Los derechos del hombre y del ciudadano en la Francia revolucionaria

La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano es, junto con los decretos del 4 y el 11 de agosto de 1789 sobre la supresión de los derechos feudales, uno de los textos fundamentales votados por la Asamblea nacional constituyente formada tras la reunión de los Estados Generales durante la Revolución Francesa.El principio de base de la Declaración fue adoptado antes del 14 de julio de 1789 y dio lugar a la elaboración de numerosos proyectos. Tras largos debates, los diputados votaron el texto final el día 26 de agosto. En la declaración se definen los derechos “naturales e imprescriptibles” como la libertad, la propiedad, la seguridad, la resistencia a la opresión. Asimismo, reconoce la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la justicia. Por último, afirma el principio de la separación de poderes. El Rey Luis XVI la ratificó el 5 de octubre, bajo la presión de la Asamblea y el pueblo, que había acudido a Versalles. Sirvió de preámbulo a la primera constitución de la Revolución Francesa, aprobada en 1791.

Ilustración con la Declaración de los Derechos del Hombre y del cuidadano.

«Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre, son las principales causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración, constantemente presente a todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y  del poder ejecutivo puedan en cada instante ser comparados con el objeto de toda institución política y sean más respetados; para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora sobre principios simples e incontestables, tiendan siempre al mantenimiento de la Constitución y a la felicidad de todos.

En consecuencia, la Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano.

Artículo 1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden fundarse más que sobre la utilidad común.

Artículo 2. El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Artículo 3. El principio de toda soberania reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo ni individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.

Artículo 4. La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no dañe a otro; por lo tanto, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute de estos mismos derechos. Estos límites no pueden ser determinados más que por la ley.

Artículo 5. La ley no tiene el derecho de prohibir más que las acciones nocivas a la sociedad.

Todo lo que no está prohibido por la lev no puede ser impedido, y nadie puede ser obligado a hacer lo que ella no ordena.

Artículo 6. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir personalmente, o por medio de sus representantes, a su formación. La ley debe ser idéntica para todos, tanto para proteger como para castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante sus ojos, son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad, y sin otra distinción que la de sus virtudes talentos.

Artículo 7. Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni detenido más que en los casos determinados por la lev y según las formas por ella prescritas. Los que soliciten, expidan, ejecuten o hagan ejecutar órdenes arbitrarias, deben ser castigados, pero todo ciudadano llamado o designado en virtud de la ley, debe obedecer en el acto: su resistencia le hace culpable.

Artículo 8. La ley no debe establecer más que las penas estrictas y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado más que en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad al delito, y legalmente aplicada.

Artículo 9. Todo hombre ha de ser tenido por inocente hasta que haya sido declarado culpable, y si se juzga indispensable detenerle, todo rigol- que no fuere necesario para asegurarse de su persona debe ser severamente reprimido por la ley.

Firma de la Declaración de derechos del hombre y del ciudano

Artículo 10. Nadie debe ser molestado por SUS opiniones, incluso religiosas, con tal de que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley.

Artículo 11. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los más preciosos derechos del hombre. Todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, salvo la obligación de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.

Artículo 12. La garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita de una fuerza pública; esta fuerza queda instituida para el bien común y no para la utilidad particular de aquellos a quienes está confiada.

Artículo 13. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración es indispensable una contribución común. Esta contribución debe ser repartida por igual entre todos los ciudadanos, en razón de sus facultades.

Artículo 14. Todos los ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por sus representantes, la necesidad de la contribución pública, de consentirla libremente, de vigilar su empleo y de determinar su cuantía, su asiento, cobro y duración.

Artículo 15. La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público de su administración.

Artículo 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución.

Artículo 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa.

Art. 15: La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público de su administración.

Art. 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución.

Art. 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa».

Asamblea Nacional francesa, 26 agosto de 1789, aceptada por el Rey de Fracia el 5 de octubre.

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El destino de María Antonieta

María Antonieta ante un Tribunal Revolucionario

Tras la decapitación de Luis XVI el 21 de enero, acusado de alta traición, le tocó el turno a su viuda María Antonieta de Habsburgo-Lorena, hija de los emperadores de Alemania (María Teresa de Austria y Francisco I) el 16 de octubre de 1793. Altamente impopular por su doble carácter de intrigante y extranjera, su condena y ejecución se entretejieron con la leyenda y la truculencia.

“El jurado, compuesto de la gente más dispar, pues hay entre ellos un ex marqués y un ex sacerdote, tiene instrucciones de condenarla, y la condena por unanimidad a pesar de que no se ha encontrado una sola prueba fehaciente contra ella […]

Maria Antonieta

A las diez llegó Sansón, el joven y gigantesco verdugo, y la viuda de Luis Capeto [Luis XVI] se dejó dócilmente cortar el pelo y atar las manos a la espalda. Una hora después, verdugo y condenada se subieron a la carreta, y esta se sentó en una tabla sin almohada entre los travesaños, muy distinta del mullido asiento de la carroza de corte, cerrada y con paredes de cristal, en la que su marido había ido a la guillotina ocho meses antes. En el aire frío y desapacible del otoño, la condenada se mantiene firme e impávida, aunque cada traqueteo de la pesada carreta le dolía en todos los huesos. No parece oír los sarcásticos clamores de las mujeres que aguardan junto a la iglesia de Saint Roch, ni ver al comandante Grammont que blande delante del pesado caballo, gritando:

—¡He aquí a la infame María Antonieta!

Con las manos atadas a la espalda, parece más erguida, y hasta el Père Duchesne, el furibundo periódico antimonárquico confiesa al día siguiente: «La muy bribona se mantuvo audaz e insolente hasta el final».

[…] En la esquina de Saint Honoré está al acecho uno de los mayores y más geniales oportunistas que dio el siglo XVIII: Luis David, azote de tiranos y adorador de Napoleón, vociferante enemigo de la aristocracia que acabó ostentando título de barón; bloc y lápiz en ristre, David apunta un rápido esbozo de María Antonieta camino del cadalso: afeada y avejentada, pero aún firme y orgullosa, boca soberbiamente cerrada, ojos indiferentes a cuanto la rodea, indecible desdén en cada uno de sus rasgos.

María Antonieta en su ejecución

La carreta se detiene en la Plaza de la Revolución, ahora de la Concordia. La condenada se levanta. Sansón, bien asida la cuerda que le ata las manos, la precede. Los zapatos negros de tacón alto de la ex reina suben los escalones de tabal [madera de barril] como si mármol de Versalles fueran.

[…] Sansón levanta la cabeza a los cuatro vientos y diez mil bocas gritan: «¡Viva la República!», dispersándose rápidamente, pues ya son las doce y cuarto, la hora de la comida.”

Jesús Pardo: «María Antonieta. Fulgor y muerte de la última reina de Francia», Magazine, octubre de 1993

(http://historiamc.files.wordpress.com/2010/10/rev_fran.pdf)

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La vida rural en una comarca francesa en el siglo XVIII

Caricatura: El campesino aplastado por los impuestos (finales del siglo XVIII)

“Noventa y dos fuegos [hogares] componen toda nuestra parroquia, que no tiene más de dos leguas de circunferencia; setecientas personas de todo sexo y edad; he aquí, más o menos, el número de sus habitantes, que están todos adscritos a la gleba [terreno]. Situados a siete leguas de distancia del río, alejados de las grandes rutas y de la ciudad en más de tres leguas, no pudiendo tener comunicaciones más que a través de caminos impracticables, nada puede excitar su industria, ni pueden iniciar ninguna empresa lucrativa; no hay entre ellos ningún tipo de comercio, ninguna exportación, ninguna importación. Privados por la escasez de forrajes de las ventajas que reporta el mantenimiento de animales, su único cuidado es el sacar el mejor partido del suelo que les ha visto nacer. ¡Y qué suelo!; un terreno pedregoso, estéril, incapaz incluso de producir sin cultivo la hierba más simple. Dieciséis labradores, si así se puede llamar a ocho o nueve de ellos, que tienen por todo atelaje [equipo] dos débiles caballos, aran todo el año con esfuerzo y riegan con su sudor una tierra ingrata, a la cual no pueden dar el abono necesario y cuyo producto anual ordinario es todo lo más de tres por uno.

Y es, sin embargo, de este débil y único producto, una parte del cual debe necesariamente volver a la tierra, de donde el cultivador está obligado a redimir todos sus censos [pagar sus cargas y tributos], a mantenerse, a alimentar a su familia. […]

Pero si la condición del labrador es tan dolorosa que es capaz de excitar la compasión del soberano, cuánto más penosa […] es la del jornalero, para el que cada día de lluvia es un día de hambre, que doblado sobre la tierra desde el amanecer hasta la puesta del sol no puede arrancar de su seno más que el trozo de pan negro que le sostiene hasta el día siguiente, en que está obligado a volver a empezar su trabajo si quiere obtener el mismo salario.”

«Cuaderno de quejas de la comarca de Bourges» en Análisis y comentarios de texto históricos. Edad Moderna y Contemporánea, Alhambra

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