son, ciertamente, páginas intensamente personales. Sus padres, judíos -él, del East End de Londres**; ella, de Habsburgo, en Austria-, se conocieron y casaron en la neutral Zurich durante la primera guerra mundial. Eric, el mayor de los dos hijos, nació en Alejandría en 1917 aunque sus recuerdos empiezan en Viena, donde la familia se estableció después de la guerra. Los padres de Eric Hobsbawm lucharon con poco éxito para suplir sus necesidades con suficiencia en la empobrecida y truncada Austria de la posguerra. Cuando Eric tenía once años, su padre, retornando “de otra de sus crecientemente desesperadas visitas a la ciudad en búsqueda de dinero que ganar o tomar prestado”, sufrió un colapso y murió en la puerta de calle de su casa una gélida noche de febrero de 1929. Antes de un año, a su madre se le había diagnosticado una enfermedad pulmonar; después de meses en hospitales y sanatorios, sometida a tratamientos sin éxito, murió en julio de 1931. Su hijo tenía solamente catorce años.

Eric fue enviado a Berlín para vivir con una tía. Su narración sobre los momentos de agonía de la democracia alemana es fascinante: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que estábamos dando con el iceberg”. Un huérfano judío arrastrado hacia la desesperada política de la República de Weimar, el joven Hobsbawm se unió al Partido Comunista Alemán (KPD) de su Gymnasium (escuela secundaria). Experimentó de cerca la estrategia suicida y divisoria impuesta por Stalin sobre el KPD, al cual se le ordenó atacar a los socialdemócratas y no a los nazis; participó de las valientes ilusiones de los comunistas berlineses y en las desesperanzadas manifestaciones de éstos. En enero de 1933, al leer los titulares de un quiosco de diarios, cuando se encontraba llevando a su hermana a casa de vuelta del colegio, se enteró del nombramiento de Hitler como canciller. Como en la narración de su infancia vienesa, en sus historias berlinesas se entretejen fluidamente sus emotivos recuerdos personales con las reflexiones de un historiador acerca de la vida de la entreguerra en Europa Central:

Es difícil, para quienes no han experimentado la “Era de la Catástrofe” del siglo XX en Europa Central, ver qué significaba vivir en un mundo que simplemente no se esperaba que durara, en algo que no podría siquiera ser realmente descrito como un mundo sino meramente como una provisional estación en medio del camino entre un pasado muerto y un futuro aún sin nacer.

Estas primeras cien páginas solas valen el precio del libro.

Los niños Hobsbawm fueron trasladados a Inglaterra (ellos tenían pasaportes británicos y parientes en Londres). Antes de dos años el precozmente dotado Eric había culminado con éxito su tránsito a una educación impartida en inglés y ganado una Beca Abierta para estudiar historia en King’s College, Cambridge. Allí comenzó toda una vida de ascenso hacia la elite británica, comenzando con notables calificaciones en sus exámenes de pregrado y su elección para ser parte de los Apóstoles, la autoseleccionada “sociedad secreta” de Cambridge (entre cuyos miembros, antes de él, habían estado Wittgenstein, Moore, Whitehead, Russell, Keynes, E. M. Forster y los “espías de Cambridge” Guy Burgess y Anthony Blunt). Noel Annan, contemporáneo suyo en King’s College, describió al Hobsbawm estudiante de pregrado como

asombrosamente maduro, armado de pies a cabeza con la interpretación del Partido para los acontecimientos políticos actuales, tan erudito como fluido en su expresión, y equipado para tener una opinión sobre cualquier tema oscuro sobre el que sus contemporáneos hubieran escogido escribir un trabajo universitario[1]

Después de la guerra, la política hizo que Hobsbawm disminuyera la velocidad de su ascenso por la escala de la carrera académica aunque, por su militancia, probablemente él habría podido llegar, a una temprana edad, hasta distinguidos puestos en el Partido Comunista. Sin embargo, con cada nuevo libro -desde Rebeldes Primitivos hasta La Era del Capital, pasando por Industria e Imperio y La invención de la tradición– su celebridad nacional e internacional crecía constantemente. Durante su retiro, la carrera de Hobsbawm ha sido coronada con todo tipo de glorias: ha dictado clases en todo sitio, ha recibido multitud de grados honoríficos y es Compañero de Honor de la Reina de Inglaterra.

A lo largo de los años, los viajes han puesto a Hobsbawm en algunas circunstancias curiosas: en 1936, en París, en el tiempo del auge del Frente Popular, durante las celebraciones por el Día de la Bastilla recorrió las calles sobre un camión del Partido Socialista que se dedicaba a filmar las noticias (hay una fotografía de él en esas circunstancias, extrañamente reconocible aún pese a una distancia de casi siete décadas); pasó brevemente a Cataluña durante las primeras etapas de la Guerra Civil Española. En La Habana una vez fue traductor -ad libitum- del Che Guevara. En su autobiografía escribe con espontáneo entusiasmo acerca de viajes y amistades en Latinoamérica, España, Francia y, especialmente, Italia. A diferencia de la mayor parte de los demás historiadores británicos -y de los historiadores dedicados a la Gran Bretaña, como fue su vocación temprana- él no solamente es multilingüe sino también instintivamente cosmopolita en sus referencias. Sus memorias son refrescantemente reticentes a tratar sobre familia y amores; ellas están más bien llenas de los hombres y las mujeres que han compuesto el mundo público de Hobsbawm. Ellas registran un prolongado y fructífero siglo XX.

Sin embargo, alfo falta. Eric Hobsbawm no solo fue comunista; ha habido montones de ellos, incluso en Gran Bretaña. Él siguió siéndolo por sesenta años. Dejó que su pertenencia al minúsculo Partido Comunista Británico feneciera solo cuando la causa que éste defendía había sido definitivamente enterrada por la historia. Además, a diferencia de casi todos los otros intelectuales que cayeron bajo el hechizo comunista, Hobsbawm no muestra ningún remordimiento. Ciertamente, aunque él acepta la total derrota de todo aquello que representaba el comunismo, sin parpadear insiste en que, a mediados de su novena década, “El sueño de la Revolución de Octubre aún está allí, en algún lugar de mí”.

Predeciblemente, es su incesante rechazo a “renegar” de un compromiso de toda una vida con el comunismo lo que le ha atraído el comentario público. ¿Por qué -le han preguntado en innumerables entrevistas- usted no dejó el Partido en 1956, como la mayoría de sus amigos, cuando los tanques soviéticos aplastaron los levantamientos en Hungría? ¿Por qué no en 1968, cuando el Ejército Rojo invadió Praga? ¿Por qué usted aún parece creer -como Hobsbawm lo ha sugerido en más de una ocasión durante los años recientes- que el precio en vidas humanas y los sufrimientos bajo Stalin habrían valido la pena si los resultados hubieran sido mejores?

Hobsbawm responde cumplida aunque un poco cansadamente a estas preguntas, a veces mostrando un aire de desdeñosa impaciencia ante esta obsesión con su pasado comunista; después de todo, también ha hecho un montón de otras cosas. No obstante, él invita a hacer esas preguntas. Según él mismo, el comunismo ha absorbido la mayor parte de su vida. Muchas de las personas sobre las que él escribe en su autobiografía de manera tan entusiástica, fueron comunistas. Durante varias décadas él escribió para publicaciones comunistas y asistió a actos públicos del Partido. Cuando otros dejaron el Partido, él se quedó. Le dedica mucho de su tiempo a la descripción de esas lealtades, pero en realidad nunca las explica.

La ligazón de Hobsbawm con el comunismo tiene poco que ver con el marxismo. Para él, ser un “historiador marxista” significa solamente tener lo que él llama un enfoque “histórico” o interpretativo. Cuando él era joven, el movimiento que favorecía las explicaciones más generales por encima de las narraciones políticas, y que ponía el énfasis sobre las causalidades económicas y las consecuencias sociales, era radical e iconoclasta. El grupo Annales de Marc Bloch exigía similares cambios en la profesión histórica francesa. En el paisaje historiográfico de hoy estas preocupaciones aparecen como evidentes en sí mismas e incluso como conservadoras. Además, a diferencia de los epígonos de Gramsci de la revista New Left Review, Hobsbawm tiene una despreocupación muy inglesa con respecto a lo “continental” [a lo europeo no británico], a los debates intramarxistas, a los que presta poca atención en todos sus escritos.

En la versión de Hobsbawm, incluso su comunismo es difícil de fijar. En su narración hay poco acerca de lo que sentía él al ser comunista. Los comunistas, en Inglaterra como en todo sitio, pasaban la mayor de su tiempo en agitprop, actividades de agitación y propaganda: vendiendo las publicaciones del partido, haciendo las campañas electorales de los candidatos del Partido, difundiendo la “línea general” del Partido en las reuniones de célula y debates públicos, organizando reuniones, planeando manifestaciones, fomentando (o saboteando) huelgas, manipulando a las organizaciones de fachada y así por el estilo: actividades mundanas, rutinarias, un trabajo a menudo demoledoramente tedioso, asumido por fe o por deber. Virtualmente todas las memorias escritas por comunistas o ex comunistas que puedo recordar, dedican considerable espacio a tales asuntos. Por cierto, esta es a menudo la parte más interesante de esos libros porque esas rutinas tomaban mucho tiempo y porque, al final, ellas eran la vida misma del Partido.[2]

Como deja en claro Eric Hobsbawm, a él no le gustaba ese tipo de trabajo local excepto cuando fue un estudiante de secundaria, cuando provocaba a los camisas pardas de las SA y cuando asumía el verdaderamente peligroso trabajo de hacer la campaña electoral del ya perdido KPD, para las elecciones de Marzo de 1933. En años subsiguientes, sin embargo, se dedicó enteramente a trabajar en “grupos académicos o intelectuales”. Después de 1956, “convencido de que, dado que el Partido no se había reformado, éste no tenía un futuro de largo plazo en el futuro político del país”, Hobsbawm se retiró del activismo comunista (aunque no del Partido mismo). Así, en sus memorias no nos enteramos de nada acerca del comunismo como forma de vida, o incluso como política.

Este alejamiento del Partido en tanto microsociedad, sin embargo, está por entero en consonancia con su carácter. Sería ocioso especular acerca de los lazos que hay entre los traumas de la niñez de Hobsbawm y sus afinidades políticas como adulto, aunque él mismo acepta que “no tengo ninguna duda de que debo llevar en alguna parte de mí las cicatrices emocionales de aquellos sombríos años”. Sin embargo, resulta claro que él siempre mantuvo el mundo a cierta distancia, escudándose de la tragedia, como él escribe, “con mi intelectualismo y mi falta de interés en el mundo de la gente”. Esto no ha impedido que Eric Hobsbawm sea siempre una buena compañía ni ha significado que él no disfrute de ella, aunque puede dar cuenta de una cierta carencia de empatía: él no se siente muy conmovido ni por los entusiasmos de sus antiguos camaradas ni por los crímenes que cometieron. Otros dejaron el Partido con dolor porque éste había significado mucho para ellos; Hobsbawm fue capaz de quedarse porque, por lo menos en su vida diaria, el Partido significaba muy poco.

En un tono bastante diferente, sin embargo, Eric Hobsbawm se ajustaba mejor al molde comunista que muchos de sus más vitalmente comprometidos contemporáneos. Han existido numerosas y exigentes microsociedades en la historia de la izquierda europea moderna. Solo en Inglaterra existían el Partido Socialista de la Gran Bretaña, el Partido Laborista Independiente, los Fabianos, las varias federaciones socialdemócratas y anarquistas para no hablar de los trotskystas y otros Viejos Creyentes de los últimos días.[3] Sin embargo, lo que distinguía al Partido Comunista, en Gran Bretaña como en todo lugar, eran el principio de autoridad, la aceptación de la jerarquía y la adicción al orden.

Eric Hobsbawm es decididamente un hombre del orden, un “comunista conservador” [Tory Communist, en el original] como dice él. Los intelectuales comunistas nunca fueron “disidentes culturales”; y el desprecio burlón que Hobsbawm muestra ante el “izquierdismo” autocomplaciente, post cualquier cosa, tiene un largo pedigrí leninista. Sin embargo, en su caso funciona otra tradición. Cuando Hobsbawm burlonamente desecha el thatcherismo como “el anarquismo de la clase media baja”, él está combinando cabalmente dos anatemas: el viejo aborrecimiento marxista por la autocomplacencia desordenada y sin regulaciones; y el incluso más viejo desdén de la élite administrativa inglesa por la poco cultivada, socialmente insegura pero económicamente ambiciosa clase de empleados de los servicios, oficinistas y vendedores, antes llamados Mr. Pooter, ahora Hombre de Essex.[4] En pocas palabras, Eric Hobsbawm es un mandarín, un mandarín comunista, con toda la seguridad y los prejuicios de su casta.

Esto no es ninguna sorpresa: como Hobsbawm escribe acerca de su ascensión a los Apóstoles, hacia 1939, “también los revolucionarios gustan de pertenecer a una tradición apropiada”. La clase de los mandarines británicos, en las universidades como en las oficinas públicas, estuvo siempre atraída por la Unión Soviética (aunque desde una distancia): lo que ellos veían allá era un mejoramiento planificado desde arriba por parte de quienes sabían más que el resto, unos aires y unas presunciones familiares. Los fabianos especialmente (George Bernard Shaw, H. G. Wells, los Webb) entendían el comunismo bajo esa luz y no estaban solos. Esto, pienso, es por qué quienes en Inglaterra comentan a Hobsbawm, a menudo se muestran pasmados cuando los críticos arman un escándalo acerca de su comunismo: no solo porque no es educado invocar las opiniones privadas de un individuo, o porque el comunismo soviético le sucedía a otra gente y muy lejos (y hace mucho tiempo) y no tiene eco en la experiencia local ni en la historia, sino porque hacer la ingeniería del alma humana es tentador para las elites de todo color.

Eric Hobsbawm, sin embargo, no es solamente un muy alto y orgulloso “miembro delestablishment cultural británico oficial” (sus palabras); si lo fue, con toda seguridad hace mucho dejó de lado sus lazos con un cadáver institucional. Él es también un romántico. Él ha romantizado a los bandidos rurales, desplazando brillante aunque imposiblemente la autoridad moral de los proletarios industriales a los rebeldes rurales. Él romantiza al Partido Comunista de Palmiro Togliatti, lo que a la luz de las recientes revelaciones no se condice con la insistencia de Hobsbawm en “no engañarse a uno mismo, incluso con respecto a las personas o las cosas por las que uno más se preocupa en la vida”.[5]

Eric Hobsbawm todavía romantiza a la Unión Soviética: “Cualesquiera fueran sus debilidades, su misma existencia probó que el socialismo era más que un sueño”, una afirmación que podría tener sentido hoy si fuera expresada como una amarga ironía, lo cual dudo. Incluso romantiza la muy jactanciosa “dureza” de los comunistas, el supuestamente lúcido entendimiento de la realidad política que ellos tenían. Para decir lo menos, esto no se condice con la letanía de desastrosos errores estratégicos cometidos por Lenin, Stalin y cada uno de sus sucesores. A veces la dolida nostalgia de Hobsbawm suena curiosamente parecida a la de Rubashev, en Darkness at Noon [Oscuridad al mediodía] de Arthur Koestler: “Por una vez la Historia había tomado un rumbo que al menos prometía una digna forma de vida a la humanidad; pero ahora, todo había terminado”.

En Tiempos interesantes, Hobsbawm revela una distintiva debilidad por la República Democrática Alemana, dando a entender más de una vez una cierta falta de fibra moral en esos intelectuales que la abandonaron ante los cantos de sirena de Occidente (“Quienes no pudieron aguantar el calor salieron de la cocina”). Él tiende, lo sospecho, a confundir el barato autoritarismo de la RDA con los recordados encantos de la Berlín de Weimar; y esto, a su vez, lo conduce al núcleo romántico de su compromiso de toda una vida con el comunismo: una perdurable fidelidad tanto al momento histórico singular -Berlín en los últimos meses de la República de Weimar- y a la juventud alerta y perceptiva que vivió ese momento. Casi lo dice en una entrevista reciente: “No quise romper con la tradición que fue mi vida y con lo que pensaba cuando por primera vez entré en ella”.[6]

En sus memorias es explícito:

Llegué a Berlín a fines del verano de 1931, cuando la economía mundial colapsaba… [Ese fue] el momento histórico que decidió tanto la forma del siglo XX como la de mi vida.

No es una coincidencia que la descripción que hace Eric Hobsbawm de aquellos meses sea la prosa más intensa, más cargada -incluso sexualmente cargada- que él ha escrito. Ciertamente él no fue el único observador sensible que comprendió inmediatamente qué estaba en juego. Cuando escribió a casa, desde Colonia, donde estaba estudiando, un Raymond Aron de 26 años describía el abismo hacia el que se deslizaba Alemania. Él también entendió intuitivamente que el Titanic había chocado contra el iceberg, que el futuro de Europa ahora dependía de las lecciones políticas que se podía aprender de este momento definitivo. Lo que Aron vio en Alemania entre 1931 y 1933, se convertiría en la referencia central moral y política durante el resto de su vida y de su trabajo.[7]

2.

Uno no puede evitar admirar la inflexible decisión de Hobsbawm de mantenerse leal para con el Hobsbawm adolescente, navegando solitario a través del oscuro corazón del siglo XX. No obstante, él paga un alto precio por esa lealtad, mucho más alto de lo que él percibe. “Existen ciertos clubes -ha dicho- de los cuales no me gustaría ser miembro”.[8]Con esto él se refiere a los ex comunistas. Sin embargo, los ex comunistas -Jorge Semprún, Wolfgang Leonhard, Margarete Buber-Neumann, Claude Roy, Albert Camus, Ignazio Silone, Manès Sperber y Arthur Koestler- han escrito algunas de las mejores historias de nuestros terribles tiempos. [9] Como Solzhenitsyn, Sakharov y Havel (a quienes Hobsbawm, reveladoramente, nunca menciona), ellos son la República de las Letras del siglo XX. Al excluirse de tal compañía, Eric Hobsbawm, nadie menos, se ha provincializado.

El daño más obvio cae sobre su prosa. Siempre que Hobsbawm entra a una zona políticamente sensible, él se encierra en un lenguaje soterrado, rígido, con aires a jerga partidaria. “La posibilidad de la dictadura -escribe en La era de los extremos– está implícita en cualquier régimen basado en un partido único, irremovible”. ¿La “posibilidad”? ¿Implícita”? Como le habría dicho Rosa Luxemburgo, un partido único irremovible es una dictadura. Al describir la exigencia del Comintern de1932, de que los comunistas luchen contra los socialistas ignorando a los nazis, Hobsbawm escribe en sus memorias que “ahora es generalmente aceptado que [esa] política… era de una idiotez suicida” ¿Ahora?Todos la creyeron criminalmente estúpida en ese tiempo y lo han pensado así desde entonces: todos, esto es, menos los comunistas.

Hobsbawm carece tanto de oído para algunos asuntos que aún puede citar con aprobación los nauseabundos sentimientos presentes en el poema de Berthold Brecht, “Para aquellos que nacieron después de nosotros”.

Nosotros, que quisimos preparar el camino para la bondad
No podíamos ser amables

Después de esto no sorprende tanto leer la curiosa descripción que hace Hobsbawm del famoso “discurso secreto” de Khrushchev, de 1956, como “la brutalmente despiadada denuncia de los fechorías de Stalin”. Nótese que es la denuncia la que atrae los epítetos (“brutal”, “despiadada”), no sus “fechorías”. En medio de su entusiasmo por la tortilla socialista, Hobsbawm perdió poco sueño pensando en los millones de huevos rotos que reposan en las tumbas anónimas desde Wroclaw hasta Vladivostok. Como él dice, la Historia no llora sobre la leche derramada.

A lo más él muestra remordimiento ante las injusticias cometidas por los comunistas contra los comunistas: al recordar que el juicio de Traicho Kostov de 1949, en Sofía, “me dejó triste”, él describe a ese juicio como el primero de los “juicios montados que desfiguraron los últimos años de Stalin”. No lo fue, sin embargo. En la misma Bulgaria había habido otro juicio montado, el del líder agrarista Nikola Petkov, quien fue enjuiciado y ejecutado en septiembre de 1947 por el mismo partido de Kostov. Sin embargo, Petkov pasa sin ser mencionado. Su asesinato judicial no echa malas luces sobre Stalin.

Como Hobsbawm acepta a medias, podría haber sido más sabio para él si se hubiera limitado al siglo XIX, “dados -como él escribe- los fuertes puntos de vista del Partido y del Soviet acerca el siglo XX”.[10] Él aún parece estar escribiendo a la sombra de un censor invisible. Al describir la supervivencia hasta el decenio de 1920 de los lazos, provenientes de la era de los Habsburgo, entre la Austria independiente y Checoslovaquia, concluye: “Las fronteras aún no eran impenetrables, como lo fueron después de que la guerra destruyera el puente tranviario de Pressburgo sobre el Danubio”. Los lectores más jóvenes podrían razonablemente inferir que una fracturada línea tranviaria era el único obstáculo para los checos y los eslovacos que quisieran visitar la Austria de la posguerra después de 1948: Hobsbawm evita mencionar cualquier otro impedimento.

Estos no son atávicos tropezones de la pluma, ocasionales cabeceadas homéricas. Los comentadores ingleses que caminan en puntas de pies alrededor de él en homenaje a los logros del autor, están simplemente tratando con aires de protección a un viejo amigo. Fraçoise Furet dijo una vez que dejar el Partido Comunista en protesta por la invasión soviética a Hungría “fue la cosa más inteligente que hice”. Eric Hobsbawm eligió quedarse, y esa elección ha baldado sus instintos históricos. Él puede reconocer sus errores con suficiente presteza -su subestimación del decenio de 1960, su error al predecir la declinación precipitada del eurocomunismo después de mediados de los setenta, incluso sus grandes esperanzas para la URSS, que “como lo sé ahora, estaba destinada al fracaso”.

Sin embargo, él no parece comprender por qué cometió esos errores: incluso su aceptación de que la URSS estaba “destinada” a fracasar es simplemente una inversión de su supuesto previo de que ésta estaba “destinada” a triunfar. En cualquiera de las dos direcciones la responsabilidad es de la Historia, no de los hombres, y los viejos comunistas pueden dormir con tranquilidad. Este determinismo retroactivo no es sino Historia Conservadora más dialéctica; y la dialéctica, como un veterano comunista explicó al joven Jorge Semprún en Buchenwald, “es el arte y la técnica de caer siempre de pie”.[11] Hobsbawm ha caído de pie pero desde donde ahora está, gran parte del resto del mundo está cabeza abajo. Incluso el significado de 1989 le es oscuro. Sobre las consecuencias de la victoria del “mundo libre” (sus comillas amenazantes) sobre la Unión Soviética, él meramente advierte: “El mundo puede aún arrepentirse de que, ante la alternativa de Rosa Luxemburgo de socialismo o barbarie, haya decidido contra el socialismo”.

La Rosa Roja, sin embargo, escribió eso hace casi cien años. El socialismo con el que soñaba Eric Hobsbawm ya no es una opción, y la bárbara desviación dictatorial a la que él le dedicó su vida tiene en gran medida la culpa. El comunismo corrompió y despojó al legado radical. Si ahora enfrentamos un mundo en el que no hay ninguna gran narrativa del progreso social, ningún proyecto de justicia social políticamente posible, es en gran medida porque Lenin y sus herederos envenenaron el pozo.

Hobsbawm cierra sus memorias con una vigorosa coda: “No depongamos las armas, incluso en los tiempos de insatisfacción. La injusticia social aún necesita ser denunciada y combatida. El mundo no va a mejorar solo”. Tiene razón en todo sentido, pero para hacer cualquier bien en el nuevo siglo debemos comenzar por decir la verdad acerca del que pasó. Hobsbawm rehúsa mirarle los ojos al mal y a llamarlo por su nombre; en sus trabajos él nunca enfrenta la herencia moral ni la herencia política de Stalin. Si en serio quiere pasar la posta radical a las generaciones futuras, esa no es la manera de actuar.

Hace mucho la izquierda no se ha animado a confrontar el demonio comunista que guarda en su closet familiar. El anti-anticomunismo -el deseo de evitar ayudar y confortar a los guerreros de la guerra fría de antes de 1989, y de hacer lo mismo con los triunfalistas Fin-de-la-Historia de después- ha paralizado por décadas el pensamiento político en los movimientos laboristas y socialdemócratas; en algunos círculos aún lo paraliza; pero, como Arthur Koestler señaló en Carnegie Hall, en marzo de 1948,

No se puede evitar que la gente esté acertada por las razones equivocadas… Este miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política; es una expresión de la falta de confianza en sí mismo.[12]

Si la izquierda quiere recuperar la confianza en sí misma y dejar de estar de rodillas, debemos dejar de contar historias reconfortantes acerca del pasado. Con la venia de Hobsbawm, quien blandamene lo niega, en el siglo XX hubo una “afinidad fundamental” entre los extremos de la izquierda y la derecha, evidente para cualquiera que experimentara esos extremos. Millones de occidentales progresistas con buenas intenciones vendieron su alma a un déspota oriental. “La sorpresa ridícula -escribió Raymon Aron en 1950- es que la Izquierda Europea ha asumido como a su Dios a un constructor de pirámides”.[13] Los valores y las instituciones que han sido importantes para la izquierda -desde la igualdad ante la ley hasta la provisión de servicios públicos entendida como un derecho- y que ahora están bajo asalto, no le debieron nada al comunismo. Setenta años de “socialismo realmente existente” no contribuyeron en nada a la suma del bienestar humano. En nada.

Quizá Hobsbawm entiende esto. Quizá, como él escribe de James Klugmann, el historiador oficial del Partido Comunista Británico, “él sabía qué estaba bien, pero se corría de decirlo en público”. Si es así, no es un muy orgulloso epitafio. Evgenia Ginzburg, quien conocía algo del siglo XX, cuenta de cómo ella intentaba bloquear los gritos provenientes de las celdas de tortura en la prisión Butyrki de Moscú, recitando una y otra vez, para sí misma, el poema de Miguel Ángel:

Dulce es dormir, más dulce es ser piedra
En esta era de terror y vergüenza,
Tres veces bendito es quien ni mira ni siente.
Déjame entonces aquí, y no fastidies mi sueño
.[14]

Notas
__________________

* N. del t.: Toni Judt, es “Profesor Erich Maria Remarque” del Departamento de Estudios Europeos de New York University y director del Instituto Remarque. Hizo todos sus estudios en King’s College (Cambridge), donde se doctoró en historia en 1972 (historia europea moderna, historia francesa e historia de las ideas). Uno de sus últimos libros es La carga de la responsabilidad: Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés, University of Chicago Press, 1998. Como Hobsbawm, es judío, nació en Londres y estudió en la misma universidad. En 2003 provocó una gran controversia al escribir un ensayo de 3,000 palabras en el que defendía el desmantelamiento del Estado de Israel y la creación de un estado binacional en su lugar. Es colaborador habitual de New York Review of Books.

** N. del t.: Zona del este de Londres, de clase trabajadora, densamente poblada, con muchos inmigrantes.

1 Noel Annan, Nuestra época: Los intelectuales ingleses de entreguerra, un retrato de grupo (Random House, 1991). p. 189.

2 Ver, por ejemplo, Raphael Samuel, “El Mundo Perdido del comunismo británico” (Parte I),New Left Review, No. 154 (Noviembre/Diciembre de 1985), pp. 3-53, cuando él esboza un maravilloso retrato de “una organización bajo asedio, …[manteniendo] el simulacro de una sociedad completa, aislada de las influencias externas, beligerante con los de fuera, protectora de los de dentro”; “una iglesia visible”, como Samuel la describe, que “traza una línea continua de ascendencia desde sus padres fundadores, que reclama un precedente escritural para nuestras políticas, que adopta etiquetas patrísticas para nuestros anatemas”.

3 Para una ilustración de la vida en un partido centenario sostenido por un feliz matrimonio entre la pureza doctrinal y la irrelevancia política, véase Robert Barltrop, El Monumento: La historia del Partido Socialista de Gran Bretaña (Londres: Pluto, 1975).

4 Véase George y Weedon Grossmith, Diario de un Don nadie (Londres, 1892).

5 En abril de 1963, poco antes de su muerte, Togliatti escribió a Antonin Novotny, secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, suplicándole posponer la cercana “rehabilitación” pública de las víctimas del juicio de Rudolph Slanski de diciembre de 1952. Tal anuncio, escribió (reconociendo implícitamente la complicidad del Partido Comunista Italiano en la defensa de los juicios montados de comienzos de los años cincuenta) “desataría una furiosa campaña contra nosotros, que traería al debate los temas más estúpidos y provocadores del anticomunismo” [i temi più stupidi e provocatori dell’anticommunismo] y nos dañaría en las próximas elecciones”. Véase Karel Bartosek,Les Aveux des Archives: Prague-Paris-Prague, 1948-1968 (Paris: Seuil, 1996), p. 372, Apéndice 28; y más generalmente, Elena Aga-Rossi y Víctor Zaslavsky, Togliatti e Stalin: Il PCI e la politica estera staliniana negli archivi di Mosca (Bologna: Il Mulino, 1997), especialmente pp. 263ss.

The New York Times, 23 de agosto de 2003.

7 Véase mi ensayo “The Peripheral Insider: Raymond Aron and the Wages of Reason”, enThe Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century(University of Chicago Press, 1998), pp. 137-183.

8 Véase Neal Ascherson, “The Age of Hobsbawm,” The Independent on Sunday, 2 de octubre de 1994.

9 Por ejemplo Jorge Semprún, The Autobiography of Federico Sanchez and the Communist Underground in Spain (New York: Karz, 1979), primero publicado en Barcelona en 1977 como Autobiografía de Federico Sánchez; Wolfgang Leonhard, Child of the Revolution [Hijo de la Revolución] (Pathfinder Press, 1979), primero publicado en Colonia en 1955 como Die Revolution entlässt ihre Kinder; Claude Roy, Nous [Nosotros] (Paris: Gallimard, 1972); Margarete Buber-Neumann, Von Potsdam nach Moskau: Stationen eines Irrweges (Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1957).

10 Nótese la implícita separación entre “Soviet” y “Partido”, como si los comunistas locales fueran muy distintos de aquellos de Moscú (y no fueran, por tanto, responsables de los crímenes de estos últimos). Eric Hobsbawm sabe mejor que nadie que eso es una patraña. El objetivo central de la ruptura de Lenin con la vieja Internacional Socialista fue centralizar las organizaciones revolucionarias en una sola unidad, bajo el modelo bolchevique y bajo instrucciones de Moscú. Ese fue el propósito de las famosas “Veintiún Condiciones” para ser miembro del Comintern con las que Lenin dividió a los partidos socialistas europeos entre 1919 y 1922; para no mencionar la no escrita Condición Veintidós, de acuerdo al líder socialista francés Paul Faure, que autorizaba a los bolcheviques a ignorar las otras veintiún condiciones si les convenía.

11 “Mais c’est quoi, la dialectique?” “C’est l’art et la manière de toujours retomber sur ces pattes, mon vieux!” Jorge Semprún, Quel Beau Dimanche (Paris: Grasset, 1980), p. 100.

12 Arthur Koestler, “Las siete falacias capitales”, en The Trail of the Dinosaur and Other Essays [La senda del dinosaurio y otros ensayos] (Macmillan, 1955), p. 50.

13 Raymond Aron, Polémiques (Paris: Gallimard, 1955), p. 81.

14 Evgenia Ginzburg, Viaje al vértigo (Harcourt, 1967), p. 162.

Reseña de las memorias de Eric Hobsbawm, Interesting Times: A Twentieth-Century Life (Tiempos interesantes: Una vida en el siglo XX), Pantheon, 448 pp.  Traducción de Alberto Loza Nehmad. [http://www.nybooks.com/articles/16802]

Este material está recogido en Alberto Loza Nehmad: Desde la otra esquima: El otro romántico, librosperuanos.com

 

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Eric J. Hobsbawn: In Memoriam (Tony Judt)

En homenaje a Eric Hobsbawm, recuperamos el que quizá fue el último de sus textos, escrito a su vez en memoria del malogrado Tony Judt, fallecido en agosto de 2010.  Ese recordatorio apareció casi dos años después, en la primavera de 2012, en las páginas de la LRB.  Existe una versión española previa, obra de Alberto Loza Nehmad, la cual se ha utilizado en buena medida, añadiendo algunas correcciones.  El resultado es como sigue:

Hobsbawm

“Mis relaciones con Tony Judt se remontan a mucho tiempo atrás, pero fueron curiosamente contradictorias. Éramos amigos, aunque no íntimos, y aunque ambos fuimos historiadores políticamente comprometidos y ambos preferimos vestir la ropa informal de los historiadores en lugar del uniforme del regimiento, marchamos a diferentes ritmos. No obstante, nuestros intereses intelectuales tenían algo en común. Ambos sabíamos que el siglo XX solo podía ser completamente entendido por aquellos que se convirtieron en historiadores precisamente porque lo vivieron  y porque compartieron la pasión básica: a saber, la creencia de que la política era la clave de nuestras verdades y nuestros mitos. A pesar de nuestras diferencias, tanto el Marxism and the French Left de Tony como mi más reciente Cómo cambiar el mundo están dedicados a la memoria del mismo pensador independiente, el fallecido George Lichtheim. Nos llevábamos bien en términos personales -claro que Tony le caía bien a todo el mundo y era generoso. Tenía buena opinión de mi trabajo y lo dijo en su último libro. A su vez,  lanzó uno de los más implacables ataques contra mí en un pasaje que ha sido ampliamente citado, especialmente por los ultras de la prensa estadounidense de derechas. La cosa llegó a esto: confiesa públicamente que tu dios ha fracasado, entona el mea culpa y te podrás ganar el derecho a que te tomen en serio. Nadie que no piense que socialismo es igual a Gulag debería ser escuchado. Sin duda fue una sentida y sincera figura retórica en una polémica antirroja. Felizmente, la práctica difería de la teoría.

Para la mayoría de nosotros la imagen de Tony está dominada por la ilimitada admiración que sentimos por el modo en que afrontó su muerte. Hubo una grandeza romana en su rechazo a aceptar lo inevitable, que evoca los elogios clásicos. No era solo la decisión de continuar moviendo las piezas hasta el mate finl, sino de la decisión de apresurar la muerte demostrando sus plenas habilidades como gran maestro, condenado pero nunca derrotado. Es una imagen conmovedora, pero debemos abandonarla: alentar la mitopoeia no es cosa de historiadores. Tony ha sido presentado como otro George Orwell. Eso es erróneo, pues si bien ambos estaban enormemente dotados y eran profundamente polémicos, fueron muy diferentes. Tony carecía de la combinación de prejuicios de Orwell, de su imaginativa denuncia y de su capacidad profética sobre el pasado y el futuro al estilo del Viejo Testamento – jamás podría haber escrito 1984 o Rebelión en la granja. Y Orwell, un escritor mucho más poderoso, no tenía los conocimientos de Tony, ni su agudeza, rapidez intelectual y maniobrabilidad: de ninguna manera se podría haber desdoblado como académico.

Pero la comparación con Orwell es además peligrosa, porque esencialmente no trata sobre dos escritores, sino sobre una era política que ya debería haber terminado para siempre, la Guerra Fría. La reputación de Orwell fue construida como un misil intelectual antisoviético, e incluo ahora, cuando el resto de Orwell ha emergido o reemergido, aún se mantiene congelado en los años cincuenta. Tony fue, por supuesto, tan antiestalinista como todos, y amargamente crítico con aquellos que no abjuraron del partido comunista aún cuando quedara demostrado que no eran estalinistas y estuvieran, como yo, alejándose lentamente de la original esperanza mundial que supuso octubre de 1917. Como aquellos que se opusieron a que se tocara la música de Wagner en Israel, él podía dejar que el disgusto político se atravesara en el camino del disfrute estético, desechando el poema de Brecht sobre los cuadros de la Comintern, “An die Nachborenen”, “admirado por tantos”, “odioso” no en términos literarios, sino porque inspiraba a creyentes en una causa maligna. Pero es evidente desde Pensar el siglo XX que su preocupación básica durante la fase aguda de la Guerra Fría no era la amenaza rusa al “mundo libre”, sino las discusiones en el seno de la izquierda. Marx —no Stalin y el Gulag— era su objeto. Es cierto que después de 1968 se convirtió mucho más en un militante y opositor liberal en la Europa Oriental, un admirador de los variados turistas académicos, habitualmente de derechas, que suministraron gran parte de nuestros comentarios sobre el fin de los regímenes comunistas de la Europa oriental.  Esto también le condujo, a él y a otros que deberían haber estado mejor informados, a crear el cuento de hadas de las revoluciones de Terciopelo y multicolores de 1989 y después. No hubo tales revoluciones, solo diferentes reacciones ante la decisión soviética de retirarse. Los verdaderos héroes del período fueron Gorvachev, que destruyó la URSS, y hombres de dentro del viejo sistema, como Suárez en la España de Franco y Jaruzelski en Polonia, que efectivamente aseguraron una transición pacífica y fueron execrados por ambos lados. De hecho, el liberalismo esencialmente socialdemócrata de Tony en los años ochenta estuvo brevemente infectado por el libertarianismo económico hayekiano de François Furet. No creo que este fulgor tardío de la Guerra Fría fuera central en el desarrollo de Tony, pero ayudó a que su impresionante libro Posguerra tuviera más cuerpo y profundidad.

Tony Judt

Su evolución a lo largo de la segunda mitad del siglo fue sui generis. Hasta que se estableció en Nueva York en los ochenta y comenzó a escribir para la New York Review of Books, no era un historiador particularmente destacado, ni siquiera entre los especialistas anglófonos en historia francesa, quizá porque había sido tentado a adentrarse demasiado en las procelosas aguas de los interminables debates sobre la naturaleza de la izquierda francesa. Antes de los ochenta, uno podría habérselo encontrado en los márgenes de la historia social, con un estudio de primer nivel sobre el socialismo en la Provenza entre 1871 y 1914. Su fase francesa combinaba una impresionante erudición con, en mi opinión, resultados históricamente triviales: poco a poco eso se convirtió en un torneo académico en el marginal e inefectivo mundo de la margen izquierda. Lo que sucedió en Les Deux Magots y en Le Flore, aunque culturalmente prestigioso, fue políticamente insignificante comparado con lo que ocurrió al otro lado del boulevard St. Germain, en la Brasserie Lipp, donde se reunían los políticos. La política de Sartre consistía en “tomar posiciones”, porque nada más le estaba disponible, y De Gaulle lo sabía. En todo caso, la izquierda rara vez estuvo en el poder, y probablemente los únicos intelectuales que se convirtieron en primeros ministros fueron Léon Blum en 1936 y -al menos hizo una buena imitación- Mitterrand. Mediante acrobacias mentales, lo absurdo de las cuales Tony no tenía problemas en demostrar, los intelectuales de izquierdas intentaron aceptar una situación nacional única y conjugarla con su aislamiento político, en el país que inventó el término “ouvrierisme”, es decir, la desconfianza de los trabajadores hacia los intelectuales.

Cuatro con las cosas que dieron forma a la historia francesa en los siglos XIX y XX: la República nacida de la incompleta Gran Revolución; el Estado napoleónico centralizado; el crucial rol político asignado a una clase trabajadora demasiado pequeña y desorganizada como para poder desempeñarlo; y el largo declive de Francia desde su posición anterior a 1789, como el Reino del Centro de Europa, tan confiada de su superioridad cultural y lingüística como China. Fue “la capital del siglo XIX”, especialmente para los extranjeros, pero tras Waterloo fue cuesta abajo, lenta aunque discontinuamente, en términos de poderío militar, poder internacional y centralidad cultural. Privada de un Lenin y carente de Napoleón, Francia se refugió en el último, y esperemos, indestructible reducto, el mundo de Astérix. La moda de posguerra entre los pensadores parisinos rara vez escondía su colectivo repliegue en la introversión en el Hegágono y en la última fortaleza de la intelectualidad francesa, la teoría cartesiana y los juegos de palabras. Había entonces otros modelos en educación superior y en ciencias, en el desarrollo económico, incluso —como insinúa la última penetración de las ideas de Marx-  en la ideología de la Revolución. El problema para los intelectuales de izquierdas era ahora cómo vérselas con una Francia esencialmente no revolucionaria. El problema para los de derechas, muchos de los cuales habían sido comunistas, era ahora enterrar el evento fundador y la tradición formativa de la República, la Revolución Francesa, una tarea equivalente a la de borrar la Constitución de la historia de los Estados Unidos. No podía hacerse, ni siquiera contando con operarios tan inteligentes y poderosos como Furet, así como tampoco Tony, si hubiera vivido, habría podido restaurar la socialdemocracia que tenía como ideal.

Hasta entonces, Tony se había hecho un nombre como académico agresivo. Su posición básica era de tipo forense: no la del juez sino la del abogado de la acusación, cuyo objetivo no es la verdad ni la veracidad, sino ganar el caso. Preguntarse por las posibles debilidades de la propia posición no es crucial, aunque esto es lo que debe hacer el historiador de los grandes espacios, de los largos periodos y complejos procesos. Pero sus décadas formativas como acusador intelectual no evitaron que Tony se transformara en un historiador maduro, considerado e informado. Su principal obra como tal fue indudablemente el voluminoso Posguerra: una historia de Europa desde 1945. Era y es un libro ambicioso, aunque en ocasiones desequilibrado. No estoy seguro de que su perspectiva les parezca adecuada a quienes lo lean ahora por primera vez, siete años después de su publicación original. Sin embargo, puedo asegurar desde mi experiencia personal que los libros extensos de síntesis histórica, basados en lecturas secundarias y en la observación de la historia contemporánea, solo se pueden escribir cuando se alcanza la madurez. Muy pocos historiadores tienen la capacidad de abordar un tema tan vasto o de llevarlo a buen puerto. Posguerra es un logro impresionante. Aunque solo sea porque todo libro que lleva su análisis hasta el presente incorpora su propia obsolescencia, su futuro es incierto. Pero podría tener un período de vida más largo como obra narrativa crítica de referencia, porque está escrito con brío, agudeza y estilo. Posguerra le situó por primera vez como figura destacada dentro de la profesión.

No obstante, estaba dejando de desempeñarse como tal. Su posición en el siglo XXI no era tanto la del historiador como la del “intelectual público”, un brillante enemigo del autoengaño barnizado con jerga teórica, con el  carácter explosivo del polemista natural, un comentarista crítico de los acontecimientos mundiales, independiente y audaz. Parecía de lo más original y radical por haber sido un defensor bastante ortodoxo del “mundo libre” contra el “totalitarismo” durante la Guerra Fría, especialmente en los ochenta. Enfrentado a gobiernos e ideólogos que veían en la caída del comunismo la victoria y la dominación mundial, fue lo bastante honesto consigo mismo como para reconocer que las viejas verdades y eslóganes debían ser desechados después de 1989. Probablemente solo en los siempre nerviosos Estados Unidos se podía constuir tal reputación y de forma tan rápida a partir de unos pocos artículos publicados en revistas de modesta circulación y dirigidos exclusivamente a intelectuales académicos. Las páginas de la prensa de mayor difusión habían estado bien abiertas para Raymond Aron en Francia (claramente una de las inspiraciones de Tony)  o para un Habermas en Alemania, y durante mucho tiempo su impacto se había dado por descontado. Él era muy consciente de los riesgos, profesionales y personales, que corría al atacar las fuerzas combinadas de la conquista global de los Estados Unidos, los neoconservadores e Israel, pero tenía mucho de lo que Bismarck llamaba “valentía cívica” (Zivilcourage): una cualidad notablemente ausente en Isaiah Berlin, como el mismo Tony advirtió, quizá no sin malicia. A diferencia de los escolásticos exmarxistas y los intellocrates de la margen izquierda que, como dijo Auden de los poetas, hacían “que nada sucediera”, Tony entendió que una lucha contra estas nuevas fuerzas podría marcar una diferencia. Se lanzó a sí mismo contra ellos, con evidentes entusiasmo y placer.

Este fue el personaje en el que se convirtió una vez terminada la Guerra Fría, ampliando su técnica judicial para despellejar a tipos como Bush y Netanyahu, en lugar de dedicarse a alguna rareza política del quinto distrito parisino o a un distinguido profesor de New Jersey. Fue una actuación magnífica, magistral; sus lectores le saludaron no solo por lo que decía, sino por lo que muchos de ellos no habían tenido el coraje de decir. Fue de lo más efectivo, porque Tony era a la vez un forastero y un parroquiano (outsider e insider): inglés, judío, francés, finalmente estadounidense, pero plurinacional más que cosmopolita. Con todo, era consciente de los límites de lo que hacía. Él mismo señalaba que la gente que tiene éxito en decirle la verdad al poder no son los columnistas, sino los reporteros y los fotógrafos, a través  de los omnipresentes medios.

A principios del siglo XXI, Tony tenía presencia internacional, al menos en el mundo anglohablante. ¿Habría durado más de los canónicos quince minutos de Warhol? Afortunadamente, gracias a los años de su enfermedad terminal, la pregunta puede ser respondida. Su trabajo sobrevivirá porque, por primera vez, ya no se vio a sí mismo como un abogado acusador en un juzgado, sino que trató de formular lo que realmente sabía, sentía y pensaba. Pensar el siglo XX no es un gran libro, ni siquiera el torso de un gran libro —¿cómo podría haberlo sido, dada la manera en la que lo escribió?— pero es una lectura esencial para todos los que quieran saber lo que los historiadores contemporáneos tienen que decirnos. También es un modelo de discurso civilizado en la aldea global académica. Muestra que los historiadores pueden cuestionar sus propios supuestos, examinar sus propias certezas y ver las maneras en las que sus propias vidas están formadas y reformadas por su siglo. Y, no menos importante, es un valioso homenaje a una persona excepcional y a la vida que planeó vivir.”

Copyright © LRB Ltd., 1997-2012

Reproducimos material incluido en Anaclet Pons, Eric J. Hobsbawn: In Memoriam (Tony Judt), Clionauta: Blog de Historia, 3 de octubre de 2012

#hobsbawm, #judt

Eric Hobsbawm y Tony Judt

Eric Hobsbawm

Eric Hobsbawm

En pocos meses han desaparecido dos personas, dos intelectuales, dedicados fundamentalmente a la Historia Contemporánea y al ensayismo político que, durante mucho tiempo, fueron referencias importantes en la cultura europea del último tercio del siglo XX y lo que llevamos del actual. Aunque de una notoria diferencia de edad entre ellos, ambos son deudores desde el punto de vista de su formación académica e intelectual de la solvente tradición historiográfica británica, tan vinculada a las prestigiosas universidades de Oxford, Cambridge y Londres que alumbraron, entre otras, la obra de Ch. Hill, R. Hilton, E. Thompon, R. Samuel, M. Dobb y en las que los debates teóricos sobre la disciplina de la Historia no han quedado nunca al margen de la reflexión sobre los problemas que determinan la llamada Historia del Tiempo Presente.

Desde la publicación de Rebeldes Primitivos, traducida al castellano en los años sesenta del siglo XX en la que Hobsbawm manifiesta su preocupación por los problemas sociales de Andalucía, en la línea de los Brenan, Pitt Rivers y otros, hasta la aparición de su Historia del siglo XX en 1995, pasando por sus fundamentadas aportaciones sobre las revoluciones burguesas, el desarrollo del capitalismo o del imperialismo colonial y, sobre todo, una de sus últimas entregas Guerra y paz en el siglo XXI, el profesor E. Hobsbawm siempre se mantuvo fiel a sus convicciones marxistas dejándonos como testamento la validez de esta doctrina para el análisis social y político, acompañando además su manera de interpretar la historia de un conjunto de consideraciones que, más allá de lo que puedan suponer en una determinada construcción de su propio discurso histórico, son referentes políticos que encierran una esperanza de transformación social.

Tony Judt

Tony Judt

Por su parte Tony Judt, desaparecido prematuramente en plena madurez intelectual, ha sido otro de los exponentes de esa intelectualidad comprometida que supo legarnos tanto su propia visión interpretativa del siglo XX en esa monumental obra Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, una historia total y no sólo de Europa, como sus reflexiones sobre los problemas más acuciantes de los comienzos del siglo XXI recogidos en varios de sus últimos trabajos (Pasado Imperfecto, El refugio de la memoria, Algo va malSobre el olvidado siglo XX), pero sobre todo en Pensar el siglo XX, auténtico epílogo de su aportación intelectual, renovadora no sólo por sus aportaciones en lo que supone el análisis de las ideas como soporte de los cambios históricos, por sus profundas reflexiones sobre las cuestiones de la Historia más reciente en los comienzos del siglo actual, como por sus planteamientos metodológicos a los que contribuyen las inteligentes “provocaciones” de otro gran historiador contemporaneista T. Snyder.

Entre ambos, Hobsbawm y Judt, media todo un mundo de reflexiones que les vinculan y que pasan por la defensa del pensamiento crítico, en este caso centrado en la historiografía, para intentar entender la complejidad del siglo XX y la propia configuración de la sociedad actual; también notorias diferencias generacionales y de planteamiento que, a mi manera de ver, no obstaculizan el nexo que vertebra su obra y que, en definitiva, se resumen en lo que es la actitud ejemplarizante de dos intelectuales comprometidos ideológica y políticamente, empeñados en poner su experiencia y conocimientos en la defensa de la perspectiva histórica y de las consideraciones éticas en el mundo que debemos construir en los albores del siglo XXI.

Para los historiadores españoles, tan reacios a internarse en el uso crítico de la Historia como arma que nos aclare el actual panorama en el que, día tras día, se derrumban verdades otrora incontestables, la obra de Hosbawm y Judt resulta aleccionadora. Mirando a nuestro alrededor, quizás con la excepción de J. Fontana (Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945), no han existido intentos serios de adentrarse en el proceloso mundo de lo que conocemos como historia del tiempo presente, de la realidad más cercana a la etapa que vivimos, que asuman la citada perspectiva analítica. Parece como si las cautelas que, durante tanto tiempo atenazaban a la historiografía contemporaneista con argumentos como la falta de perspectiva, la “excesiva ideologización” interpretativa de los procesos más recientes, a los que ya hace muchos años se refiriera G. Barraclough, y que, en el fondo, no escondían sino el empequeñecimiento de Europa en la época de la política mundial, siguieran obrando sus efectos.

Frente a esta ola de conservadurismo ideológico y neoliberalismo que pretende totalizarlo e interpretarlo todo y que, incluso, no ha mucho llegó a proclamar “el fin de la Historia”, la obra de Judt y de Hobsbawm, como también la de Fontana, resultan ser un alegato rebelde por lo que tienen tanto de construcción de un discurso crítico de interpretación de la contemporaneidad, como por defender la esperanza, la “utopía” a la que se aferra Hobsbawm, de rechazar todo uso político de la Historia que sirva para legitimar el pasado y que, desde luego, sus trabajos contribuyen a crear conciencia de que, pese a lo que “está cayendo”, toda la construcción del futuro puede estar aun en nuestras manos.

Antonio Barragán, Catedrático de Historia: Eric Hobsbawm y Tony Judt, Diario Córdoba, 18 de febrero de 2013

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