¿Tiene un futuro la socialdemocracia?

¿Tiene un futuro la socialdemocracia? En las últimas décadas del siglo XX se convirtió en un lugar común sugerir que la razón por la que el consenso socialdemócrata de la generación anterior había empezado a desmoronarse fue su incapacidad para desarrollar una visión, y mucho menos instituciones prácticas, que trascendieran al Estado nacional. Si el mundo se estaba haciendo más pequeño y los estados más marginales para el funcionamiento diario de las economías internacionales ¿Qué podría ofrecer la socialdemocracia?

Esta preocupación se agudizó en 1981, cuando el último presidente socialista de Francia fue elegido con la promesa de que ignoraría los acuerdos y regulaciones de ámbito europeo e inauguraría un futuro autónomo (socialista) para su país. Al cabo de dos años F. Mitterrand había dado un giro a su política, de forma muy parecida a como lo haría después el Partido Laborista británico, y aceptó lo que parecía inevitable: no puede haber unas políticas (ni tributación, redistribución o propiedad pública) nacionales de carácter socialdemócrata si chocan con los acuerdos internacionales. Incluso en Escandinavia, donde las instituciones socialdemócratas estaban mucho más consolidadas culturalmente, la pertenencia a la Unión Europea, -o incluso la participación en la Organización Internacional del Comercio y otras instituciones internacionales, parecía imponer limitaciones sobre la legislación promovida localmente. En suma, daba la impresión de que la socialdemocracia estaba condenada por esa misma internacionalización que sus primeros teóricos habían anunciado con tanto entusiasmo como el futuro del capitalismo.

Desde esa perspectiva, la socialdemocracia, como el liberalismo, fue un subproducto del auge del Estado-Nación europeo: una idea política vinculada a los desafíos sociales de la industrialización en las sociedades desarrollada […]. Además de confinarse a un continente privilegiado, la socialdemocracia parecía ser un producto de unas circunstancias históricas únicas. Pero cuando las circunstancias cambian, también deberían cambiar las opiniones. Pasará algún tiempo antes de que volvamos a saber algo de los ideólogos del dogma del mercado libra […]. Si vamos a tener Estados y estos van a influir significativamente en los asuntos humanos, la herencia socialdemócrata conserva toda su vigencia […]. Los socialdemócratas tienen que volver a aprender a pensar más allá de sus fronteras; hay algo profundamente incoherente en una política radical que descansa en aspiraciones de igualdad o justicia social y que es sorda a desafíos éticos más amplios y a los ideales humanitarios. George Orwell observó una vez que lo que atrae a las personas corrientes hacia el socialismo y hace que estén dispuestas a arriesgar la vida por el es la mística de la igualdad. Esto sigue siendo válido así y hoy. Es la creciente desigualdad en y entre las sociedades lo que genera tantas patologías sociales. Las sociedades con desigualdades grotescas también son inestables: generan divisiones internas y, más pronto o más tarde, luchas intestinas cuyo desenlace no suele ser democrático […]. Como ciudadanos de una sociedad libre tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento. Como sentencia la famosa frase, hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas formas; de lo que se trata es de transformarlo”

Tony Judt, “Algo va mal”, Madrid, Taurus, 2010, pp. 214-220 (reelab.)

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