El último romántico, por Toni Judt

El historiador de Cambridge, Toni Judt, presenta una informada reseña de “Tiempos interesantes” (2003), las memorias del eminente historiador británico Eric Hobsbawm.

1.

Portada del libro

A la edad de ochenta y seis años, Eric Hobsbawm es el historiador más conocido en el mundo. Su libro más reciente, The Age of the Extremes [La era de los extremos], ha sido traducido a decenas de idiomas, desde el chino hasta el checo. Sus memorias, publicadas por primera vez este año, fueron un best seller en Nueva Delhi; en algunas partes de Sudamérica -especialmente en Brasil- es un héroe popular y cultural. Su fama está muy bien ganada. Eric Hobsbawm controla vastos continentes informativos con facilidad y seguridad; su asesor de pregrado en Cambridge, después de decirme una vez que Eric Hobsbawm había sido el estudiante más brillante de todos a los que había enseñado, añadió: “Por supuesto, no se podría decir que yo le enseñé; era imposible enseñarle algo. Eric ya lo sabía todo”.

Hobsbawm no solamente sabe más que otros historiadores; también escribe mejor: no tiene nada de la quisquillosa “teorización” o del grandilocuente narcisismo retórico de algunos de sus colegas británicos más jóvenes (tampoco cuenta con dedicados equipos de investigadores de posgrado: él mismo hace sus lecturas). Su estilo es limpio y claro. Como E. P. Thompson, Raymond Williams y Christopher Hill, sus otrora compañeros en el Grupo de Historiadores Comunistas Británicos, Hobsbawm tiene un manejo maestro de la prosa inglesa: escribe en una historia inteligible para los lectores educados.

Las primeras páginas de su autobiografía son quizá las mejores que Hobsbawm jamás haya escrito. Son, ciertamente, páginas intensamente personales. Sus padres, judíos -él, del East End de Londres**; ella, de Habsburgo, en Austria-, se conocieron y casaron en la neutral Zurich durante la primera guerra mundial. Eric, el mayor de los dos hijos, nació en Alejandría en 1917 aunque sus recuerdos empiezan en Viena, donde la familia se estableció después de la guerra. Los padres de Eric Hobsbawm lucharon con poco éxito para suplir sus necesidades con suficiencia en la empobrecida y truncada Austria de la posguerra. Cuando Eric tenía once años, su padre, retornando “de otra de sus crecientemente desesperadas visitas a la ciudad en búsqueda de dinero que ganar o tomar prestado”, sufrió un colapso y murió en la puerta de calle de su casa una gélida noche de febrero de 1929. Antes de un año, a su madre se le había diagnosticado una enfermedad pulmonar; después de meses en hospitales y sanatorios, sometida a tratamientos sin éxito, murió en julio de 1931. Su hijo tenía solamente catorce años.

Eric fue enviado a Berlín para vivir con una tía. Su narración sobre los momentos de agonía de la democracia alemana es fascinante: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que estábamos dando con el iceberg”. Un huérfano judío arrastrado hacia la desesperada política de la República de Weimar, el joven Hobsbawm se unió al Partido Comunista Alemán (KPD) de su Gymnasium (escuela secundaria). Experimentó de cerca la estrategia suicida y divisoria impuesta por Stalin sobre el KPD, al cual se le ordenó atacar a los socialdemócratas y no a los nazis; participó de las valientes ilusiones de los comunistas berlineses y en las desesperanzadas manifestaciones de éstos. En enero de 1933, al leer los titulares de un quiosco de diarios, cuando se encontraba llevando a su hermana a casa de vuelta del colegio, se enteró del nombramiento de Hitler como canciller. Como en la narración de su infancia vienesa, en sus historias berlinesas se entretejen fluidamente sus emotivos recuerdos personales con las reflexiones de un historiador acerca de la vida de la entreguerra en Europa Central:

Es difícil, para quienes no han experimentado la “Era de la Catástrofe” del siglo XX en Europa Central, ver qué significaba vivir en un mundo que simplemente no se esperaba que durara, en algo que no podría siquiera ser realmente descrito como un mundo sino meramente como una provisional estación en medio del camino entre un pasado muerto y un futuro aún sin nacer.

Estas primeras cien páginas solas valen el precio del libro.

Los niños Hobsbawm fueron trasladados a Inglaterra (ellos tenían pasaportes británicos y parientes en Londres). Antes de dos años el precozmente dotado Eric había culminado con éxito su tránsito a una educación impartida en inglés y ganado una Beca Abierta para estudiar historia en King’s College, Cambridge. Allí comenzó toda una vida de ascenso hacia la elite británica, comenzando con notables calificaciones en sus exámenes de pregrado y su elección para ser parte de los Apóstoles, la autoseleccionada “sociedad secreta” de Cambridge (entre cuyos miembros, antes de él, habían estado Wittgenstein, Moore, Whitehead, Russell, Keynes, E. M. Forster y los “espías de Cambridge” Guy Burgess y Anthony Blunt). Noel Annan, contemporáneo suyo en King’s College, describió al Hobsbawm estudiante de pregrado como

asombrosamente maduro, armado de pies a cabeza con la interpretación del Partido para los acontecimientos políticos actuales, tan erudito como fluido en su expresión, y equipado para tener una opinión sobre cualquier tema oscuro sobre el que sus contemporáneos hubieran escogido escribir un trabajo universitario[1]

Después de la guerra, la política hizo que Hobsbawm disminuyera la velocidad de su ascenso por la escala de la carrera académica aunque, por su militancia, probablemente él habría podido llegar, a una temprana edad, hasta distinguidos puestos en el Partido Comunista. Sin embargo, con cada nuevo libro -desde Rebeldes Primitivos hasta La Era del Capital, pasando por Industria e Imperio y La invención de la tradición– su celebridad nacional e internacional crecía constantemente. Durante su retiro, la carrera de Hobsbawm ha sido coronada con todo tipo de glorias: ha dictado clases en todo sitio, ha recibido multitud de grados honoríficos y es Compañero de Honor de la Reina de Inglaterra.

A lo largo de los años, los viajes han puesto a Hobsbawm en algunas circunstancias curiosas: en 1936, en París, en el tiempo del auge del Frente Popular, durante las celebraciones por el Día de la Bastilla recorrió las calles sobre un camión del Partido Socialista que se dedicaba a filmar las noticias (hay una fotografía de él en esas circunstancias, extrañamente reconocible aún pese a una distancia de casi siete décadas); pasó brevemente a Cataluña durante las primeras etapas de la Guerra Civil Española. En La Habana una vez fue traductor -ad libitum- del Che Guevara. En su autobiografía escribe con espontáneo entusiasmo acerca de viajes y amistades en Latinoamérica, España, Francia y, especialmente, Italia. A diferencia de la mayor parte de los demás historiadores británicos -y de los historiadores dedicados a la Gran Bretaña, como fue su vocación temprana- él no solamente es multilingüe sino también instintivamente cosmopolita en sus referencias. Sus memorias son refrescantemente reticentes a tratar sobre familia y amores; ellas están más bien llenas de los hombres y las mujeres que han compuesto el mundo público de Hobsbawm. Ellas registran un prolongado y fructífero siglo XX.

Sin embargo, alfo falta. Eric Hobsbawm no solo fue comunista; ha habido montones de ellos, incluso en Gran Bretaña. Él siguió siéndolo por sesenta años. Dejó que su pertenencia al minúsculo Partido Comunista Británico feneciera solo cuando la causa que éste defendía había sido definitivamente enterrada por la historia. Además, a diferencia de casi todos los otros intelectuales que cayeron bajo el hechizo comunista, Hobsbawm no muestra ningún remordimiento. Ciertamente, aunque él acepta la total derrota de todo aquello que representaba el comunismo, sin parpadear insiste en que, a mediados de su novena década, “El sueño de la Revolución de Octubre aún está allí, en algún lugar de mí”.

Predeciblemente, es su incesante rechazo a “renegar” de un compromiso de toda una vida con el comunismo lo que le ha atraído el comentario público. ¿Por qué -le han preguntado en innumerables entrevistas- usted no dejó el Partido en 1956, como la mayoría de sus amigos, cuando los tanques soviéticos aplastaron los levantamientos en Hungría? ¿Por qué no en 1968, cuando el Ejército Rojo invadió Praga? ¿Por qué usted aún parece creer -como Hobsbawm lo ha sugerido en más de una ocasión durante los años recientes- que el precio en vidas humanas y los sufrimientos bajo Stalin habrían valido la pena si los resultados hubieran sido mejores?

Hobsbawm responde cumplida aunque un poco cansadamente a estas preguntas, a veces mostrando un aire de desdeñosa impaciencia ante esta obsesión con su pasado comunista; después de todo, también ha hecho un montón de otras cosas. No obstante, él invita a hacer esas preguntas. Según él mismo, el comunismo ha absorbido la mayor parte de su vida. Muchas de las personas sobre las que él escribe en su autobiografía de manera tan entusiástica, fueron comunistas. Durante varias décadas él escribió para publicaciones comunistas y asistió a actos públicos del Partido. Cuando otros dejaron el Partido, él se quedó. Le dedica mucho de su tiempo a la descripción de esas lealtades, pero en realidad nunca las explica.

La ligazón de Hobsbawm con el comunismo tiene poco que ver con el marxismo. Para él, ser un “historiador marxista” significa solamente tener lo que él llama un enfoque “histórico” o interpretativo. Cuando él era joven, el movimiento que favorecía las explicaciones más generales por encima de las narraciones políticas, y que ponía el énfasis sobre las causalidades económicas y las consecuencias sociales, era radical e iconoclasta. El grupo Annales de Marc Bloch exigía similares cambios en la profesión histórica francesa. En el paisaje historiográfico de hoy estas preocupaciones aparecen como evidentes en sí mismas e incluso como conservadoras. Además, a diferencia de los epígonos de Gramsci de la revista New Left Review, Hobsbawm tiene una despreocupación muy inglesa con respecto a lo “continental” [a lo europeo no británico], a los debates intramarxistas, a los que presta poca atención en todos sus escritos.

En la versión de Hobsbawm, incluso su comunismo es difícil de fijar. En su narración hay poco acerca de lo que sentía él al ser comunista. Los comunistas, en Inglaterra como en todo sitio, pasaban la mayor de su tiempo en agitprop, actividades de agitación y propaganda: vendiendo las publicaciones del partido, haciendo las campañas electorales de los candidatos del Partido, difundiendo la “línea general” del Partido en las reuniones de célula y debates públicos, organizando reuniones, planeando manifestaciones, fomentando (o saboteando) huelgas, manipulando a las organizaciones de fachada y así por el estilo: actividades mundanas, rutinarias, un trabajo a menudo demoledoramente tedioso, asumido por fe o por deber. Virtualmente todas las memorias escritas por comunistas o ex comunistas que puedo recordar, dedican considerable espacio a tales asuntos. Por cierto, esta es a menudo la parte más interesante de esos libros porque esas rutinas tomaban mucho tiempo y porque, al final, ellas eran la vida misma del Partido.[2]

Como deja en claro Eric Hobsbawm, a él no le gustaba ese tipo de trabajo local excepto cuando fue un estudiante de secundaria, cuando provocaba a los camisas pardas de las SA y cuando asumía el verdaderamente peligroso trabajo de hacer la campaña electoral del ya perdido KPD, para las elecciones de Marzo de 1933. En años subsiguientes, sin embargo, se dedicó enteramente a trabajar en “grupos académicos o intelectuales”. Después de 1956, “convencido de que, dado que el Partido no se había reformado, éste no tenía un futuro de largo plazo en el futuro político del país”, Hobsbawm se retiró del activismo comunista (aunque no del Partido mismo). Así, en sus memorias no nos enteramos de nada acerca del comunismo como forma de vida, o incluso como política.

Este alejamiento del Partido en tanto microsociedad, sin embargo, está por entero en consonancia con su carácter. Sería ocioso especular acerca de los lazos que hay entre los traumas de la niñez de Hobsbawm y sus afinidades políticas como adulto, aunque él mismo acepta que “no tengo ninguna duda de que debo llevar en alguna parte de mí las cicatrices emocionales de aquellos sombríos años”. Sin embargo, resulta claro que él siempre mantuvo el mundo a cierta distancia, escudándose de la tragedia, como él escribe, “con mi intelectualismo y mi falta de interés en el mundo de la gente”. Esto no ha impedido que Eric Hobsbawm sea siempre una buena compañía ni ha significado que él no disfrute de ella, aunque puede dar cuenta de una cierta carencia de empatía: él no se siente muy conmovido ni por los entusiasmos de sus antiguos camaradas ni por los crímenes que cometieron. Otros dejaron el Partido con dolor porque éste había significado mucho para ellos; Hobsbawm fue capaz de quedarse porque, por lo menos en su vida diaria, el Partido significaba muy poco.

En un tono bastante diferente, sin embargo, Eric Hobsbawm se ajustaba mejor al molde comunista que muchos de sus más vitalmente comprometidos contemporáneos. Han existido numerosas y exigentes microsociedades en la historia de la izquierda europea moderna. Solo en Inglaterra existían el Partido Socialista de la Gran Bretaña, el Partido Laborista Independiente, los Fabianos, las varias federaciones socialdemócratas y anarquistas para no hablar de los trotskystas y otros Viejos Creyentes de los últimos días.[3] Sin embargo, lo que distinguía al Partido Comunista, en Gran Bretaña como en todo lugar, eran el principio de autoridad, la aceptación de la jerarquía y la adicción al orden.

Eric Hobsbawm es decididamente un hombre del orden, un “comunista conservador” [Tory Communist, en el original] como dice él. Los intelectuales comunistas nunca fueron “disidentes culturales”; y el desprecio burlón que Hobsbawm muestra ante el “izquierdismo” autocomplaciente, post cualquier cosa, tiene un largo pedigrí leninista. Sin embargo, en su caso funciona otra tradición. Cuando Hobsbawm burlonamente desecha el thatcherismo como “el anarquismo de la clase media baja”, él está combinando cabalmente dos anatemas: el viejo aborrecimiento marxista por la autocomplacencia desordenada y sin regulaciones; y el incluso más viejo desdén de la élite administrativa inglesa por la poco cultivada, socialmente insegura pero económicamente ambiciosa clase de empleados de los servicios, oficinistas y vendedores, antes llamados Mr. Pooter, ahora Hombre de Essex.[4] En pocas palabras, Eric Hobsbawm es un mandarín, un mandarín comunista, con toda la seguridad y los prejuicios de su casta.

Esto no es ninguna sorpresa: como Hobsbawm escribe acerca de su ascensión a los Apóstoles, hacia 1939, “también los revolucionarios gustan de pertenecer a una tradición apropiada”. La clase de los mandarines británicos, en las universidades como en las oficinas públicas, estuvo siempre atraída por la Unión Soviética (aunque desde una distancia): lo que ellos veían allá era un mejoramiento planificado desde arriba por parte de quienes sabían más que el resto, unos aires y unas presunciones familiares. Los fabianos especialmente (George Bernard Shaw, H. G. Wells, los Webb) entendían el comunismo bajo esa luz y no estaban solos. Esto, pienso, es por qué quienes en Inglaterra comentan a Hobsbawm, a menudo se muestran pasmados cuando los críticos arman un escándalo acerca de su comunismo: no solo porque no es educado invocar las opiniones privadas de un individuo, o porque el comunismo soviético le sucedía a otra gente y muy lejos (y hace mucho tiempo) y no tiene eco en la experiencia local ni en la historia, sino porque hacer la ingeniería del alma humana es tentador para las elites de todo color.

Eric Hobsbawm, sin embargo, no es solamente un muy alto y orgulloso “miembro delestablishment cultural británico oficial” (sus palabras); si lo fue, con toda seguridad hace mucho dejó de lado sus lazos con un cadáver institucional. Él es también un romántico. Él ha romantizado a los bandidos rurales, desplazando brillante aunque imposiblemente la autoridad moral de los proletarios industriales a los rebeldes rurales. Él romantiza al Partido Comunista de Palmiro Togliatti, lo que a la luz de las recientes revelaciones no se condice con la insistencia de Hobsbawm en “no engañarse a uno mismo, incluso con respecto a las personas o las cosas por las que uno más se preocupa en la vida”.[5]

Eric Hobsbawm todavía romantiza a la Unión Soviética: “Cualesquiera fueran sus debilidades, su misma existencia probó que el socialismo era más que un sueño”, una afirmación que podría tener sentido hoy si fuera expresada como una amarga ironía, lo cual dudo. Incluso romantiza la muy jactanciosa “dureza” de los comunistas, el supuestamente lúcido entendimiento de la realidad política que ellos tenían. Para decir lo menos, esto no se condice con la letanía de desastrosos errores estratégicos cometidos por Lenin, Stalin y cada uno de sus sucesores. A veces la dolida nostalgia de Hobsbawm suena curiosamente parecida a la de Rubashev, en Darkness at Noon [Oscuridad al mediodía] de Arthur Koestler: “Por una vez la Historia había tomado un rumbo que al menos prometía una digna forma de vida a la humanidad; pero ahora, todo había terminado”.

En Tiempos interesantes, Hobsbawm revela una distintiva debilidad por la República Democrática Alemana, dando a entender más de una vez una cierta falta de fibra moral en esos intelectuales que la abandonaron ante los cantos de sirena de Occidente (“Quienes no pudieron aguantar el calor salieron de la cocina”). Él tiende, lo sospecho, a confundir el barato autoritarismo de la RDA con los recordados encantos de la Berlín de Weimar; y esto, a su vez, lo conduce al núcleo romántico de su compromiso de toda una vida con el comunismo: una perdurable fidelidad tanto al momento histórico singular -Berlín en los últimos meses de la República de Weimar- y a la juventud alerta y perceptiva que vivió ese momento. Casi lo dice en una entrevista reciente: “No quise romper con la tradición que fue mi vida y con lo que pensaba cuando por primera vez entré en ella”.[6]

En sus memorias es explícito:

Llegué a Berlín a fines del verano de 1931, cuando la economía mundial colapsaba… [Ese fue] el momento histórico que decidió tanto la forma del siglo XX como la de mi vida.

No es una coincidencia que la descripción que hace Eric Hobsbawm de aquellos meses sea la prosa más intensa, más cargada -incluso sexualmente cargada- que él ha escrito. Ciertamente él no fue el único observador sensible que comprendió inmediatamente qué estaba en juego. Cuando escribió a casa, desde Colonia, donde estaba estudiando, un Raymond Aron de 26 años describía el abismo hacia el que se deslizaba Alemania. Él también entendió intuitivamente que el Titanic había chocado contra el iceberg, que el futuro de Europa ahora dependía de las lecciones políticas que se podía aprender de este momento definitivo. Lo que Aron vio en Alemania entre 1931 y 1933, se convertiría en la referencia central moral y política durante el resto de su vida y de su trabajo.[7]

2.

Uno no puede evitar admirar la inflexible decisión de Hobsbawm de mantenerse leal para con el Hobsbawm adolescente, navegando solitario a través del oscuro corazón del siglo XX. No obstante, él paga un alto precio por esa lealtad, mucho más alto de lo que él percibe. “Existen ciertos clubes -ha dicho- de los cuales no me gustaría ser miembro”.[8]Con esto él se refiere a los ex comunistas. Sin embargo, los ex comunistas -Jorge Semprún, Wolfgang Leonhard, Margarete Buber-Neumann, Claude Roy, Albert Camus, Ignazio Silone, Manès Sperber y Arthur Koestler- han escrito algunas de las mejores historias de nuestros terribles tiempos. [9] Como Solzhenitsyn, Sakharov y Havel (a quienes Hobsbawm, reveladoramente, nunca menciona), ellos son la República de las Letras del siglo XX. Al excluirse de tal compañía, Eric Hobsbawm, nadie menos, se ha provincializado.

El daño más obvio cae sobre su prosa. Siempre que Hobsbawm entra a una zona políticamente sensible, él se encierra en un lenguaje soterrado, rígido, con aires a jerga partidaria. “La posibilidad de la dictadura -escribe en La era de los extremos– está implícita en cualquier régimen basado en un partido único, irremovible”. ¿La “posibilidad”? ¿Implícita”? Como le habría dicho Rosa Luxemburgo, un partido único irremovible es una dictadura. Al describir la exigencia del Comintern de1932, de que los comunistas luchen contra los socialistas ignorando a los nazis, Hobsbawm escribe en sus memorias que “ahora es generalmente aceptado que [esa] política… era de una idiotez suicida” ¿Ahora?Todos la creyeron criminalmente estúpida en ese tiempo y lo han pensado así desde entonces: todos, esto es, menos los comunistas.

Hobsbawm carece tanto de oído para algunos asuntos que aún puede citar con aprobación los nauseabundos sentimientos presentes en el poema de Berthold Brecht, “Para aquellos que nacieron después de nosotros”.

Nosotros, que quisimos preparar el camino para la bondad
No podíamos ser amables

Después de esto no sorprende tanto leer la curiosa descripción que hace Hobsbawm del famoso “discurso secreto” de Khrushchev, de 1956, como “la brutalmente despiadada denuncia de los fechorías de Stalin”. Nótese que es la denuncia la que atrae los epítetos (“brutal”, “despiadada”), no sus “fechorías”. En medio de su entusiasmo por la tortilla socialista, Hobsbawm perdió poco sueño pensando en los millones de huevos rotos que reposan en las tumbas anónimas desde Wroclaw hasta Vladivostok. Como él dice, la Historia no llora sobre la leche derramada.

A lo más él muestra remordimiento ante las injusticias cometidas por los comunistas contra los comunistas: al recordar que el juicio de Traicho Kostov de 1949, en Sofía, “me dejó triste”, él describe a ese juicio como el primero de los “juicios montados que desfiguraron los últimos años de Stalin”. No lo fue, sin embargo. En la misma Bulgaria había habido otro juicio montado, el del líder agrarista Nikola Petkov, quien fue enjuiciado y ejecutado en septiembre de 1947 por el mismo partido de Kostov. Sin embargo, Petkov pasa sin ser mencionado. Su asesinato judicial no echa malas luces sobre Stalin.

Como Hobsbawm acepta a medias, podría haber sido más sabio para él si se hubiera limitado al siglo XIX, “dados -como él escribe- los fuertes puntos de vista del Partido y del Soviet acerca el siglo XX”.[10] Él aún parece estar escribiendo a la sombra de un censor invisible. Al describir la supervivencia hasta el decenio de 1920 de los lazos, provenientes de la era de los Habsburgo, entre la Austria independiente y Checoslovaquia, concluye: “Las fronteras aún no eran impenetrables, como lo fueron después de que la guerra destruyera el puente tranviario de Pressburgo sobre el Danubio”. Los lectores más jóvenes podrían razonablemente inferir que una fracturada línea tranviaria era el único obstáculo para los checos y los eslovacos que quisieran visitar la Austria de la posguerra después de 1948: Hobsbawm evita mencionar cualquier otro impedimento.

Estos no son atávicos tropezones de la pluma, ocasionales cabeceadas homéricas. Los comentadores ingleses que caminan en puntas de pies alrededor de él en homenaje a los logros del autor, están simplemente tratando con aires de protección a un viejo amigo. Fraçoise Furet dijo una vez que dejar el Partido Comunista en protesta por la invasión soviética a Hungría “fue la cosa más inteligente que hice”. Eric Hobsbawm eligió quedarse, y esa elección ha baldado sus instintos históricos. Él puede reconocer sus errores con suficiente presteza -su subestimación del decenio de 1960, su error al predecir la declinación precipitada del eurocomunismo después de mediados de los setenta, incluso sus grandes esperanzas para la URSS, que “como lo sé ahora, estaba destinada al fracaso”.

Sin embargo, él no parece comprender por qué cometió esos errores: incluso su aceptación de que la URSS estaba “destinada” a fracasar es simplemente una inversión de su supuesto previo de que ésta estaba “destinada” a triunfar. En cualquiera de las dos direcciones la responsabilidad es de la Historia, no de los hombres, y los viejos comunistas pueden dormir con tranquilidad. Este determinismo retroactivo no es sino Historia Conservadora más dialéctica; y la dialéctica, como un veterano comunista explicó al joven Jorge Semprún en Buchenwald, “es el arte y la técnica de caer siempre de pie”.[11] Hobsbawm ha caído de pie pero desde donde ahora está, gran parte del resto del mundo está cabeza abajo. Incluso el significado de 1989 le es oscuro. Sobre las consecuencias de la victoria del “mundo libre” (sus comillas amenazantes) sobre la Unión Soviética, él meramente advierte: “El mundo puede aún arrepentirse de que, ante la alternativa de Rosa Luxemburgo de socialismo o barbarie, haya decidido contra el socialismo”.

La Rosa Roja, sin embargo, escribió eso hace casi cien años. El socialismo con el que soñaba Eric Hobsbawm ya no es una opción, y la bárbara desviación dictatorial a la que él le dedicó su vida tiene en gran medida la culpa. El comunismo corrompió y despojó al legado radical. Si ahora enfrentamos un mundo en el que no hay ninguna gran narrativa del progreso social, ningún proyecto de justicia social políticamente posible, es en gran medida porque Lenin y sus herederos envenenaron el pozo.

Hobsbawm cierra sus memorias con una vigorosa coda: “No depongamos las armas, incluso en los tiempos de insatisfacción. La injusticia social aún necesita ser denunciada y combatida. El mundo no va a mejorar solo”. Tiene razón en todo sentido, pero para hacer cualquier bien en el nuevo siglo debemos comenzar por decir la verdad acerca del que pasó. Hobsbawm rehúsa mirarle los ojos al mal y a llamarlo por su nombre; en sus trabajos él nunca enfrenta la herencia moral ni la herencia política de Stalin. Si en serio quiere pasar la posta radical a las generaciones futuras, esa no es la manera de actuar.

Hace mucho la izquierda no se ha animado a confrontar el demonio comunista que guarda en su closet familiar. El anti-anticomunismo -el deseo de evitar ayudar y confortar a los guerreros de la guerra fría de antes de 1989, y de hacer lo mismo con los triunfalistas Fin-de-la-Historia de después- ha paralizado por décadas el pensamiento político en los movimientos laboristas y socialdemócratas; en algunos círculos aún lo paraliza; pero, como Arthur Koestler señaló en Carnegie Hall, en marzo de 1948,

No se puede evitar que la gente esté acertada por las razones equivocadas… Este miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política; es una expresión de la falta de confianza en sí mismo.[12]

Si la izquierda quiere recuperar la confianza en sí misma y dejar de estar de rodillas, debemos dejar de contar historias reconfortantes acerca del pasado. Con la venia de Hobsbawm, quien blandamene lo niega, en el siglo XX hubo una “afinidad fundamental” entre los extremos de la izquierda y la derecha, evidente para cualquiera que experimentara esos extremos. Millones de occidentales progresistas con buenas intenciones vendieron su alma a un déspota oriental. “La sorpresa ridícula -escribió Raymon Aron en 1950- es que la Izquierda Europea ha asumido como a su Dios a un constructor de pirámides”.[13] Los valores y las instituciones que han sido importantes para la izquierda -desde la igualdad ante la ley hasta la provisión de servicios públicos entendida como un derecho- y que ahora están bajo asalto, no le debieron nada al comunismo. Setenta años de “socialismo realmente existente” no contribuyeron en nada a la suma del bienestar humano. En nada.

Quizá Hobsbawm entiende esto. Quizá, como él escribe de James Klugmann, el historiador oficial del Partido Comunista Británico, “él sabía qué estaba bien, pero se corría de decirlo en público”. Si es así, no es un muy orgulloso epitafio. Evgenia Ginzburg, quien conocía algo del siglo XX, cuenta de cómo ella intentaba bloquear los gritos provenientes de las celdas de tortura en la prisión Butyrki de Moscú, recitando una y otra vez, para sí misma, el poema de Miguel Ángel:

Dulce es dormir, más dulce es ser piedra
En esta era de terror y vergüenza,
Tres veces bendito es quien ni mira ni siente.
Déjame entonces aquí, y no fastidies mi sueño
.[14]

Notas
__________________

* N. del t.: Toni Judt, es “Profesor Erich Maria Remarque” del Departamento de Estudios Europeos de New York University y director del Instituto Remarque. Hizo todos sus estudios en King’s College (Cambridge), donde se doctoró en historia en 1972 (historia europea moderna, historia francesa e historia de las ideas). Uno de sus últimos libros es La carga de la responsabilidad: Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés, University of Chicago Press, 1998. Como Hobsbawm, es judío, nació en Londres y estudió en la misma universidad. En 2003 provocó una gran controversia al escribir un ensayo de 3,000 palabras en el que defendía el desmantelamiento del Estado de Israel y la creación de un estado binacional en su lugar. Es colaborador habitual de New York Review of Books.

** N. del t.: Zona del este de Londres, de clase trabajadora, densamente poblada, con muchos inmigrantes.

1 Noel Annan, Nuestra época: Los intelectuales ingleses de entreguerra, un retrato de grupo (Random House, 1991). p. 189.

2 Ver, por ejemplo, Raphael Samuel, “El Mundo Perdido del comunismo británico” (Parte I),New Left Review, No. 154 (Noviembre/Diciembre de 1985), pp. 3-53, cuando él esboza un maravilloso retrato de “una organización bajo asedio, …[manteniendo] el simulacro de una sociedad completa, aislada de las influencias externas, beligerante con los de fuera, protectora de los de dentro”; “una iglesia visible”, como Samuel la describe, que “traza una línea continua de ascendencia desde sus padres fundadores, que reclama un precedente escritural para nuestras políticas, que adopta etiquetas patrísticas para nuestros anatemas”.

3 Para una ilustración de la vida en un partido centenario sostenido por un feliz matrimonio entre la pureza doctrinal y la irrelevancia política, véase Robert Barltrop, El Monumento: La historia del Partido Socialista de Gran Bretaña (Londres: Pluto, 1975).

4 Véase George y Weedon Grossmith, Diario de un Don nadie (Londres, 1892).

5 En abril de 1963, poco antes de su muerte, Togliatti escribió a Antonin Novotny, secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, suplicándole posponer la cercana “rehabilitación” pública de las víctimas del juicio de Rudolph Slanski de diciembre de 1952. Tal anuncio, escribió (reconociendo implícitamente la complicidad del Partido Comunista Italiano en la defensa de los juicios montados de comienzos de los años cincuenta) “desataría una furiosa campaña contra nosotros, que traería al debate los temas más estúpidos y provocadores del anticomunismo” [i temi più stupidi e provocatori dell’anticommunismo] y nos dañaría en las próximas elecciones”. Véase Karel Bartosek,Les Aveux des Archives: Prague-Paris-Prague, 1948-1968 (Paris: Seuil, 1996), p. 372, Apéndice 28; y más generalmente, Elena Aga-Rossi y Víctor Zaslavsky, Togliatti e Stalin: Il PCI e la politica estera staliniana negli archivi di Mosca (Bologna: Il Mulino, 1997), especialmente pp. 263ss.

The New York Times, 23 de agosto de 2003.

7 Véase mi ensayo “The Peripheral Insider: Raymond Aron and the Wages of Reason”, enThe Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century(University of Chicago Press, 1998), pp. 137-183.

8 Véase Neal Ascherson, “The Age of Hobsbawm,” The Independent on Sunday, 2 de octubre de 1994.

9 Por ejemplo Jorge Semprún, The Autobiography of Federico Sanchez and the Communist Underground in Spain (New York: Karz, 1979), primero publicado en Barcelona en 1977 como Autobiografía de Federico Sánchez; Wolfgang Leonhard, Child of the Revolution [Hijo de la Revolución] (Pathfinder Press, 1979), primero publicado en Colonia en 1955 como Die Revolution entlässt ihre Kinder; Claude Roy, Nous [Nosotros] (Paris: Gallimard, 1972); Margarete Buber-Neumann, Von Potsdam nach Moskau: Stationen eines Irrweges (Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1957).

10 Nótese la implícita separación entre “Soviet” y “Partido”, como si los comunistas locales fueran muy distintos de aquellos de Moscú (y no fueran, por tanto, responsables de los crímenes de estos últimos). Eric Hobsbawm sabe mejor que nadie que eso es una patraña. El objetivo central de la ruptura de Lenin con la vieja Internacional Socialista fue centralizar las organizaciones revolucionarias en una sola unidad, bajo el modelo bolchevique y bajo instrucciones de Moscú. Ese fue el propósito de las famosas “Veintiún Condiciones” para ser miembro del Comintern con las que Lenin dividió a los partidos socialistas europeos entre 1919 y 1922; para no mencionar la no escrita Condición Veintidós, de acuerdo al líder socialista francés Paul Faure, que autorizaba a los bolcheviques a ignorar las otras veintiún condiciones si les convenía.

11 “Mais c’est quoi, la dialectique?” “C’est l’art et la manière de toujours retomber sur ces pattes, mon vieux!” Jorge Semprún, Quel Beau Dimanche (Paris: Grasset, 1980), p. 100.

12 Arthur Koestler, “Las siete falacias capitales”, en The Trail of the Dinosaur and Other Essays [La senda del dinosaurio y otros ensayos] (Macmillan, 1955), p. 50.

13 Raymond Aron, Polémiques (Paris: Gallimard, 1955), p. 81.

14 Evgenia Ginzburg, Viaje al vértigo (Harcourt, 1967), p. 162.

Reseña de las memorias de Eric Hobsbawm, Interesting Times: A Twentieth-Century Life (Tiempos interesantes: Una vida en el siglo XX), Pantheon, 448 pp.  Traducción de Alberto Loza Nehmad. [http://www.nybooks.com/articles/16802]

Este material está recogido en Alberto Loza Nehmad: Desde la otra esquima: El otro romántico, librosperuanos.com

 

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