¿Qué es la globalización económica?

Consecuencias de la globalización

Son las veintiuna diez; en el aeropuerto berlinés de Tegel una rutinaria y amable voz comunica a los fatigados pasajeros que pueden finalmente embarcarse con destino a Hamburgo. La voz pertenece a Angélica B., que está sentada ante un tablero electrónico de California. Después de las dieciséis, hora local, la megafonía del aeropuerto berlinés es operada desde California, por unos motivos tan sencillos como inteligentes. En primer lugar, allí no hay que pagar ningún suplemento por servicios en horas extracomerciales; en segundo lugar, los costes salariales para la misma actividad son considerablemente mucho más bajos que en Alemania. Pues bien, esto resulta posible gracias a la telecomunicación. Se dea así al traste con una premisa supuestamente inderogable del sistema de trabajo de las sociedades industrializadas.; con lo cual, ya no existe necesidad de que los operarios trabajen juntos en un lugar concreto para producir determinados bienes o servicios. Los puestos de trabajo se pueden exportar, lo que no impide que, al mismo tiempo, los empleados “cooperen” transnacional o transcontinentalmente, o presten servicios concretos en contacto “directo” con el destinatario o consumidor. Formulémoslo con una comparaciñon; así como se organizan algunos viajes internacionales de manera que se puede disfrutar de la primavera en los distintos continentes, así también se podría repartir teóricamente procesos de trabajo y de producción en todo el globo terráqueo, pagados a la tarifa más baja y, sin embargo, consiguiéndose el rendimiento deseado en el plano de la colaboración. Estamos aquí ante la globalización de la cooperación del trabajo respecto a la producción.

Ulrich Beck: ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización, Paidós, Barcelona, 2008, pp. 51-52.

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La globalización y los movimientos antiglobalizadores

Carta de Principios del Foro Social Mundial

El Comité de entidades brasileñas que organizó el primer Foro Social Mundial, realizado en Porto Alegre del 25 al 30 de Enero de 2001, considera necesario y legítimo, después de analizar los resultados de dicho Foro y las expectativas por él creadas, establecer una Carta de Principios que oriente la continuidad de esa iniciativa. Los principios que constan en la Carta -que deberán ser respetados por todos los que desearen participar del proceso y por aquellos que sean miembros de la organización de las nuevas ediciones del Foro Social Mundial- consolidan las decisiones que presidieron al Foro de Porto Alegre, que garantizaron su éxito y ampliaron su alcance, definiendo orientaciones que parten de la lógica de esas decisiones.

1. El Foro Social Mundial es un espacio abierto de encuentro para: intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, elaborar propuestas, establecer un libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de las entidades y los movimientos de la sociedad civil que se opongan al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital o por cualquier forma de imperialismo y, también, empeñados en la construcción de una sociedad planetaria orientada hacia una relación fecunda entre los seres humanos y de estos con la Tierra.

2. El Foro Social Mundial de Porto Alegre fue una realización colocada dentro de su tiempo y espacio. A partir de ahora, basándose en la proclamación que surgió en Porto Alegre que “otro mundo es posible”, el Foro se convierte en un proceso permanente de búsqueda y construcción de alternativas, no limitándose exclusivamente a los eventos que le den apoyo.

3. El Foro Social Mundial es un proceso de carácter mundial. Todos los eventos que se realicen como parte de este proceso tendrán una dimensión internacional.

4. Las alternativas propuestas en el Foro Social Mundial se contraponen a un proceso de globalización, comandado por las grandes corporaciones multinacionales y por los gobiernos e instituciones que sirven a sus intereses, con la complicidad de los gobiernos nacionales. Estas alternativas surgidas en el seno del Foro tienen como meta consolidar una globalización solidaria que, como una nueva etapa en la historia del mundo, respete a los derechos humanos universales, a todos los ciudadanos y ciudadanas de todas las naciones y al medio ambiente, apoyándose en sistemas e instituciones internacionales democráticos que estén al servicio de la justicia social, de la igualdad y de la soberanía de los pueblos.

5. El Foro Social Mundial reúne y articula a entidades y movimientos de la sociedad civil de todos los países del mundo, pero no pretende ser una instancia de representación de la sociedad civil mundial.

6. Las reuniones del Foro Social Mundial no tienen un carácter deliberativo. O sea, nadie estará autorizado a manifestar, en nombre del Foro y en cualquiera de sus encuentros, posiciones que fueran atribuidas a todos sus participantes. Los participantes no deben ser llamados a tomar decisiones, por voto o aclamación – como conjunto de participantes del Foro – sobre declaraciones o propuestas de acción que incluyan a todos o a su mayoría y que se propongan a ser decisiones del Foro como tal.

7. Por consiguiente, debe asegurarse que las entidades participantes de los encuentros del Foro tengan la libertad de deliberar – durante la realización de las reuniones – sobre declaraciones y acciones que decidan desarrollar, aisladamente o de forma articulada con otros participantes. El Foro Social Mundial se compromete a difundir ampliamente esas decisiones, por los medios a su alcance, sin direccionamientos, jerarquizaciones, censuras o restricciones, aclarando que son deliberaciones de las propias entidades.

8. El Foro Social Mundial es un espacio plural y diversificado, no confesional, no gubernamental y no partidario, que articula de manera descentralizada y en red a entidades y movimientos que estén involucrados en acciones concretas por la construcción de un mundo diferente, local o internacional.

9. El Foro Social Mundial siempre será un espacio abierto a la pluralidad y a la diversidad de actuación de las entidades y movimientos que quieran participar, además de abierto a la diversidad de géneros, etnias, culturas, generaciones y capacidades físicas, desde que sea respetada la Carta de Principios. No deben participar del Foro representaciones partidarias ni organizaciones militares. Podrán ser invitados a participar, en carácter personal, gobernantes y parlamentares que asuman los compromisos de esta Carta.

10. El Foro Social Mundial se opone a toda visión totalitaria y reduccionista de la economía, del desarrollo y de la historia y al uso de violencia como medio de control social por parte del Estado. Propugna el respeto a los Derechos Humanos, la práctica de una democracia verdadera y participativa, las relaciones igualitarias, solidarias y pacificas entre las personas, etnias, géneros y pueblos, condenando a todas las formas de dominación o de sumisión de un ser humano a otro.

11. El Foro Social Mundial, como espacio de debates, es un movimiento de ideas que estimula la reflexión y la divulgación transparente de los resultados de esa reflexión sobre los mecanismos e instrumentos de dominio del capital, sobre los medios y las acciones de resistencia y de superación de ese dominio, sobre las alternativas propuestas para solucionar los problemas de exclusión y desigualdad social que están siendo creados, tanto internacionalmente como en el interior de los países, por el proceso de globalización capitalista, con sus dimensiones racistas, sexistas y destructivas del medio ambiente.

12. El Foro Social Mundial, como espacio de intercambio de experiencias, estimula el mutuo conocimiento y el reconocimiento por parte de las entidades y movimientos participantes, valorando el intercambio, en especial de aquello que la sociedad construye para centrar la actividad económica y la acción política en la atención a las necesidades del ser humano y el respeto por la naturaleza, tanto para la generación actual como para las futuras.

13. El Foro Social Mundial, como espacio de articulación, busca fortalecer y crear nuevas articulaciones nacionales e internacionales, entre entidades y movimientos de la sociedad, que aumenten, tanto en la esfera pública como la privada, la capacidad de resistencia social no violenta al proceso de deshumanización que vive el mundo y a la violencia utilizada por el Estado, además de fortalecer aquellas iniciativas de humanización que están en curso a través de la acción de esos movimientos y entidades.

14. El Foro Social Mundial es un proceso que estimula a las entidades y movimientos participantes a que coloquen sus acciones locales y nacionales junto a las instancias internacionales, como cuestiones de ciudadanía planetaria, introduciendo en la agenda global las prácticas transformadoras que estén vivenciando para la construcción de un nuevo mundo más solidario.

Aprobada y adoptada en São Paulo, el 9 de abril de 2001, por las entidades que constituyen el Comité de Organización del Foro Social Mundial. Aprobada con modificaciones por el Consejo Internacional del Foro Social Mundial el dia 10 de junio de 2001.

Fuente: Foro Social Mundial

¿Una nueva revolución?

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

La nuestra es la civilización del espectáculo -preferencia de las formas sobre los contenidos, la diversión como supremo valor de la vida- y, por eso, no es de sorprender que los grandes protagonistas de la actualidad sean los jóvenes antiglobalizadores a los que la policía italiana brutalizó, en Génova, durante la reunión del G-8, ofreciéndoles su primer mártir. Nostálgicos irredentos del viejo mesianismo social se han precipitado a anunciar que el movimiento contra la globalización representa ahora, ¡por fin!, una alternativa revolucionaria potente contra el capitalismo y su odiado embeleco político: la democracia neoliberal. Detrás de las decenas de miles de manifestantes que invadieron las calles de Génova, estos augures ven asomar en el horizonte, una vez más, -ave Fénix que renace de sus cenizas- un nuevo paraíso igualitario y colectivista.

Me temo que se apresuren demasiado y que confundan la presa con su sombra. Tengo la impresión de que al movimiento contra la globalización, por su naturaleza caótica, contradictoria, confusa y carente de realismo, le ocurrirá algo semejante que al Mayo del ’68 en Francia, con el que tiene mucho de parecido: lo que hay en él de crítica social válida y de iniciativas realizables, será absorbido y canalizado por el sistema democrático, y lo demás, el estruendo y los estragos de las grandes gestas callejeras, perderá toda actualidad y quedará sólo como un estimulante material para sociólogos e historiadores.

Baso esta suposición, en lo que me parecen dos evidencias: 1) el carácter heterogéneo y autodestructivo de un movimiento en el que cohabitan grupos, instituciones e individuos cuyas metas, convicciones y actitudes son absolutamente incompatibles entre sí, y 2) la extraordinaria flexibilidad del sistema democrático para integrar dentro de sus cauces institucionales las críticas y antagonismos que nacen en su seno, y aprovecharlas para su fortalecimiento. Prueba de ello es que la democracia, con todas sus abundantes imperfecciones y fallos, ha prevalecido sobre los dos formidables adversarios que la amenazaron en el siglo veinte -los totalitarismos fascista y comunista-, y que, en la actualidad, sólo tiene como enemigos a las satrapías tercermundistas, tipo Gaddaffi, Sadam Hussein o Fidel Castro.

Por lo pronto, ser enemigo de la globalización puede tener algún sentido en el ámbito de la teoría, o de la poesía, pero, en la práctica, es un disparate parecido al del movimiento luddita que, en el siglo XIX, destruía las máquinas para atajar la mecanización de la agricultura y la industria. La realidad de nuestro tiempo es la de un mundo en el que las antiguas fronteras nacionales se han ido desvaneciendo hasta casi desaparecer en ciertos campos -la economía, la tecnología, la ciencia, la información, la cultura, aunque no en lo político y otras esferas-, estableciendo, cada vez más, entre los países de los cinco continentes, una interdependencia que conspira frontalmente con la vieja idea del Estado-nación y sus prerrogativas tradicionales. El mejor indicio de lo irreversible de este proceso globalizador son, como lo ha recordado Amartya Sen, los propios militantes antiglobalizadores, variopinta colectividad de muchos países, lenguas y credos que se comunican y coordinan sus mítines a través de Internet.

Sin embargo, el rechazo de la globalización -objetivo totalmente huérfano de realismo- es el único denominador común de los jóvenes que, de Seattle a Génova, han ido protestando contra la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Foro Económico de Davos, o el G-8. En todo lo demás, existe en el movimiento una miríada de fobias, anhelos, proyectos, fines, métodos, que se anulan y rechazan entre sí.

¿Qué puede haber de común entre los ecologistas que piden políticas más radicales en la protección del medio ambiente y los iracundos del Bloque Negro que devastan los comercios e incendian automóviles? ¿Qué entre los prehistóricos estalinistas y los antediluvianos ultranacionalistas? ¿O entre las pacíficas e idealistas ONGs a las que moviliza el deseo de que los países ricos condonen la deuda de los países pobres o aumenten la ayuda para la lucha contra el sida y los grupúsculos y bandas de extrema derecha o de extrema izquierda, tipo ETA, que concurren a esas demostraciones por razones de autopromoción? Es verdad que, en el movimiento, hay mucha generosidad e ilusión de muchachas y muchachos avergonzados de vivir en sociedades prósperas en un mundo lleno de hambrientos; pero también lo es que, entre los miles y miles de manifestantes, hay un buen número de frívolos hijitos de papá, aburridos de la vida, que han ido allí sólo en busca de experiencias fuertes, a practicar un inédito “deporte de riesgo”. Es sin duda cierto que este archipiélago de contradicciones comparte una vaga animadversión al sistema democrático, al que, por ignorancia, moda, sectarismo ideológico o necedad, hace responsable de todos los males que padece la humanidad. Con este linfático sentimiento de malestar o rebeldía, se puede impulsar grandes espectáculos colectivos, pero no elaborar una propuesta seria y realista para cambiar el mundo.

Dicho lo cual queda, por supuesto, en pie el hecho de que el sistema democrático es muy imperfecto, y de que, aun en los países donde ha avanzado más, está aún muy lejos de haber solucionado todos los problemas. Las características que ha adoptado el movimiento antiglobalización tienen una consecuencia negativa: han hecho que las razones más válidas para criticar a los gobiernos de los países ricos, queden diluidas, e incluso desnaturalizadas, por la mescolanza de ideas y propuestas que acarrea. Nada ayudaría más a los países pobres a salir de la pobreza, por ejemplo -los ayudaría mucho más que la condonación de la deuda- que los países occidentales les abrieran las fronteras para sus productos agrícolas, medida que se resisten a tomar por culpa de los productores nacionales que, gracias a aranceles y subsidios, mantienen una agricultura e industria agrícolas sobreprotegidas que le cuestan un ojo de la cara al ciudadano común de cualquier democracia occidental. Sin embargo, una de las estrellas mediáticas del movimiento antiglobalización, el francés José Bové, ha hecho toda su carrera política exigiendo exactamente lo contrario: barreras arancelarias implacables contra los productos agrícolas importados. El, y quienes piensan como él, hacen más daño a los países pobres del planeta con sus tesis nacionalistas en contra del comercio libre, que la Organización Mundial del Comercio, que, de una manera excesivamente tímida, tecnocrática y pésimamente publicitada, es cierto, trata de conseguir que se abran las fronteras comerciales en el planeta. En este campo específico lo que los países pobres necesitan para poder exportar sus productos no es menos sino más libertad, es decir una globalización efectiva y no la mediatizada y parcial que impera aún.

Una verdad que, en medio del ruido y la furia de las manifestaciones contra la globalización, ha salido a la luz es la siguiente: el sistema democrático liberal, que ha traído tan extraordinarios progresos materiales, intelectuales, jurídicos y políticos a la humanidad, padece, en razón de la especialización creciente de la vida pública y de la modorra y rutina en que la acción cívica ha caído en muchas sociedades, una distancia creciente, que a veces cuaja en un divorcio, entre las élites políticas y la base social. Por eso, es tan frecuente la indiferencia que suele acompañar a las consultas electorales en muchos países democráticos: ¿para qué votar si nada va a cambiar, si todos los políticos son lo mismo? No es verdad que todos sean lo mismo y tampoco es cierto que nada vaya a cambiar. La democracia es el único sistema que, desde sus lejanos orígenes, ha sido capaz de reformarse internamente y de ir corrigiéndose y evolucionando de acuerdo a las necesidades y demandas de sus ciudadanos. No ha alcanzado la perfección ni la alcanzará nunca, pero su gran ventaja sobre todos los otros sistemas, es que, ella sí, ha sabido transformarse y renovarse en el tiempo, creando las sociedades menos imperfectas en materia de derechos humanos, libertad y progreso material que conoce la historia. Esta es una inconmovible realidad a la que la virulencia contestataria de los nuevos desafectos difícilmente podrá mellar. Mucho mejor sería, para el mundo, que estos jóvenes inconformes canalizaran sus ímpetus y anhelos en reformar el sistema desde dentro, algo perfectamente necesario posible, en vez de empeñarse en destruirlo, pasatiempo intenso, divertido, pero perfectamente inútil.

© Mario Vargas Llosa, 2001
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País,  6 de agosto de 2001.

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Principios del multilateralismo en el siglo XXI

Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse. (Foto: estadosentido.blogs.sapo.pt).

Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse. (Foto: estadosentido.blogs.sapo.pt).

Vivimos tiempos ensombrecidos por la crisis, el paro, el desnorte del capitalismo y las crisis recurrentes de alimentos, agua, energía o clima. Pero también vivimos tiempos de esperanza: con la globalización y las tecnologías de la información e Internet, el género humano ha dado un salto enorme en su capacidad para discernir las consecuencias de sus propias acciones (reflexividad). En la época en la que más potencial ha alcanzado la individualidad, también estamos aumentando nuestra capacidad de analizar en común, pensar colectivamente y reaccionar al unísono. Un ejemplo de ese progreso en valores compartidos se está escribiendo ahora en tierras libias.Con la crisis económica ha surgido la evidencia de que vivimos en un mundo multipolar. No creo que los centros de poder político estén migrando hacia Asia. Estados Unidos seguirá siendo una potencia política, y la Unión Europea pagará réditos a los países miembros que han tenido el coraje de avanzar hacia una unión política aún inconclusa. Pero China es una voz mundial que no se puede obviar; India será en 20 años tan poderosa como China; Brasil o México crecen y avanzan con rapidez. El mundo tiene ya jugadores de peso en casi todos los continentes.

¿Puede un mundo multipolar tener una gobernanza unilateral? Claramente no, como se puso de manifiesto de modo concluyente con la intervención en Irak hace ya un lustro.

Uno de los grandes logros de Obama es que alimentó la esperanza de un estilo de liderazgo multilateral. Anunció su intención de sentarse a la mesa para hablar con Irán y repudió visiblemente el estilo unilateral de liderazgo de Bush júnior. Tales fueron sus mensajes tempranos. Pero el nuevo multilateralismo del siglo XXI aún está en sus primeros pasos. Y el termómetro que se nos ha brindado ha sido la situación en Libia.

Repasemos sus ingredientes.

Hemos visto una resolución enormemente positiva de la ONU. Una resolución donde nadie ha ejercido el poder de veto, y que intenta poner freno a las agresiones que un dictador había decidido perpetrar ante la ola de deseos de justicia social y democracia de su pueblo. Una resolución que pide la detención completa de la violencia y de todos los ataques contra civiles, que autoriza a los Estados miembros a tomar medidas para proteger a los civiles, que autoriza el espacio de exclusión aérea, pero que excluye una fuerza extranjera de ocupación bajo cualquier forma y en cualquier parte del territorio libio.

Bajo su mandato, hemos visto una implementación protagonizada por múltiples actores. EE UU, que el día después de la resolución asumía el mando de la misma, decidió al poco pasara una segunda fila. Europa, aunque con disensiones internas, ha colaborado en la coalición, así como algunos países de la Liga Árabe. Finalmente, el mando ha pasado a la OTAN.

En mi opinión, el balance es muy positivo. Pero de ahí a una genuina multilateralidad queda un buen trecho.

Una gobernanza multilateral que se corresponda con nuestro mundo multipolar habría de basarse en cuatro pilares:

  • En primer lugar, un régimen global multilateral ha de enterrar definitivamente el principio de “estabilidad política impuesta”: este vestigio de la época de la “guerra fría” ha recibido el golpe de muerte definitivo en la actual primavera del Magreb y Oriente Próximo. Ya no se sostiene el principio de estabilidad-con-dictaduras que prevaleció cuando Estados Unidos imponía sus dictadores en las zonas inestables de influencia propia y la URRS hacía lo mismo en las suyas. Ya no es posible defender a dictadores que estabilizan con la paz de los cementerios a su pueblo, con el argumento de que “no sabemos quién vendrá después”, porque ha quedado sobradamente demostrado que esa práctica no es sostenible a largo plazo.
  • Conectada con la anterior, también se ha ido por la alcantarilla la tesis de la nation building, tan querida por los neocons que apoyaron a Bush con Irak. La tesis defendía que es legítimo intervenir en un país y aplicarle una ingeniería prefabricada de edificación de un régimen democrático desde fuera. La teoría se ha tornado inservible tanto en Irak como en Afganistán: no hay intervención exterior que se pueda sostener por el tiempo necesario para inducir un proceso sólido de normalización democrática. No hay modo de sustituir a un pueblo hasta que, por prueba y error, él mismo construye y consolida su propio régimen de libertades. Parece que esta dura lección ha sido ya aprendida. La resolución de la ONU no permite una intervención armada extranjera para imponer la democracia: se limita a pedir que las fuerzas armadas que apoyan a Gadafi vuelvan a sus cuarteles y que el pueblo libio, sin por ello ser aniquilado, establezca libremente su sistema de derechos políticos.
  • ¿Es esto suficiente? Lo que estamos viendo en Libia, aunque es una acción legitimada por Naciones Unidas e implementada por un arco de actores multilaterales, no es sino un primer paso del multilateralismo que necesitamos. Existen otras dos condiciones:
  • Hoy ya no caben las imposiciones por parte de las potencias occidentales. En tanto los países emergentes -China, India, Brasil o México- sigan sentados en la cerca como meros espectadores, no cruzaremos el umbral del multilateralismo. Solamente cuando los veamos formal o implícitamente comprometidos, estaremos inaugurando una fase de gobernanza global multilateral con garantías de que una acción de intervención respecto a un país es genuinamente justa y equilibrada.
  • Existe un último elemento, que podrá sorprender a algunos: a futuro, un sistema global de gobernanza multilateral no estará completo sin que las grandes empresas globales, que se escapan por su lógica transnacional al imperio de los países, no se corresponsabilicen en la resolución de los problemas globales. El hecho es que de las 100 unidades económicas hoy mayores en el mundo, 51 son empresas y 49 son Estados-nación. Wall-Mart produce más que 161 de los 191 Estados-nación del mundo, y Mitsubishi produce más que Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo. Yo no sé cómo y en qué condiciones se sentarán a la mesa multilateral las empresas globales, pero su poder de decisión tiene que ser ejercido de un modo responsable en un mundo en el que sus decisiones afectan a cientos de millones de seres humanos.

En estos tiempos inciertos no viene mal un poco de optimismo informado: vivimos en un mundo fascinante, de progreso, innovación y emprendimiento, de saltos enormes en las tecnologías y de nuevas constelaciones de poder, en el que, poco a poco, en alguna medida a tientas, se va dibujando un nuevo sistema multilateral de gobierno global. Si hace una década aún no había nacido, hoy ya podemos ver sus primeros pasos vacilantes.

Manuel Escudero, director general de Deusto Business School, Principios del multilateralismo en el siglo XXI, EL PAÍS, 26 de abril de 2011

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