Declaración de Laeken sobre el futuro de la Unión Europea

[…] El nuevo papel de Europa en un entorno

Asistentes a la Cumbre de Laeken, diciembre de 2001

Fuera de sus fronteras, la Unión Europea se enfrenta asimismo a un entorno mundializado en rápida mutación. Tras la caída del Muro de Berlín, por un momento pareció que podríamos vivir por largo tiempo en un orden mundial estable, sin conflictos, basada en los derechos humanos. Pero apenas unos años más tarde desapareció esa seguridad. El 11 de septiembre nos ha abierto brutalmente los ojos. Las fuerzas contrarias no han desaparecido. El fanatismo religioso, el nacionalismo étnico, el racismo y el terrorismo se intensifican y siguen siendo alimentados por los conflictos regionales, la pobreza y el subdesarrollo.

¿Cuál es el papel de Europa en este mundo transformado? ¿No debería Europa, ahora por fin unificada, desempeñar un papel de liderazgo en un nuevo orden planetario, el de una potencia a la vez capaz de desempeñar una función estabilizadora a nivel mundial y de ser punto de referencia para numerosos países y pueblos? Europa como el continente de los valores humanistas, la Carta Magna, el Bill of Rights, la Revolución francesa, la caída del Muro de Berlín. El continente de la libertad, de la solidaridad y, sobre todo, de la diversidad, lo que implica el respeto de las lenguas, culturas y tradiciones de los demás. La única frontera que establece la Unión Europea es la de la democracia y los derechos humanos. La Unión sólo está abierta a países que respetan valores fundamentales tales como las elecciones libres, el respeto de las minorías y el Estado de Derecho.

Ahora que ha terminado la guerra fría y que vivimos en un mundo a la vez mundializado y atomizado, Europa debe asumir su responsabilidad en la gobernanza de la globalización. El papel que debe desempeñar es el de una potencia que lucha decididamente contra cualquier violencia, terror y fanatismo, pero que tampoco cierra los ojos ante las injusticias flagrantes que existen en el mundo. En resumen, una potencia que quiere hacer evolucionar las relaciones en el mundo de manera que no sólo beneficien a los países ricos sino también a los más pobres. Una potencia que quiere enmarcar éticamente la mundialización, es decir, ligarla a la solidaridad y al desarrollo sostenible.

Las expectativas del ciudadano europeo

La imagen de una Europa democrática y comprometida en el mundo concuerda perfectamente con lo que desea el ciudadano, que muchas veces ha dado a entender que desea un papel más importante de la Unión en asuntos de justicia y seguridad, de lucha contra la delincuencia transfronteriza, control de los flujos migratorios, de acogida a los solicitantes de asilo y a los refugiados provenientes de zonas de conflicto periféricas. También pide resultados en el ámbito del empleo y la lucha contra la pobreza y la exclusión social, así como en el ámbito de la cohesión económica y social. Exige un enfoque común con respecto a la contaminación, el cambio climático y la seguridad alimentaria. En resumen, todos los asuntos transfronterizos que, de modo instintivo, el ciudadano siente que sólo pueden abordarse mediante la cooperación. Del mismo modo, también desea más Europa en los asuntos exteriores, de seguridad y de defensa; con otras palabras, pide más acción y mejor coordinada para luchar contra los focos de conflicto en Europa, a su alrededor y en el resto del mundo.

Simultáneamente, ese mismo ciudadano considera que la Unión va demasiado lejos y actúa de modo demasiado burocrático en otros muchos ámbitos. A la hora de coordinar el entorno económico, financiero o fiscal, la piedra angular habrá de ser siempre el correcto funcionamiento del mercado interior y de la moneda única, sin poner en peligro las especificidades de los Estados miembros. Las diferencias nacionales y regionales a menudo son fruto de la historia o de la tradición, y pueden resultar enriquecedoras. Con otras palabras, lo que el ciudadano entiende por la “buena gestión de los asuntos públicos” es la creación de nuevas oportunidades, no de nuevas rigideces. Lo que espera es más resultados, mejores respuestas a preguntas concretas y no un superestado europeo o unas instituciones europeas que se inmiscuyan en todo.

En resumen, el ciudadano pide un enfoque comunitario claro, transparente, eficaz y conducido democráticamente un enfoque que haga de Europa un faro para el futuro del mundo, un enfoque que consiga resultados concretos en términos de más empleo, mayor calidad de vida, menos delincuencia, una educación de calidad y mejores servicios sanitarios. Para ello, Europa debe indudablemente buscar renovadas fuentes de inspiración y reformarse. […]

Declaración común de los Jefes de Estado o Gobierno de la Unión Europea, Cumbre de Laeken, 15 de diciembre de 2001

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Incremento de la desigualdad económica en la Union Europea

El Banco de España vincula el retroceso con el cambio tecnológico y la flexibilidad laboral

La creciente pérdida de peso de los salarios frente a las rentas empresariales es uno de los asuntos que más polémica han generado en los últimos meses. Un debate en el que entró ayer el Banco de España con un estudio que concluye que el retroceso ha sido generalizado en la zona euro, con una caída del 13% en el último cuarto de siglo. El informe refleja que la caída de la participación de las rentas del trabajo en la riqueza nacional se ha intensificado en España en los últimos seis años. Y relaciona esta situación global con el cambio tecnológico y la desregulación del mercado laboral.

Las desigualdades sociales por la crisis económica

La participación de las rentas del trabajo en la riqueza de los países desarrollados ha tomado una cuesta abajo, prolongada y pronunciada, que tiene pocos precedentes históricos. Éste es el punto de partida del estudio incluido en el último boletín económico del Banco de España, que constata la dimensión del fenómeno en la zona euro.

En España, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística reflejan que la parte de la riqueza nacional correspondiente a la remuneración de asalariados alcanzó en 2006 su mínimo histórico, con un 46,4% del PIB. El estudio del Banco de España se centra en la zona euro, hace la comparación con el valor añadido de estos países y utiliza otra estadística (una base de datos financiada por la UE). Pero la conclusión es la misma: la renta de los asalariados de las ocho principales economías de la eurozona, que acumulan más del 90% de la producción del área, se come la menor porción de la tarta de la riqueza desde que se comenzó a recoger datos, en 1970.

La pérdida de cuota de los salarios en estas últimas tres décadas y media no ha sido lineal. De hecho, las rentas del trabajo en estos ocho países ganaron terreno en la década de los setenta (ver gráfico). Pero desde 1980, la caída ha sido generalizada y significativa. El artículo del Banco de España, elaborado por Esther Moral (del servicio de estudios de este organismo) y Véronique Genre (del Banco Central Europeo), muestra que desde 1980 la pérdida de peso de los salarios en la renta de estos países rozó el 13%. Con respecto a ese año, las mayores pérdidas se registraron en Austria y Alemania, que por la dimensión de su economía es determinante en la evolución de la zona euro.

Según este análisis, España sería el país en el que la participación de los salarios sufrió un retroceso menor respecto al año de referencia (1980), apenas un 3%. Sin embargo, estaría entre las economías con un deterioro más rápido de la posición de las rentas salariales entre 2000 y 2006. Un deterioro que también refleja Eurostat, el servicio estadístico de la UE, cuyos datos fueron uno de los combustibles de la polémica política que se encendió a principios de verano.

Al analizar esta pérdida de peso por sectores, el estudio del Banco de España se encuentra con los primeros indicios de la influencia de la globalización: “La caída de la participación salarial ha sido más pronunciada en los sectores más abiertos a la competencia, y especialmente en aquellos en los que las nuevas economías en el comercio internacional muestran mayor ventaja comparativa”. Como ejemplos, las analistas citan la fabricación de material de oficina, de equipos informáticos o de material eléctrico. El artículo señala el cambio de la estructura económica de los países de la zona euro como otro factor explicativo: la industria, con remuneraciones más altas, ha perdido protagonismo en favor de los servicios, donde el peso salarial es inferior a la media de estas economías.

El artículo del Banco de España da especial relevancia al cambio generado por las nuevas tecnologías de la información. Los ordenadores y los nuevos sistemas de comunicación “tenderán a incrementar la productividad relativa del capital” en las principales economías europeas, y el traslado de estas ganancias a los excedentes empresariales “reducirá la participación del trabajo en la riqueza”. Una hipótesis que las analistas confirman mediante un modelo estadístico.

Estrategia sindical

El informe constata la importancia de otro factor: el efecto de la globalización en la flexibilización de los mercados laborales. Los gobiernos europeos desarrollaron en este tiempo reformas para rebajar la protección del empleo y facilitar así la incorporación de personas paradas. Eso, y la competencia de países con salarios mucho más bajos, contribuyeron a “un cambio en la estrategia de los sindicatos”, que se centraron menos en reivindicar subidas de salarios, y más “en la creación de empleo y en la defensa de puestos de trabajo”. El estudio también comprueba de forma estadística esta relación.

El aumento de la inmigración por ser “trabajadores que suelen ocupar puestos de baja cualificación” (un fenómeno especialmente significativo en España), o los amplios procesos de privatización de empresas públicas -“las empresas privadas tienden a mostrar una mayor eficiencia productiva que las públicas”-, son otras cuestiones apuntadas en el estudio para explicar la pérdida generalizada de peso de las rentas del trabajo frente a los excedentes empresariales.

Alejandro Bolaños, Madrid: “El peso de los salarios en la riqueza de la zona euro cae un 13% desde 1980“, El País, 7 de agosto de 2007, pág. 62.

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