Las grandes fortunas de la crisis económica de 2008

Una nueva élite de hiperricos sale a flote en plena crisis económica. Pero ellos achacan su fortuna al trabajo duro y la meritocracia. ¿Quiénes son estos nuevos millonarios?

Portada del suplemento ES del 3 de septiembre del 2011

La austeridad está de moda en Occidente. Pero no para los HNWIs. Y menos aún para los ultra HNWIs. Son los acrónimos utilizados por los departamentos de gestión de activos de los bancos para denominar la cada vez más numerosa élite global de ricos y superricos cuyas fortunas se mantienen más o menos intactas tras la crisis. Los High Net Worth Individuals –con patrimonio neto de un millón de dólares (700.000 euros), sin incluir la vivienda mansión, el Porsche Cayenne y otros bienes de consumo– crecen como la espuma en la actual economía de depresión. Según el último informe del banco Merrill Lynch y la consultora Capgemini publicado en junio, ya son 10 millones, el 8,3% más que en el 2010 y un 26% más que en el 2008. Y, más arriba aún, la riqueza de los 103.000 ultrarricos (es decir, cuyo patrimonio rebasa los 30 millones de dólares, 21 millones de euros) subió el 11,5% en el 2010 y el 21,5% en el 2009.

“Se han recuperado de forma espectacular tras la crisis”, explica Alan Walker, vicepresidente de Capgemini en su despacho londinense, visiblemente impresionado por la resistencia económica de los ricos en tiempos de ajustes. “Ya superan los niveles de riqueza anteriores al 2008 en todas las partes del mundo”, dice Walker. La mayoría son residentes en EE.UU., pero Suiza –con su secreto bancario– tiene la mayor concentración de ultrarricachones por metro cuadrado.

“Hace tres años, cuando estalló la crisis, los expertos pronosticaron que se apretarían las tuercas a los superricos. Más impuestos, quizás. O, en todo caso, que entrarían en una fase de opulencia más discreta, menos ostentosa. En los años treinta, por ejemplo, Franklin D. Roosevelt puso un tope de 25.000 dólares anuales (de entonces) como límite retributivo a la clase empresarial (Carl Swebelius, presidente de un holding militar cobraba 243.000). “Después del crac del 1929, el consumo ostentoso y la riqueza financiera se convirtieron en un tabú y eso duró tres décadas”, recuerda Doug Henwood, editor de Left Business Observer en Nueva York.

Pero Walker no ve indicios de moderación en esta crisis. “Hemos detectado un aumento del apetito por lo que llamamos inversiones en pasión”, señala. ¿Inversiones en pasión? “Automóviles de lujo, yates, aviones privados”, responde. Las ventas de Ferrari han subido el 50% en el último año, principalmente en China. Obras de arte también. En ese último año de ajustes se han batido dos marcas: un Giacometti por 74 millones de euros y un Picasso por 86 millones.

Los nuevos ricos parecen ser los que menos ahorran. Según Moodys Analytics, el 5% de estadounidenses con más renta disponible ahora son responsables del 36% del gasto en bienes de consumo y presentan la tasa de ahorro más baja del país. “La vieja riqueza se caracterizaba por su modestia, tradición, servicio público, caridad y ocio sofisticado (…) La nueva, en cambio, se basa en una ética de clase media, fortunas hechas por sí mismas y con mucho gasto”, advierte Robert Frank, del The Wall Street Journal. Su blog (blogs.wsj.com/wealth/) es una crónica imprescindible del estilo de vida cotidiana de los superricos globales, con comentarios que van desde los últimos precios de un avión privado Cessna o el lenguaje corporal de la nueva clase de mayordomos, hasta una bibliografía idónea para leer en la playa privada (recomienda una biografía de Cleopatra y un manual para vivir más años, titulado Proyecto longevidad).

Hasta los símbolos de estatus ya no son los que eran. A principios del siglo XX, un magnate como Randolph Hearst (Ciudadano Kane) “buscaba influencia mediante la compra de un periódico”, dice Walker. “Ahora, prefiere un capricho como un club de fútbol”. Los ultrarricos de la oligarquía rusa son los que más caen en esta tentación. El magnate Alisher Usmanov, por ejemplo, acaba de comprar una participación de control en el Arsenal, siguiendo los pasos de Roman Abramovich, propietario del Chelsea. Ambos magnates rusos se califican como hechos a sí mismos, pese a que se enriquecieron gracias a la nada transparente privatización de la industria de gas soviética.

El deseo de hacerse con un club de fútbol quizás se deba a que el nuevo superrico está convencido de que, al igual que Cristiano Ronaldo o Wayne Rooney, ha alcanzado la flor y nata únicamente gracias a su talento. Según Forbes, 689 de las 1.001 personas con más de 1.000 millones de dólares (700 millones de euros) han hecho sus fortunas sin proceder de familias ricas. La estadística, de alguna manera, lo confirma: el 60% de los estadounidenses más ricos son ejecutivos o profesionales que viven del trabajo remunerado, frente al 20% de 1916.

Quién es quién

Alisher Usmanov (Rusia) Siderurgia. Patrimonio:
12.000 millones de euros

Li Ka Shing (Hong Kong) Telecomunicaciones. Patrimonio: 18.000 millones de euros

Leonard Lauder (EE.UU.) Cosmética. Patrimonio:  2.500 millones de euros

Jamie Dimon (EE.UU.) JP Morgan, finanzas. Salario anual: 14 millones de euros

Roman Abramovich (Rusia) Petróleo. Patrimonio: 9.000 millones de euros

Larry Ellison (EE.UU.) Tecnología. Patrimonio: 27.000 millones de euros

Steve Jobs (EE.UU.) Tecnología. Patrimonio:3.800
millones de euros

Douglas Flint HSBC, finanzas. Salario anual: 3,5
millones de euros

Entre las historias más conmovedoras, según Forbes, destaca la del chino de Hong Kong Li Ka Shing, que empezó en un orfanato y acabó a la cabeza de un conglomerado, con un patrimonio superior a 20.000 millones de dólares (14.000 millones de euros). Leonardo del Vecchio es otro huérfano que hizo una fortuna de 7.000 millones de euros gracias a la venta de gafas de sol. Steve Jobs (Apple) y Larry Ellison (Oracle) también proceden de familias
desestructuradas. Sin olvidar a Abramovich, cuyos padres murieron cuando tenía cuatro añitos. Ahora Ellison es propietario del yate Rising Sun –138 metros de eslora; precio 139 millones de euros– y Abramovich, de Eclipse –169 metros y 350 millones– con submarino y su propio sistema antimisil.

Aunque los superricos están repartidos por todo el mundo, con una presencia cada vez más importante en Asia, son una comunidad global muy homogénea –el 80% son hombres mayores de 45 años– que aglutina a sus miembros más que ningún otro estado-nación. “Los ricos han formado su propio país virtual; el 1% de los norteamericanos, con más de 900 millones de euros de ingresos al año, tienen un PIB más grande que Francia”, explica Frank. Y hasta forman una nueva nación: Richistan. Los richistanis tienen su propio sistema de sanidad (médico personal); su propia red de transporte (aviones privados); su propias guarderías especializadas en Finanzas; su propio idioma (los jardineros se llaman arbolistas personales ; los mayordomos, gerentes de hogares); su propio circuito de conferencias VIP, desde Davos a Sun Valley, pasando por el Foro Boao en la isla china de Hainan.

Walker los defiende. Insiste en que “son emprendedores que crean riqueza y la riqueza se percola hacia bajo”. Pero pocos ciudadanos de la clases corrientes creen que ese maná se vaya repartiendo hacia los sustratos más bajos de la sociedad. Lógicamente. Desde hace tres décadas se produce un aumento constante de la concentración del dinero. En EE.UU. el 1% de la población ahora tiene el 46% de la riqueza, dos veces más que en 1968. Y dos terceras partes del crecimiento de la renta en los últimos diez años ha ido a parar a los bolsillos de los más ricos.

A título de ejemplo, en 2009, mientras los salarios de la clase media caían en picado, 25 gestores de fondos de alto riesgo ingresaron 700.000 millones de euros por barba. Puede ser verdad, como sostiene Frank, que “Richistan es la prueba tangible de que cualquier persona en cualquier lugar tiene la capacidad para hacerse rico”. Pero –reconoce– “simboliza también la enorme brecha entre los ricos y los demás”.

Quizás sea por eso (aunque la nueva élite no conoce complejos de culpa) que en las últimas cumbres del circuito global, este colectivo ha dedicado horas valiosas de su tiempo (escaso) para explicar exactamente quiénes son, por qué existen y por qué, en el fondo, son necesarios.

En el Foro Económico Mundial en Davos en enero, el artículo más citado fue El auge de la nueva élite global de Chrystia Freeland, publicado en la prestigiosa revista estadounidense The Atlantic. Freeland anunció la llegada de una nueva clase global, “una superélite cuyos integrantes son meritócratas trotamundos que tienen muchos estudios y trabajan mucho”. Freeland hasta dio la vuelta a la expresión working poor (es decir, quienes en EE.UU. no salen de la pobreza ni trabajando 40 horas a la semana), y calificó a ese grupo como los working rich. “Se han beneficiado de la revolución de las tecnologías de la información y de la liberalización del comercio mundial”, argumentaba.  A diferencia de aquellas antiguas fortunas heredadas (los que “se hacen ricos mientras duermen”, según la célebre frase de John Stuart Mill), esta nueva élite ni duerme en sus interminables vuelos transcontinentales.

Los nuevos ricos jamás se separan de sus Blackberries o iPads. Larry Brin, de Google, hasta prefiere vuelos con escala en Nueva York cuando viaja desde Silicon Valley a Europa para poder consultar su correo electrónico. La creciente riqueza de los ultra HNWIs sería, según su tesis, una consecuencia inevitable de sus extraordinarias dotes personales. “Conforme las empresas se hacen más grandes, el entorno global más competitivo, el ritmo de innovación tecnológica más acelerado, crece la importancia para los accionistas de atraer a los mejores consejeros delegados posibles”, sostenía Freeland. Eso, por supuesto, era justo lo que querían oír los hombres de Davos en las pistas de la estación de esquí suizo. ¿Como quiénes? Por ejemplo, gente como Stephen Schwarzmann, presidente del fondo Black-water, un financiero hecho a sí mismo famoso por devorar cangrejos caribeños a 140 euros la pinza en su mansión de Palm Beach (Florida).

La defensa del derecho a ser superrico siguió en el ultrasecreto foro de Bilderberg el pasado mes de junio. Bilderberg es aún más selecto que Davos y está considerado por los forofos de las teorías de conspiración un gobierno mundial en la sombra. Celebrado este año en Saint Moritz, sin presencia de medios, dio la oportunidad a ejecutivos como Douglas
Flint, presidente de HSBC (salario: 4,5 millones de euros en el 2010), para convencer a políticos como George Osborne, el ministro de Economía británico –otro asiduo de Bilderberg y vástago de una familia aristócrata angloirlandesa–, de que los sobresueldos desorbitados en la City londinense son necesarios y justificados. En esta meritocracia global –según la banca británica– hay que fichar a los mejores rematadores, al igual que el Chelsea de Abramovich. Si no, estos aprovecharán la movilidad global y se marcharán desde la City a Wall Street (curiosamente, Jamie Dimon, de JP Morgan, advirtió que podría ocurrir lo opuesto, desde Wall Street a la City).

Por cierto: HSBC ha diseñado un mensaje subliminal de marketing en defensa de este colectivo en sus anuncios en los aeropuertos. “Dos terceras partes de los billonarios del mundo hicieron sus fortunas a partir de cero”, reza el lema junto una foto de una niña que vende sus juguetes en la calle. “Nosotros le ayudaremos a ver las oportunidades”.

Luego, a primeros de julio en la pintoresca comunidad de Aspen en Colorado, donde los ultrarricos controlan sus negocios globales desde el móvil durante caminatas por las Montañas Rocosas rodeados de bisontes, se celebró el festival Aspen Ideas. Participaron en el debate figuras como Dexter Crown, propietario de las estaciones de esquí de la zona y de la multinacional de armas tecnológicas General Dynamics; Leonard Lauder, patriarca de la perfumería mundial Estée Lauder; o el mismísimo Roman Abramovich, que tiene una casa de 11 dormitorios en Aspen que le costó 25 millones de euros. “Yo conozco a la gente de Aspen; cuando una mujer aquí da a luz empieza enseguida a sacar chuletas para preparar a su hijo para el examen en entrada en Harvard”, dijo David Brooks, astuto comentarista conservador, autor del libro Bobos in paradise. The new upper class and how they got there.

Aunque nadie pone en duda el declive de la importancia de la riqueza heredada, hay quienes cuestionan la tesis de que el auge de los nuevos superricos se produce gracias a la combinación de trabajo, globalización, tecnología y dotes naturales. Es cierto que esta clase “no son los rentistas de los años treinta”, dice Doug Henwood. “Pero es difícil ver pruebas de que su talento valga tanto; ellos dirán que su cotización en el mercado global demuestra que valen lo que cobran pero ese es un argumento circular”. En EE.UU. todo indica que el rápido enriquecimiento de la nueva élite puede tener que ver con relaciones endogámicas y clientelistas entre inversores, financieros y altos ejecutivos.

Los desorbitados paquetes de remuneración de los HNWIs “son la consecuencia de un sistema amañado en el cual los consejeros sobornan a los accionistas para que aprueben salarios millonarios a cambio de dividendos y subidas de precios bursátiles a corto plazo”, explicó el economista surcoreano de la Universidad de Cambridge Ha-Joon Chang, en una entrevista mantenida en Londres. “Existe una perversa dinámica en la que los ejecutivos y los accionistas se apremian los unos a los otros”, dijo. Prueba de que la tesis meritocrática no explica toda la historia del auge de la nueva élite global, es que los consejeros delegados estadounidenses son de lejos los que más cobran. “Sus paquetes de remuneración son cuatro o cinco veces más grandes que sus homólogos asiáticos, pero sus empresas, salvo el sector internet , son peores”, dice Chang. El auge de la nueva élite y la desigualdad que ha dejado crea problemas a todos los niveles.

Zakaria Fareed, director de Time, advirtió durante el foro de Davos que “la desigualdad ya no es sólo un problema político o moral, sino económico, ya que los más ricos invierten en mercados de activos como la bolsa o el sector inmobiliario; y esto crea burbujas”. Los ultra HNWIs ya tienen el 36% de la riqueza mundial con sólo el 0,9% de la población. Pese a ello, aflora un cierto resentimiento. Dos de cada tres millonarios se quejan de que los ultrarricos están elevando los precios de los productos de lujo. “La gente que gana entre 5 y 10 millones al año ahora no cree que gana mucho dinero”, comenta Freeland. Y sólo la mitad de los ricos considera que la riqueza les ha hecho más felices. Pero esa es otra historia.

Andy Robinson: Las grandes fortunas de las crisis, La Vanguardia, 2 de septiembre de 2011

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