Tony Judt: Algo va mal

Tony Judt es un historiador británico de tradición socialdemócrata. Nacido en 1948 ha fallecido hace pocos meses de una enfermedad degenerativa. Entre sus obras de historia hay que destacar sin duda Postguerra, un monumental libro de la historia europea desde 1945 hasta hoy que resume bien las décadas transcurridas desde el fin de la II Guerra Mundial. Judt, de origen judío, militó en el sionismo en su juventud y llegó a vivir en un kibutz a finales de los sesenta del siglo XX. Posteriormente perdió su fe en el sionismo y se convirtió en un crítico de Israel y de su política contra el pueblo palestino, pidiendo públicamente la creación de un Estado binacional repartido entre árabes y judíos.

Invencible arsenal ciudadano en las calles de Valencia. 21 de febrero de 2012. Cuadernos de la vida cotidiana

En su obra historiográfica se aprecia un gran compromiso por las libertades democráticas y por la defensa de los principios inspiradores del Estado de Bienestar.  Es profundamente crítico con los regímenes dictatoriales de diverso signo, lo que le conduce a la descalificación de todo lo que tenga que ver con el comunismo, al que considera como ideología incompatible con la libertad del individuo y la democracia. De hecho, realiza una generalización al tratar el comunismo o la izquierda revolucionaria. Para Judt el comunismo sólo existe en los regímenes del socialismo real y los movimientos o partidos de tradición marxista revolucionaria que no se encarnaron en eso, solo fueron proyectos del mismo tipo que no se salieron con la suya y que, por tanto, también llevaban en su seno construir regímenes autoritarios o dictaduras. Es decir, Judt no cree posible un comunismo respetuoso con las libertades que llamamos de primera generación, lo que le impide apreciar los valores democráticos indiscutibles de muchos partidos comunistas en su trayectoria histórica. Judt diría que éstos respetaban (o respetan, si aún existen) las reglas del juego democrático sólo formalmente, pues su objetivo era (o es), al final, la destrucción misma de la democracia.

A su vez, es muy crítico con el liberalismo económico como se está gestando en los últimos treinta años (neoliberalismo) y tampoco es partidario de socialdemócratas (o laboristas) que abandonaron en estas mismas décadas las políticas centradas en la defensa de los servicios públicos de calidad y de carácter universal. En su último libro, Algo va mal (editorial Taurus, edición 2010), casi un testamento político de este historiador, analiza la construcción histórica de los Estados de Bienestar en su doble vertiente anglosajona (de herencia keynesiana y laborista) y europea continental (de herencia socialdemócrata) y defiende la tesis de que para un mundo mejor sólo es posible el capitalismo reformado o controlado por alguna de estas herencias en su versión seria, es decir, no en la versión de gente como, por ejemplo, Blair.

Muchos de sus análisis históricos son reseñables, especialmente cuando estudia las causas que hacen que muchos ciudadanos de los países democráticos actuales ya no pretendan ni siquiera defender los Estados de Bienestar, o estén incluso en su contra, y que ello nos lleve al momento crítico actual al poner en cuestión importantes logros históricos como la labor de los sindicatos, la existencia de una hacienda pública que recaude impuestos para generar bienes comunes indispensables para una comunidad, o la existencia de una educación o una sanidad públicas gratuitas y universales.

Leamos a Judt:

Refiriéndose a los estadounidenses: “A todos les gustaría que su hijo tuviera probabilidades de progresar en la vida: mejor educación, mejores expectativas laborales. Preferirían que su esposa o su hija tuvieran las mismas probabilidades de sobrevivir a la maternidad que las mujeres de los demás países avanzados. Les gustaría disfrutar de una cobertura médica completa más barata, una esperanza de vida más larga, mejores servicios públicos y menos delincuencia. No obstante cuando se les dice que todo eso existe en Europa occidental, muchos estadounidenses responden “¡Pero allí tienen socialismo! No queremos que el Estado se inmiscuya en nuestros asuntos. Y, sobre todo, no queremos pagar más impuestos”.

Esta curiosa disonancia cognitiva ya es antigua. […]

También están los factores culturales, en particular la notoria desconfianza estadounidense hacia el gobierno central.

Esta desconfianza hacia las autoridades públicas, que periódicamente elevan a culto los Know Nothings, los defensores a ultranza de los derechos de los estados, los “antiimpuestos” y –más recientemente- los demagogos de las tertulias radiofónicas de la derecha republicana, es exclusivamente estadounidense. Convierte una suspicacia distintiva hacia los impuestos (con o sin representación) en un dogma patriótico. De ahí que en los Estados Unidos los impuestos se suelan considerar una pérdida de renta sin compensación. Rara vez se considera la idea de que (también) podían ser una aportación a la provisión de bienes colectivos que los individuos aislados no podrían permitirse nunca (carreteras, bomberos, policías, colegios, farolas, oficinas de correos, por no mencionar soldados, barcos de guerra y armas).” Págs. 42-43.

Si no respetamos los bienes públicos; si permitimos o fomentamos la privatización del espacio, los recursos y los servicios públicos; si apoyamos con entusiasmo la tendencia de la joven generación a ocuparse exclusivamente de sus propias necesidades: no debería sorprendernos una disminución constante de la participación cívica en la toma de decisiones públicas. En años anteriores se ha hablado mucho del llamado “déficit democrático”. Los sondeos de opinión reflejan un desinterés cada vez mayor por las elecciones locales y nacionales y un cínico desprecio hacia los políticos y las instituciones políticas, especialmente entre los jóvenes. Se ha generalizado la sensación de que como “ellos” harán lo que quieran en cualquier caso -al tiempo que sacan todo el beneficio personal posible- por qué habríamos de perder el tiempo “nosotros” en tratar de influir en sus actos. […]

¿Por qué es esto importante? Porque, como sabían los griegos, la participación en la forma en que se nos gobierna no sólo aumenta el sentido colectivo de responsabilidad por los actos del gobierno, sino que también contribuye a que los líderes se comporten honestamente y constituye una salvaguarda ante los excesos autoritarios. La desmovilización política, […] constituye una peligrosa pendiente resbaladiza. Además, es acumulativa: si nos sentimos excluidos de la gestión de nuestros asuntos colectivos, no nos molestaremos en expresar nuestra opinión sobre ellos. En este caso, no debería sorprendernos descubrir que nadie nos escucha.” Págs 130-131.

Reelaboración a partir de Ander Fernández: Tony Judt: Alto va mal, La Marcha Obrera, 26 de abril de 2011

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