Los objetivos bélicos de Alemania, 1917

Ludendorff expone las ventajas estratégicas que implica la posición central, las económicas -con especial preocupación por el autoabastecimiento-  las políticas.

Erich Friedrich Wilhelm Ludendorff (llamado erróneamente Erich von Ludendorff) (9 de abril de 1865 – 20 de diciembre de 1937, Tutzing, Baviera, Alemania)

«[…] Nuestra situación militar es más favorable que las de la Entente. Nuestras alianzas son más seguras. Las dificultades internas están menos agravadas en nuestro país que en los de la Entente. No obstante, pienso también que es aconsejable conseguir la paz antes del invierno, a condición de que nos conceda las ventajas indispensables que necesitamos para asegurar el futuro de nuestro desarrollo económico, y que nos pondrán en una situación militar y económica que nos permita encarar sin temor una nueva guerra.

Las fuentes de nuestro poderío militar y económico residen, aparte del ejército y la flota, en la agricultura, los recursos mineros y el alto desarrollo de nuestra industria.

Sin poseer Rumania y otros territorios ocupados, estaríamos en una situación crítica en cuanto a nuestros abastecimientos. Incluso con Rumania, esta situación es bastante difícil. Todavía se agravaría más si tuviéramos que abastecer a Bélgica, como esperamos tener que hacerlo más tarde. Por ahora, no podemos. Por ello debemos obtener el engrandecimiento de nuestro territorio. Lo tenemos en Curlandia y Lituania, que presentan magnificas disponibilidades agrícolas. Respecto a Polonia, tenemos que ampliar la Prusia Oriental y la Occidental… por motivos militares. Sólo así podremos proteger a Prusia. Aparte de ello, en varios puntos de la provincia de Posnania, nuestra frontera es demasiado vulnerable, hablando militarmente. ¿Tendremos que ejercer nuestra fuerza de atracción sobre los demás países bálticos a partir de Curlandia? Hay que remitirse al desarrollo político ulterior.

Basta con evocar aquí qué influencia favorable en nuestras relaciones con los Estados neutrales supondría una mejora de la situación de nuestro abastecimiento. El trigo y las patatas son elementos generadores de potencia, como el carbón y el hierro.

Nuestros recursos mineros y nuestra industria están situados en las fronteras del Reich de la forma más desfavorable posible. El Gobierno y el Reichstag, reconociendo ya antes de la guerra la difícil posición del distrito carbonífero de la Alta Silesia, habían reforzado y aumento sus puntos fortificados. Esto sólo no basta. Debemos proteger la Alta Silesia también mediante una extensión de nuestro territorio. Su realización quedaría facilitada por una eliminación de las empresas que se hallen en este lugar en manos del enemigo, que se deberían reconquistar y poner de nuevo en manos alemanas. En el oeste tenemos dos grandes regiones mineras: Lorena, Luxemburgo y el Sarre, por una parte, y la zona industrial de la Baja Renania y Westfalia por otra, cuya explotación se avanzará siempre m´s hacia la frontera con Bélgica y Holanda. Durante esta guerra, estas regiones no se han visto amenazadas puesto que hemos prevenido con nuestra ofensiva, una acción de la Entente. Aparte de ello, la importancia de las regiones industriales no se había reconocido adecuadamente en un principio. En la actualidad no existe duda alguna sobre ese aspecto y hay que esperar que nuestros enemigos, en una guerra futura empleen todos sus esfuerzos en el ataque a estas regiones. Si esto se llevara a término, no estaríamos en condiciones de aguantar una guerra, ya que estaríamos totalmente dominados económicamente. No necesito evocar cuáles serían las consecuencias en el plano interior. Una protección eficaz de estas dos regiones es algo vital para nosotros. Debemos conseguir en este aspecto todo lo que podamos y lo que nos permita nuestra situación. Si no conseguiremos nada, nuestra situación será realmente peligrosa; sería preferible en este caso proseguir la guerra y no pensar ya en la paz. Debemos ver con toda claridad que lo que no obtengamos deberá ser compensado, una vez que haya llegado la paz, por medio de grandes gastos militares (defensa antiaérea, mantenimiento de una aviación de combate, poderosas fortificaciones en la frontera), en la medida en que verdaderamente puedan ser compensados.

El distrito minero lorenés reclama una ampliación de nuestro territorio hacia el oeste. Cuanto mayor sea, más fácil será la defensa… Por otra parte, existen también minas en las regiones que se anexionen. Estas anexiones permitirían la explotación de nuestras propias minas con mayor ahorro. Dado que los recursos mineros de Alemania son muy limitados, este punto no carece de importancia. Pero ante todo, estas anexiones asegurarían que las minas que actualmente se hallan en posesión de Alemania disfrutarían en adelante de una protección militar directa y podrían trabajar hasta en tiempo de guerra. Naturalmente, la región permanecería, con todo, amenazada peligrosamente por la artillería y la aviación, lo que hará necesario la toma de poderosas medidas de protección, puesto que no podemos ampliar nuestra frontera con Francia hasta el Mosa.

Asimismo, es importantísimo mantener protegido nuestro territorio renano-westfaliano. El interés que presenta la costa flamenca para llevar a cabo un ataque aéreo contra Inglaterra es realmente considerable; la línea del Mosa, cerca de Lieja, presenta una importancia aún mayor para este distrito industrial. Debemos trata por todos los medios de dominar sólidamente las dos riberas del Mosa hasta Saint-Vith hacia el sur. Para conseguirlo, sólo veo factible su anexión al imperio alemán […].

La posesión de la línea del Mosa no es, con todo, suficiente para asegurar a nuestra zona industrial la protección necesaria. Debemos rechazar a un ejército anglo-belga-francés todavía mucho más lejos. Esto sólo es posible si Bélgica se une a nosotros económicamente, de una forma tan estrecha que tengan que unirse a nosotros también políticamente. Esta inclusión económica no se podrá realizar sino a base de una fuerte presión militar (ocupación por lago tiempo) y con la anexión de Lieja. La neutralidad belga es una auténtica engañifa que apenas se debe tener en cuenta en la práctica.

No estaremos totalmente protegidos, dado que la construcción del túnel Dover-Calais se convertirá en una realidad, a no ser de que ocupemos militarmente toda Bélgica y nos apoderemos de la costa flamenca. A pesar de todas las dificultades que Inglaterra está padeciendo, no podremos obtenerla. Se trata, pues, de saber si debemos proseguir la guerra para realizar este objetivo. Según mi parecer, ello debería llevarse a cabo si Inglaterra ocupara un territorio en Francia (Calais). Si no lo hace, la posesión de la costa flamenca no sería para nosotros un motivo para continuar la guerra más  allá del invierno.

Pero debemos llegar a obtener, más tarde, de forma indirecta, medios de acción sobre Inglaterra a partir de la costa flamenca. Creo que esto es posible si Bélgica, unida económicamente de forma estrecha al imperio alemán, dividida en un Estado valón y un Estado flamenco, toma a la larga a su cargo la defensa de su propio territorio contra Francia e Inglaterra, y, una vez que se haya puesto fin a la ocupación, mantiene un ejército y una flota.

Una vez unida Bélgica a Alemania, Holanda, consecuentemente, se verá fuertemente atraída hacia nosotros, dadas las necesidades de su política, especialmente si su territorio colonial se viera garantizado por un Japón aliado nuestro. Conseguiremos de esta forma llegar a la costa que enfrenta Inglaterra y llevaremos a cabo el fin que la marina persigue por su cuenta, con pleno conocimiento de toda su importancia. Obtendremos ante la nación inglesa una posición que nos permitirá conservar nuestro comercio en una próxima guerra. Este es el tercer gran objetivo que debe ser también objeto de nuestra preocupación.

Ello implica, aparte de Rusia, buscar salidas en ultramar, especialmente en América del Sur, un dominio colonial en África y puntos de apoyo para la flota dentro y fuera de nuestro dominio colonial. Si renunciamos por ahora a la costa flamenca, la Marina tiene pleno derecho a reclamar como compensación puntos de apoyo que le permitan conservar, en una próxima guerra, el libre acceso de Alemania a todos los mares del Globo y con ello las importaciones alemanas al extranjero, cuanto más lejos permanezcamos de  este objetivo, mayores serán los stocks de materias primas con que deberemos contar, sin provecho, en Alemania.

Bástenos con recordar finalmente que una Dinamarca que estuviera unida estrechamente a nosotros por medio de una serie de acuerdos comerciales preferenciales reforzaría en gran manera nuestra posición marítima y nuestra libertad comercial».

Informe Ludendorff, 14 de septiembre de 1917, recogido en Guillén: El imperio alemán, 1871-1918, Vicens Vives, Barcelona, 1973, pp. 287-291

#alemania

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk

Cuando Schwejk recibió la noticia de que tiene que presentarse en la Isla de los Cazadores para ser sometido al reconocimiento médico al cabo de una semana, estaba precisamente en cama, afectado de nuevo por el reuma.

[…] En este tiempo Schwejk hizo importantes preparativos. Ante todo mando a la senora Müller que le comprara una gorra de militar. Luego le envió a pedir al pastelero de la esquina que le prestara el cochecito, en el que había sacado a su maligno abuelo inválido para que tomara el aire. Entonces se le ocurrió que necesitaba unas muletas. Por suerte el pastelero guardaba las muletas de su abuelo como recuerdo familiar.

Ahora sólo le faltaba el penacho de recluta. También esto se lo proporcionó la senora Müller, que aquellos días habia adelgazado considerablemente y lloraba siempre, fuera adonde fuera y estuviera donde estuviera.

Y así fue como aquel día memorable tuvo lugar en las calles de Praga un caso de conmovedora lealtad:

Una mujer mayor que empujaba el cochecito en el que estaba sentado un hombre con gorro militar con un reluciente “Franzl”, el cual saludaba con las muletas. En su chaqueta brillaba un vistoso penacho de recluta.

[…] Si bien la tierra bohemia, según estos tres periódicos, no tenía ciudadano más noble, no obstante, los señores de la comisión de reclutamiento no opinaron lo mismo. Sobre todo el médico jefe Bautze.

Era famosa su expresión: “Todo el pueblo checo es una banda de farsantes”.

Era un hombre inflexible que veía en todo intentos de engaño para librarse del servicio del frente, de las balas y de los proyectiles.

En el transcurso de diez semanas de trabajo de 11000 civiles descubrió 10999 farsantes y hubiera metido también en cintura al undecimilésimo mil si en el momento en que le grito: “¡Dese la vuelta!” a este desdichado no le hubiera dado un ataque de apoplejía.

– ¡Llévense a este farsante! -dijo Bautze después de comprobar que el hombre estaba muerto.

[…] Bautze miró pavorosamente a Schwejk y bramó:

– ¡Es usted un farsante!

Y dirigiéndose al sargento mayor dijo con una calma glacial:

– ¡Encierren en seguida a este tipo!

[…] La tortura a que eran sometidos los farsantes estaba minuciosamente reglamentada y sus grados eran los siguientes:

1. Dieta absoluta. Una taza de té por la mañana y por la noche durante tres días con la que se administrará a todos, sin tener en cuenta la dolencia que padezcan, una aspirina para sudar.

2. Para quitarles la idea de que la guerra es dulce como la miel se les administrarán abundantes porciones de quinina en polvo o de la llamada “quinina para chupar”.

3. Dos veces al día limpieza de estómago con un litro de agua caliente.

4. Una lavativa de agua javonosa y glicerina.

5. Se les envolverá en una sabana mojada con agua fría.

Había hombres valientes que superaban los cinco grados de la tortura y a los que llevaban en un sencillo ataúd al cementerio de los soldados. Pero también había hombres pusilánimes que al llegar a la lavativa decían que ya se encontraban bien y que lo único que deseaban era irse al frente con el próximo batallón que saliera.

A Schwejk lo llevaron a la enfermería de la prisión del cuartes., precisamente entre este tipo de farsantes pusilánimes.

Jaroslav Hasek: Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (1920), Destino.

#literatura

Bombardeo durante la Primera Guerra Mundial

Según parece, a las cuatro y media un capitán al mando de la compañía especializada en los ataques de gas telefoneó al cuartel general de la división, desde la línea del frente para decir:

– Calma absoluta. Imposible descargar el accesorio. La respuesta que obtuvo fue la siguiente:

  • El accesorio debe ser descargado a toda costa.
Un bombardeo químico típico durante la Primera Guerra Mundial

Un bombardeo químico típico durante la Primera Guerra Mundial

Thomas no había menospreciado la eficiencia de la compañía encargada del gas. Se descubrió que con dos o tres excepciones todas las llaves para abrir los cilindros no funcionaban. Los encargados mandaron a toda prisa a pedir un instrumento adecuado. Lograron descargar uno o dos cilindros; el gas salió silbando, formó uni.j nube espesa unos cuantos metros adelante de la trinchera en la tierra de nadie, y luego gradualmente regresó a nuestras trincheras. Los alemanes, que esperaban el ataque de gas, inmediatamente se pusieron sus mascarillas: unas máscaras semirrígidas indudablemente mejores que las nuestras. Unas balas de algodón de desecho fueron colocadas a lo largo del parapeto alemán y sirvieron de barrera contra el gas. Luego sus baterías abrieron el fuego contra nuestras líneas. La confusión en la trinchera del frente debe haber sido horrible. Algunos disparos rompieron varios de los cilindros de gas, la trinchera se llenó de gas, toda la compañía comenzó a huir en des bandada.

No podíamos recibir ninguna orden debido a que el puesto de transmisiones en el cuartel general del batallón había sido bombardeado; la comunicación se había interrumpido no sólo entre las compañías y el batallón, sino también entre el batallón y la división. Los oficiales en la trinchera del frente tenían que decidir sobre la acción inmediata; de modo que dos compañías de los Middlesex, en vez de esperar el intenso bombardeo que debía seguir a los anunciados cuarenta minutos de la bataUa del gas, cargaron de inmediato y lograron llegar hasta las alambradas alemanas, que nuestra artillería no había cortado aún; para destrozar las alambradas había necesidad de poner explosivos poderosos y en gran cantidad, y hasta ese momento sólo habían sido rociados con metralla. Los alemanes abatieron a los soldados del Middlesex. Según se dijo, un pelotón logró encontrar un boquete entre las alambradas y llegó a introducirse en las trincheras alemanas. Pero no hubo un superviviente del batallón para confirmar ese rumor. Los Argyll y los Sutherland Highlanders se lanzaron a la carga también a la izquierda de los Middlesex; pero dos companías

Robert Graves, de militar

Robert Graves, de militar

en vez de atacar a la vez, salieron precipitadamente de la primera trinchera llena de gas y se dirigieron a la línea de apoyo, atacando desde allí. Debe recordarse que, en preparación de la batalla, se había acercado la primera línea de nuestras trincheras a las trincheras alemanas. Aquellas dos compañías lanzaron su ataque desde la vieja línea de tiro, pero la alambrada que la protegía no había sido levantada, de manera que los Highlanders fueron ametrallados entre su propia línea y las líneas de apoyo. Las otras dos compañías no lograron obtener tampoco ninguna victoria. Cuando el ataque se inició, los suboficiales alemanes habían saltado al parapeto y desde ahí enardecían a sus soldados. Eran los Higer, famosos por su puntería.

Los supervivientes de las dos compañías de Middlesex que habían lanzado el asalto, se hallaban ahora en los cráteres formados por las bombas, muy cerca de las alambradas alemanas, disparando y logrando que los alemanes no sacaran la cabeza. Tenían granadas para arrojar, pero eran casi todas de un nuevo tipo, fabricado para esta batalla. Eran granadas que había que encender con una cerilla, y la lluvia las había vuelto inutilizables. Las otras dos compañías de Middlesex pronto se lanzaron en su auxilio. El fuego de las ametralladoras las detuvo a medio camino. Sólo una de las ametralladoras alemanas seguía funcionando, las otras habían sido inutilizadas por disparos de rifle o por el fuego de mortero procedente de las trincheras. La supervivencia de aquella ametralladora es en sí una historia ( … )

Estaba de descanso, y me dormí en la trinchera sin esperar a que terminara el bombardeo. Lo mismo daba morir dormido que despierto. Por supuesto no había refugios. Yo podía fácilmente dormir durante los bombardeos, aunque tenía una vaga conciencia del ruido. Sin embargo si alguien me despertaba para hacer una guardia o gritaba: “¡Presenten armas!”, me ponía de pie al instante. Podía dormir estando sentado, de pie, mientras marchaba, tendido en un suelo de piedra, o en cualquier otra posición, en cualquier instante, de día o de noche.

GRAVES, R. (1985): Adiós a todo eso (Goodbye to All That: An Autobiography, 1929), Edhasa, Barcelona.

#reino-unido