Hobsbawm: “Marx fue un profeta sin armas”

Con la crisis global, el pensamiento De Eric Hobsbawm ha vuelto a estar en boga. Aquí, habla sobre el interés de los financistas por las ideas de Marx, opina sobre el comunismo en China y afirma Que en América Latina se siente “como En casa” porque todavía se habla el lenguaje del socialismo. Su libro “Cómo cambiar El mundo” será publicado próximamente.

Los problemas del siglo XXI.   “Para resolverlos hace falta una mezcla distinta de público y privado”.

Los problemas del siglo XXI. “Para resolverlos hace falta una mezcla distinta de público y privado”.

Hampstead Heath, en la zona arbolada del norte de Londres, se enorgullece del papel destacado que tuvo en la historia del marxismo. Es aquí donde los domingos Karl Marx llevaba a su familia hasta Parliament Hill, recitando en el camino a Shakespeare y a Schiller, para pasar una tarde de picnic y poesía. Los días de semana, se reunía con su amigo Friedrich Engels, que vivía cerca, para hacer una caminata a paso ligero por el monte, donde los “viejos londinenses”, como se los conocía, reflexionaban sobre la Comuna de París, la Segunda Internacional y la naturaleza del capitalismo.

Hoy, sobre una calle lateral que sale del monte, la ambición marxista sigue viva en la casa de Eric Hobsbawm. Nacido en 1917 (en Alejandría, bajo el protectorado británico de Egipto) a más de 20 años de la muerte de Marx y Engels, no conoció personalmente a ninguno de esos dos filósofos, por supuesto. Pero al hablar con Eric en la espaciosa sala de estar, llena de fotos familiares, honores académicos y toda una vida de objetos culturales, se percibe una sensación casi tangible de conexión con estos hombres y su memoria.

La última vez que entrevisté a Eric, en 2002, su brillante autobiografía Años interesantes –la crónica de un joven en la Alemania de Weimar, el amor de toda su vida por el jazz y la forma en que realizó la transformación del estudio de la historia en Gran Bretaña– acababa de salir y había recibido críticas elogiosas. También coincidió con otro ataque cíclico de los medios a la pertenencia de Eric al Partido Comunista, tras la publicación del libro de Martin Amis contra Stalin, Koba el temible. En ese entonces, el “profesor marxista” explicó que no buscaba, tal como escribió, “acuerdo, aprobación o simpatía” sino más bien, comprensión histórica para una vida en el siglo XX moldeada por la lucha contra el fascismo.

La crisis neoliberal

Las cosas cambiaron desde entonces. La crisis global del capitalismo, que causa estragos en la economía mundial desde 2007, transformó los términos del debate.

De pronto, resurgió la crítica que hace Marx acerca de la inestabilidad del capitalismo. “Ha vuelto”, proclamó el London Times en el otoño de 2008 cuando las bolsas se desplomaban, los bancos eran nacionalizados en forma sumaria y Sarkozy, el presidente de Francia, era fotografiado hojeando Das Kapital (cuyas ventas aumentaron al punto de llegar a las listas alemanas de libros más vendidos). Hasta el papa Benedicto XVI se vio obligado a elogiar la “gran habilidad analítica” de Marx. Karl Marx, el gran ogro del siglo XX, había sido resucitado en las universidades, los encuentros de debate y las oficinas editoriales.

Parecería ser, pues, el momento ideal para que Eric Hobsbawm reúna sus ensayos más celebrados sobre Marx en un solo volumen, junto con material nuevo sobre el marxismo a la luz del colapso económico. Para Hobsbawm, el deber continuo de abordar a Marx y sus múltiples legados –entre otras cosas, en este libro, algunos nuevos capítulos excelentes sobre el significado de Gramsci– sigue siendo fuerte.

El propio Eric, empero, cambió. Sufrió una fea caída en Navidad y ya no puede eludir las limitaciones físicas de sus 93 años. El humor y la hospitalidad tanto suyos como de su esposa, Marlene, así como su intelecto, su agudeza política y su amplitud de visión, continúan no obstante maravillosamente intactos. Con un Financial Times sobre la mesa de café, Eric pasó sin contratiempos de los sondeos sobre Lula, el presidente saliente de Brasil, a las dificultades ideológicas que afronta el Partido Comunista en Bengala Occidental o las convulsiones en Indonesia que siguieron a la caída económica global de 1857.

La sensibilidad global y la ausencia total de provincianismo, siempre tan sólidas en su obra, siguen configurando su política y su historia.

Y después de una hora hablando sobre Marx, el materialismo y la lucha continua por la dignidad humana frente a los chubascos del libre mercado, uno se va de la terraza de Hobsbawm en Hampstead –cerca de los senderos por los que solían caminar Karl y Friedrich– con el sentimiento de haber pasado por un seminario vertiginoso con una de las grandes mentes del siglo XX. Una mente resuelta, además, a mantener una mirada crítica sobre el XXI.

¿En el núcleo de este libro hay una idea de reivindicación? ¿De que aun cuando las ideas propuestas en su momento por Karl Marx no sean ya relevantes, él hacía las preguntas correctas sobre la naturaleza del capitalismo y que el capitalismo que surgió en los últimos 20 años se parecía mucho a lo que Marx pensaba allá por el año 1840?

Sí, sin duda. El redescubrimiento de Marx en esta época de crisis capitalista se debe a que en 1848 predijo más que ningún otro el mundo moderno. Es, creo, lo que ha atraído hacia su obra la atención de una serie de nuevos observadores, paradójicamente, en primer lugar gente de negocios y comentaristas de negocios más que de la izquierda. Recuerdo haberlo observado justamente en la época del 150° aniversario de la publicación de El manifiesto comunista, cuando en la izquierda no se estaban haciendo muchos planes para celebrar. Descubrí para mi gran asombro que los editores de la revista que daban en el avión de United Airlines decían que querían publicar algo sobre El Manifiesto . Al poco tiempo, estuve almorzando con el financista George Soros que me preguntó: “¿Qué piensa usted de Marx?” Aunque no coincidíamos en muchas cosas, me dijo: “Ese tipo definitivamente algo tenía”.

¿Tiene la sensación de que lo que le gusta, en parte, de Marx a gente como Soros es cómo describe de manera brillante la energía, el carácter iconoclasta y el potencial del capitalismo? ¿Era esa la parte que atraía a los altos ejecutivos que volaban por United Airlines?

Creo que es la globalización, los impresionaba el hecho de que predijera la globalización, como quien dice, una globalización universal, que incluye la globalización de los gustos y todo lo que trae aparejado. Pero pienso que los más inteligentes también veían una teoría que permitía una especie de desarrollo recortado de la crisis. Porque la teoría oficial en esa época (fines de los años 1990) teóricamente rechazaba la posibilidad de una crisis.

¿Y ese discurso de “un fin de la expansión y contracción” y salir del ciclo económico?

Exactamente. Lo que pasó a partir de los años 1970, primero en las universidades, en Chicago y el resto, y finalmente, desde 1980 con Thatcher y Reagan fue, supongo, una deformación patológica del principio de libre mercado que propicia el capitalismo: la economía de mercado pura y el rechazo del Estado y de la acción pública que no creo que ninguna economía del siglo XIX haya puesto en práctica realmente, ni siquiera los Estados Unidos. Y estaba en conflicto, entre otras cosas, con la forma en que el capitalismo había funcionado en su época más exitosa, entre 1945 y comienzos de los 70.

Cuando dice “exitosa”, ¿es en cuanto a elevar los niveles de vida en los años de la posguerra?

Exitosa porque dio ganancias y aseguró algo como una población políticamente estable y relativamente satisfecha a nivel social. No era ideal pero era, digamos, un capitalismo con rostro humano.

Y usted considera que el renovado interés por Marx también se debió al fin de los Estados marxistas/leninistas. ¿La sombra leninista desapareció y usted pudo volver a la naturaleza original de la escritura de Marx?

Con la caída de la Unión Soviética, los capitalistas dejaron de tener miedo y en ese sentido tanto ellos como nosotros pudimos analizar el problema de una manera mucho más equilibrada, menos distorsionada por la pasión que antes. No obstante, yo creo que fue más la inestabilidad de esta economía neoliberal globalizada la que empezó a ser muy notable al final del siglo. Mire, en cierto modo, la economía globalizada fue dirigida en forma efectiva por lo que podríamos llamar el Noroeste [Europa occidental y Norteamérica] global y ellos impulsaron ese fundamentalismo de mercado ultra-extremo. Al principio, pareció funcionar muy bien –al menos en el viejo noroeste– aunque desde el comienzo se podía ver en la periferia de la economía global que creaba terremotos, grandes terremotos. En América Latina hubo una enorme crisis financiera a comienzos de los 80. A comienzos de los 90, en Rusia hubo una catástrofe económica. Y después hacia finales del siglo, se produjo ese colapso enorme, casi global, que fue de Rusia a Corea (del Sur), Indonesia y Argentina. Esto hizo que la gente empezara a pensar, me parece, que había en el sistema una inestabilidad de base que antes se había pasado por alto.

Se ha llegado a sugerir que la crisis que vemos desde 2008 en relación con Estados Unidos, Europa y Gran Bretaña no es tanto una crisis del capitalismo en sí, sino del capitalismo financiero moderno de Occidente. Mientras tanto, Brasil, Rusia, India y China –BRIC– están desarrollando sus economías al mismo tiempo sobre modelos cada vez más capitalistas. ¿O es simplemente que ahora nos toca sufrir a nosotros las crisis que ellos tuvieron hace 10 años?

El verdadero avance de los países BRIC es algo que se produjo en los últimos 10 años, 15 como máximo. O sea que en ese sentido se puede decir que fue una crisis del capitalismo. Por otro lado, creo que es riesgoso asumir, como hacen los neoliberales y los defensores del libre mercado, que hay un solo tipo de capitalismo. El capitalismo es, si se quiere, una familia, con una variedad de posibilidades, desde el capitalismo dirigido por el Estado de Francia hasta el libre mercado de Estados Unidos. Por lo tanto es un error creer que el avance de los países BRIC es simplemente lo mismo, como la generalización del capitalismo occidental. No lo es: la única vez que se intentó importar el fundamentalismo del libre mercado al por mayor fue en Rusia y resultó un fracaso absolutamente trágico.

Usted planteó el tema de las consecuencias políticas del colapso. En su libro, habla de una insistencia en analizar los textos clásicos de Marx como si aportaran un programa político coherente para hoy, pero ¿adónde cree que va en la actualidad el marxismo como proyecto político?

No creo que Marx haya tenido nunca un proyecto político, por así decirlo. Políticamente hablando, el programa específico de Marx era que la clase trabajadora se formara como un cuerpo consciente de clase y actuara políticamente para adquirir poder. Fuera de eso, Marx de manera muy deliberada fue vago en razón de su aversión hacia las cosas utópicas. Paradójicamente, yo diría incluso que a los nuevos partidos se les permitía improvisar, hacer lo que pudieran sin instrucciones efectivas. Lo que Marx había escrito equivalía apenas un poco más que a las ideas estilo Cláusula IV sobre la propiedad privada, en ninguna parte cercano siquiera a brindar una orientación a los partidos o ministerios. Mi opinión es que el principal modelo que los socialistas y los comunistas del siglo XX tuvieron en mente fueron las economías de guerra dirigidas por el Estado de la Primera Guerra Mundial, que no eran particularmente socialistas pero que sí aportaban alguna suerte de orientación acerca de cómo podía llegar a funcionar la socialización.

¿No le sorprende la incapacidad, ya sea de la izquierda marxista o socialdemócrata, de aprovechar la crisis de estos últimos años políticamente? Aquí estamos sentados a 20 años de la muerte de uno de los partidos que usted más admira, el Partido Comunista de Italia. ¿Lo deprime el estado de la izquierda en este momento en Europa y en otras partes?

Sí, por supuesto. De hecho, una de las cosas que estoy tratando de mostrar en el libro es que la crisis del marxismo no es sólo la crisis de la rama revolucionaria del marxismo sino de la rama social demócrata también. La nueva situación en la nueva economía globalizada finalmente aniquiló no sólo al leninismo marxista sino también al reformismo social demócrata, que fue esencialmente la clase trabajadora ejerciendo presión sobre sus Estados-nación. Con la globalización, no obstante, la capacidad de los Estados para responder a esta presión disminuyó efectivamente. Y entonces la izquierda retrocedió dando a entender: “Miren, los capitalistas están haciendo las cosas bien, lo único que debemos hacer es dejarlos ganar y asegurarnos de recibir nuestra parte”. Eso funcionó mientras esa parte se tradujo en crear Estados de bienestar, pero a partir de los años 1970, dejó de funcionar y entonces hubo que hacer, efectivamente, lo que hicieron Blair y Brown: dejarlos ganar todo el dinero posible y tener la esperanza de que se derramara la cantidad suficiente como para que nuestro pueblo estuviera mejor.

Entonces, ¿hubo un pacto faustiano para que en los buenos tiempos, en tanto las ganancias fueran saludables y se pudiera garantizar la inversión en educación y salud, no hiciéramos demasiadas preguntas?

Sí, mientras mejoró el nivel de vida.

Y ahora al caer las ganancias ¿luchamos por encontrar respuestas?

Ahora que con los países occidentales estamos yendo para el otro lado, con el crecimiento económico relativamente estático, declinando incluso, la cuestión de las reformas vuelve a tornarse urgente una vez más.

¿Usted ve como parte del problema, en lo que a la izquierda se refiere, el final de una clase trabajadora masiva consciente e identificable, algo que fue tradicionalmente esencial para la política socialdemócrata?

Históricamente es cierto. Los gobiernos socialdemócratas y las reformas cristalizaron en torno de partidos de clase obrera. Estos partidos nunca fueron, o sólo rara vez, totalmente de clase trabajadora. Siempre fueron hasta cierto punto alianzas: alianzas con ciertos tipos de intelectuales progresistas y de izquierda, con minorías, minorías religiosas y culturales, posiblemente muchos países con distintos tipos de pobres trabajadores, obreros. Con la excepción de los Estados Unidos, la clase trabajadora fue un bloque masivo reconocible durante mucho tiempo, ciertamente hasta bien entrada la década de 1970. Creo que la rapidez de la desindustrialización en este país alteró muchísimo no sólo la magnitud sino también, si se quiere, la conciencia de la clase trabajadora. Y no hay ningún país en la actualidad donde la clase trabajadora industrial pura en sí sea suficientemente fuerte. Lo que todavía es posible es que la clase trabajadora forme, por así decirlo, el esqueleto de movimientos más amplios de cambio social. Un buen ejemplo de esto, en la izquierda, es Brasil, que presenta un caso clásico de partido laborista de fines del siglo XIX basado en una alianza de sindicatos, trabajadores, los pobres en general, intelectuales, ideólogos y distintos tipos de izquierdistas, que ha producido una coalición gobernante asombrosa. Y no se puede decir que no sea exitosa después de ocho años de gobierno con un presidente saliente que cuenta con niveles de aprobación del 80%. En este momento, ideológicamente, me siento más en casa en América Latina porque sigue siendo el lugar en el mundo donde la gente todavía habla y dirige la política con el viejo lenguaje, el lenguaje del siglo XIX y el XX de socialismo, comunismo y marxismo.

En términos de partidos marxistas, algo que se desprende con mucha fuerza de su trabajo es el rol de los intelectuales. Hoy, vemos un entusiasmo enorme en universidades como la suya en Birkbeck, con reuniones y actos. Y si miramos los trabajos de Naomi Klein o David Harvey o las presentaciones de Slavoj Zizek, hay un verdadero entusiasmo. ¿Lo entusiasman estos intelectuales públicos del marxismo en este momento?

No sé si ha habido un gran cambio pero es indudable: con los actuales recortes del Gobierno habrá una radicalización de los estudiantes. Eso es algo del lado positivo. Del lado negativo… si analizamos la última oportunidad de una radicalización masiva de estudiantes en el 68, no significó demasiado. No obstante, como pensaba entonces y sigo pensando aún hoy, es preferible que los jóvenes, hombres y mujeres, piensen que están en la izquierda a que los jóvenes, hombres y mujeres, sientan que lo único por hacer es conseguir un trabajo en la bolsa.

¿Y cree que hombres como Harvey y Zizek desempeñan un papel útil en eso?

Supongo que la descripción de presentador se ajusta a Zizek. Tiene ese elemento de provocación que es muy característico y que ayuda a generar el interés de la gente, pero no estoy seguro de que quienes leen a Zizek se sientan mucho más cerca de repensar los problemas de la izquierda.

Permítame pasar de Occidente a Oriente. Uno de los interrogantes más urgentes que usted se plantea en el libro es si el Partido Comunista chino puede desarrollar su nuevo lugar en la escena global y responder a ésta.

Es un gran misterio. El comunismo desapareció pero subsiste un elemento importante del comunismo, ciertamente en Asia, que es el Partido Comunista estatal que dirige a la sociedad. ¿Cómo trabaja? En China me parece que hay un grado más alto de conciencia de la inestabilidad potencial de la situación. Probablemente haya una tendencia a crear más espacio de maniobra para una clase media intelectual creciente y para sectores educados de la población, que, después de todo, se medirán en decenas, posiblemente cientos de millones. También es cierto que el Partido Comunista en China parece estar reclutando un liderazgo tecnocrático. Cómo se une todo eso, no lo sé. Lo que sí me parece posible con esta rápida industrialización es el crecimiento de movimientos laboristas, y no queda claro hasta qué punto el Partido Comunista chino puede encontrar lugar para las organizaciones del trabajo o si las consideraría inaceptables, a la manera en que [consideró inaceptables] las protestas de la Plaza Tianannmen.

Permítame hacerle algunas preguntas sobre la política aquí en Gran Bretaña, para conocer su idea sobre la coalición. Me parece que tiene cierto aire de 1930 en lo relacionado con su ortodoxia fiscal, recortes del gasto, desigualdades del ingreso, con David Cameron como una figura muy similar a Stanley Baldwin. ¿Cuál es la lectura que usted hace?

Detrás de los distintos recortes que se sugieren en este momento, y que tienen la justificación de librarse del déficit, claramente parece haber una demanda ideológica sistemática de deconstruir, semiprivatizar, los viejos acuerdos, ya se trate del sistema de pensiones, la asistencia social, el sistema escolar o incluso el de salud. Estas cosas en la mayoría de los casos no se tuvieron en cuenta ni en el manifiesto conservador ni en el liberal y sin embargo, viéndolo desde afuera, éste es un gobierno mucho más radicalmente derechista de lo que parecía a primera vista.

¿Y cuál le parece que debería ser la respuesta del Partido Laborista?

El partido Laborista en líneas generales no ha sido una oposición muy eficaz desde la elección, en parte porque pasó meses y meses eligiendo a su nuevo líder. Pienso que el Partido Laborista debería, en primer lugar, hacer mucho más hincapié en que para la mayoría de la gente en los últimos 13 años, la época no fue del colapso al caos sino en realidad una época en que la situación mejoró, y particularmente en áreas como las escuelas, los hospitales y toda una serie de otros logros culturales – o sea que la idea de que de alguna manera todo debe ser desmantelado y sepultado no es válida. Creo que debemos defender lo que la mayoría de la gente cree que debe básicamente ser defendido y que es la provisión de alguna forma de bienestar desde la cuna hasta la tumba.

Usted conoció a Ralph Miliband, puesto que los Miliband son viejos amigos. ¿Qué cree que habría pensado Ralph de la contienda entre sus hijos y el desenlace con Ed dirigiendo el Partido?

Bueno, como padre obviamente no podría dejar de estar bastante orgulloso. Ciertamente estaría mucho más a la izquierda de sus dos hijos. Creo que Ralph se identificó realmente durante la mayor parte de su vida con el rechazo del Partido Laborista y de la ruta parlamentaria, y la esperanza de que, de alguna manera, fuera posible que naciera un partido socialista como corresponde. Cuando Ralph finalmente se reconcilió con el Partido Laborista, fue en el período menos útil, a saber la época de Bennite cuando no hizo mucho. De todos modos, creo que Ralph ciertamente habría esperado algo mucho más radical de lo que hasta ahora parecieron hacer sus hijos.

El título de su nuevo libro es Cómo cambiar el mundo . Usted escribe, en el último párrafo, “todavía sigue pareciéndome plausible el reemplazo del capitalismo”. ¿Es una esperanza intacta y es lo que lo mantiene trabajando, escribiendo y pensando en este momento?

No existe ninguna esperanza intacta en esta época.

Cómo cambiar el mundo es un relato de lo que hizo fundamentalmente el marxismo en el siglo XX, en parte a través de los partidos socialdemócratas que no derivaron directamente de Marx y de otros partidos –los partidos laboristas, los partidos de los trabajadores, etc.– que subsisten como gobierno y como partidos potenciales en el gobierno en todas partes. Y segundo, a través de la Revolución rusa y todas sus consecuencias. El precedente de Karl Marx, un profeta sin armas, inspirador de grandes cambios, es innegable. De manera muy deliberada, no digo que haya perspectivas equivalentes en este momento. Lo que digo ahora es que los problemas básicos del siglo XXI requerirían soluciones que ni el mercado puro, ni la democracia progresista pura pueden resolver adecuadamente. Y en ese sentido, habría que pensar una combinación diferente, una mezcla diferente de público y privado, de acción y control del Estado y libertad. Cómo se llamará eso, no lo sé. Pero podría perfectamente no ser capitalismo, ciertamente no en el sentido en el que lo hemos conocido en este país y en los Estados Unidos.

Tristram Hunt: Hobsbawm: “Marx fue un profeta sin armas”, (c) The Guardian, 2011 (tomado de Revista Ñ. Revista de Cultura. Diario Clarçin, Buenos Aires, traduccion: Cristina Sardoy, 25 de febrero de 2011)

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Hobsbawm y el tiempo histórico

Hobsbawm y la voluntad popular
Artículo de Eric Hobsbawm publicado en el suplemento CASH del diario argentino Página 12, sobre los gobiernos, la opinión pública y la actual crisis internacional. Un par de citas para que les pique y lo lean entero:
En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.”

Jorge Luis Valdez Morgan: La demografica y el pueblo (Eric Hobsbawm), La bitacora de Hobsbawm, 10 de enero de 2009

En el Prefacio y agradecimientos de su libro Historia del siglo XX:

Nadie puede escribir acerca de la historia del siglo XX como escribiría sobre la de cualquier otro período, aunque sólo sea porque nadie puede escribir sobre su propio período vital como puede (y debe) hacerlo sobre cualquier otro que conoce desde fuera, de segunda o tercera mano, ya sea a partir de fuentes del período o de los trabajos de historiadores posteriores. Mi vida coincide con la mayor parte de la época que se estudia en este libro y durante la mayor parte de ella, desde mis primeros años de adolescencia hasta el presente, he tenido conciencia de los asuntos públicos, es decir, he acumulado puntos de vista y prejuicios en mi condición de contemporáneo más que de estudioso. Esta es una de las razones por las que durante la mayor parte de mi carrera me he negado a trabajar como historiador profesional sobre la época que se inicia en 1914, aunque he escrito sobre ella por otros conceptos. Como se dice en la jerga del oficio, «el período al que me dedico» es el siglo XIX. Creo que en este momento es posible considerar con una cierta perspectiva histórica el siglo XX corto, desde 1914 hasta el fin de la era soviética, pero me apresto a analizarlo sin estar familiarizado con la bibliografía especializada y conociendo tan sólo una ínfima parte de las fuentes de archivo que ha acumulado el ingente número de historiadores que se dedican a estudiar el siglo XX.

Es de todo punto imposible que una persona conozca la historiografía del presente siglo, ni siquiera la escrita en un solo idioma, como el historiador de la antigüedad clásica o del imperio bizantino conoce lo que se escribió durante esos largos períodos o lo que se ha escrito después sobre los mismos. Por otra parte, he de decir que en el campo de la historia contemporánea mis conocimientos son superficiales y fragmentarios, incluso según los criterios de la erudición histórica. Todo lo que he sido capaz de hacer es profundizar lo suficiente en la bibliografía de algunos temas espinosos y controvertidos —por ejemplo, la historia de la guerra fría o la de los años treinta— como para tener la convicción de que los juicios expresados en este libro no son incompatibles con los resultados de la investigación especializada. Naturalmente, es imposible que mis esfuerzos hayan tenido pleno éxito y debe haber una serie de temas en los que mi desconocimiento es patente y sobre los cuales he expresado puntos de vista discutibles…”

 

Eric Hobswanm: Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aries,1999, pp. 7-8

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Enzo Traverso: La Historia del siglo XX de Eric Hobsbawn

Portada del libro

En el último número de la Revue des Livres, –como informábamos hace unos días– Enzo Traverso escribe sobre Hobsbawm y su historia del siglo XX. El momento es el adecuado, porque se acaban de presentar en Francia otros dos volúmenes del historiador británico: L’Empire, la démocratie, le terrorisme. Réflexions sur le XXIe siècle (André Versailles éditions / Le Monde diplomatique) y Marx et l’histoire(Demopolis), ambas ya vertidas al castellano con otros títulos (Guerra y paz en el siglo XXI y Sobre la historia).

Recordemos el contexto. La obra a la que se refiere Traverso se publicó en 1994 (Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991) y, como ha recordado su propio autor, se tradujo de inmediato a las principales lenguas: alemán, español, portugués, italiano, chino, japonés y árabe. Al poco se trasladó también al ruso, polaco, checo, húngaro, rumano, esloveno, serbo-croata y albanés. Por lo demás, la recepción internacional fue magnífica. Por ejemplo:

Tony Judt, “Downhill All the Way”, NYRB, vol. 42, núm. 9, 25 de mayo de 1995; Stanley Hoffman, “From Catastrophe to Landsline”, The New York Times Book Review, 19 de febrero de 1995; Eugene Genovese, “The Squandered Century: Review of The Age of Extremes”, The New Republic, 17 de abril de 1995; Edward Said, “Contra MundumLondon Review of Books, 9 de marzo de 1995 (“Contra Mundum: Sobre Eric Hobsbawm”, en Reflexiones sobre el exilio: Ensayos literarios y culturales. Madrid, Debate, 2005, págs. 437-48).

Sin embargo, como el lector atento habrá podido observar, hubo una excepción en esa vorágine de versiones, al menos hasta 1999: la del francés. Y ello se salvó gracias a la conjunción de un editor belga con una revista combativa: L’Age des extrêmes. Le court XXe siècle, 1914-1991. Complexe-Le Monde diplomatique, Bruselas-París, 1999. Para explicarlo, Hobsbawm remitió en su día a lo observado por Tony Judt en la revista Lingua franca: “Hace veinticinco años, La historia del siglo XX se habría traducido en una semana. ¿Qué ocurrió? Parece que hubo tres factores que se conjugaron para impedirlo: el fortalecimiento de un antimarxismo agresivo entre los intelectuales franceses; las restricciones presupuestarias que afectan a la edición de las ciencias humanas y, por último aunque no menos importante, el rechazo o el miedo de la comunidad editorial a oponerse a estas tendencias” (“Chunnel Vision”, Lingua Franca, noviembre de 1997, págs. 22-24.).

Vayamos ahora con Traverso. Empieza reconociendo que Hobsbawm es el historiador más notable que existe en la actualidad, y que tal notoriedad se ha acrecentado con su Historia del Siglo XX (1914-1991), porque ese volumen le ha permitido llegar a un público más vasto. Y ello a pesar de que no esconde sus simpatías por el comunismo ni su apego a una concepción de la historia de inspiración marxista.

En el caso francés, añade Traverso, ese éxito ha tardado algo más. El volumen citado (L’Âge des extrêmes) sólo se tradujo cinco años después de su aparición y gracias a la iniciativa de un editor belga (Complexe). En 1997, Pierre Nora explicaba en la revista Le Débat las razones por las que había desechado incluirlo en su colección de Gallimard: se trataba de una obra anacrónica e inspirada por una ideología trasnochada, de modo que no la veía como un producto rentable para la editorial (“Traduire: nécessité et dificultes”, núm. 93, 1997, págs. 93-95). Eran los tiempos de Furet (El pasado de una ilusión) y de Courtois (El libro negro del comunismo).

Para Pierre Nora : “Todos [los editores], mal que bien, están obligados a tener en cuenta la situación intelectual e ideológica en la que se inscribe su producción. Pero existen fundadas razones para creer que (…) [este] libro aparecería en un entorno histórico e intelectual poco favorable. De ahí la falta de entusiasmo a la hora de apostar por su oportunidad (…). Francia fue el país que más tiempo y más profundamente estuvo estalinizado, y la descompresión, a su vez, ha acentuado la hostilidad contra todo aquello que, de cerca o de lejos, pueda recordar a la posición filosoviética o procomunista de antaño, incluido el marxismo más abierto. Aunque sea de forma distante, Eric Hobsbawm cultiva este apego a la causa revolucionaria como una cuestión de orgullo, con una fidelidad altanera, como una reacción a la moda imperante, pero en Francia, y en la actualidad, cuesta digerirlo”. Por supuesto, Hobsbawm lo vio de otro modo, y así lo expone en la introducción a la edición francesa de su volumen, recogida también en Le Monde Diplomatique.

Enzo Traverso nos dice que Hosbawm concibió su historia del siglo XX justo tras la caída del Muro. Fue de hecho uno de los primeros en interpretar ese acontecimiento como signo de un cambio que no sólo clausuraba la guerra fría, sino todo un siglo. De ahí la idea de un “corto” siglo XX, opuesto a un “largo” siglo XIX que discurría entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial. En ese sentido, si la guerra ha sido la auténtica matriz del XX, la revolución bolchevique y el comunismo son los elementos que lo perfilan. El impacto de esa mirada es indiscutible, porque ofrece un giro en lo que es nuestra percepción del pasado, de modo que la idea de ese siglo “corto” ha entrado en la esfera pública, arraigándose incluso en el sentido común.

En cambio, la visión de un “largo” siglo XIX no era nueva, pues tanto Kart Polanyi como Arno J. Mayer la habían expuesto con anterioridad. En su caso, Hobsbawm lo presenta como el teatro de una transformación mundial en la que Europa, gracias al auge del imperialismo, es a la vez centro y motor. Todas las corrientes políticas se identifican con su misión civilizadora y la idea de progreso deviene una creencia inquebrantable. De hecho, a juicio de Traverso, las mejores páginas de su Historia del Siglo XX están en el primer capítulo, cuando describe los inicios del siglo XX bajo un clima apocalíptico, que invierte literalmente todas las certezas de paz y prosperidad de la era anterior. La nueva centuria comienza como una “era de la catástrofe” (1914-1945), enmarcada por dos guerras destructivas y mortíferas. Desafiado por la revolución bolchevique, al capitalismo parece haberle llegado su hora, mientras que las instituciones liberales aparecen en descomposición, como vestigios de una era clausurada, frente al auge de los fascismos y las dictaduras militares. Tras tres décadas de cataclismos, se sigue una “edad dorada” (1945-1973) y “la debacle” (1973-1991), dos momentos distintos de una misma época, que coincide con la historia de la guerra fría.

Traverso señala que esa periodización propuesta por el historiador británico es parte de la fuerza de su famosa tetralogía, pero que también muestra sus limitaciones. En primer lugar, sus divisiones cronológicas no son generalizables. Por ejemplo, vistas desde Asia, las grandes rupturas del siglo XX no coinciden con las de la historia europea. Esa edad dorada europea coincide en el caso chino con la revolución, la guerra civil, el gran salto adelante y la revolución cultural, lo cual no puede considerarse precisamente como una edad dorada. Sólo se podría aplicar al caso japonés. Por su parte, la era de la catástrofe se sitúa en América Latina entre principios de los setenta y finales de los ochenta, con el predominio de sanguinarias dictaduras militares.

Aunque Hobsbawm rechaza toda actitud condescendiente y etnocéntrica con respecto a los países “atrasados y pobres”, postula su subalternidad como un truismo que evoca por momentos la clásica tesis de Engels (de origen hegeliano) sobre los “pueblos sin historia”. A su juicio, esos países habrían conocido una dinámica “derivada, no original”. Con un argumento semejante, Hobsbawm parece justificar el culto a la personalidad instaurado por Stalin en la URSS, considerando que era algo que se adaptaba bien a la población campesina, cuya mentalidad se correspondía con la de las plebes occidentales del siglo XI. Finalmente, su Historia del Siglo XX no percibe que la revuelta de los pueblos colonizados y su transformación en sujeto político en la escena mundial pueda ser un aspecto central de la historia de esa centuria.

Así pues, tenemos dos Hobsbawm. Por un lado, el historiador social que se interesa por rescatar a los de “abajo” y, por otro, el autor de las grandes síntesis históricas en las que las clases subalternas aparecen como una masa anónima. Eso explica que los representantes de los subaltern studies, sobre todo Ranajit Guha, le reprochen que trate a las luchas campesinas como esencialmente “prepolíticas”, a causa de su carácter “improvisado, arcaico y espontáneo”, y que sea incapaz de captar su dimensión profundamente política, aunque irreductible a los códigos ideológicos del mundo occidental. (Véase, por ejemplo la crítica de Jackie Assayag: “«Sur les échasses du temps». Histoire et anthropologie chez Eric J. Hobsbawm”).

Hobsbawm ha reconocido la aproximación eurocéntrica de su libro, afirmando que su intento de “representar un siglo complicado” no es incompatible con otras interpretaciones y otras periodizaciones. (Así lo expone en la conclusión al volumen editado por Silvio Pons, L’eta Degli Estremi: Discutendo Con Hobsbawm Del Secolo Breve. Roma, Carocci, 1998). Y, por supuesto, ejemplos no faltan, desde The Long Twentieh Century de Giovanni Arrighi a Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri. En ese sentido, el último volumen de Hobsbawm (Guerra y paz en el siglo XXI ) vuelve sobre la historia de los imperios para concluir que su tiempo ha concluido. A pesar de su imponente fuerza militar, los EE.UU. ya no pueden imponer su dominio sobre el resto del planeta. No son el núcleo de un nuevo orden mundial comparable a la Pax Britannica del siglo XIX, de manera que hemos entrado en “una forma profundamente inestable de desorden global tanto a escala internacional como en el interior de los Estados”.

El comunismo

El hilo rojo que atraviesa la Historia del Siglo XX (1994) es la trayectoria del comunismo y su comparación con El pasado de una ilusión (1995) es prácticamente inevitable. Hobsbawm jamás ha visto en Furet a un gran historiador y, en el fondo, lo tiene por un epígono del conservador Alfred Cobban. Así que su balance de la historia del comunismo es para Hobsbawm un “producto tardío de la época de la guerra fría(“Histoire et illusion”, Le Débat, núm. 89, 1996, pág. 138).

Comparando ambos volúmenes, el politólogo noruego Torbjorn L. Knutsen los reduce a dos estructuras narrativas clásicas: la comedia y la tragedia (“Twentieth-century Stories“). Ambos cuentan la misma historia, con idénticos actores, pero la distribución de roles y la tonalidad del relato son sensiblemente diferentes. El pasado de una ilusión respeta las reglas de la comedia: una familia liberal en perfecta armonía, pero cuya existencia se ve repentinamente perturbada por una serie de desafortunados imprevistos; por momentos, todo parece en tela de juicio, pero al final los malos son desenmascarados y la seducción totalitaria se desvanece; una vez desecho el equívoco, todo vuelve al orden y la comedia acaba con un happy end tranquilizador. Para Furet, comunismo y fascismo han sido “episodios cortos, enmarcados por aquello que han querido destruir”: la democracia liberal.

Hobsbawn ha escrito una tragedia. La esperanza liberalizadora del comunismo atraviesa el siglo como un meteoro. Su objetivo no es la destrucción de la democracia, sino la instauración de la igualdad. La Revolución de Octubre transforma esta esperanza liberalizadora en “utopía concreta” que, encarnada en el estado soviético, conoce una ascensión inicial espectacular y luego un largo declive. Hobsbawm expone sus dudas: “la tragedia de la Revolución de Octubre es precisamente no haber podido producir más que un socialismo autoritario, implacable y brutal”. Pero el comunismo ha cumplido una función necesaria; su vocación era de sacrificio: “el resultado más perdurable de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era derrocar a escala mundial al capitalismo, fue el de salvar a su adversario, tanto en la guerra como en la paz, incitándolo tras la Segunda Guerra Mundial a reformarse por miedo”. Pero la victoria del capitalismo no incita al optimismo; más bien parece evocar en ángel de la historia de Benjamín, que ve el pasado como un montón de escombros.

Furet ha escrito una apología satisfecha del capitalismo liberal; Hobsbawm una apología melancólica del comunismo. Desde esta perspectiva, ambas son discutibles.

Hobsbawm compara el universalismo de la Revolución de Octubre con el de la Revolución Francesa. Describe su influencia y su difusión como la fuerza magnética de una “religión secular”. Él nunca ha sido un creyente ingenuo ni ciego de esta “religión secular”, pero sí un fiel discípulo. Fue uno de los escasos representantes de la historiografía marxista británica que no dejaron el Partido Comunista en 1956. Todavía en noviembre de 2006, Hobsbawm ofrecía una justificación de la represión soviética de Hungría en 1956 e incluso una apología de János Kádár (“Could it have been different?“). Sería la dimensión consoladora de la que hablaba Perry Anderson (“The vanquished left: Eric Hobsbawm”, en Spectrum. Londres, Verso, 2005, págs. 306-318).

Barbarie

El siglo XX que pinta Hosbawn es en realidad un díptico cuya linea de separación viene marcada por la Segunda Guerra Mundial. Para él, se trata de una “guerra civil ideológica internacional” que enfrenta a dos ideologías, a dos visiones del mundo, a dos modelos de civilización. Es una oposición entre ilustrados y anti-ilustrados, entre la coalición que reúne a las democracias occidentales y el comunismo soviético, por un lado, y el nazismo y sus aliados, por el otro. A diferencia de los filósofos de la escuela de Francfort, no ve que las raíces de la barbarie estén en la propia civilización europea. De ese modo, al presentar una antinomia absoluta entre civilización y barbarie, rechaza el concepto de totalitarismo. El pacto germano-soviético de no agresión del verano de 1939 no desvela la naturaleza de los firmantes, sino que es un paréntesis efímero, oportunista y contranatura. La convergencia entre ambos es, pues, superficial.

El recurso al concepto de “guerra civil” suscita inevitablemente otra comparación, en este caso con el historiador conservador Ernst Nolte. Un aroma de noltismo impregna la Historia del Siglo XX, aunque se trate de un noltismo invertido. No hay ninguna convergencia ideológica ni ninguna complicidad, pero ambos parten de la misma constatación, la del enfrentamiento titánico entre nazismo y comunismo como momentum del siglo XX, para deducir de ello sendas lecturas simétricas y sustancialmente apologéticas del uno o del otro. Nolte reconoce los crímenes nazis, pero los interpreta como un exceso lamentable, una reacción legítima de autodefensa de la Alemania amenazada por los comunistas. Hobsbawm no niega los crímenes del estalinismo, pero los considera inevitables, aunque lamentables, e inscritos en un contexto objetivo que no permitía otras alternativas. Dos sombras, pues, concluye Traverso: tras Nolte, la de Heidegger; tras Hobsbawm, la del Hegel que había justificado el terror jacobino, o quizá la de Alexandre Kojève, que había percibido en Stalin el “espíritu del mundo”.

Nacido en el corazón de la guerra civil europea, el comunismo de Hosbawm jamás ha sido libertario. En el fondo, siempre ha sido un hombre de orden, una especie de “comunista tory“.

Perspectiva braudeliana

En su autobiografía, Hosbawm reconoce la influencia que sobre él ejerció la escuela de Annales. En Historia del Siglo XX, la centuria es observada con el telescopio, adoptando una aproximación braudeliana en la que la “larga duración” engulle al acontecimiento. Pasa revista a los momentos capitales de un siglo de cataclismos como piezas de un todo, y rara vez capta su singularidad. Pero se trata de una época marcada por rupturas repentinas e imprevistas, grandes giros irreductibles a sus “causas”, bifurcaciones que escapan a la lógica de la larga duración.

De hecho, han sido varios los críticos que han subrayado el silencio de Hobsbawm sobre Auschwitz y Kolyma, dos nombres que ni siquiera figuran en el índice de su libro. Los campos de concentración y de exterminio desaparecen de su volumen. En el siglo de la violencia, las víctimas son reducidas a cantidades abstractas. De todos modos, esta indiferencia por el acontecimiento no sólo afecta a los campos nazis y al Gulag, sino también a otros momentos del siglo XX. Por ejemplo, Hobsbawm inscribe la toma del poder en Alemania por parte de Hitler, en enero de 1933, simplemente como un elemento más dentro de la tendencia general que conforma el auge del fascismo en Europa. Y lo mismo se podría decir de mayo del 68, donde las apreciaciones de Hobsbawm parecen muy condicionadas por elementos de índole autobiográfica.

La adopción de una perspectiva de “larga duración” no es una novedad del último Hosbawm. Sin embargo, en su Historia del Siglo XX, la larga duración no se inscribeen una visión teleológica dela historia. Su relación con la obra de Marx es crítica y abierta, no dogmática, rechazando lo que denomina marxismo “vulgar”. Hace algunas décadas, Hosbawm pensaba que la historia tenía una dirección y que ésta conducía hacia el socialismo. En su Historia del Siglo XX esta certidumbre ha desaparecido. Las últimas palabras del libro -un futuro de “tinieblas”- parece hacerse eco del diagnóstico de Max Weber, que en 1919 anunciaba “una noche polar, de una duración y de una oscuridad glaciales”. Hobsbawm registra el fracaso del socialismo real: “si la humanidad debe tener algún futuro, no será prolongando el pasado o el presente”. Sobre el horizonte se divida una nueva catástrofe, pero los intentos que se hicieron en el pasado para cambiar el mundo han encallado. Hemos de cambiar la trayectoria, pero carecemos de brújula. La inquietud de Hobsbawm, concluye Traverso, es la propia de nuestro tiempo.

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Como contrapartida, la posición de Hobsbawm:

1. Eric Hobsbawm Speaks on His New Memoir, una charla sobre sus memorias que tuvo lugar a principios de 2004 en la UCLA.

2. Eric Hobsbawm à l’âge des incertitudes, un video que recoge una reciente entrevista de Sylvain Bourmeau para Mediapart.

Este material está recogido en Anaclet Pons: Enzo Traverso: La Historia del siglo XX de Eric Hobsbawn, Clionauta: Blog de Historia, 7 de marzo de 2009

#hobsbawm

Eric J. Hobsbawn: In Memoriam (Tony Judt)

En homenaje a Eric Hobsbawm, recuperamos el que quizá fue el último de sus textos, escrito a su vez en memoria del malogrado Tony Judt, fallecido en agosto de 2010.  Ese recordatorio apareció casi dos años después, en la primavera de 2012, en las páginas de la LRB.  Existe una versión española previa, obra de Alberto Loza Nehmad, la cual se ha utilizado en buena medida, añadiendo algunas correcciones.  El resultado es como sigue:

Hobsbawm

“Mis relaciones con Tony Judt se remontan a mucho tiempo atrás, pero fueron curiosamente contradictorias. Éramos amigos, aunque no íntimos, y aunque ambos fuimos historiadores políticamente comprometidos y ambos preferimos vestir la ropa informal de los historiadores en lugar del uniforme del regimiento, marchamos a diferentes ritmos. No obstante, nuestros intereses intelectuales tenían algo en común. Ambos sabíamos que el siglo XX solo podía ser completamente entendido por aquellos que se convirtieron en historiadores precisamente porque lo vivieron  y porque compartieron la pasión básica: a saber, la creencia de que la política era la clave de nuestras verdades y nuestros mitos. A pesar de nuestras diferencias, tanto el Marxism and the French Left de Tony como mi más reciente Cómo cambiar el mundo están dedicados a la memoria del mismo pensador independiente, el fallecido George Lichtheim. Nos llevábamos bien en términos personales -claro que Tony le caía bien a todo el mundo y era generoso. Tenía buena opinión de mi trabajo y lo dijo en su último libro. A su vez,  lanzó uno de los más implacables ataques contra mí en un pasaje que ha sido ampliamente citado, especialmente por los ultras de la prensa estadounidense de derechas. La cosa llegó a esto: confiesa públicamente que tu dios ha fracasado, entona el mea culpa y te podrás ganar el derecho a que te tomen en serio. Nadie que no piense que socialismo es igual a Gulag debería ser escuchado. Sin duda fue una sentida y sincera figura retórica en una polémica antirroja. Felizmente, la práctica difería de la teoría.

Para la mayoría de nosotros la imagen de Tony está dominada por la ilimitada admiración que sentimos por el modo en que afrontó su muerte. Hubo una grandeza romana en su rechazo a aceptar lo inevitable, que evoca los elogios clásicos. No era solo la decisión de continuar moviendo las piezas hasta el mate finl, sino de la decisión de apresurar la muerte demostrando sus plenas habilidades como gran maestro, condenado pero nunca derrotado. Es una imagen conmovedora, pero debemos abandonarla: alentar la mitopoeia no es cosa de historiadores. Tony ha sido presentado como otro George Orwell. Eso es erróneo, pues si bien ambos estaban enormemente dotados y eran profundamente polémicos, fueron muy diferentes. Tony carecía de la combinación de prejuicios de Orwell, de su imaginativa denuncia y de su capacidad profética sobre el pasado y el futuro al estilo del Viejo Testamento – jamás podría haber escrito 1984 o Rebelión en la granja. Y Orwell, un escritor mucho más poderoso, no tenía los conocimientos de Tony, ni su agudeza, rapidez intelectual y maniobrabilidad: de ninguna manera se podría haber desdoblado como académico.

Pero la comparación con Orwell es además peligrosa, porque esencialmente no trata sobre dos escritores, sino sobre una era política que ya debería haber terminado para siempre, la Guerra Fría. La reputación de Orwell fue construida como un misil intelectual antisoviético, e incluo ahora, cuando el resto de Orwell ha emergido o reemergido, aún se mantiene congelado en los años cincuenta. Tony fue, por supuesto, tan antiestalinista como todos, y amargamente crítico con aquellos que no abjuraron del partido comunista aún cuando quedara demostrado que no eran estalinistas y estuvieran, como yo, alejándose lentamente de la original esperanza mundial que supuso octubre de 1917. Como aquellos que se opusieron a que se tocara la música de Wagner en Israel, él podía dejar que el disgusto político se atravesara en el camino del disfrute estético, desechando el poema de Brecht sobre los cuadros de la Comintern, “An die Nachborenen”, “admirado por tantos”, “odioso” no en términos literarios, sino porque inspiraba a creyentes en una causa maligna. Pero es evidente desde Pensar el siglo XX que su preocupación básica durante la fase aguda de la Guerra Fría no era la amenaza rusa al “mundo libre”, sino las discusiones en el seno de la izquierda. Marx —no Stalin y el Gulag— era su objeto. Es cierto que después de 1968 se convirtió mucho más en un militante y opositor liberal en la Europa Oriental, un admirador de los variados turistas académicos, habitualmente de derechas, que suministraron gran parte de nuestros comentarios sobre el fin de los regímenes comunistas de la Europa oriental.  Esto también le condujo, a él y a otros que deberían haber estado mejor informados, a crear el cuento de hadas de las revoluciones de Terciopelo y multicolores de 1989 y después. No hubo tales revoluciones, solo diferentes reacciones ante la decisión soviética de retirarse. Los verdaderos héroes del período fueron Gorvachev, que destruyó la URSS, y hombres de dentro del viejo sistema, como Suárez en la España de Franco y Jaruzelski en Polonia, que efectivamente aseguraron una transición pacífica y fueron execrados por ambos lados. De hecho, el liberalismo esencialmente socialdemócrata de Tony en los años ochenta estuvo brevemente infectado por el libertarianismo económico hayekiano de François Furet. No creo que este fulgor tardío de la Guerra Fría fuera central en el desarrollo de Tony, pero ayudó a que su impresionante libro Posguerra tuviera más cuerpo y profundidad.

Tony Judt

Su evolución a lo largo de la segunda mitad del siglo fue sui generis. Hasta que se estableció en Nueva York en los ochenta y comenzó a escribir para la New York Review of Books, no era un historiador particularmente destacado, ni siquiera entre los especialistas anglófonos en historia francesa, quizá porque había sido tentado a adentrarse demasiado en las procelosas aguas de los interminables debates sobre la naturaleza de la izquierda francesa. Antes de los ochenta, uno podría habérselo encontrado en los márgenes de la historia social, con un estudio de primer nivel sobre el socialismo en la Provenza entre 1871 y 1914. Su fase francesa combinaba una impresionante erudición con, en mi opinión, resultados históricamente triviales: poco a poco eso se convirtió en un torneo académico en el marginal e inefectivo mundo de la margen izquierda. Lo que sucedió en Les Deux Magots y en Le Flore, aunque culturalmente prestigioso, fue políticamente insignificante comparado con lo que ocurrió al otro lado del boulevard St. Germain, en la Brasserie Lipp, donde se reunían los políticos. La política de Sartre consistía en “tomar posiciones”, porque nada más le estaba disponible, y De Gaulle lo sabía. En todo caso, la izquierda rara vez estuvo en el poder, y probablemente los únicos intelectuales que se convirtieron en primeros ministros fueron Léon Blum en 1936 y -al menos hizo una buena imitación- Mitterrand. Mediante acrobacias mentales, lo absurdo de las cuales Tony no tenía problemas en demostrar, los intelectuales de izquierdas intentaron aceptar una situación nacional única y conjugarla con su aislamiento político, en el país que inventó el término “ouvrierisme”, es decir, la desconfianza de los trabajadores hacia los intelectuales.

Cuatro con las cosas que dieron forma a la historia francesa en los siglos XIX y XX: la República nacida de la incompleta Gran Revolución; el Estado napoleónico centralizado; el crucial rol político asignado a una clase trabajadora demasiado pequeña y desorganizada como para poder desempeñarlo; y el largo declive de Francia desde su posición anterior a 1789, como el Reino del Centro de Europa, tan confiada de su superioridad cultural y lingüística como China. Fue “la capital del siglo XIX”, especialmente para los extranjeros, pero tras Waterloo fue cuesta abajo, lenta aunque discontinuamente, en términos de poderío militar, poder internacional y centralidad cultural. Privada de un Lenin y carente de Napoleón, Francia se refugió en el último, y esperemos, indestructible reducto, el mundo de Astérix. La moda de posguerra entre los pensadores parisinos rara vez escondía su colectivo repliegue en la introversión en el Hegágono y en la última fortaleza de la intelectualidad francesa, la teoría cartesiana y los juegos de palabras. Había entonces otros modelos en educación superior y en ciencias, en el desarrollo económico, incluso —como insinúa la última penetración de las ideas de Marx-  en la ideología de la Revolución. El problema para los intelectuales de izquierdas era ahora cómo vérselas con una Francia esencialmente no revolucionaria. El problema para los de derechas, muchos de los cuales habían sido comunistas, era ahora enterrar el evento fundador y la tradición formativa de la República, la Revolución Francesa, una tarea equivalente a la de borrar la Constitución de la historia de los Estados Unidos. No podía hacerse, ni siquiera contando con operarios tan inteligentes y poderosos como Furet, así como tampoco Tony, si hubiera vivido, habría podido restaurar la socialdemocracia que tenía como ideal.

Hasta entonces, Tony se había hecho un nombre como académico agresivo. Su posición básica era de tipo forense: no la del juez sino la del abogado de la acusación, cuyo objetivo no es la verdad ni la veracidad, sino ganar el caso. Preguntarse por las posibles debilidades de la propia posición no es crucial, aunque esto es lo que debe hacer el historiador de los grandes espacios, de los largos periodos y complejos procesos. Pero sus décadas formativas como acusador intelectual no evitaron que Tony se transformara en un historiador maduro, considerado e informado. Su principal obra como tal fue indudablemente el voluminoso Posguerra: una historia de Europa desde 1945. Era y es un libro ambicioso, aunque en ocasiones desequilibrado. No estoy seguro de que su perspectiva les parezca adecuada a quienes lo lean ahora por primera vez, siete años después de su publicación original. Sin embargo, puedo asegurar desde mi experiencia personal que los libros extensos de síntesis histórica, basados en lecturas secundarias y en la observación de la historia contemporánea, solo se pueden escribir cuando se alcanza la madurez. Muy pocos historiadores tienen la capacidad de abordar un tema tan vasto o de llevarlo a buen puerto. Posguerra es un logro impresionante. Aunque solo sea porque todo libro que lleva su análisis hasta el presente incorpora su propia obsolescencia, su futuro es incierto. Pero podría tener un período de vida más largo como obra narrativa crítica de referencia, porque está escrito con brío, agudeza y estilo. Posguerra le situó por primera vez como figura destacada dentro de la profesión.

No obstante, estaba dejando de desempeñarse como tal. Su posición en el siglo XXI no era tanto la del historiador como la del “intelectual público”, un brillante enemigo del autoengaño barnizado con jerga teórica, con el  carácter explosivo del polemista natural, un comentarista crítico de los acontecimientos mundiales, independiente y audaz. Parecía de lo más original y radical por haber sido un defensor bastante ortodoxo del “mundo libre” contra el “totalitarismo” durante la Guerra Fría, especialmente en los ochenta. Enfrentado a gobiernos e ideólogos que veían en la caída del comunismo la victoria y la dominación mundial, fue lo bastante honesto consigo mismo como para reconocer que las viejas verdades y eslóganes debían ser desechados después de 1989. Probablemente solo en los siempre nerviosos Estados Unidos se podía constuir tal reputación y de forma tan rápida a partir de unos pocos artículos publicados en revistas de modesta circulación y dirigidos exclusivamente a intelectuales académicos. Las páginas de la prensa de mayor difusión habían estado bien abiertas para Raymond Aron en Francia (claramente una de las inspiraciones de Tony)  o para un Habermas en Alemania, y durante mucho tiempo su impacto se había dado por descontado. Él era muy consciente de los riesgos, profesionales y personales, que corría al atacar las fuerzas combinadas de la conquista global de los Estados Unidos, los neoconservadores e Israel, pero tenía mucho de lo que Bismarck llamaba “valentía cívica” (Zivilcourage): una cualidad notablemente ausente en Isaiah Berlin, como el mismo Tony advirtió, quizá no sin malicia. A diferencia de los escolásticos exmarxistas y los intellocrates de la margen izquierda que, como dijo Auden de los poetas, hacían “que nada sucediera”, Tony entendió que una lucha contra estas nuevas fuerzas podría marcar una diferencia. Se lanzó a sí mismo contra ellos, con evidentes entusiasmo y placer.

Este fue el personaje en el que se convirtió una vez terminada la Guerra Fría, ampliando su técnica judicial para despellejar a tipos como Bush y Netanyahu, en lugar de dedicarse a alguna rareza política del quinto distrito parisino o a un distinguido profesor de New Jersey. Fue una actuación magnífica, magistral; sus lectores le saludaron no solo por lo que decía, sino por lo que muchos de ellos no habían tenido el coraje de decir. Fue de lo más efectivo, porque Tony era a la vez un forastero y un parroquiano (outsider e insider): inglés, judío, francés, finalmente estadounidense, pero plurinacional más que cosmopolita. Con todo, era consciente de los límites de lo que hacía. Él mismo señalaba que la gente que tiene éxito en decirle la verdad al poder no son los columnistas, sino los reporteros y los fotógrafos, a través  de los omnipresentes medios.

A principios del siglo XXI, Tony tenía presencia internacional, al menos en el mundo anglohablante. ¿Habría durado más de los canónicos quince minutos de Warhol? Afortunadamente, gracias a los años de su enfermedad terminal, la pregunta puede ser respondida. Su trabajo sobrevivirá porque, por primera vez, ya no se vio a sí mismo como un abogado acusador en un juzgado, sino que trató de formular lo que realmente sabía, sentía y pensaba. Pensar el siglo XX no es un gran libro, ni siquiera el torso de un gran libro —¿cómo podría haberlo sido, dada la manera en la que lo escribió?— pero es una lectura esencial para todos los que quieran saber lo que los historiadores contemporáneos tienen que decirnos. También es un modelo de discurso civilizado en la aldea global académica. Muestra que los historiadores pueden cuestionar sus propios supuestos, examinar sus propias certezas y ver las maneras en las que sus propias vidas están formadas y reformadas por su siglo. Y, no menos importante, es un valioso homenaje a una persona excepcional y a la vida que planeó vivir.”

Copyright © LRB Ltd., 1997-2012

Reproducimos material incluido en Anaclet Pons, Eric J. Hobsbawn: In Memoriam (Tony Judt), Clionauta: Blog de Historia, 3 de octubre de 2012

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Eric Hobsbawm y Tony Judt

Eric Hobsbawm

Eric Hobsbawm

En pocos meses han desaparecido dos personas, dos intelectuales, dedicados fundamentalmente a la Historia Contemporánea y al ensayismo político que, durante mucho tiempo, fueron referencias importantes en la cultura europea del último tercio del siglo XX y lo que llevamos del actual. Aunque de una notoria diferencia de edad entre ellos, ambos son deudores desde el punto de vista de su formación académica e intelectual de la solvente tradición historiográfica británica, tan vinculada a las prestigiosas universidades de Oxford, Cambridge y Londres que alumbraron, entre otras, la obra de Ch. Hill, R. Hilton, E. Thompon, R. Samuel, M. Dobb y en las que los debates teóricos sobre la disciplina de la Historia no han quedado nunca al margen de la reflexión sobre los problemas que determinan la llamada Historia del Tiempo Presente.

Desde la publicación de Rebeldes Primitivos, traducida al castellano en los años sesenta del siglo XX en la que Hobsbawm manifiesta su preocupación por los problemas sociales de Andalucía, en la línea de los Brenan, Pitt Rivers y otros, hasta la aparición de su Historia del siglo XX en 1995, pasando por sus fundamentadas aportaciones sobre las revoluciones burguesas, el desarrollo del capitalismo o del imperialismo colonial y, sobre todo, una de sus últimas entregas Guerra y paz en el siglo XXI, el profesor E. Hobsbawm siempre se mantuvo fiel a sus convicciones marxistas dejándonos como testamento la validez de esta doctrina para el análisis social y político, acompañando además su manera de interpretar la historia de un conjunto de consideraciones que, más allá de lo que puedan suponer en una determinada construcción de su propio discurso histórico, son referentes políticos que encierran una esperanza de transformación social.

Tony Judt

Tony Judt

Por su parte Tony Judt, desaparecido prematuramente en plena madurez intelectual, ha sido otro de los exponentes de esa intelectualidad comprometida que supo legarnos tanto su propia visión interpretativa del siglo XX en esa monumental obra Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, una historia total y no sólo de Europa, como sus reflexiones sobre los problemas más acuciantes de los comienzos del siglo XXI recogidos en varios de sus últimos trabajos (Pasado Imperfecto, El refugio de la memoria, Algo va malSobre el olvidado siglo XX), pero sobre todo en Pensar el siglo XX, auténtico epílogo de su aportación intelectual, renovadora no sólo por sus aportaciones en lo que supone el análisis de las ideas como soporte de los cambios históricos, por sus profundas reflexiones sobre las cuestiones de la Historia más reciente en los comienzos del siglo actual, como por sus planteamientos metodológicos a los que contribuyen las inteligentes “provocaciones” de otro gran historiador contemporaneista T. Snyder.

Entre ambos, Hobsbawm y Judt, media todo un mundo de reflexiones que les vinculan y que pasan por la defensa del pensamiento crítico, en este caso centrado en la historiografía, para intentar entender la complejidad del siglo XX y la propia configuración de la sociedad actual; también notorias diferencias generacionales y de planteamiento que, a mi manera de ver, no obstaculizan el nexo que vertebra su obra y que, en definitiva, se resumen en lo que es la actitud ejemplarizante de dos intelectuales comprometidos ideológica y políticamente, empeñados en poner su experiencia y conocimientos en la defensa de la perspectiva histórica y de las consideraciones éticas en el mundo que debemos construir en los albores del siglo XXI.

Para los historiadores españoles, tan reacios a internarse en el uso crítico de la Historia como arma que nos aclare el actual panorama en el que, día tras día, se derrumban verdades otrora incontestables, la obra de Hosbawm y Judt resulta aleccionadora. Mirando a nuestro alrededor, quizás con la excepción de J. Fontana (Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945), no han existido intentos serios de adentrarse en el proceloso mundo de lo que conocemos como historia del tiempo presente, de la realidad más cercana a la etapa que vivimos, que asuman la citada perspectiva analítica. Parece como si las cautelas que, durante tanto tiempo atenazaban a la historiografía contemporaneista con argumentos como la falta de perspectiva, la “excesiva ideologización” interpretativa de los procesos más recientes, a los que ya hace muchos años se refiriera G. Barraclough, y que, en el fondo, no escondían sino el empequeñecimiento de Europa en la época de la política mundial, siguieran obrando sus efectos.

Frente a esta ola de conservadurismo ideológico y neoliberalismo que pretende totalizarlo e interpretarlo todo y que, incluso, no ha mucho llegó a proclamar “el fin de la Historia”, la obra de Judt y de Hobsbawm, como también la de Fontana, resultan ser un alegato rebelde por lo que tienen tanto de construcción de un discurso crítico de interpretación de la contemporaneidad, como por defender la esperanza, la “utopía” a la que se aferra Hobsbawm, de rechazar todo uso político de la Historia que sirva para legitimar el pasado y que, desde luego, sus trabajos contribuyen a crear conciencia de que, pese a lo que “está cayendo”, toda la construcción del futuro puede estar aun en nuestras manos.

Antonio Barragán, Catedrático de Historia: Eric Hobsbawm y Tony Judt, Diario Córdoba, 18 de febrero de 2013

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El testamento político de Tony Judt

Portada del libro

“La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano”. Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal, escrito en la fase final de la esclerosis lateral amitriófica que le llevaría a la muerte el pasado agosto. Dos años de postración que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político. Lo demás queda para las memorias que dejó escritas.

En Algo va mal, Judt formula su apuesta por la socialdemocracia después de un interesante trabajo de síntesis de los malestares contemporáneos y sus raíces. En el punto de partida, la perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral: “Ha convertido en virtud la búsqueda del interés material”. Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos -empezando por el poder económico- frente a los cuales el Estado es impotente, sin que ello cause el menor revuelo o indignación. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado “en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito”.

El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales

Tony Judt cita a Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza: “La causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”. Y describe la ceguera del mundo en que vivimos: en que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.

El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados. El autor se apoya en otra figura señera de la gran tradición liberal, John Stuart Mill, para marcar una posición inequívoca: “La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”.

De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio “entre innovación social y conservadurismo cultural”.

Las revueltas que a finales de los sesenta rompieron los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que daría paso a la revolución conservadora de los ochenta. Después viene la fatua reacción occidental sobre la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo.

La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? “La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios”. Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: “Bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general”.

Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.

Algo va mal. Tony Judt. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010. 256 páginas. 19 euros. El món no se’n surt. Un tractat sobre els malestars del present. Traducción de Miquel Izquierdo. La Magrana. Barcelona, 2010. 192 páginas. 20 euros.

Josep Ramoneda: El testamento político de Tony Judt, Babelia/EL PAÍS, 23 de octubre de 2010

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