Manifiesto antibolchevique italiano

Diego Rivera, En el arsenal, 1928. Se trata de una obra pictórica de influencia política, de apoyo al mundo revolucionario mexicano de carácter comunista; en ello debió su amistad con Leon Troski, que vivió varios meses con Rivera y Kahlo, su mujor, durante su exilio en Mexico.

“Todo bolchevique es enemigo de Italia

Es bolchevique:

Cualquiera que aspire al advenimiento de la dictadura soviético-comunista, que es la disgregadora de las nacionalidades y de las razas y la realizadora del odio de casta acumulado en el transcurso de los siglos; la forja de la mayor injusticia humana tragigrotesca; la anulación de todo ideal social; la resurrección de la, servidumbre de las inteligencias y la restauración de métodos punitivos bárbaros que prohíben la libertad, la vida y el pensamiento.

Es Bolchevique:

Cualquiera que disminuya la victoria y la grandeza de Italia mediante desconfianza irónica, la burla, el pesimismo; con las palabras, los actos, los escritos.

Cualquiera que se emplee por todos los medios para retrasar el inevitable renacimiento italiano en la industria, el comercio, las artes.

Cualquiera que sabotee las energías de resistencia de los ciudadanos.

Cualquiera que les haga padecer hambre por afán de lucro y porque goza de impunidad.

Cualquiera que, sin tener aptitudes para ello, asume la responsabilidad de ocupar altos cargos en el funcionamiento de la máquina estatal.

Cualquiera que se alegre de toda trasgresión de los derechos y de las aspiraciones de la nación.

Cualquiera que, siendo miembro de todo poder establecido, no se inspire en la libertad y no la respete en los demás.

Cualquiera que, guiado por sus intereses personales, atente, deformándolo, contra el pensamiento de los apóstoles de cada sociedad.

Cualquiera que desconozca sistemáticamente los poderes intelectuales de quienes colaboran en el rejuvenecimiento de la cultura y de las tradiciones menoscabadas.

Cualquiera que no exalte, anime y sostenga por todos los medios los descubrimientos estéticos y científicos.

Cualquiera que se alegre de su fosilización y de la de los demás en prejuicios e ideas inadaptadas a nuestra época, que arde en fiebre de alcanzar el porvenir.

Cualquiera que niegue a las masas evolucionadas la sanción de las aspiraciones polítíco-socioeconómicas adecuadas para proporcionar esa independencia de juicio y de movimiento que permitiría desarrollar su deseo de un porvenir mas digno.

Es bolchevique:

Cualquiera que renuncie a los derechos y aspiraciones de las mayorías.

Cualquiera que forme parte de pandillas y “camorras”, funestas para el desarrollo de la nación.

Cualquiera que se obstine, contra los votos de desconfianza de la nación en querer manipular los poderes del Estado.

Es bolchevique:

Cualquiera que no vea en el trabajo interrumpido y en la superproducción industrial, la sola y única fuerza viva redentora de Italia.

Llevaremos a cavo una lucha sin tregua contra todos los Bolcheviques.

Fuente: París, Orígenes del Fascismo, “I Nemici d’Italia. Settimanale antibolscevico” (Milán), Núm. 1, 10 de Agosto de 1919, p.1”

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Ideología del fascismo italiano

La crisis económica de la posguerra, la frustración nacionalista, el temor de las clases dirigentes y la debilidad de los partidos tradicionales ante el empuje socialista, facilitaron el acceso al poder de Benito Mussolini y la implantación del fascismo en Italia (1922-1945). Al margen de los gestos y de la retórica, el fascismo fue un sistema político basado en la divinización del jefe, el partido único con eliminación de toda oposición política, un nacionalismo a ultranza y un corporativismo que, so pretexto de conciliar las clases sociales, sirvió los intereses del gran capitalismo.

Benito Mussolini

“El fascismo, como toda concepción política sólida, es acción y es pensamiento; acción que tiene inmanente una doctrina, y doctrina que mientras emana de un determinado sistema de fuerzas históricas, queda incorporada en el mismo, y en él opera de dentro para fuera. Su forma es, pues, adaptable a las contingencias de lugar y de tiempo, pero tiene a la vez un ideario que le eleva a la categoría de fórmula de verdad en la historia superior del pensamiento. No hay en el mundo fuerza alguna que obre espiritualmente como voluntad humana dominadora de voluntades, sin un concepto no sólo de la realidad transeúnte y particular sobre la cual es necesario obrar, sino también de la realidad permanente y universal en la que la primera tiene su ser y su vida. Para conocer a la humanidad hay que conocer al hombre, y para conocer al hombre es necesario conocer la realidad y sus leyes. No existe concepto alguno del Estado, que a la vez no sea fundamentalmente concepto de la vida: será filosofía o intuición, será un sistema de ideas que se desarrolla en una construcción lógica o se concentra en una visión o en una fe; pero siempre es, al menos virtualmente, una concepción orgánica del mundo.

Según esto, el fascismo, en muchas de sus actitudes prácticas, como organización de partido, como sistema de educación, como disciplina, no se comprendería si no se mirase a la luz de su modo general de concebir la vida, a saber, de un modo espiritual. El mundo, en el sentir del fascismo, no es este mundo material que aparece en la superficie y en el que el hombre es un individuo separado de todos los demás y con ser propio, y es gobernado por una ley natural que instintivamente le lleva a vivir una vida de placer egoísta y momentánea. El hombre del fascismo es un individuo que encarna en sí la nación y la patria, sometido a una ley moral que ata a individuos y a generaciones, vinculándolos a una tradición y a una misión que suprime el instinto de la vida encerrada en el breve circuito del placer, para instaurar otra vida, en la esfera del deber, una vida superior, sin límites de tiempo y de espacio, una vida en la que el individuo, por medio de la propia abnegación, del sacrificio de sus intereses particulares, de la muerte misma, realiza aquella existencia totalmente espiritual en la que estriba su valía de hombre.

Es, pues, una concepción espiritualista, nacida, también ella, de la reacción operada en este siglo, contra el menguado y materialista positivismo del siglo XIX; concepción antipositivista, pero positiva; No escéptica, ni agnóstica, ni pesimista, ni tampoco pasivamente optimista, como son, por regla general, las doctrinas (todas ellas negativas) que colocan el centro de la vida fuera del hombre, el cual con su libre voluntad puede y debe crearse su mundo. El fascismo quiere al hombre activo y entregado con todas sus energías a la acción: le quiere varonilmente consciente de las dificultades con que ha de tropezar, y dispuesto a enfrentarse con ellas; concibe la vida como una lucha, persuadido de que al hombre incumbe conquistar una vida que sea verdaderamente digna de él, creando ante todo en su persona el instrumento (físico, moral, intelectual) necesario para construirla. Y esto rige no sólo para cada individuo, sino también para la nación y para la humanidad. De aquí el gran valor de la cultura en todas sus formas (arte, religión, ciencia) y la importancia grandísima de la educación. De aquí también el valor esencial del trabajo, con el cual el hombre vence a la naturaleza y plasma el mundo humano (económico, político, moral e intelectual).

BENITO MUSSOLINI. Doctrina del fascismo (1932). En: WILLIAM EBENSTEIN: Los grandes pensadores políticos. De Platón hasta hoy. Trad. de Enrique Tierno Galván (Madrid 1965), Págs. 748-749.

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