Las condiciones de vida durante la revolución industrial

La explotación infantil, lacra de la revolución industrial

Cuando estuve en Oxford Road, Manchester, observé la salida de los trabajadores cuando abandonaban la fábrica a las doce de la mañana. Los niños, en su casi totalidad, tenían aspecto enfermizo; eran pequeños, enclenques e iban descalzos. Muchos parecían no tener más de siete años. Los hombres en su mayoría de dieciséis a veinticuatro años, estaban casi tan pálidos y delgados como los niños. Las mujeres eran las de apariencia más saludable, aunque no vi ninguna de aspecto lozano (…). Aquí vi, o creí ver, una raza degenerada, seres humanos achaparrados, debilitados y depravados, hombres y mujeres que no llegarán a ancianos, niños que nunca serán adultos sanos. Era un espectáculo lúgubre (…)”.

Charles Turner Thackrah: Los efectos de los oficios, trabajos y profesiones, y de las situaciones civiles y formas de vida, sobre la salud y la longevidad. 1832.

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La Unión aduanera en Alemania

S. M. el Rey de Prusia, S. A. el Príncipe electoral y coregente de Hesse-Cassel y S.A.R. el Gran Duque de Hesse-Darmstadt, de una parte, y S. M. el Rey de Baviera y S. M. el Rey de Wurtemberg, de otra, de acuerdo en su deseo de favorecer la libertad de comercio y las relaciones comerciales entre sus Estados, y toda Alemania en general …han abierto negociaciones para las cuales han dado plenos poderes.

Por estos plenipotenciarios, la Convención ha llegado a las conclusiones siguientes, bajo reserva de ratificación:

  • 1. Las uniones de aduanas, existentes actualmente entre los Estados nombrados más arriba, formarán en el futuro una unión general, ligada por un sistema común de aduanas y que abarcará a todos los Estados aquí comprendidos.
  • 2. En los territorios de los Estados contratantes serán establecidas leyes uniformes sobre los derechos de entrada, de salida y de tránsito, salvo las modificaciones que, sin perjudicar al fin común resulten necesariamente ya de la legislación particular que rige cada Estado contratante, ya de intereses locales.
  • 4. En los territorios de los Estados contratantes serán establecidas leyes uniformes sobre los derechos de entrada, de salida y de tránsito, salvo las modificaciones que, sin perjudicar al fin común, resulten ya necesariamente de la legislación particular que rige cada Estado contratante, ya de intereses locales.
  • 14. Los gobiernos contratantes convienen en unir sus esfuerzos para introducir en sus Estados un sistema uniforme de monedas, pesas y medidas .Desde el presente, las monedas de oro y de plata de todos los Estados contratantes, con excepción de la pequeña moneda, serán recibidas en todas las oficinas de percepción de la asociación y serán publicadas a este efecto tablas de evaluación.
  • 18. Desde la fecha de la puesta en vigor del presente contrato, los individuos de uno de los Estados contratantes que hagan el comercio o busquen trabajo en el territorio de otro de estos Estados, no estarán sujetos a ningún impuesto que no pese igualmente sobre el originario del propio Estado que se encuentre en el mismo caso.
  • 19. Los puertos de mar prusianos estarán abiertos al comercio de los individuos de todos los Estados de la unión mediante el pago de derechos total-mente iguales a los que pagan los propios prusianos.
  • 33. Habrá todos los años, en los primeros días de Junio, una asamblea de plenipotenciarios de los gobiernos de la unión encargados de deliberar en común, y cada Estado podrá enviar un apoderado.
  • 35. Si en el curso del año, fuera del tiempo de la reunión de los plenipotenciarios, sobrevinieran sucesos extraordinarios que hiciesen necesarias medidas y disposiciones rápidas por parte de los Estados de la unión, las partes con-tratantes se concertarán a este respecto por la vía diplomática o provocarán una asamblea extraordinaria de sus plenipotenciarios.
  • 38. En el caso de que otros Estados alemanes manifestaran el deseo de ser recibidos en la unión formada por el presente tratado, las altas partes contratantes se declaran prestas a acceder a este deseo por tratados especiales, en tanto, sin embargo, que este acceso se conciliara con los intereses particulares de los miembros de la unión.
  • 41. El término de este tratado, que será puesto en ejecución en 1 de enero de 1834, se fija provisionalmente en 1 de enero de 1842.

Si no es denunciado durante este lapso de tiempo, y lo más tarde dos años antes de su expiración, será considerado como prolongado por la duración de doce años, y así en lo sucesivo, de doce en doce años.

FUENTE: El Zollverein, 22 de marzo de 1833, en Archives Diplomatiques, París, 1862, T. IV.

#alemania

La teoría del valor, según Adam Smith

Caricatura de Adma Smith

«Cada individuo intenta encontrar el medio más idóneo para invertir el capital del que dispone. Ciertamente, sólo piensa en los propios beneficios, pero normalmente estos negocios comportan mejoras sociales que el individuo no había previsto; así es conducido como por una mano invisible hacia un fin –el bien público- que no tenía en su intención inicial.

El Estado sólo debe ocuparse, de tres obligaciones principales: proteger a sus ciudadanos de la violencia y de la invasión de otro país; proteger a sus ciudadanos de la violencia o injusticia por parte de otros ciudadanos y crear ciertas obras y establecimientos públicos que los particulares no llegan a satisfacer.

Debe notarse que la palabra valor tiene dos diferentes significados; a veces expresa la utilidad de un objeto particular, y a veces el poder de adquirir otros bienes, el cual acompaña la posesión de ese objeto. A uno puede llamársele ‘valor de uso’; al otro, ‘valor de cambio’. Muchas cosa que tiene más valor que utilidad suelen tener menos valor de cambio; y, por el contrario, hay cosas con mucho valor de camb io que tienen poca utilidad. No hay una cosa más útil que el agua, y apenas con ella se puede comprar otra ocas; por el contrario, un diamante apenas tiene valor intrínseco de utilidad, y por lo común pueden obtenerse con él mucho bienes de gran valor.

Todo hombre es rico o pobre según el grado en que puede gozar por sí de las cosas necesarias, útiles y deleitables para la vida humana; y una vez introducida en el mundo la división de trabajo es muy pequeña parte la que de ellas puede obtener con sólo el trabajo propio. La mayor porción incomparablemente tiene que granjearla y suplirla del trabajo ajeno, por lo cual será rico o pobre a medida de la cantidad de trabajo ajeno que él pueda tener a su disposición o adquirir de otro, y, por lo mismo, el valor de una mercadería con respecto a la persona que lo posee, y que no ha de usarla o no puede consumirla, sino cambiarla por otras mercaderías, es igual a la cantidad de trabajo ajeno que con ella quede habilitado a granjear. El trabajo, pues, es la medida o mesura real del valor permutable de toda mercadería.

El precio real de cualquiera cosa, lo que realmente cuesta al hombre que ha de adquirirla, es la fatiga y el trabajo de su adquisición. Lo que vale realmente para el que la tiene ya adquirida y ha de disponer de ella o ha de cambiar por otra, es la fatiga y el trabajo de que a él le ahorra y cuesta a otro. Lo que se compra por dinero o granjea por medio de otros bienes, se adquiere con el trabajo lo mismo que lo que adquirimos con la fatiga de nuestro cuerpo. El dinero o estos otros bienes nos excusan de aquel trabajo, pero contienen en sí cierta cantidad de él que nosotros permutamos por otras mercaderías que se suponen tener también el valor de otra igual cantidad. El trabajo, pues, fue el precio primitivo, la moneda original adquiriente que se pagó en el mundo por todas las cosas permutables. No con el oro, no con la plata, sino con el trabajo, se compró originalmente en el mundo todo género de riqueza, y su valor para los que la poseen y tienen que permutarla continuamente por nuevas producciones es precisamente igual a la cantidad de trabajo que con ella pueden adquirir de otro.

La riqueza, como dice Mr. Hobbes, es cierta especie de poder; pero el que o adquiere o hereda un opulento patrimonio, o un caudal considerable, no necesariamente adquiere o hereda un poderío político, o una potestad civil ni militar: su riqueza podrá ofrecerle medios para adquirir todo esto, pero la mera posesión de ella no trae consigo precisamente aquel gran poderío o potestad de preferencia; lo que trae inmediata y directamente es un poder grande de adquirir y de comprar cierto imperio y cierta prepotencia sobre todo trabajo ajeno y sobre todo producto de este trabajo que se halla a la sazón en estado de venta. Su riqueza, pues, será mayor o menor a proporción de este poder o de la cantidad de trabajo o de su producto, que es lo mismo, que aquella riqueza que le habilita para adquirir. El valor permutable, pues, de cualquier cosa siempre será igual exactamente a este poder de que reviste el mismo a su dueño o propietario. Pero aunque el trabajo es la medida real del valor permutable de todas las mercaderías, por lo regular no se estiman por este valor. Las más veces es muy difícil asegurar con certeza la proporción entre las distintas cantidades de trabajo […].

De aquí ser más frecuente estimular el valor permutable de toda mercadería por la cantidad de dinero que por la de trabajo, o la de otra mercadería con la que pueda cambiarse […].

Pero aunque para el trabajador siempre sean de igual valor iguales cantidades de trabajo, para la persona que emplea aquél, o da que trabajar, unas veces parecen de más y otras de menos; porque adquiriendo estas cantidades de trabajo ajeno, unas veces por más y otras por menos bienes o mercaderías, con respecto a él varia el precio del trabajo como el de las demás cosas: en el primer caso le parece más caro y en el segundo más barato, pero en realidad los bienes o cosas y no el trabajo son los más caros o más baratos.»

Adam Smith, La riqueza de las naciones, 1776

Las reivindicaciones del proletariado

Es la décima novela escrita por Charles Dickens. Se publicó por primera vez en 1853 y transcurre en Inglaterra durante la primera industrialización. La acción no transcurre ni en Londres ni en sus alrededores, algo inusual en Dickens. Transcurre en Coketo

(Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – Gads Hill Place, Inglaterra, 9 de junio de 1870)

En, una ciudad ficticia del norte de la Inglaterra victoriana. Se considera que su descripción está basada, al menos parcialmente, en la ciudad de Preston. Se nos da una perspectiva del momento desde dos puntos de vista muy diferentes: el de la clase proletaria, que cree que el trabajo es su único modelo de vida, («además de resultarles necesario para subsistir»), y el de la clase alta, que controla las fábricas y mantiene en condiciones pésimas a sus obreros. También se nos muestra otro tipo de vida: el de la gente del circo, que se apartan completamente de la que llevan los dos grupos anteriormente nombrados. Dickens nos muestra todo esto con un trasfondo irónico, sin hacer una crítica clara de la sociedad de su época hasta las últimas páginas de la obra.

«- ¿De qué os quejáis de un modo general vosotros, los trabajadores? -repitió el señor Bounderby, cruzándose de brazos. Esteban lo miró un momento algo indeciso; pero de pronto pareció tomar una resolución.

– Señor, aunque yo he tenido mi parte de sufrimientos, nunca tuve habilidad para exponerlos. Señor, vivimos metidos en un embrollo. Fijaos en nuestra ciudad…, con todo lo rica que es…, y ved la gran cantidad de personas que han tenido la idea de reunirse aquí para tejer, para cardar y para ganarse la vida, todos con el mismo oficio, de un modo u otro, desde que nacen hasta que los entierran. Fijaos en cómo vivimos, en dónde vivimos, en qué apiñamiento y con qué uniformidad todos. Fijaos en cómo las fábricas funcionan siempre, sin que con ello nos acerquen más a ninguna meta determinada y distante.., como no sea a la muerte. Fijaos en el concepto en que nos tenéis, en lo que escribís acerca de nosotros, en lo que decís de nosotros, en las comisiones que enviáis a los ministros con quejas de nosotros y en que siempre tenéis razón y jamás la tuvimos nosotros en todos los días de nuestra vida. Fijaos en cómo todas estas cosas han ido creciendo y creciendo, haciéndose más voluminosas, adquiriendo mayor amplitud, endureciéndose más y más, de año en año, de generación en generación. ¿Quién que se fije con atención en todo esto no dirá, si es sincero, que es un embrollo?”

– ¡Naturalmente -exclamó el señor Bounderby-. Y después de todo esto quizá tengáis a bien explicarle a este caballero cóm pondríais vos en orden este emborllo, como os gusta llamarlo.

Instalaciones fabriles en Inglaterra

– Señor yo soy hombre de pocos conocimientos y de maneras ordinarias para que pueda indicar a este caballero el modo de mejorar todo esto…, aunque hay en esta ciudad trabajadores de más talento que yo y podrían hacerlo… pero sí que puedo decirle qué es lo que no mejorará jamás la situación. La mano dura no la mejorará. Con vencer y triunfar en los conflictos no se mejorará. Poniéndose de acuerdo para dar siempre, contra naturaleza, la razón a una de las partes, y quitársela siempre, contra toda lógica, a la otra parte, jamás, jamás se mejorará. Mientras se aísle a millares y millares de personas que viven todas de la misma manera, metidas siempre en idéntico embrollo, por fuerza han de ser como un solo hombre, y vosotros seréis como otro solo hombre, con un mundo negro e imposible de salvar entre unos y otros, mientras subsista esta situación desdichada, sea poco o sea mucho tiempo. No se mejorará la situación ni en todo el tiempo que ha de transcurrir hasta que el Sol se vuelva hielo, si se persiste en no acercarse a los trabajadores con simpatía, paciencia y métodos cariñosos como hacen ellos unos con otros en sus muchas tribulaciones, acudiendo al socorro de sus compañeros necesitados con lo que a ellos mismos les está haciendo falta… No lo hacen mejor, esa es mi humilde opinión, los trabajadores de ninguno de los países por donde ha viajado el caballero. Sobre todo valorándolos como tanta o cuánta mano de obra y moviéndolos como números en una suma, o como máquinas, igual que si ellos no tuviesen amores y gustos, recuerdos e inclinaciones, ni almas que pueden entristecerse, ni almas capaces de esperar… ; menospreciándolos como si para nada contasen ellos, cuando están tranquilos, y echándoles en cara la falta de sentimientos humanos en sus tratos con vosotros, cuando ellos se desasosiegan…; de ese modo, señor, no se mejorará la situación mientras el mundo sea mundo y no vuelva a la nada de que Dios lo sacó.»

Charles Dickens, Tiempos difíciles, 1854.

La revolución demográfica

Primera Revolución Industrial

La historiografía

«Parece razonable suponer que sin el aumento de la producción a partir de 1740, el aumento correspondiente de la población habría sido frenado por el aumento del índice de mortalidad, provocado por la baja de los niveles de vida. Parece igualmente probable que sin el crecimiento de la población (…), la revolución industrial se habría retrasado por falta de mano de obra. Parece, también, que sin el aumento de los precios (que reflejaba el crecimiento de la población) los productores británicos hubieran tenido menos incentivos para expansionarse e innovar y que, por consiguiente, se habría perdido una parte del dinamismo que impulsó la revolución industrial.»

P. Deane, historiador, La primera revolución industrial

El pensamiento demográfico

«Considerando aceptados mis postulados, afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre.

La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética. Basta con poseer las más elementales nociones de números para poder apreciar la inmensa diferencia a favor de la primera de estas dos fuerzas.

No veo manera por la que el hombre pueda eludir el peso de esta ley, que abarca y penetra toda la naturaleza animada. Ninguna pretendida igualdad, ninguna reglamentación agraria, por muy radical que sea, podrá eliminar, durante un siglo siquiera, la presión de esta ley, que aparece, pues, como decididamente opuesta a la posible existencia de una sociedad cuyos miembros puedan todos tener una vida de reposo, felicidad y relativa holganza y no sientan ansiedad ante la dificultad de proveerse de los medios de subsistencia que necesitan ellos y sus familias.

Por consiguiente, si las premisas son justas, el argumento contra la perfectibilidad de la masa de la humanidad es determinante».

Malthus, Primer ensayo sobre la población, 1798

Evolución de la población del mundo

«Podemos, pues, afirmar que los medios de subsistencia aumentan en progresión aritmética. Comparemos ahora los efectos de estas dos leyes de aumento.

La población de nuestra isla es actualmente de unos siete millones; supongamos que la producción actual baste para mantener esta población. Al cabo de los primeros veinticinco años la población sería de catorce millones, y como el alimento habría también doblado, bastaría a su manutención. En los veinticinco años siguientes, la población sería ya de veintiocho millones y el alimento disponible correspondería a una población de tan sólo veintiún millones. En el periodo siguiente la población sería de cincuenta y seis millones y las subsistencias apenas serían suficientes para la mitad de esa población. Y al término del primer siglo la población habría alcanzado la cifra de 112 millones mientras los víveres producidos corresponderían al sustento de treinta y cinco millones, quedando setenta y siete millones de seres totalmente privados de alimento»

Malthus: Primer ensayo sobre la población, 1798

«Algunos autores han intentado dejar sentado que una gran prosperidad y una población numerosa eran la misma cosa; que en consecuencia se debía, en todas las naciones, intentar llevar a la población a su máximo grado de desarrollo, puesto que hasta que la Tierra entera no se encontrara cultivada como un jardín no se podría sostener que estaba suficientemente poblada […]. Una población numerosa no supone en sí misma una gran prosperidad; únicamente exige una producción elevada. En cuanto a la prosperidad, parece encontrarse más bien en aquellos lugares donde la población, cualquiera que se sea su número, se halla abundantemente provista para satisfacer las necesidades de la vida e incluso disfruta de cosas superfluas. Un buen gobierno y un buen sistema de economía política son los únicos que pueden producir estos beneficiosos efectos».

Say, J.B.: Tratado de economía política, 1803.

El ferrocarril, nuevo medio de transporte

IMPRESIONES SOBRE EL FERROCARRIL

El ferrocarril entre París y Rouen, 1848

“He hecho ayer el recorrido entre Anvers y Bruselas y el retorno. He partido a las cuatro horas y diez minutos y he regresado a las ocho y cuarto, (…) la velocidad es sorprendente, (…), los árboles danzan (….). Es preciso mucho esfuerzo para no imaginarse que el caballo de hierro es un animal verdadero. Se le oye, (…) suda, tiembla, silba, relincha, se desboca (…). Arroja a lo largo de la ruta un excremento de carbones ardientes y una orina de agua hirviendo (…) y su aliento flota sobre vuestras cabezas en bellas nubes de humareda blanca”.

Víctor Hugo. Viaje a Bélgica, 1837.

“Fascinadora es la sensación que se experimenta cuando el tren, arrancando pausado y majestuosamente, emprende en breves minutos una marcha progresiva acelerada y aquella inmensa mole de carruajes se empieza amover con asombrosa rapidez (…). Grave, grandiosa e imponente es la impresión que se experimenta cuando se ve por primera vez en la vida la rapidísima marcha de un tren”.

Diario de un viajero en Barcelona, el 28 de octubre de 1848.

EVOLUCIÓN DEL FERROCARRIL

“Los vagones eran arrastrados inicialmente por tiros de caballos y, posteriormente, se les sumaron máquinas, pero esos motores eran tan pesados y tan poco perfeccionados que apenas (…) producían el vapor suficiente para proporcionar una velocidad de 4 a 5 millas por hora. De haber sido inevitable, semejante lentitud hubiese limitado de forma considerable a la utilidad del ferrocarril. (…) Fue en 1830, con la inauguración del tramo de ferrocarril de Manchester a Liverpool, cuando se adaptaron por primera vez las nuevas calderas a las locomotoras. Desde el primer momento alcanzaron una velocidad que rebasaba con creces todo lo que anteriormente había sido considerado posible.

(…) A partir de ese momento, el servicio cobró un auge maravilloso: ya no fueron utilizados únicamente para el transporte de mercancías. El nuevo sistema de propulsión duplicaba su utilidad, y la rapidez del desplazamiento pronto atrajo un número de viajeros que superaba considerablemente todos los cálculos que se habían tratado de establecer acerca del incremento probable que experimentaría el tráfico.”

Marc Seguin. De l’influence des chemins de fer et de l’art de les tracer et de les construire. 1839.

ACCIDENTE FERROVIARIO EN 1830

La locomotora "Rocket"

“El Sr. Huskinsson se había bajado de la carroza y estaba de pie al otro lado de la carretera junto a la cual se veía surgir rápidamente la locomotora “The Rocket”. En ese momento el Duque de Wellington, cuya amistad con el Sr. Huskinsson se había enfriado un poco, hizo una señal de reconocimiento y le tendió la mano. Se dieron un rápido pero amistoso saludo, y antes de que hubiesen soltado sus manos se oyó un grito entre los transeúntes: “¡Apártese, apártese!”. Agitado y confuso el Sr. Huskinsson intentó rodear la puerta abierta de su carruaje (…), pero al hacerlo fue golpeado por “The Rocket” cayendo con una pierna doblada sobre el raíl. La pierna resultó destrozada en el acto. Sus primeras palabras al ser levantado fueron “voy a morir”, que desgraciadamente resultaron ciertas, puesto que falleció esa misma tarde en la casa parroquial de Eccles. En aquellos días se comentó como algo digno de mención que la locomotora “Northumbrian”, conducida en persona por George Stephenson, transportó el cuerpo herido del desventurado caballero a una distancia de unos 25 kilómetros en 25 minutos, esto es a la velocidad de 60 kilómetros por hora.”

Samuel Smiles (1812-1904): George and Robert Stephenson (1859).

#belgica, #reino-unido, #transporte

La revolución industrial inglesa

mapa inglaterra revolucion

“La Revolución industrial inglesa fue precedida, por lo menos, por doscientos años de constante desarrollo económico (…).

Las principales condiciones previas para la industrialización ya estaban presentes en la Inglaterra del siglo XVIII o bien podían lograrse con facilidad (…).

Hacia 1750 es dudoso que se pudiera hablar con propiedad de un campesino propietario de la tierra en extensas zonas de Inglaterra y es cierto que ya no se podía hablar de agricultura de subsistencia (…). El país había acumulado y estaba acumulando un excedente lo bastante amplio como para permitir la necesaria inversión en un equipo no muy costoso, antes de los ferrocarriles, para la transformación económica. Buena parte de este excedente se concentraba en manos de quienes deseaban invertir en el progreso económico (…). Además Inglaterra poseía un extenso sector manufacturero altamente desarrollado y un aparato comercial todavía más desarrollado (…).

El transporte y las comunicaciones eran relativamente fáciles y baratos, ya que ningún punto del país dista mucho más de los 100 km. del mar, y aún menos de algunos canales navegables (…).

Esto no quiere decir que no surgieran obstáculos en el camino de la industrialización británica, sino sólo que fueron fáciles de superar a causa de que ya existían las condicione sociales y económicas fundamentales, porque el tipo de industrialización del siglo XVIII era comparativamente barato y sencillo, y porque el país era lo suficientemente rico y floreciente para que le afectaran ineficiencias que podían haber dado al traste con economías menos dispuestas.”

E. Hobsbawm. Industria e Imperio.