Plan de la Independencia de México

Duque Bersain: Retrato de Agustín de Iturbide

Duque Bersain: Retrato de Agustín de Iturbide

«Americanos bajo cuyo nombre comprendo no sólo a los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme. Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras; y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon. Las europeas, que llegaron a la mayor ilustración y policía, fueron esclavas de la Romana, y este Imperio, el mayor que reconoce la historia, asemejó al padre de familias que en su ancianidad mira separarse de su casa a los hijos y los nietos por estar ya en edad de formar otras, y fijarse por sí, conservándole todo el respeto, veneración y amor, como a su primitivo origen.

Trescientos años hace la América septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y engrandeció, formando esas ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados, que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido. Aumentadas la población y las luces conocidos todos los ramos de la natural opulencia del suelo; su riqueza metálica, las ventajas de su situación topográfica; los daños que origina la distancia del centro de su unidad, y que ya la rama es casi igual al tronco; la opinión pública, y la general de todos los pueblos es la de la Independencia absoluta de la España, y de toda otra nación. Así piensa el europeo, y así los americanos de todo origen.

Esta misma voz que resonó en el pueblo de los Dolores el año de 1810, y que tantas desgracias originó al bello país de las delicias, por el desorden, el abandono y otra multitud de vicios, fijó también la opinión pública de que la unión general entre europeos y americanos, indios e indígenas es la única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad. ¿Y quien pondrá duda en que después de la experiencia horrorosa de tantos desastres no haya uno siquiera que deje de presentarse a la unión para conseguir tanto bien? Españoles europeos: vuestra patria es la América, porque en ella vivís; en ella tenéis a vuestras amadas mujeres, a vuestros tiernos hijos, vuestras haciendas, comercio y bienes. Americanos: ¿quién de vosotros puede decir que no desciende de español? Ved la cadena dulcísima que nos une: añadid los otros lazos de la amistad, la dependencia de intereses, la educación e idioma, y la conformidad de sentimientos, y veréis son tan estrechos y tan poderosos que la felicidad común del reino es necesario la hagan todos, reunidos en una sola opinión, y en una sola voz.

Es llegado el momento en que manifestéis la uniformidad de sentimientos, y que nuestra unión sea la mano poderosa que emancipe a la América sin necesidad de auxilios extraños. A la frente de un ejército valiente y resuelto, he proclamado la Independencia de la América septentrional. Es ya libre; es ya señora de sí misma, ya no reconoce, ni depende de la España, ni de otra nación alguna. Saludadla todos como Independiente, y sean nuestros corazones bizarros los que sostengan esta dulce voz, unidos con las tropas que han resuelto morir antes que separarse de tan heroica empresa.

Reproducción del texto del Plan de Iguala, tal como aparecen en el Archivo General de la Nación. México

No le anima otro deseo al ejército que el conservar pura la santa religión que profesamos, y hacer la felicidad general. Oíd, escuchad las bases sólidas en que funda su resolución.

1º La religión de la Nueva España es y será la católica, apostólica romana, sin tolerancia de otra alguna.

2º La Nueva España es Independiente de la antigua y de toda otra potencia, aun de nuestro Continente.

3º Su gobierno será Monarquía moderada, con arreglo a la Constitución peculiar y adaptable del reino.

4º Será su Emperador el Sr. D. Fernando Séptimo, y no presentándose personalmente en México dentro del término que las Cortes señalaren a prestar el juramento, serán llamados en su caso, el serenísimo Sr. Infante D. Carlos, el Sr. D. Francisco de Paula, el Archiduque Carlos u otro individuo de Casa reinante, que estime más conveniente el Congreso.

5º Ínterin las Cortes se reúnen, habrá una Junta que tendrá por objeto tal reunión, y hacer que se cumpla con el plan en toda su extensión.

6º Dicha Junta, que se denominará gubernativa, debe componerse de los vocales de que habla la carta oficial del Excmo. Sr. Virrey.

7º Ínterin el Sr. D. Fernando Séptimo se presenta en México y hace el juramento, gobernará la Junta, o la Regencia, a nombre de S. M. en virtud del juramento de fidelidad que le tiene prestado la Nación; sin embargo de que se suspenderán todas las órdenes que diere ínterin no haya prestado dicho juramento.

8º Si el Sr. D. Fernando Séptimo no se dignare venir a México, ínterin se resuelve el Emperador que deba coronarse, la Junta o la Regencia mandará en nombre de la Nación.

9º Este gobierno será sostenido por el ejército de las tres garantías, de que se hablará después.

10º Las Cortes resolverán la continuación de la Junta, o si debe substituirla una Regencia, ínterin llega la persona que deba coronarse.

11º Las cortes establecerán en seguida la Constitución del Imperio Mexicano.

12º Todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos, ni indios son ciudadanos de esta Monarquía con opción a todo empleo, según su mérito y virtudes.

13º Las personas de todo ciudadano, y sus propiedades, serán respetadas y protegidas por el gobierno.

14º El clero secular y regular será conservado en todos sus fueros y preeminencias.

15º La Junta cuidará de que todos los ramos del estado queden sin alteración alguna, y todos los empleados políticos, eclesiásticos, civiles y militares en el estado mismo en que existen en el día. Sólo serán removidos los que manifiesten no entrar en el plan, substituyendo en su lugar los que más se distingan en adhesión, virtud y mérito.

16º Se formará un ejército protector que se denominará de las tres garantías, porque bajo su protección tomará lo primero, la conservación de la Religión católica, apostólica, romana, cooperando de todos los modos que estén a su alcance para que no haya mezcla alguna de otra secta, y se ataquen oportunamente los enemigos que puedan dañarla: lo segundo, la independencia bajo el sistema manifestado: lo tercero, la unión íntima de americanos y europeos, pues garantiendo bases tan fundamentales de la felicidad de Nueva España, antes que consentir la infracción de ellas se sacrificará dando la vida del primero al último de sus individuos.

17º Las tropas del ejército observarán la más exacta disciplina a la letra de las ordenanzas, y los jefes y oficialidad continuarán bajo el pié en que están hoy: es decir, en sus respectivas clases, con opción a los empleos vacantes, y que vacaren por los que no quisieren seguir sus banderas, o cualquiera otra causa, y con opción a los que se consideren de necesidad o conveniencia.

18º Las tropas de dicho ejército se considerarán como de línea.

19º Lo mismo sucederá con las que sigan luego este plan. Las que lo difieran; las del anterior sistema de la independencia, que se unan inmediatamente a dicho ejército; y los paisanos que intenten alistarse, se considerarán como tropas de milicia nacional, y la forma de todas para la seguridad interior y exterior del reino, la dictarán las Cortes.

20º Los empleos se concederán al verdadero mérito, a virtud de informe de los respectivos jefes, y en nombre de la nación provisionalmente.

21º Ínterin las Cortes se establecen, se procederá en los delitos con total arreglo a la Constitución española.

22º En el de conspiración contra la independencia se procederá a prisión sin pasar a otra cosa hasta que las Cortes decidan la pena al mayor de los delitos, después del de lesa Majestad divina.

23º Se vigilará sobre los que intenten fomentar la desunión y se reputan como conspiradores contra la independencia.

24º Como las Cortes que van a instalarse han de ser constituyentes, se hace necesario que reciban los diputados los poderes bastantes para el efecto; y como a mayor abundamiento, es de mucha importancia que los electores sepan que sus representantes han de ser para el Congreso de México, y no de Madrid, la Junta prescribirá las reglas justas para las elecciones, y señalará el tiempo necesario para ellas y para la apertura del Congreso. Ya que no puedan verificarse en marzo, se estrechará cuanto sea posible el término.= Iguala 24 de febrero de 1821.

Americanos: he aquí el establecimiento y la creación de un nuevo imperio. He aquí lo que ha jurado el ejército de las tres garantías, cuya voz lleva el que tiene el honor de dirigírosla. He aquí el objeto para cuya cooperación os invita. No se os pide otra cosa que la que vosotros mismos debéis pedir y apetecer. Unión, fraternidad, orden, quietud interior, vigilancia y horror a cualquiera movimiento turbulento. Estos guerreros no quieren otra cosa que la felicidad común. Uníos con su valor para llevar adelante una empresa que por todos aspectos (si no es por la pequeña parte que en ella he tenido) debo llamar heroica. No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas seremos unos meros protectores, unos simples espectadores de la obra grande, que hoy ha trazado y que retocarán y perfeccionarán los Padres de la patria. Asombrad a las naciones de la culta Europa: vean que la América septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de vuestro júbilo decid: viva la Religión santa que profesamos: viva la América septentrional independiente de todas las naciones del globo: viva la Unión que hizo nuestra felicidad.= Iguala 24 de febrero de 1821.= Agustín de Itúrbide.

Lista de los señores que deben componer la Junta Gubernativa, propuesta en el preinserto plan.

Presidente.

Conde del Venadito

Vice-Presidente.

D. Miguel de Bataller, Regente de la Audiencia de México.
Dr. D. Miguel Guridi y Alcocér, Cura de la Parroquia del Sagrario.
Conde de la Cortina, Prior del Tribunal del Consulado.
D. Juan Bautista Lobo, Diputado provincial por Veracruz.
P. Dr. D. Matías Monteagudo, Prepósito del Oratorio de S. Felipe Neri, y Canónigo de la santa Iglesia Metropolitana.
D. Isidro Yañez, Oidor de dicha Audiencia.
D. José María Fagoaga, Oidor honorario.
D. Juan Espinosa de los Monteros, Agente Fiscal de lo civil.
Lic. D. Juan Francisco Azcárate, Síndico segundo del Ayuntamiento constitucional de México.
Dr. D. Rafael Suárez Pereda. Juez de letras.

Suplentes.

D. Francisco Sánchez de Tagle, Regidor constitucional.
D. Ramón Osés, Oidor.
D. Juan José Pastor Morales, Diputado provincial por Valladolid.

Nota. Si por enfermedad u otra causa faltase alguno de los sres. vocales nombrados en primer lugar, sea americano o europeo, se substituirá por los suplentes por el mismo orden en que se hallan.= Otra. La Junta misma nombrará dos secretarios, ya sea de los mismos individuos que la compongan, ya de los suplentes u otros de fuera, si lo estimasen conveniente, y en ningún caso tendrán voto. Tal vez los dos sres. suplentes nombrados en primer lugar convendrá que desempeñen tal cargo importantísimo.= Iguala 24 de febrero de 1821.= Agustín de Itúrbide

México: 1822. En la Imprenta imperial de Don Alejandro Valdés.

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Proclamación de la Independencia de México

Agustín de Itúrbide (Valladolid, México, 27 de septiembre de 1783 - Padilla, Tamaulipas, 19 de julio de 1824)

“Americanos bajo cuyo nombre comprendo no sólo a los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme. Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras; y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon. Las europeas, que llegaron a la mayor ilustración y policía, fueron esclavas de la Romana, y este Imperio, el mayor que reconoce la historia, asemejó al padre de familias que en su ancianidad mira separarse de su casa a los hijos y los nietos por estar ya en edad de formar otras, y fijarse por sí, conservándole todo el respeto, veneración y amor, como a su primitivo origen.

Trescientos años hace la América septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y engrandeció, formando esas ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados, que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido. Aumentadas la población y las luces conocidos todos los ramos de la natural opulencia del suelo; su riqueza metálica, las ventajas de su situación topográfica; los daños que origina la distancia del centro de su unidad, y que ya la rama es casi igual al tronco; la opinión pública, y la general de todos los pueblos es la de la Independencia absoluta de la España, y de toda otra nación. Así piensa el europeo, y así los americanos de todo origen.

Esta misma voz que resonó en el pueblo de los Dolores el año de 1810, y que tantas desgracias originó al bello país de las delicias, por el desorden, el abandono y otra multitud de vicios, fijó también la opinión pública de que la unión general entre europeos y americanos, indios e indígenas es la única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad. ¿Y quien pondrá duda en que después de la experiencia horrorosa de tantos desastres no haya uno siquiera que deje de presentarse a la unión para conseguir tanto bien? Españoles europeos: vuestra patria es la América, porque en ella vivís; en ella tenéis a vuestras amadas mujeres, a vuestros tiernos hijos, vuestras haciendas, comercio y bienes. Americanos: ¿quién de vosotros puede decir que no desciende de español? Ved la cadena dulcísima que nos une: añadid los otros lazos de la amistad, la dependencia de intereses, la educación e idioma, y la conformidad de sentimientos, y veréis son tan estrechos y tan poderosos que la felicidad común del reino es necesario la hagan todos, reunidos en una sola opinión, y en una sola voz.

Es llegado el momento en que manifestéis la uniformidad de sentimientos, y que nuestra unión sea la mano poderosa que emancipe a la América sin necesidad de auxilios extraños. A la frente de un ejército valiente y resuelto, he proclamado la Independencia de la América septentrional. Es ya libre; es ya señora de sí misma, ya no reconoce, ni depende de la España, ni de otra nación alguna. Saludadla todos como Independiente, y sean nuestros corazones bizarros los que sostengan esta dulce voz, unidos con las tropas que han resuelto morir antes que separarse de tan heroica empresa.

No le anima otro deseo al ejército que el conservar pura la santa religión que profesamos, y hacer la felicidad general. Oíd, escuchad las bases sólidas en que funda su resolución.

1º La religión de la Nueva España es y será la católica, apostólica romana, sin tolerancia de otra alguna.

2º La Nueva España es Independiente de la antigua y de toda otra potencia, aun de nuestro Continente.

3º Su gobierno será Monarquía moderada, con arreglo a la Constitución peculiar y adaptable del reino.

4º Será su Emperador el Sr. D. Fernando Séptimo, y no presentándose personalmente en México dentro del término que las Cortes señalaren a prestar el juramento, serán llamados en su caso, el serenísimo Sr. Infante D. Carlos, el Sr. D. Francisco de Paula, el Archiduque Carlos u otro individuo de Casa reinante, que estime más conveniente el Congreso.

5º Ínterin las Cortes se reúnen, habrá una Junta que tendrá por objeto tal reunión, y hacer que se cumpla con el plan en toda su extensión.

6º Dicha Junta, que se denominará gubernativa, debe componerse de los vocales de que habla la carta oficial del Excmo. Sr. Virrey.

7º Ínterin el Sr. D. Fernando Séptimo se presenta en México y hace el juramento, gobernará la Junta, o la Regencia, a nombre de S. M. en virtud del juramento de fidelidad que le tiene prestado la Nación; sin embargo de que se suspenderán todas las órdenes que diere ínterin no haya prestado dicho juramento.

8º Si el Sr. D. Fernando Séptimo no se dignare venir a México, ínterin se resuelve el Emperador que deba coronarse, la Junta o la Regencia mandará en nombre de la Nación.

9º Este gobierno será sostenido por el ejército de las tres garantías, de que se hablará después.

Plan de Iguala, 24 de febrero de 1821

10º Las Cortes resolverán la continuación de la Junta, o si debe substituirla una Regencia, ínterin llega la persona que deba coronarse.

11º Las cortes establecerán en seguida la Constitución del Imperio Mexicano.

12º Todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos, ni indios son ciudadanos de esta Monarquía con opción a todo empleo, según su mérito y virtudes.

13º Las personas de todo ciudadano, y sus propiedades, serán respetadas y protegidas por el gobierno.

14º El clero secular y regular será conservado en todos sus fueros y preeminencias.

15º La Junta cuidará de que todos los ramos del estado queden sin alteración alguna, y todos los empleados políticos, eclesiásticos, civiles y militares en el estado mismo en que existen en el día. Sólo serán removidos los que manifiesten no entrar en el plan, substituyendo en su lugar los que más se distingan en adhesión, virtud y mérito.

16º Se formará un ejército protector que se denominará de las tres garantías, porque bajo su protección tomará lo primero, la conservación de la Religión católica, apostólica, romana, cooperando de todos los modos que estén a su alcance para que no haya mezcla alguna de otra secta, y se ataquen oportunamente los enemigos que puedan dañarla: lo segundo, la independencia bajo el sistema manifestado: lo tercero, la unión íntima de americanos y europeos, pues garantiendo bases tan fundamentales de la felicidad de Nueva España, antes que consentir la infracción de ellas se sacrificará dando la vida del primero al último de sus individuos.

17º Las tropas del ejército observarán la más exacta disciplina a la letra de las ordenanzas, y los jefes y oficialidad continuarán bajo el pié en que están hoy: es decir, en sus respectivas clases, con opción a los empleos vacantes, y que vacaren por los que no quisieren seguir sus banderas, o cualquiera otra causa, y con opción a los que se consideren de necesidad o conveniencia.

18º Las tropas de dicho ejército se considerarán como de línea.

19º Lo mismo sucederá con las que sigan luego este plan. Las que lo difieran; las del anterior sistema de la independencia, que se unan inmediatamente a dicho ejército; y los paisanos que intenten alistarse, se considerarán como tropas de milicia nacional, y la forma de todas para la seguridad interior y exterior del reino, la dictarán las Cortes.

20º Los empleos se concederán al verdadero mérito, a virtud de informe de los respectivos jefes, y en nombre de la nación provisionalmente.

21º Ínterin las Cortes se establecen, se procederá en los delitos con total arreglo a la Constitución española.

22º En el de conspiración contra la independencia se procederá a prisión sin pasar a otra cosa hasta que las Cortes decidan la pena al mayor de los delitos, después del de lesa Majestad divina.

23º Se vigilará sobre los que intenten fomentar la desunión y se reputan como conspiradores contra la independencia.

24º Como las Cortes que van a instalarse han de ser constituyentes, se hace necesario que reciban los diputados los poderes bastantes para el efecto; y como a mayor abundamiento, es de mucha importancia que los electores sepan que sus representantes han de ser para el Congreso de México, y no de Madrid, la Junta prescribirá las reglas justas para las elecciones, y señalará el tiempo necesario para ellas y para la apertura del Congreso. Ya que no puedan verificarse en marzo, se estrechará cuanto sea posible el término.= Iguala 24 de febrero de 1821.

Americanos: he aquí el establecimiento y la creación de un nuevo imperio. He aquí lo que ha jurado el ejército de las tres garantías, cuya voz lleva el que tiene el honor de dirigírosla. He aquí el objeto para cuya cooperación os invita. No se os pide otra cosa que la que vosotros mismos debéis pedir y apetecer. Unión, fraternidad, orden, quietud interior, vigilancia y horror a cualquiera movimiento turbulento. Estos guerreros no quieren otra cosa que la felicidad común. Uníos con su valor para llevar adelante una empresa que por todos aspectos (si no es por la pequeña parte que en ella he tenido) debo llamar heroica. No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas seremos unos meros protectores, unos simples espectadores de la obra grande, que hoy ha trazado y que retocarán y perfeccionarán los Padres de la patria. Asombrad a las naciones de la culta Europa: vean que la América septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de vuestro júbilo decid: viva la Religión santa que profesamos: viva la América septentrional independiente de todas las naciones del globo: viva la Unión que hizo nuestra felicidad.= Iguala 24 de febrero de 1821.= Agustín de Itúrbide.

Lista de los señores que deben componer la Junta Gubernativa, propuesta en el preinserto plan.

Presidente.

Conde del Venadito

Vice-Presidente.

D. Miguel de Bataller, Regente de la Audiencia de México.
Dr. D. Miguel Guridi y Alcocér, Cura de la Parroquia del Sagrario.
Conde de la Cortina, Prior del Tribunal del Consulado.
D. Juan Bautista Lobo, Diputado provincial por Veracruz.
P. Dr. D. Matías Monteagudo, Prepósito del Oratorio de S. Felipe Neri, y Canónigo de la santa Iglesia Metropolitana.
D. Isidro Yañez, Oidor de dicha Audiencia.
D. José María Fagoaga, Oidor honorario.
D. Juan Espinosa de los Monteros, Agente Fiscal de lo civil.
Lic. D. Juan Francisco Azcárate, Síndico segundo del Ayuntamiento constitucional de México.
Dr. D. Rafael Suárez Pereda. Juez de letras.

Suplentes.

D. Francisco Sánchez de Tagle, Regidor constitucional.
D. Ramón Osés, Oidor.
D. Juan José Pastor Morales, Diputado provincial por Valladolid.

Nota. Si por enfermedad u otra causa faltase alguno de los sres. vocales nombrados en primer lugar, sea americano o europeo, se substituirá por los suplentes por el mismo orden en que se hallan.= Otra. La Junta misma nombrará dos secretarios, ya sea de los mismos individuos que la compongan, ya de los suplentes u otros de fuera, si lo estimasen conveniente, y en ningún caso tendrán voto. Tal vez los dos sres. suplentes nombrados en primer lugar convendrá que desempeñen tal cargo importantísimo.= Iguala 24 de febrero de 1821.= Agustín de Itúrbide.”

La independencia fue proclamada y jurada en el Pueblo de Iguala en los días 1 y 2 de marzo de 1821 por el Serenísimo Sr. D. Agustín de Itúrbide, Generalísimo Almirante, y Presidente de la Regencia Gobernadora interina del Imperio.

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Objetivos de Luis Napoléon ante la inestabilidad política

Retrato oficial del presidente Luis Napoleón Bonaparte, 1848

«Francia exige ante todo tranquilidad… Soy el único ligado por un juramento, y me mantendré dentro de los estrictos límites que me traza… Por lo que a mí se refiere, elegido por el pueblo y no debiendo más que a éste mi poder, me someteré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si en este período de sesiones acordáis la revisión constitucional, una Asamblea Constituyente reglamentará la posición del poder ejecutivo. En otro caso, el pueblo declarará solemnemente su decisión en 1852. Pero, cualesquiera que sean las soluciones del porvenir, lleguemos a una inteligencia, para que jamás la pasión, la sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación… Lo que sobre todo me preocupa no es saber quién va a gobernar a Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo que el período restante pase sin agitación y sin perturbaciones. Os he abierto sinceramente mi corazón, contestad vosotros a mi franqueza con vuestra confianza, a mi buen deseo con vuestra colaboración, y Dios se encargará del resto.»

Mensaje de Luis Napoleón a la Asamblea Nacional, 12 de noviembre de 1851

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La revolución de 1848 en Francia, según Marx

Karl Marx y su esposa Jenny von Westphalen

“La monarquía de Julio [de Luis Felipe de Orleans, 1830] no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia, cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras, 240.000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta sociedad, un Roberto Macaire en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de la burguesía industrial, tenían que sufrir constantemente riesgo, y quebranto bajo este sistema. Y la burguesía industrial, en las jornadas de Julio, había inscrito en su bandera: gouvernement à bon marché, un gobierno barato.

Mientras la aristocracia financiera hacía las leyes, regentaba la administración del Estado, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba a la opinión pública mediante la situación de hecho y mediante la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne, la misma prostitución, el mismo fraude descarado, el mismo afán por enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada. Y señaladamente en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía; desenfreno en el que, por ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpemproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa.

Las fracciones no dominantes de la burguesía francesa clamaban: ¡Corrupción! El pueblo gritaba: A bas les grands voleurs! A bas les assassins!. Cuando en 1847, en las tribunas más altas de la sociedad burguesa, se presentaban públicamente los mismos cuadros que por lo general llevan al lumpemproletariado y a los prostíbulos, a los asilos y a los manicomios, ante los jueces, al presidio y al patíbulo. La burguesía industrial veía sus intereses en peligro; la pequeña burguesía estaba moralmente indignada; la imaginación popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos: “La dynastie Rothschild” , “Les juifs rois de l’époque”, etc., en los que se denunciaba y anatemizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia financiera.

La Francia de los especuladores de la Bolsa había inscrito en su bandera: Rien pour la gloire! ¡La gloria no da nada! La paix partout et toujours!  ¡La guerra hace bajar la cotización del 3 y del 4 por ciento! Por eso, su política exterior se perdió en una serie de humillaciones del sentimiento nacional francés, cuya reacción se hizo mucho más fuerte, cuando, con la anexión de Cracovia por Austria, se consumó el despojo de Polonia y cuando, en la guerra suiza del Sonderbund, Guizot se colocó activamente al lado de la Santa Alianza. La victoria de los liberales suizos en este simulacro de guerra elevó el sentimiento de la propia dignidad entre la oposición burguesa de Francia, y la insurrección sangrienta del pueblo en Palermo actuó como una descarga eléctrica sobre la masa popular paralizada, despertando sus grandes recuerdos y pasiones revolucionarios.

Finalmente dos acontecimientos económicos mundiales aceleraron el estallido del descontento general e hicieron que madurase el desasosiego hasta convertirse en revuelta.

La plaga de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846 avivaron la efervescencia general en el pueblo. La carestía de 1847 provocó en Francia, como en el resto del continente, conflictos sangrientos. ¡Frente a las orgías desvergonzadas de la aristocracia financiera, la lucha del pueblo por los víveres más indispensables! ¡En Buzançais, los insurrectos del hambre ajusticiados! ¡En París, estafadores más que hartos arrancados a los tribunales por la familia real!

El otro gran acontecimiento económico que aceleró el estallido de la revolución fue una crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra; anunciada ya en el otoño de 1845 por la quiebra general de los especuladores de acciones ferroviarias, contenida durante el año 1846 gracias a una serie de circunstancias meramente accidentales —como la inminente derogación de los aranceles cerealistas—, estalló, por fin, en el otoño de 1847, con las quiebras de los grandes comerciantes en productos coloniales de Londres, a las que siguieron muy de cerca las de los Bancos agrarios y los cierres de fábricas en los distritos industriales de Inglaterra. Todavía no se había apagado la repercusión de esta crisis en el continente, cuando estalló la revolución de Febrero.

Revolución de 1848 en París

La asolación del comercio y de la industria por la epidemia económica hizo todavía más insoportable el absolutismo de la aristocracia financiera. La burguesía de la oposición provocó en toda Francia una campaña de agitación en forma de banquetes a favor de una reforma electoral, que debía darle la mayoría en las Cámaras y derribar el ministerio de la Bolsa. En París, la crisis industrial trajo, además, como consecuencia particular, la de lanzar sobre el mercado interior una masa de fabricantes y comerciantes al por mayor que, en las circunstancias de entonces, no podían seguir haciendo negocios en el mercado exterior. Estos elementos abrieron grandes tiendas, cuya competencia arruinó en masa a los pequeños comerciantes de ultramarinos y tenderos. De aquí un sinnúmero de quiebras en este sector de la burguesía de París y de aquí su actuación revolucionaria en Febrero. Es sabido cómo Guizot y las Cámaras contestaron a las propuestas de reforma con un reto inequívoco; cómo Luis Felipe se decidió, cuando ya era tarde, por un ministerio Barrot; cómo se llegó a colisiones entre el pueblo y las tropas; cómo el ejército se vio desarmado por la actitud pasiva de la Guardia Nacional  y cómo la monarquía de Julio hubo de dejar el sitio a un gobierno provisional.”

Karl Marx: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850,

#francia

El concepto de libertad en Constand

Henri-Benjamin Constant de Rebecque (Lausana, 25 de octubre de 1767 - 8 de diciembre de 1830)

“Preguntaos primero, señores, lo que en nuestros días un inglés, un francés, un habitante de los Estados Unidos de América entienden por la palabra libertad.

Para todos es el derecho de no estar sometido sino a las leyes, de no poder ser arrestado, detenido o muerto, ni maltratado de ninguna manera por el efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos. Es para todos el derecho de decir su opinión, de escoger un oficio y ejercerlo; de ejercer su propiedad y, aun, de abusar de ella; de ir y venir sin necesidad de obtener permiso y sin rendir cuenta de los motivos de sus pasos. Es para todos el derecho de reunirse con otros individuos, sea para concretar sobre sus intereses, sea simplemente para llenar sus días y sus horas de una manera más conforme a sus inclinaciones, a sus fantasías. En fin, es el derecho, para todos, de influir sobre la administración del gobierno, sea para la nominación de todos o de ciertos funcionarios sea para las representaciones, las peticiones, las demandas que la autoridad está más o menos obligada de tomar en consideración. Comparad ahora esta libertad a la de los antiguos.

Esta consistía en ejercer colectiva, pero directamente las diferentes partes de toda la sobería, a deliberar en la plaza pública sobre la guerra o la paz, a concluir sentencias, a examinar las cuentas la gestión de los magistrados, a hacerlos comparecer ante todo el pueblo a condenarlos o absolverlos; pero al mismo tiempo que era esto lo que los antiguos llamaban libertad, admitían como compatible con esta libertad colectiva, el sometimiento completo del individuo a la autoridad del conjunto. Vosotros no encontraréis en ellos casi ninguno de los disfrutes que acabamos de ver hacen parte de la libertad de los modernos. Todas las acciones privadas están sometidas auna vigilancia severa. Nada está concedida a la independencia individual, ni bajo la relación de las opiniones, ni bajo la de la industria, -ni sobre todo la de la religión-. La facultad de escoger un culto, facultad que vemos como uno de nuestros derechos más preciosos, habría parecido a los antiguos un crimen y un sacrilegio. En las cosas más fútiles, la autoridad del campo social se interpone y entorpece la voluntad de los individuos. Terpandre (poeta lírico del siglo VIII a. C., que añadió tres cuerdas la lira griega que constaba entonces de cuatro) no puedo entre los espartanos agregar una cuerda a su lira qin que los éforos se ofendieses. En las relaciones domésticas la autoridad interviene también. El joven Lacedemonio no pudo visitar a su joven esposa. En Roma, los censores llevan sus escrutadores ojos al interior de las familias. Las Leyes regulan las costumbres, y las costumbres lo gobiernan todo. No hay nada que no regulen las leyes.

Así entre los antiguos, el individuo, soberano casi habitual en los asuntos públicos, es esclavo en todas sus relaciones privadas. Como ciudadano decide la paz y la guerra, como particular está circunscrito, observado, reprimido en todos sus movimientos; como parte del cuerpo colectivo, interroga, destituye, juzga, despoja, destierra, condena a muerte a magistrados o superiores, sometido al cuerpo colectivo puede a su vez ser privado de su status, despojado de sus dignidades, desterrado o muerto, por la voluntad discrecional del conjunto del que hace parte. Entre los modernos, al contrario, el individuo en la vida privada no es, aun en los Estados más libres, sobrerano sino en apariencia. Su soberanía está restringida, casi siempre suspendida y, si, en épocas fijas, aunque escasas, durante las cuales está envuelto en precauciones y trabas, él ejerce esta soberanía, no es nunca sino para abdicar de la misma.”

Benjamin Constand, Discurso en el Ateneo Real, 1819

Alegato del Doctor Franklin en la Cámara británica de los Comunes en contra de la “Stamp Act” para América (febrero 1766)

Benjamin Franklin (Boston, 17 de enero de 1706 - Filadelfia, 17 de abril de 1790)

«P.: ¿Cree usted que el pueblo americano se conformaría con pagar el impuesto del timbre si se redujera en su cuantía?
R.: No. Sólo lo pagaría si se le impusiera por la fuerza de las armas […]
P.: ¿Qué actitud prevalecía en América respecto de Gran Bretaña antes de 1763?
R.: La mejor del mundo. Todos aceptaban de buen grado al gobierno de la Corona y en todos los tribunales se obedecían las decisiones del Parlamento. A pesar de la abundante población repartida por las diversas provincias, no costaba nada a Inglaterra mantener sometidos a sus súbditos, sin necesidad de gastarse nada en fuertes, ciudadelas, guarniciones o ejércitos. Sólo hacia falta para gobernarles, pluma, tinta y papel. Eran dóciles y sumisos. No sólo sentían respeto, sino afecto por Gran Bretaña y sus leyes, sus costumbres, su educación. Hasta gustaban de sus modas, tanto que contribuyeron a hacer que floreciera el comercio. Los nacidos en Gran Bretaña siempre recibían el mejor trato. Ser la vieja Inglaterra era un signo de respeto y de distinción entre nosotros.
P.: ¿Y ahora, cuál es esta actitud?
R.: Ha cambiado notablemente.
P.: ¿Había oído usted antes de ahora que se pusiera en tela de juicio la autoridad del Parlamento para legislar en América?
R.: La autoridad del Parlamento era reconocida en toda su legislación, salvo en lo concerniente a los impuestos internos. Nunca se le discutió en lo concerniente a la regulación fiscal del comercio […]
P.: ¿Cómo juzgaba, en general, el pueblo americano al Parlamento de Gran Bretaña?
R.: Lo consideraba como el gran baluarte que defendía sus libertades y privilegios y hablaban de él con el mayor respeto y veneración. Pensaban que ministros arbitrarios quizá pudieran oprimirlos en algunas ocasiones, pero confiaban, en definitiva, que el Parlamento terminaría por poner las cosas en su sitio. Recordaban agradecidos aquella ocasión memorable en que se sometió al Parlamento un proyecto de ley con una cláusula según la cual las instrucciones reales tendrían fuerza de ley en las colonias, y que vetó la Cámara de los Comunes, quedando sin efecto alguno.
P.: ¿Conservan aún ese respeto al Parlamento?
R.: No. La verdad es que ha disminuido bastante.
P.: ¿Y a qué lo achaca usted?
R.: A un conjunto de causas; las restricciones impuestas últimamente al tráfico mercantil, en virtud de las cuales quedaba prohibida la importación de oro y plata extranjeros en las colonias; la prohibición de hacer papel-moneda por su cuenta; las nuevas exigencias en materia del impuesto del timbre, y al propio tiempo haber suprimido los juicios con jurado, rehusando dar entrada y oír las peticiones que humildemente se elevaban.
P.: ¿Y no cree usted que aceptarían la “Stamp Act” si se modificara lo que en ella pueda haber de odioso, y se redujera el tipo de imposición a ciertos supuestos sin gran trascendencia?
R.: No; nunca lo aceptarían […]
P.: ¿Cuál es su opinión sobre un impuesto que en el futuro pudiera repercutir en América de forma parecida a la “Stamp Act”? ¿Cómo lo recibirían los americanos?
R.: Igual que a éste. No lo pagarían».

Benjamín Frankiln, Autobiografía y otros escritos, Madrid, Editora Nacional, 1982

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El concepto “Pueblo”, según la Enciclopedia

Le Nain: Familia feliz, 1642

«Antaño, en Francia, el pueblo era considerado la parte más útil, la más preciosa y, por consiguiente, la más respetable de la nación. Entonces se creía que el pueblo podía ocupar un lugar en los Estados Generales y los Parlamentos del Reino hacían razón común de la del pueblo y de la suya propia. Las ideas han cambiado, y ahora hasta la clase de hombres que ha de formar el pueblo se reduce cada día más. Antaño era el pueblo el estado general de la nación, simplemente opuesto a los grandes y los nobles. Incluía a los labradores, los obreros, los artesanos, los negociantes, los financieros, las gentes de letras y las gentes de leyes. Pero un hombre de gran ingenio, que público hace cerca de veinte años una disertación sobre la naturaleza del pueblo piensa que ese cuerpo de la nación se reduce actualmente a los obreros y a los labradores. Refiramos sus propias reflexiones sobre esta materia que contribuyen a probar su sistema.

Las gentes de leyes, dice, han salido de la clase del pueblo ennobleciéndose sin ayuda de la espada, y las gentes de letras, al modo de Horacio, han considerado al pueblo como profano. No sería honesto llamar pueblo a quienes cultivan las bellas artes, ni siquiera dejar en la clase del pueblo a esos artesanos o, por mejor decir, artistas refinados que trabajan el lujo, unas manos que pintan divinamente un carruaje, que engarzan un diamante a la perfección, que arreglan una prenda de moda soberbiamente, tales manos no se parecen en nada a las manos del pueblo. Guardémonos también de mezclar a los negociantes con el pueblo desde que puede adquirirse la nobleza por medio del comercio, los financieros han tomado tan altos vuelos que se codean con los grandes del reino y se han mezclado y confundido con ellos, aliados de los nobles, a los que conceden pensiones, sostienen y sacan de la miseria. Pero para que puede juzgarse mejor cuán absurdo sería confundirlos con el pueblo bastará considerar un momento de la vida de los hombres de esos vuelos y la del pueblo […].

No quedan, pues, en la masa del pueblo, más que los obreros y los labradores. Yo contemplo con interés su modo de existir, y hallo que si el obrero vive en su choza o en algún reducto que nuestras ciudades le dejan es porque se tiene necesidad de su fuerza. Se levanta con el sol y sin mirar la fortuna que sonríe a lo alto, toma su ropa de todo el año y pica en nuestras minas y canteras, deseca nuestras marismas, limpia nuestras calles, levanta nuestras casas y fabrica nuestros muebles, llega el hambre y todo le parece bueno, y al terminar el día se acuesta duramente en brazos del cansancio.

El labrador, otro hombre del pueblo, está ya muy ocupado antes del alba, sembrando nuestras tierras, cultivando nuestros campos y regando nuestros huertos. Soporta el calor, el frío, la altanería de los grandes, la insolencia de los ricos, el despojo de los exactores, el pillaje de los oficiales y hasta los destrozos de los animales salvajes que no se atreve a alejar de sus cosechas por respeto a los placeres de los poderosos».

Jaucourt: Artículo “Pueblo”, en la Enciclopedia, 1751-52