El bloqueo continental al Reino Unido por Napoleón

Mapa de Europa durante el Imperio Napoleónico

«En nuestro palacio imperial de Berlín, el 21 de diciembre de 1806.

PREÁMBULO

Napoleón, Emperador de los Franceses y Rey de Italia, considerando:

1. Que Inglaterra no admite el derecho de las gentes seguido universalmente por todos los pueblos educados;

2. Que reputa enemigo a todo individuo perteneciente al Estado enemigo y hace como consecuencia prisioneros de guerra, no solo los equipajes de los navíos armados en guerra, sino aún los equipajes de los navíos mercantes y hasta a los negociantes que viajan para sus asuntos de su negocio.

3. Que extiende a los bastimentos y mercancías del comercio y a la propiedad de los particulares el derecho de conquista, el cual no puede aplicarse más que a lo que pertenece al Estado enemigo;

4. Que extiende a las ciudades y puertos de comercio no fortificados, a los remansos y a las embocaduras de los ríos, el derecho de bloqueo, que, según la razón y el uso de todos los pueblos educados, no es aplicable más que a las plazas fuertes;

Que declare bloqueadas las plazas frente a las cuales no tiene siquiera un bastimento de guerra, aunque una plaza no esté bloqueada más que cuando está sitiada a tal grado, que no se pueda tratar de acercarse sin un peligro inminente;

Que declara incluso en estado de bloqueo, lugares que todas sus fuerzas reunidas serían incapaces de bloquear, costas enteras y todo un Imperio;

5. Que este abuso monstruoso del derecho de bloqueo no tiene otro fin que el impedir las comunicaciones entre los pueblos, y elevar el comercio y la industria de Inglaterra sobre la ruina de la industria y el comercio del Continente;

6. Que siendo este el objetivo evidente de Inglaterra, quienquiera que haga en el Continente el comercio de las mercancías inglesas, favorece por ende sus fines y se hace su cómplice;

7. Que esta conducta de Inglaterra, digna en todo de las primeras eras de la barbarie, ha aprovechado a esta nación en detrimento de todas las demás;

8. Que es de derecho natural oponer al enemigo las armas que ésta emplea, y combatirlo del mismo modo como él combate, cuando desconoce todas las ideas de justicia y todos los sentimientos liberales, resultado de la civilización entre sus hombres.

Hemos resuelto aplicar a Inglaterra los usos que ésta ha consagrado en su legislación marítima.

Las disposiciones del presente decreto serán constantemente consideradas como el principio fundamental del Imperio, hasta que Inglaterra haya reconocido que el derecho de la guerra es uno y el mismo en tierra como en la mar; que no puede extenderse ni a las propiedades privadas, cualesquiera que éstas sean, ni a la persona de los individuos extranjeros a la profesión de las armas, y que el derecho de bloqueo debe ser restringido a las plazas fuertes realmente sitiadas por fuerzas suficientes.

DECRETO

Hemos, en consecuencia, decretado lo que sigue:

Lectura del decreto imperial hecha por el primer ministro de Inglaterra al rey Jorge & a su consejo declarando las islas británicas en estado de bloqueo, en noviembre de 1806. Caricatura de la época.

Artículo 1. Se declara a la Islas Británicas en estado de bloqueo.

Artículo 2. Se prohíbe todo comercio y toda correspondencia con las Islas Británicas. En consecuencia, las cartas o paquetes dirigidos o a Inglaterra, o a un inglés, o escritos en lengua inglesa, no tendrán curso legal en los correos, y serán decomisados.

Artículo 3. Todo súbdito de Inglaterra, de cualquier condición que sea, que se encuentre en los países ocupados por nuestras tropas o por las de nuestros aliados, será hecho prisionero de guerra.

Artículo 4. Todo almacén, toda mercancía, toda propiedad, perteneciente a un súbdito de Inglaterra, se incautará.

Artículo 5. El comercio de las mercancías inglesas queda prohibido, y toda mercancía perteneciente a Inglaterra, o proveniente de sus fábricas y de sus colonias, se declara incautada.

Artículo 6.  La mitad del producto de la confiscación de las mercancías y propiedades declaradas de buena presa por los artículos precedentes, será empleada para indemnizar a los negociantes de las pérdidas que sufrieron por la toma de los bastimentos de comercio que fueron incautados por los cruceros ingleses.

Artículo 7. Ningún buque directamente procedente de Inglaterra o de las colonias inglesas, o que haya estado allí después de la publicación del presente decreto, será recibido en ningún puerto.

Artículo 8. Todo barco que, por medio de una falsa declaración, contravenga la disposición precedente, será aprehendido; y el navío y la carga se confiscarán como si fuesen propiedad inglesa.

Artículo 9. 
Nuestro tribunal de los apresamientos de París está encargado del juicio definitivo de todas contestaciones que puedan ocurrir en nuestro Imperio o en los países ocupados por el ejército francés, en lo relativo a la ejecución del presente decreto. Nuestro tribunal de los apresamientos en Milán estará encargado del juicio definitivo de las dichas contestaciones que puedan ocurrir en la extensión de nuestro reino de Italia.

Artículo 10. Se dará comunicación del presente decreto, por nuestro ministro de Relaciones exteriores, a los reyes de España, de Nápoles, de Holanda y de Etruria, y a los demás aliados nuestros, cuyos súbditos son víctimas, como los nuestros de la injusticia y de la barbarie de la legislación marítima inglesa.

Artículo 11. Nuestros ministros de relaciones exteriores, de la guerra, de la marina, de las finanzas, de la policía, y nuestros directores generales de los correos están encargados, cada uno en lo que le concierne, de la ejecución del presente decreto.

NAPOLEÓN BONAPARTE»

En carta del 13 de abril de 1808, Napoleón reprocha a su hermano Luis, rey de Holanda, su descuido en el mantenimiento del bloqueo. Esta carta nos permite conocer los planteamientos continentales del Emperador. Distinganse los aspectos estrictamente económicos, los estratégicos y los políticos. Puede concluirse con un examen crítico de los puntos de vista napoleónicos: por ejemplo, las afirmaciones retóricas sobre sus designios de paz, entre otros.

El contrabando en europa en tiempos del bloqueo continental

«Los príncipes no han de limitarse a trabajar al día: hermano mío, hay que poner los ojos en el futuro. ¿Cuál es hoy día el estado de Europa? Inglaterra por un lado: ella posee por sí misma una dominación a la que ha debido someterse el mundo entero; por el otro lado, el Imperio Francés y las potencias continentales que, con todas las fuerzas de su unión, no pueden acomodarse a ese género de supremacía que ejerce Inglaterra. Estas potencias tenían también colonias y comercio marítimo y todas juntas tienen mucha mayor extensión de costas que Inglaterra. Pero están desunidas; Inglaterra ha combatido por separado contra sus respectivos marinas y ha triunfado en todos los mares, de modo que todas las marinas han sido destruidas. Rusia, Suecia, España, Francia, que tienen tantos medios para tener navíos y marineros, no se atreven a aventurar una escuadra fuera de sus radas. Así, pues, no es de una confederación de las potencias marítimas, confederación que por otra parte sería muy difícil de mantener a causa de las distancias y del choque de intereses, de la que Europa puede esperar su liberación marítima y un sistema de paz que no podría establecerse sino por la voluntad de Inglaterra.

Esta paz, yo la quiero por todos los medios conciliables con la dignidad y la potencia de Francia; yo la quiero al precio de todos los sacrificios que puede permitir el honor nacional. Cada día siento que se hace más necesaria; los príncipes del continente la desean tanto como yo; yo no tengo contra Inglaterra ni una prevención apasionada ni un odio invencible. Los ingleses han adoptado contra mí un sistema de repulsión; yo he adoptado el sistema continental mucho menos (como suponen mis adversarios) por deseos de ambición que para llevar al gobierno inglés a dejarnos en paz. Que Inglaterra sea rica y próspera, poco me importa, a condición de que Francia y sus aliados lo sean tanto como ella. El sistema continental no tiene, pues, otro objetivo que el de adelantar la época en la que el derecho público sea definitivamente asentado para el Imperio y para Europa. Los soberanos del Norte mantienen severamente el régimen prohibitivo; su comercio gana mucho con ello; las fábricas de Prusia pueden rivalizar con las nuestras. Ya sabéis que Francia y el litoral que forma actualmente parte del Imperio desde el golfo de León hasta las extremidades del Adriático, están absolutamente cerradas a los productos de la industria extranjera. Voy a tomar parte en los asuntos de España, lo que tendrá como resultado arrebatar Portugal a los ingleses y poner en manos de la política francesa las costas que España tiene sobre los dos mares. Todo el litoral de Europa quedará así cerrado a los ingleses […]

Unos años más de paciencia e Inglaterra querrá la paz tanto como la queremos nosotros […] Hoy día, lo que hace falta es impedir que Inglaterra se entrometa en los asuntos del continente. Francia no sufrirá bajo ningún pretexto que Holanda se separe de la causa continental».

André Latreille, L’ Ére napoléonienne, París, Ed. Armand Colin, 1972, p. 206

#francia, #reino-unido

Los derechos del hombre y del ciudadano en la Francia revolucionaria

La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano es, junto con los decretos del 4 y el 11 de agosto de 1789 sobre la supresión de los derechos feudales, uno de los textos fundamentales votados por la Asamblea nacional constituyente formada tras la reunión de los Estados Generales durante la Revolución Francesa.El principio de base de la Declaración fue adoptado antes del 14 de julio de 1789 y dio lugar a la elaboración de numerosos proyectos. Tras largos debates, los diputados votaron el texto final el día 26 de agosto. En la declaración se definen los derechos “naturales e imprescriptibles” como la libertad, la propiedad, la seguridad, la resistencia a la opresión. Asimismo, reconoce la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la justicia. Por último, afirma el principio de la separación de poderes. El Rey Luis XVI la ratificó el 5 de octubre, bajo la presión de la Asamblea y el pueblo, que había acudido a Versalles. Sirvió de preámbulo a la primera constitución de la Revolución Francesa, aprobada en 1791.

Ilustración con la Declaración de los Derechos del Hombre y del cuidadano.

«Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre, son las principales causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración, constantemente presente a todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y  del poder ejecutivo puedan en cada instante ser comparados con el objeto de toda institución política y sean más respetados; para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora sobre principios simples e incontestables, tiendan siempre al mantenimiento de la Constitución y a la felicidad de todos.

En consecuencia, la Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano.

Artículo 1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden fundarse más que sobre la utilidad común.

Artículo 2. El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Artículo 3. El principio de toda soberania reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo ni individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.

Artículo 4. La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no dañe a otro; por lo tanto, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute de estos mismos derechos. Estos límites no pueden ser determinados más que por la ley.

Artículo 5. La ley no tiene el derecho de prohibir más que las acciones nocivas a la sociedad.

Todo lo que no está prohibido por la lev no puede ser impedido, y nadie puede ser obligado a hacer lo que ella no ordena.

Artículo 6. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir personalmente, o por medio de sus representantes, a su formación. La ley debe ser idéntica para todos, tanto para proteger como para castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante sus ojos, son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad, y sin otra distinción que la de sus virtudes talentos.

Artículo 7. Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni detenido más que en los casos determinados por la lev y según las formas por ella prescritas. Los que soliciten, expidan, ejecuten o hagan ejecutar órdenes arbitrarias, deben ser castigados, pero todo ciudadano llamado o designado en virtud de la ley, debe obedecer en el acto: su resistencia le hace culpable.

Artículo 8. La ley no debe establecer más que las penas estrictas y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado más que en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad al delito, y legalmente aplicada.

Artículo 9. Todo hombre ha de ser tenido por inocente hasta que haya sido declarado culpable, y si se juzga indispensable detenerle, todo rigol- que no fuere necesario para asegurarse de su persona debe ser severamente reprimido por la ley.

Firma de la Declaración de derechos del hombre y del ciudano

Artículo 10. Nadie debe ser molestado por SUS opiniones, incluso religiosas, con tal de que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley.

Artículo 11. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los más preciosos derechos del hombre. Todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, salvo la obligación de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.

Artículo 12. La garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita de una fuerza pública; esta fuerza queda instituida para el bien común y no para la utilidad particular de aquellos a quienes está confiada.

Artículo 13. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración es indispensable una contribución común. Esta contribución debe ser repartida por igual entre todos los ciudadanos, en razón de sus facultades.

Artículo 14. Todos los ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por sus representantes, la necesidad de la contribución pública, de consentirla libremente, de vigilar su empleo y de determinar su cuantía, su asiento, cobro y duración.

Artículo 15. La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público de su administración.

Artículo 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución.

Artículo 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa.

Art. 15: La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público de su administración.

Art. 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución.

Art. 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa».

Asamblea Nacional francesa, 26 agosto de 1789, aceptada por el Rey de Fracia el 5 de octubre.

#francia, #revolucion-francesa

Trafalgar emerge dos siglos después

Una recreación del Fougueux, hundido frente a la playa de Camposoto, en San Fernando (Cádiz).-
Una recreación del Fougueux, hundido frente a la playa de Camposoto, en San Fernando (Cádiz).-

El botón de un uniforme francés permite identificar el pecio de Cádiz donde el buque ‘Fougueux’  naufragó en 1805 tras participar en la histórica batalla

En la inmensidad del océano Atlántico, un simple botón ha dado la respuesta a una incógnita histórica. El botón 79, procedente de un niforme francés del siglo XIX, ha permitido localizar, sin riesgo a equivocarse, el punto exacto donde descansan los restos del Fougueux (Fogoso), un navío francés que se hundió con medio millar de soldados tras haber participado en la histórica batalla de Trafalgar (1805). Es la primera vez que, de forma científica, se verifica el
pecio de una embarcación protagonista de la celébre contienda.

La investigación, coronada con éxito por el Centro de Arqueología Subacuática de Andalucía (CAS), con sede en Cádiz, tiene sus raíces en viejas creencias. Durante años se sospechó que un conjunto de cañones sumergidos frente a la playa de Camposoto, en San Fernando (Cádiz), pertenecían a un buque hundido en la batalla de Trafalgar, que enfrentó a una escuadra combinada de Francia y España contra la armada inglesa.

Las pesquisas del CAS arrancaron en 1999, cuando un buzo, Juan Domingo Mayo, avisó al entonces recién creado centro de la existencia de unos cañones perfectamente visibles en una laja submarina a nueve metros de profundidad. Así arrancaron 10 años de análisis, inmersiones y búsquedas del personal del CAS, un organismo que depende de la Consejería andaluza de Cultura. Los arqueólogos se sumergieron varias veces y comprobaron la existencia de restos de un buque de guerra de época moderna o contemporánea. Enseguida se pensó en Trafalgar. La batalla había dejado tras de sí numerosos hundimientos.

La incógnita que despejó el 79

– La numeración de los botones se correspondía con los regimientos. Aparecieron del 1, 5, 77 y 79. La documentación histórica narra que el regimiento 79 se embarcó en el Argonaute, el Redoutable y el Fougueux. Los dos primeros se hundieron en alta mar. “Fue la clave. El botón cerró todos los círculos, permitió unir el resto de pruebas y certificar la identidad del navío”, detalla Rodríguez.

 

  • El pecio del Fougueux fue carne de expoliadores. El CAS tiene también localizado en la gaditana playa de La Caleta los posibles restos del Bucentaure, otro navío francés de la época.
  • Además de botones, en el pecio se hallaron zapatos, hebillas, monedas, un bacín para que algún oficial hiciera sus necesidades, una lavativa de temible tamaño, un torniquete, restos de leña para el horno

de hacer el pan, huesos de vaca, que viajaban vivas para servir de alimento, y restos de ratas, que dan una idea de la insalubridad de esos viajes.”

Probar que los cañones encontrados y otros restos eran del Fougueux no ha sido fácil. No en vano ha costado una década. Su investigación se enmarcó en el proyecto Trafalgar, con el que el CAS celebró el bicentenario de la batalla hace cinco años. Se analizaron en laboratorio dos cañones. Aunque se supo que eran franceses, por sí solos no suponían una prueba fundamental. En realidad, la indagación fue una continua acumulación de pruebas sin ninguna concluyente.

En 2006 y 2008 se realizaron sondeos. Estas excavaciones son las que han aportado la mayor parte de las piezas y datos. Gracias a ellos, se identificó la quilla y se situaron la popa y la proa. “Todo apuntaba a que era una construcción francesa, lo que hacía pensar en el Fougueux, pero en esos años había muchos barcos que se construían a la francesa”, relata Nuria Rodríguez. Es decir, aunque tenía diseño francés podía ser español o inglés.

Revisamos las fuentes documentales y descubrimos que el Fougueux se había hundido en la zona”, recuerda la arqueóloga Nuria Rodríguez. El Fougueux llevaba a bordo a más de 500 hombres. Había partido en agosto de Ferrol. Al llegar a Cádiz, se colocó en primera línea y no resistió los ataques de la armada británica, aunque logró sobrevivir. Por poco tiempo. Lo que no logró el enemigo, lo consiguió un gran temporal, que provocó el hundimiento de la mayoría de los 33 buques españoles y franceses. Al Fougueux trataron de remolcarlo sin éxito. Se hundió con su medio millar de soldados franceses presos y una veintena de ingleses a bordo. Sobrevivieron 21 hombres, que llegaron a la playa, fueron alimentados en el Ventorrillo El Chato y dieron pie a relatos que salen a flote 205 años después.

El forro externo del barco correspondía también a una factura francesa pero tampoco era concluyente: en la época se dio un intenso comercio e intercambio de materiales. Con la artillería ocurrió lo mismo. Se hallaron 31 de los 74 cañones que tenía el barco, y aunque se demostró que eran de una fundición francesa, tampoco se podía obtener una conclusión clara. “En tiempo de guerra hay mucho trasvase de armamento”, detalla la arqueóloga. Ni siquiera las monedas francesas con la cara de Luis XVI permitían ser resolutivos. “Teníamos la cronología pero no una prueba científica para identificar el barco, porque las monedas podían ser robadas o fruto de un negocio”.

La respuesta llegó con los botones. Durante uno de los sondeos apareció un conjunto numeroso. Junto a las hebillas, era el cierre más habitual de la indumentaria militar de la época. Buena parte de ellos estaban numerados según el regimiento al que pertenecían los soldados. Los del 79 iban embarcados en el Fougeaux, entre otros.

Pero la culminación de este trabajo no cierra la investigación. Deja la puerta abierta a futuros estudios. Se presumen mucho más restos escondidos bajo las rocas, pero en arqueología subacuática siempre prima más la conservación que la extracción, así que no se excavará más. “Es el principio de mínima intervención”, responde la directora del CAS, Carmen García Rivera. Ahora que se sabe la nacionalidad del barco, España debe decidir si lo notifica a Francia. La convención de la Unesco lo recomienda pero no marca una obligación. La notificación es una decisión política. Francia puede querer investigar el pecio pero el Gobierno español no está forzado a autorizarlo.

Pedro Espinosa, Cádiz: Trafalgar emerge dos siglos después, EL PAÍS, 31 de octubre de 2010

#guerras-napoleonicas