La versión alemana sobre la entrevista de Hendaya, 1940

Entrevista entre Franco y Hitler

Complementando la versión del traductor español, aquí unos fragmentos de las memorias del traductor alemán Paul Schmit, el sexto participante del encuentro:

Antes del encuentro: “Escuché cómo Hitler le decía a Ribbentrop: “Ahora no le podemos dar a los españoles ninguna promesa por escrito sobre entrega de territorios coloniales franceses. Si ellos reciben algo por escrito sobre este tema delicado, estos latinos son tan parlanchines, que los franceses se enterarán tarde o temprano……Además, si se llega a conocer de tal tratado con los españoles, todo el imperio colonial frances se pasará al lado de De Gaulle……..”

“Bajo, rechoncho, moreno, con ojos vivaces, el dictador español se sentó en el vagón de Hitler. En las fotos que yo había visto parecía bastante más alto y esbelto. Pensé, que si llevara un vestido blanco, podría pasar por árabe, y a medida que se conversaba, por su forma de argumentar, con dudas y con cuidado, esta impresión se reforzaba. Enseguida me di cuenta de que Franco es un cautelo maestro de conversaciones, y no va a ser fácil presionarlo…….”

Hitler propone tomar Gibraltar. “Primero Franco, sentado descuidadamente, no decía nada. Por su cara impenetrable yo no podía comprender si estaba asombrado por esta proposición o estaba pensando tranquilamente la respuesta. Después comenzó una maniobra de evasión igual a la de su colega italiano al principio d ela guerra. España no tiene alimentos. El país necesita trigo, varios cientos de miles de toneladas, e inmediatamente. “¿Puede Alemania abastecerlas?” preguntó según me pareció, con cierta astucia en la cara. España necesita armamento moderno. Para capturar Gibraltar hace falta artillería pesada, Franco mencionó una enorme cifra de cañones pesados que quería recibir de Alemania. Además, él tiene que defender toda su larga costa de ataques de la Armada inglesa. Y casi tampoco tiene artillería antiaérea. ¿Y cómo va a defender Canarias de un ataque inglés?. Y entre otras cosas, el orgullo nacional español no permite aceptar que Gibraltar sea tomado por soldados extranjeros y luego se la entreguen. La fortaleza debe ser tomada exclusivamente por españoles. Me llamó mucho la atención una observación de Franco hecha en respuesta a la declaración de Hitler de que unidades acorazadas lanzadas desde Gibraltar pueden expulsar a los ingleses de Africa. “Hasta la frontera de los grandes desiertos puede ser -dijo Franco- pero Africa central estará defendida de los ataques principales por tierra, por la franja de desiertos, igual que los mares defienden a una isla. Como veterano de campañas africanas sé lo que digo”.

“Franco considera, que Inglaterra puede ser tomada, pero su gobierno junto a su flota continuará la guerra desde Canadá con ayuda de America”

“…..A medida que Franco iba explicando sus argumentos, con voz tranquila y suave, su tono monótono recordaba a algún almuecín llamando a rezar. Hitler se estaba intranquilizando cada vez más. La conversación lo estaba poniendo nervioso. Una vez incluso se paró, y dijo que no podía continuar, pero enseguida se sentó de nuevo y continuó sus intentos de vencer a Franco.”

“…Después del almuerzo ambos dictadores continuaron discutiendo tanto, que los trenes se retrasaron dos horas, pero no se entendieron. De hecho, los sentimientos de ambos cambiaron bastante”

….Al día siguiente Ribbentrop continuó la destrucción, paso a paso, de los restos de la amistad germano-española. Continuaba presionando al cada véz más resistente ministro de relaciones exteriores español, que quería defender a los españoles de la firma de un acuerdo contra el cual estaban. Al final Ribbentrop mandó a los españoles a San Sebastian, como si fueran escolares. “Que el texto lo tenga yo aquí mañana a las 8 de la mañana “, dijo el enojado el maestro. “Los dejo, porque nos vemos con el mariscal Petain“.

Tras estos y otros choques con los españoles ese día Ribentrop:

Por todo el camino iba insultando al “jesuita” de Suñer y al “malagradecido cobarde” de Franco, que nos debe todo, y ahora no quiere unirse a nosotros. Los saltos del auto por el camino parecía que aumentaban su enojo”.

Fuente: http://www.forosegundaguerra.com/viewtopic.php?start=0&t=166

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La versión española sobre la entrevista de Hendaya, 1940

La noticia de la entrevista en la prensa oficial española

La versión de la entrevista del traductor de alemán por parte Española, a la sazón Don Luís Álvarez de Estrada y Luque, Barón de las Torres.

Anotaciones sobre “La Conferencia de Hendaya”, celebrada el 23 de octubre de 1940 entre su Excelencia el Jefe del Estado y el Führer, Canciller del Reich, con asistencia de los respectivos ministros de Asuntos Exeriores, señores Serrano Suñer y Ribbentrop.

Llega el trén que conduce a S.E. el Caudillo a la estación de Hendaya poco después de las tres de la tarde. Hace S.E. el viaje en el break de Obras Publicas, acompañado por el Ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Serrano Súñer, y los jefes de sus Casas Militar y Civil.

A la llegada del trén es recibido en el andén por el Fürer, a quién acompañan su ministro de Negocios Extrangeros, Sr. Ribbentrop, Mariscal Keitel y todo su Estado Mayor. Una vez hechas las presentaciones de los séquitos respectivos, invita el fürer a S.E. a pasar a su coche-salón, donde se ha de celebrar la entrevista.

En dicho coche-salón, y en una mesa rectángular para seis personas, toman asiento S.E. el Jefe del Estado, el Führer, el Sr. Serrano Súñer, el Sr. Ribbentrop, un intérprete alemán y el Barón de las Torres, que actúa como intérprete por parte Española, prohibiéndose el acceso a dicho salón de ninguna otra persona, ya que los Embajadores de Alemania en Madrid, Sr. Von Sthorer y de España en Berlín, General Espinosa de los Monteros, han permanecido con el resto del séquito.

El Führer está sentado en una cabecera, teniendo a su derecha al Caudillo y a su izquierda al Sr. Serrano súñer; a la derecha del Caudillo está el Sr. Ribbentrop. Comienza S.E. el Jefe del Estado señalando la satisfacción que le produce el encontrarse por vez primera con el Führer, a quién de nuevo reitera las gracias por la ayuda que Alemania prestó a España durante nuestro Glorioso Movimiento Nacional.

La fotografía izquierda muestra cómo la poco afortunada cara de Franco, con los ojos cerrados, fue sustituida sin mucho reparo por otra más adecuada. Sin duda, un retoque, pero hay que admitir que es un retoque lógico y sin mucha “maldad”.

El Fürer contesta a S.E. diciendo que es también para él muy grato el momento de encontrarse con el Generalísimo, y después de ensalzar la gesta del pueblo español, qu ha sabido enfrentarse contra el comunismo a las órdenes de S.E., señala la importáncia que tiene la reunión de ambos Jefes de Estado en este momento crítico de la guerra en Europa, en que acaba de ser derrotada Francia. Empieza el Führer por hacer una relación bastante minuciosa de todos los acontecimientos ocurridos hace trece meses, y que han dado oigen a la guerra mundial, insistiéndo que él no quería la guerra, pero que se ha visto obligado a aceptarla con todas sus consecuencias. Pinta la situación de Europa como completamente favorable a las armas alemanas, diciendo textualmente: “Soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer” Continúa el Führer ponderando la eficacia y dominio de las fuerzas alemanas, asegurando que será cuestión de muy poco tiempoel aniquilamiento de Inglaterra, cuya invasión se está preparando con grán eficacia, y que le interesa tener previenidos y sujetos todos los puntos neurálgicos que puedan ser de interés para sus enemigos, y por ello es por lo que le ha interesado tener esta conversación con el Caudillo, pues hay varios puntos en los que España está llamada a tener un papel muy importante, y que no hay duda que velando por sus intereses políticos lo llevará a cabo, ya que si dejara pasar esta oportunidad no se le podría presentar nunca.

A este respecto, dice que le interesan tres puntos, que són: Gibraltar, Marruecos e islas Canarias.Continúa diciendo el Führer, al pasar a tratar de Gibraltar, que esta es una cuestión de honor para el pueblo Español, el reintegrar a la Patria enste pedazo de suelo que todavía está en manos extranjeras, y que por su situación privilegiada en el Estrecho sea el punto de apoyo más que para la navegación por el Mediterráneo tienen los aliados, y que, por tanto, hay que ir tomando en consideración la necesidad de que se cierre el Estrecho, ya que si Ceuta y Gibraltar estiviesen en manos españolas, sería imposible la navegación.

Ataca el segundo punto referente a Marruecos, diciendo que España, por su historia y por otros muchos antecedentes, es la llamada a quedar en posesión de todo el Marruecos francés y de Orán, y que, desde luego, si España entraba en la guerra al lado del Eje, se le garantizaba el dominio de los territorios antes citados.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias, dice qué, aunque está convencido de que los Estados Unidos no han de entrar en la guerra, pues no tienen intereses de gran envergadura en ella, no así los ingleses, que aunque suren una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano pueden hacerse con ellas y sería desde luego, un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo.S.E. el Jefe del Estado contesta a los puntos que acaba de mencionar el Führer, diciendo que aunque es exacto que Gibraltar es un pedazo de tierra española que hace muchos años que está en manos ajenas, y que sería de gran satisfacción para el pueblo español que volviera a formar parte de la Patria, hay que comprender que lo que al Führer le parece muy facil, que es tomar la ofensiva contra Gibraltar, supone para un pueblo que acaba de pasar por una de las más terribles guerras civiles un sacrificio, ya que no tiene aún cerradas las heridas de todo orden que ha sufrido, y que sería una muy pequeña conpensación para los estragos y dificultades que la entrada en guerra con Inglaterra supondría.

Por otro lado, continua el Caudillo, por lo que se refiere a Marruecos debe tenerse muy en cuenta el esfuerzo que para una España aun no rehecha de la Guerra Civil supone el mantenimiento de los efectivos militares que tiene en su zona y que obliga a las tropas francesas a mantener unos efectivos militarres inactivos que no pueden acudir a otros sectores. Continúa el Caudillo diciendo que agradece mucho lo ofrecimientos que para después de la guerra, y en el caso de que España entrara en ella, se le hacen de la Zona Francesa y de Orán, que no se le ha ocurrido pedir, pero que estima que para ofrecer las cosas es necesario tenerlas en mano, y que, hasta ahora, el Eje no dispone de ellas. Añade el Caudillo, que este problema de Marruecos no lo ha considerado él vital para España, y comprende que no se le ha hecho justicia a nuestro país y que no se le ha reconocido la situación que por derecho e historia le corresponde; pero que habiendo sido, como lo prueba la Conferencia de Algeciras, problema que siempre suscitó la intervención de todos los países, aún de aquellos que más alejados se encontraban de él, estima que no debe procederse a la ligera, sino, por el contrario, sin hacer dejación de ninguno de los derechos que le asisten, examinar el problema con toda frialdad.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias, no cree el Caudillo que puedan ser objeto de ataque, pero, desde luego, reconoce que aún cuando existen en las islas efectivos necesarios, los medios de defensa de las islas no están a la altura de las circunstancias, pues el armamento no es eficiente.

A esto contesta el Führer diciendo que se le enviarían por Alemania las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias, así como los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.

Señala el Caudillo, con referencia al cierre del Estrecho de Gibraltar, que considera de mucha más urgencia e importancia el cierre del canal de Suez, pues el corte de éste traería aparejada la inutilidad del Estrecho de Gibraltar, y psaría a ser un mar muerto el Mediterráneo.

El Führer se mantiene en su postura de que considera más importante cerrar por Gibraltar que por Suez.

Insiste el Führer en señalar los grandes beneficios que reportaría a España una intervención al lado del Eje, manifestando que cree llegado el momento en que España tiene que tomar una determinación, pues no puede permanecer indiferente a la realidad de los hechos y de que las tropas Alemanas se encuentren en los Pirineos.

Y añade que como mañana o pasado tiene concertada una reunión con el Mariscal Pétain y el Sr. Laval en Montoire, quiere saber a qué atenerse respecto a la actitud de España para obrar en consecuencia con respecto a Francia.

Contesta a este el Caudillo, que no cree que tenga nada que ver la actitud de España en las conversaciones de una potencia que acaba de hacer ofrercimientos, pues, una de dos, o estos ofrecimientos no son más que el cebo para una posible entrada de España en la guerra o no se piensa cumplirlos si la actitud de Alemania con el Gobierno de la Francia derrotada no es excesivamente dura.

Esta contestación del Caudillo no parece agradar mucho al Führer (seguramente porque es verdad), y recalca de una manera un poco vehemente, y sin recoger lo dicho por el Generlísimo, que él no puede ir a Montoirea entrevistarse con Pétain sin conocer una actitud definida por parte de España.

El Caudillo, vuelve a insistir en lo antes manifestado, y además reitera que España, que acaba de sufrir una Guerra Civil, que ha tenido cerca de un millón de muertos por todos los conceptos, que está falta de víveres y de armamento, no puede ser llevada sin más a una guerra cuyo alcánce no se puede medir, y en la cual no iba a sacar nada.

(Al llegar este momento se suspendió la sesión, que ha durado desde las cuatro menos cuarto a las siete menos veinte. La conversación ha resultado lenta por tener que traducirse del español al alemán y viceversa. Una vez terminada la conversación se traslada el Caudillo a su coche-salón hasta la hora de la comida que ofrece el Führer a S.E. y a su séquito. Se reanuda la Conferencia poco después de las diez y media de la noche.)

En la segunda parte de la Conferencia se nota desde el principio el afán del Führer de hacer ver al Caudillo la conveniencia de entrar en la guerra, por estar esta, como quién dice, virtualmente ganada, y asegurando que tendría España, cuanta ayuda pudiera necesitar tanto en provisiones como en armamentos.

Vuelve el Caudillo a insistir en lo que tantas veces ha repetido durante el curso de la conversación, de que España no está preparada para entrar en ninguna guerra, y que no se le pueden pedir sacrificios inútiles para no obtener nada por ellos, y que considera que ya es buena ayuda la Neutralidad Española que le permite no tener efectivos en los Pirineos y la distracción de fuertes contingentes Franceses por nuestras fuerzas militares en la zona de Marruecos, aparte de lo que representa el aberse adueñado España de Tánger, evitando que lo hicieran otros.

El Führer ante esta contestación, y visiblemente contrariado, manifiesta que aunque esto es verdad, no es lo suficiente ni lo que necesita Alemania.

El Caudillo le vuelve a contestar que él no puede llevar al pueblo español a una guerra que, desde luego, sería impopular, ya que en ella no se podría alegar que estaba implicado el prestigio ni la conveniencia de España.

Después de un forcejeo insistiendo ambos Jefes de Estado en sus puntos de vista, y teniendo en cuenta que quiere llegarse a una solución por parte de Alemania, propone el Führer, de acuerdo con su Ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Ribbentrop, que se firme por parte de España un compromiso en el que se compromete a entrar en la guerra al lado de Alemania cuando ésta estime necesario que lo haga más adelante.

El Caudillo vuelve a insistir en los tan repetidos puntos de vista respecto a la imposibilidad de España de entrar en una guerra que no le habría de reportar ningún beneficio y que por tanto, aunque fuera un compromiso aplazado, él no lo puede aceptar.

Se siguen manteniendo durante tres cuartos de hora los respectivos puntos de vista y, pasadas las doce y media el Führer, que ha ido cada vez más perdiendo el control, se dirige en Alemán a Ribbentrop y le dice: <<Ya tengo bastante; como no hay nada que hacer, nos entenderemos en Montoire.>>

El Führer dando muestras de su sobervia o de su mala educación, se levanta de la mesa y, de forma completamente militar y agria, se despide de los presentes, acompañado de su ministro de Asuntos Exteriores.

Poco después, y ya de manera oficial, tiene lugar la despedida en el andén en forma aparentemente cordial.

A la una menos cinco arranca el trén que conduce a S.E. quién creo que ha sacado una impresió del Führer distinta de la que se había imaginado, como aquel señor que cree encontrase con otro y se lleva un chasco.

Mi impresión, como Español, no puede ser mejor, pues conozco a los Alemanes y sé sus procedimientos, y teniendo en cuenta la fuerza que tienen hoy en día dominando Europa entera, la actitud del Caudillo ni ha podido ser más viril, ni más patriótica, ni más realista, pues se ha mantenido firme ante las presiones, justoficadas o no, del Führer y ha pasado por alto con la mayor dignidad los malos modo, al no ver satisfechos sus deseos, del Führer-Canciller.

Luís Álvarez de estrada y Luque. Barón de las Torres,  26 de Octubre de 1940.

Fuente: http://www.forosegundaguerra.com/viewtopic.php?start=0&t=166

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El Protocolo secreto de Hendaya, 1940

Hitler y Franco en Hendaya, 1940

El 23 de octubre de 1940 el general Franco se entrevistó con Hitler en Hendaya. La pretensión de este último era hacer que España entrara en guerra a favor de Alemania a cambio de una serie de contraprestaciones. Al final, Hitler no logró nada positivo:

«El Protocolo

Entre los gobiernos de Italia, Alemania y España se decide lo siguiente:

1. La entrevista celebrada entre el Führer del Reich alemán y el jefe del Estado español que siguió a la que sostuvieron el Duce y el Fúhrer, así como el intercambio de pensamientos entre los tres ministros de Asuntos Exteriores de los tres países en Roma y en Berlín, han servido para aclarar las posiciones recíprocas de los tres países a las particulares propias de la conducta de la guerra y a la política en general.

2. España se declara dispuesta a entrar en el Pacto que el 27 de septiembre firmaron Italia, Alemania y Japón y con este objeto firmar el correspondiente Protocolo sobre el ingreso resultante por parte de las cuatro potencias en una fecha determinada.

3. Con el presente Protocolo declara España su ingreso en el Pacto de Alianza y Amistad firmado por Italia y Alemania y el correspondiente agregado secreto del 22 de mayo de 1939.

4. En cumplimiento de sus obligaciones como aliado, España intervendrá en la actual guerra de las potencias del Eje contra Inglaterra, después que éstas hayan otorgado las ayudas militares necesarias para su preparación hasta un punto en el cual, en apreciación conjunta entre las tres potencias, se establezca que se ha alcanzado un punto decisivo en los preparativos. Alemania concederá ayuda económica a España, mediante la entrega de víveres y materias primas, para hacer frente a las necesidades del pueblo español y a las exigencias de la guerra.

5. Además de la incorporación de Gibraltar a España, las potencias del Eje se declaran básicamente dispuestas en relación con un orden conjunto, que deberá establecerse en África y que se fijará en los tratados de paz después de la derrota de Inglaterra a conceder que España reciba en territorio africano en la misma cantidad, en la cual Francia pueda ser compensada, que se le asignen en territorio africano, con lo cual permanecerán en cuenta las pretensiones de Alemania e Italia referentes a Francia.

6. El presente Protocolo tendrá un estricto carácter secreto, y sus participantes se obligan a guardar un estricto secreto sobre él, mientras no se llegue a un acuerdo conjunto de hacerlo público.

Establecido en tres originales en italiano, alemán y español.

Hendaya, 23 de octubre de 1940».

Díaz-Plaja, F.: La entrevista Franco-Hitler.

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La crisis del Antiguo Régimen en España, a finales del siglo XVIII

Goya: La familia de Carlos IV, 1800-1801

“Nuestra constitución está muy viciada; nuestros tribunales apenas sirven para lo que fueron creados; los cuerpos del derecho se aumentan visiblemente y visiblemente se disminuye la observancia de las leyes; la demasiada justificación hace retardar demasiado las providencias justas; la agricultura clama por la ley agraria, y sin embargo de lo ejecutivo de la enfermedad, van ya pasados diez y nueve años en consultas, y es de creer que la receta saldrá después de la muerte del enfermo; el Consejo está continuamente dándonos el espectáculo del parto de los montes; los abogados cunden como las hormigas, y los pleytos aumentan a proporción de los abogados;la libertad civil gime en la misera esclavitud y los ciudadanos no tienen ninguna representación; las capellanías, obras pías y mayorazgos crecen como mala yerba, y es de temer no quede un palmo de tierra libre en el reino; a cualquiera le es permitido encadenar sus bienes y cargarlos para siempre jamás; la mayor parte de las fincas están en mano muertas; el todo de las contribuciones de los pueblos, es decir, las contribuciones reales, eclesiásticas y dominicales… pasan de dos mil miliones, cantidad asombrosa, cuyo mayor peso carga sobre un millón escaso de agricultores medianos; los holgazanes… son más de seis millones, de los nueve y medio en que se regula nuestra población, careciendo los tres y medio restantes de infinitas proporciones y estímulpos para el trabajo;oficinas y empleados hay tres veces más de los que se necesitan… El erario está empeñadísimo… la suprema autoridad está repartida en una multitud de consejos, juntas y tribunales, que todos obran sin noticia unos de otros; y así lo que uno manda, otro desmanda, y todo a nombre del rey, por lo cual decía un amigo mío que la potestad regia está descuartizada.

Yo comparo nuestra monarquía en el estado presente a una casa vieja sostenida a fuerza de remiendos, que los mismos materiales que se pretende compner un lado, derriban el otro, y sólo se puede enmendar echándola a tierra y reedificándola de nuevo, lo cual enla nuestra es moralmente imposible, pues como un día me dijo el señor conde de Floridablanca: ‘Para hacer cada cosa buena, es necesario deshacer cuatrocientas malas’.

El primer paso que se debería dar para corregir la pobreza del Reino sería simplificar el gobierno cuanto fuera posible; alargar la libertad del pueblo cuanto dictase la prudencia; desencadenar todos los bienes raíces, aminorar o extinguir los privilegios heredables. Con esto espero que España mudaría de semblante.”

León de Arroyal, Cartas político-económicas al Conde de Lerena, 1785-1795.

#espana

El transporte del pasado en España, según Larra

Diligencia española en el pasaje del Col de Balaguer. Emile Bégin: Voyage pittoresque en Espagne et en Portugal, 1852.

Hace pocos años, si le ocurría a usted hacer un viaje, empresa que se acometía entonces sólo por motivos muy poderosos, era forzoso recorrer todo Madrid, preguntando de posada en posada por medios de transporte. Éstos se dividían entonces en coches de colleras, en galeras, en carromatos, tal cual tartana y acémilas. En la celeridad no había diferencia ninguna; no se concebía cómo podía un hombre apartarse de un punto en un solo día más de seis o siete leguas; aun así era preciso contar con el tiempo y con la colocación de las ventas; esto, más que viajar, era irse asomando al país, como quien teme que se le acabe el mundo al dar un paso más de lo absolutamente indispensable. En los coches viajaban sólo los poderosos; las galeras eran el carruaje de la clase acomodada; viajaban en ellas los empleados que iban a tomar posesión de su destino, los corregidores que mudaban de vara; los carromatos y las acémilas estaban reservadas a las mujeres de militares, a los estudiantes, a los predicadores cuyo convento no les proporcionaba mula propia. Las demás gentes no viajaban; y semejantes los hombres a los troncos, allí donde nacían, allí morían. Cada cual sabía que había otros pueblos que el suyo en el mundo, a fuerza de fe; pero viajar por instrucción y por curiosidad, ir a París sobre todo, eso ya suponía un hombre superior, extraordinario, osado, capaz de todo; la marcha era una hazaña, la vuelta una solemnidad; y el viajero, al divisar la venta del Espíritu Santo, exclamaba estupefacto: «¡Qué grande es el mundo!». Al llegar a París, después de dos meses de medir la tierra con los pies, hubiera podido exclamar con más razón: «¡Qué corto es el año!».

A su vuelta, ¡qué de gentes le esperaban, y se apiñaban a su alrededor para cerciorarse de si había efectivamente París, de si se iba y se venía, de si era, en fin, aquel mismo el que había ido, y no su ánima que volvía sola! Se miraba con admiración el sombrero, los anteojos, el baúl, los guantes, la cosa más diminuta que venía de París. Se tocaba, se manoseaba, y todavía parecía imposible. ¡Ha ido a París! ¡Ha vuelto de París! ¡Jesús!

Maríano José de Larra, La diligencia (1835),  wikisource

#economia, #espana, #transporte

La manufactura algodonera de Barcelona

Además de las artes circunscriptas en cuerpos gremiales, que ocupan a más de 30.000 hombres, comprende esta capital otros varios ramos de industria activa, que acaban de hacerla rica y populosa. Se cuentan 25 fábricas de indianas, pañuelos y lienzos pintados, y otras pequeñas de varias manufacturas de algodón; en cuyas maniobras, preparativos y demás manipulaciones se ocupan más de 18.000 personas. La manufactura de encajes, blondas, redecillas, cintería de hilo y otras labores fáciles entretienen unas 12.000 mujeres. Los tejidos de seda, con todos los demás ramos de su preparación y tintura, ocupan cerca de 12.000 personas de ambos sexos, contando la fábrica de medias. Los telares que se mantienen en este ramo de la seda son los siguientes: 524 de estofas de todas suertes, cerca de 900 de medias; 2.700 de galones, listonería y cintería. Los tejidos de lana, en que se cuentan nueve fábricas de paños de todas calidades y colores, sargas, estameñas, bayetas y franelas, con todos los ramos auxiliares de su manipulación y tinte, mantienen más de 3.000 personas de ambos sexos y de todas las edades.

Hay además otras manufacturas sueltas, como las de pequines, tirados de oro y plata falsa, ollas de hierro colado (…) con lo que y con todo lo arriba especificado hacen los barceloneses un comercio activo en los países extranjeros, en América, y en lo interior de la península de España de un giro muy considerable.

CAPMANY, A. DE: Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona. (1.779-1.792)

#economia, #espana, #industria-textil

De holocaustos y matanzas

El nuevo libro del hispanista británico Paul Preston es un extenso catálogo de historias de horror, una hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió en ambos bandos durante la Guerra Civil

Mario Onaindía, que sabía mezclar con eficacia el humor y la inteligencia, decía que a él lo que le hubiera gustado ser de verdad era hispanista inglés. Se refería, claro, a la posibilidad de observar los aconteceres de España, cuya historia le fascinaba, desde un punto de vista distante y sabio.

Por desgracia, podemos ver ahora que lo de ser anglosajón y analizar con distancia los episodios españoles no tiene por qué ir necesariamente unido.

No deseo herir la sensibilidad de Ian Gibson llamándole inglés, pero su posición fue por un tiempo la del hispanista, y años después la abandonó para lanzarse al ruedo de la bronca. Eso sí, hay que reconocer que se hizo español para alejarse de la obligada sobriedad que se exigía a su especie.

Ahora le ha correspondido a Paul Preston el turno de tocarnos las fibras sensibles. Preston ha decidido, al parecer, hacerse español y nos ha regalado un extenso catálogo de historias de horror que se agrupan bajo el sonoro título de El holocausto español.

La noticia del libro tiene un carácter mayor, tanto por la importancia del bagaje de Preston como por la recepción de que ha sido objeto. Se han llegado a decir sobre este libro cosas como que solo un extranjero podía escribir esto. Y se ha rendido pleitesía intelectual a su hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió durante la Guerra Civil de 1936. Lo de la hipérbole no viene porque se exageren los espantos vividos, sino por el nombre que le ha buscado, y lo de desequilibrada por la clasificación de los autores de esos espantos según estuvieran en un bando o en otro.

El uso de la palabra holocausto marca ya el libro desde su inicio, porque desde que los nazis procedieran al asesinato sistemático y ordenado de millones de judíos entre 1942 y 1945, conviene utilizar con cuidado el vocablo. Simplemente para entendernos mejor unos a otros. A mí se me antoja excesivo, aunque a la Real Academia Española (RAE) le baste para describir una gran matanza.

En España no hubo una acción sistemática de eliminación de un grupo social. Quizá con dos excepciones: los religiosos, que sufrieron en algunas zonas republicanas algo muy parecido al genocidio; y los masones, que padecieron lo mismo en la zona rebelde. De los primeros, murieron casi todos los que había en Lérida, por ejemplo; de los segundos, lo mismo entre los capturados por Franco. Los porcentajes de muertos en ambos grupos superan con mucho los registrados en las unidades de choque.

La espeluznante relación que ha hilado el autor con importantes ayudas locales tiene una intencionalidad evidente, que no oculta: la violencia cainita que se desarrolló desde el 17 de julio de 1936 y prolongó Franco hasta mucho después, no fue de la misma naturaleza en el lado rebelde que en el lado de quienes defendieron a la República.

De una forma muy sumaria se deduce de la lectura que los rebeldes emprendieron una tarea exterminadora como parte de un plan esencial a la naturaleza de su política, mientras que la violencia en el lado republicano fue, con excepciones que es preciso analizar, de reacción ante bombardeos, fusilamientos y otras salvajadas.

Es decir, hubo una violencia fría y programada frente a otra caliente e improvisada. Esto lo han dicho también otros historiadores, y Paul Preston lo asume.

Las herramientas para demostrarlo son variadas. La primera, la de la justificación de las violencias en el lado republicano. A las matanzas del puerto de Bilbao les preceden los bombardeos de Portugalete; al asalto a la cárcel Modelo de Madrid, le precede la carnicería de Badajoz; a la de Guadalajara, otro bombardeo. No sabemos, sin embargo, en realidad, qué es lo que precede a las matanzas sistemáticas en Castilla-La Mancha (salvo el odio a los terratenientes), o a la liquidación sistemática de pequeños comerciantes en Cataluña, por poner dos ejemplos. ¿Cabría la posibilidad de que, como ha descrito Fernando del Rey, los campesinos manchegos tuvieran claro a quiénes liquidarían en caso de conflicto, o la de que la acción de los anarquistas catalanes y los poumistas de Nin fuera tan programática como la de los rebeldes? En las proclamas de Largo Caballero también se pueden encontrar llamadas al exterminio de la clase enemiga.

Preston se extiende sobre las matanzas de Paracuellos, porque quizá sea el asunto que más ha desarbolado la teoría de la no planificación en el lado republicano, o sea, de la inocencia de los leales. Parece difícil demostrar que Azaña, Largo Caballero o el general Miaja y su ayudante Vicente Rojo estuvieran enterados del asunto. Pero en cambio es seguro que estuvieron al tanto los principales dirigentes anarquistas, como el ministro de Justicia, García Oliver, y todo el aparato del Partido Comunista de España. La literatura de la época señala incluso a Margarita Nelken, aún entonces en las filas socialistas, a la que Preston se esfuerza en desligar de toda complicidad. No fue un crimen del Gobierno, pero sí de una parte del aparato que estaba en él o lo sustentaba.

Es decir, que el asunto es complejo. Como lo es el del análisis de lo sucedido con los franquistas. Cada vez parece más difícil demostrar que la matanza que pretendían, bien expresada en las directivas de Mola (que se cumplieron), tuviera que desembocar en un exterminio, en un holocausto. Fue una tremenda escabechina que se prolongó hasta 1943 con un saldo de no menos de 150.000 muertos, que no es preciso multiplicar para que nos ponga los pelos de punta. Pero una matanza que, como bien ha demostrado otro inglés llamado Julius Ruiz, no tenía fines comparables a los hitlerianos. Preston insiste, para demostrar que tenía esos fines, en la más que excesiva teoría de la guerra larga, heredada de Dionisio Ridruejo e Hilari Raguer, según la cual Franco prolongó a propósito la guerra para matar con más comodidad. Una teoría que yo creo que ya está desacreditada por abundante documentación.

En el conteo de Badajoz, se incurre a mi juicio en un riesgo de sobrevaloración al hablar de más de 8.000 asesinados, siguiendo a Espinosa. ¿Es que nos parecen pocos 4.000 o 6.000? Es la misma técnica aplicada por César Vidal en Paracuellos, ya desenmascarada entre otros por Javier Cervera. (No puedo evitar sumar un dato a esta historia: Vidal incluye como víctima de Paracuellos a mi tío Manolo, con el que traté muchos años, y yo juro que respiraba).

El libro de Preston no es, por desgracia, una actualización rigurosa de lo sucedido durante la guerra, ni en los números ni en las razones. Y cojea en ocasiones de forma escandalosa, como cuando explica que en Cataluña y el País Vasco la represión se volcó sobre todo contra los nacionalistas, lo que contrasta con los datos que explican que en esas dos regiones el régimen de Franco mató proporcionalmente menos que en casi cualquier otra parte de España.

El trabajo de Preston contribuye a encender los ánimos de quienes consideran que las cosas de la guerra no se han liquidado bien, pero aporta irónicamente alguna perspectiva consoladora para creyentes en la justicia divina: en el epílogo se puede comprobar con satisfacción cómo los verdugos sufrieron su castigo. Unos murieron atacados por el cáncer; otros, se volvieron locos y mataron a sus propios hijos; otros, se arrepintieron de forma pública. ¿Castigo de Dios? Preston no cree que fuera cosa del altísimo, pero nos muestra que castigo sí tuvieron.

Lo que Preston no demuestra es que hubiera un holocausto; ni siquiera que hubiera una intención programática de exterminar. Franco, Mola (y tantos otros) fueron seres despiadados y asesinos, pero no anunciaron a Hitler, por mucho que sus intenciones fueran claramente homicidas.

Y de “los nuestros”, qué decir. Hubo de todo. Aunque tuvieran razón en defender el régimen legítimo.

Jorge M. Reverte, periodista y escritor: De holocaustos y matanzas, EL PAÍS, 11 de mayo de 2011

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