Incidencia de la perestroika en Checoslovaquia

Portada de Meditaciones estivales

Con la caída del sistema totalitario se ha puesto fin al largo período en que Checoslovaquia fue un país satélite. Yo mismo estoy sorprendido de la rapidez y la calma con que se ha producido este cambio. Ante los dramáticos acontecimientos en la Europa Central y Oriental y los cambios en su propio país, la dirección soviética se dio cuenta de que sería insensato querer mantener el sistema de hegemonía soviética en esta parte de Europa. No sé qué imagen se formó Gorvachov, en el momento en que emprendió la perestroika, de cómo podía evolucionar la situación, pero a finales de 1989 debía de estar convencido de que no podía impedir la emancipacion de los antiguos países satélites de la Unión Soviética […].

Nosotros nos hemos convertido, prácticamente de un día para otro, en un país políticamente independiente. Esto no quiere decir que se deba sólo al esfuerzo de la dirección soviética y que nuestra libertad nos la hayan regalado, o prácticamente impuesto. También hay que tener en cuenta qtodo lo que nosotros hemos hecho para conquistarla. Pero me parece justo reconocer que no nos hemos encontrado con una resistencia significativa […].

Václav Havel: Meditaciones estivales, 1992

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La dimisión de Václav Havel ante la desmembración de Checoslovaquia

Václav Havel

Ayer saltó la noticia de que Vaclav Havel, el carismático presidente de Checoslovaquia, el único líder de Europa del Este verdaderamente respetado, admirado en los foros internacionales y en la conciencia de los hombres decentes, presentará mañana su dimisión. Las consecuencias de esta renuncia, forzada por el devenir del proceso secesionista de Eslovaquia, son hoy todavía políticamente incalculables -como de hecho lo es todo lo que está sucediendo en Europa del Este desde que Gorbachev ascendió al poder en Moscú-. Pero más acá o más allá de la dimensión política del gesto de renuncia, la caída de Havel viene a confirmar, con la nitidez de una parábola, de una fábula provista de su pedestre moraleja, el fracaso de los intelectuales al timón de los Estados y la imposibilidad de regir éstos según los criterios de la razón. ¿Era necesario este episodio triste para remachar la evidencia de que la política no funciona casi nunca sobre la base de la reflexión racional, sino sobre los movimientos de la estrategia y del oportunismo?

Vaclav Havel y Milán Kundera estuvieron enfrentados durante largos años (en 1968, Kundera creía en el socialismo de rostro humano, Havel en la democracia occidental). Pero la vida de Havel, según Kundera, “es hermosa como una poesía”. Otro gran escritor praguense, Bohumil Hrbal, se refiere a Havel como “Un héroe. El héroe”. El filólogo Josef Cermak -cuya ya célebre edición del epistolario último de Kafka se acaba de publicar en nuestro país- lo define, en privado, y sin asomo de ironía, de santo. Nadie, salvo él mismo, puso nunca en duda su honestidad y su desprendimiento. Tal es la fuerza moral del dramaturgo presidente. Ahora puede volver a las letras, enriquecido de una experiencia inimaginable, o seguir en la política presidiendo los futuros Estados checos, algo en lo que íntimamente no cree -aspiraba a emular a Masaryk, fundador de Checoslovaquia en 1918- y con la llaga de la derrota aún sangrante.

Nacido en Praga en 1936, en el seno de una familia burguesa, el régimen comunista instaurado tras la Segunda Guerra Mundial le vetó el paso a los estudios superiores, como a todos los vastagos de los “enemigos del pueblo”. Havel empezó a trabajar en un teatro, en tareas logísticas, y acabó escribiendo dramas. La crítica suele afiliarlos al teatro del absurdo, el de Ionesco, el de Beckett, pero las tramas de Havel son bastante inferiores a las de estos maestros, las ideas que las alimentan se repiten, y un obvio “mensaje” presente en todas ellas las hace demasiado obvias: no es un gran escritor. Entre sus mejores obras está, paradójicamente, “Conversación a distancia”, una larga entrevista en la que explica minuciosamente su ideario; las “Cartas a Olga”, que enviaba desde la prisión a su esposa. Y quizás el drama “Audiencia”, inspirado en sus años de trabajo en una fábrica de cerveza en Trutnov, en el norte de Bohemia.

Saltó a la palestra en 1968, durante la primavera de Praga, donde ocupaba el papel de joven airado frente al posibilismo de hombres como Dubcek. Tras la invasión soviética aglutinó la disidencia, encabezando todos los movimientos de oposición, y alternó el trabajo en los oficios destinados a los políticamente indeseables con las temporadas en la cárcel. A partir de finales de los setenta vivió de las representaciones de su obra en el extranjero. En noviembre de 1989 fue excarcelado, negoció con el Partido Comunista el traspaso del poder a la oposición democrática y fue elegido presidente por la Asamblea Federal. En julio de 1990 fue reelegido por dos años más. Desde que ocupó la presidencia, los escritos de Havel se han limitado a los discursos públicos y a las “Meditaciones estivales” de las que dimos noticia en octubre pasado y en las que dice: “Gracias a la orientación moral de nuestra política exterior Checoslovaquia goza en el mundo de respeto. Saber si este respeto durará todavía algún tiempo o si lo estamos perdiendo por nuestra incapacidad de arreglar los asuntos domésticos ya es otro asuto”. Nueve meses más tarde, los hechos responden a esta cuestión.

Vladimir Meciar y Václav Havel

Tras las elecciones parlamentarias del pasado mes de junio, el reforzado líder de los independentistas eslovacos, Vladimir Meciar, proclamó que aceptaría cualquier presidente salvo a Havel. Pues Havel es el símbolo vivo de Checoslovaquia. Como si fuera necesario hacer más transparente, más obvia aquella parábola, la que encarna Havel y su destino, el “verdugo” del intelectual es un ex boxeador; el prosista que tuvo como lema “la verdad triunfará” es vencido por un maestrillo del doble lenguaje; el vivales derrota al inteligente; el que derriba al héroe de la resistencia anticomunista es un ex burócrata del Partido Comunista, que se supo reciclar en furibundo nacionalista, en patriota: esto es norma en los países del ex bloque comunista. Los ejemplos de los presidentes de Croacia y Eslovenia, que tan rápidamente han sabido llevar a sus países de la dictadura a la guerra, no pueden sino despertar la inquietud en Europa Central. Para empezar a alimentar esa inquietud están las declaraciones de Meciar, recién celebradas las elecciones, cuando los líderes de la minoría húngara en Eslovaquia advirtieron que, en caso de que Checoslovaquia desapareciera, exigirían la plena autonomía de los húngaros de Eslovaquia: Meciar advirtió que en caso de amenaza a la unidad nacional de Eslovaquia, enviaría las tropas a la frontera húngara.

Entre sus votantes cunde ya, pero demasiado tarde, el arrepentimiento y el miedo. Votaron al boxeador porque Eslovaquia es pobre, porque la magnífica política económica de Havel y Klaus se deja sentir poco en Bratislava. No porque quisieran convertirse en un pequeño país con frontera a Hungría y Ucrania.

Aquel viejo lema husita, asumido por el Foro Cívico y por Havel, que afirma la confianza en el triunfo de la verdad, es, ciertamente, de un idealismo o de una ingenuidad conmovedora. El “idealista”, “ingenuo”, “romántico” ha llamado la oposición a Havel, quien, en los autógrafos que firma, acompaña su rúbrica con el dibujo de un corazón. Los que así le atacaban no entendían que la función del presidente en Checoslovaquia es menos ejecutiva que simbólica o totémica, parecida a la del rey en España. Caído ese tótem, todo es posible. Con adjetivos semejantes se descalificaba durante la segunda república española a Azaña y su círculo, y se reclamaba un “hombre práctico”. Y éste llegó. ¿Qué más práctico, más ejecutivo, que las armas?»

Ignacio Vidal-Floch, El boxeador noquea al intelectual, La Vanguardia, 19 de julio de 1992, p. 50

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