El europeísmo ingenuo

El proyecto de la Europa unida no ha empezado a fracasar con la crisis del euro y de la deuda soberana. Tampoco con la última ampliación, cuyo resultado principal fue devolver a la Europa del Este la condición de Europa Central negada durante la Guerra fría y su caprichosa reordenación geográfica del mundo. Ni siquiera con el rechazo de la Constitución Europea por parte de franceses y holandeses, del que poco después surgiría el vigente Tratado de Lisboa. En realidad, la incapacidad del proyecto de la Europa unida para resolver problemas como los que hoy amenazan su continuidad estaba latente en el núcleo de ideas políticas que ha propiciado algunos de sus más recientes logros. Ese núcleo de ideas políticas, ese fundamento último que inspiró el establecimiento de una moneda única, la incorporación de los países que quedaron bajo la órbita soviética o el intento de dotar a la Unión de una Carta Magna, presentaba invariablemente dos caras, por más que un cierto europeísmo, un europeísmo a la vez ingenuo y declarativo, se obstinase en ignorar una de ellas.

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