La caza del monstruo Bin Laden

¿Qué sucedió aquella noche en Abbottabad? “Nunca se planteó la posibilidad de detenerlo o capturarlo; no fue una decisión de último minuto. Nadie quería prisioneros”. Todas las respuestas a la gran pregunta.

1 de mayo de 2011. Esta ya es una fotografía que puede considerarse histórica. El presidente de EEUU, Barack Obama, su Secretaria de Estado (equivalente a ministra de exteriores), Hillary Clinton, y toda la plana mayor del Pentágono y la Casa Blanca siguen en directo la operación de los Navy Seals, en la que mataron a Bin Laden terrorista más buscado del mundo. Autor: Peter Souza

Poco después de las once de la noche del 1 de mayo, dos helicópteros MH-60 Black Hawk despegaron del aeródromo de Jalalabad, en el este de Afganistán, e iniciaron una incursión secreta en Pakistán con la misión de matar a Osama bin Laden. Dentro de los aparatos iban 23 miembros del Equipo 6 de los SEALS, las fuerzas especiales de la Marina, conocido como Grupo Especial de Desarrollo de Guerra Naval (en inglés, DEVGRU). También iban a bordo un traductor estadounidense de origen paquistaní, a quien llamaré Ahmed, y un perro llamado Cairo, un pastor belga. Era una noche de luna nueva, y los pilotos de los helicópteros, con gafas de visión nocturna, volaron sin luces sobre las montañas que recorren la frontera con Pakistán. Las comunicaciones por radio se redujeron y en la nave se instaló una extraña calma.

Quince minutos más tarde, los helicópteros descendieron hacia un valle y se introdujeron sin que los detectasen en el espacio aéreo paquistaní. Desde hace más de 60 años, el Ejército de ese país mantiene un estado de máxima alerta contra su vecino oriental, India. Debido a esa obsesión, “las principales defensas aéreas están dirigidas hacia el este”, explica Shuja Nawaz, experto en el Ejército paquistaní. Varios oficiales y altos funcionarios de la Administración de Estados Unidos coinciden con esta opinión, pero un jefe militar paquistaní con el que hablé en Rawalpindi no está de acuerdo: “Nadie deja sus fronteras sin vigilar”. Aunque no dio detalles sobre la localización ni la orientación de los radares paquistaníes -“No se trata de dónde están o no están los radares”-, dijo que la infiltración estadounidense fue consecuencia de “las diferencias tecnológicas que tenemos con Estados Unidos”. Los Black Hawks, cada uno de ellos con dos pilotos y un tripulante del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, también conocidos como “merodeadores nocturnos”, estaban modificados para enmascarar el calor que desprendían, el ruido y el movimiento; los exteriores tenían unos ángulos afilados y planos y estaban cubiertos con una “piel” antirradar.

Vecinos de Abbottabad contemplan ayer la casa en la que estaba oculto Bin Laden. MUHAMMED MUHEISEN

El destino de los SEALS era una casa en la pequeña ciudad de Abbottabad, a 190 kilómetros de la frontera, en las colinas de la sierra de Pir Panjal. Fundada en 1853 por un comandante británico de nombre James Abbott, la ciudad se convirtió en sede de una prestigiosa academia militar tras la creación de Pakistán en 1947. Según la CIA, Bin Laden estaba escondido en la tercera planta de una casa en un complejo de media hectárea junto a Kakul Road en Bilal, un barrio de clase media a 1,5 kilómetros de la academia. Si se cumplía el plan, los SEALS descenderían desde los helicópteros sobre el complejo, dominarían a los guardias de Bin Laden, le dispararían de cerca para matarlo y se llevarían el cuerpo a Afganistán.

Los helicópteros atravesaron Mohmand, una de las siete áreas tribales de Pakistán, rodearon Peshawar por el norte y siguieron hacia el este. El comandante del Escuadrón Rojo del DEVGRU, a quien llamaré James, iba sentado en el suelo entre otros 10 SEALS, Ahmed y Cairo (he cambiado los nombres de todos los que participaron secretamente en esta acción). James, un hombre ancho de pecho, de menos de 40 años, no tiene el cuerpo ágil de nadador que se espera de un SEAL; más bien parece un lanzador de disco. Esa noche vestía camisa y pantalón de camuflaje y llevaba una pistola Sig Sauer P226 con silenciador, municiones extra y barras de energía. En la mano tenía un fusil M4 de cañón corto, con silenciador (otros SEALS habían preferido el Heckler & Koch MP7). En los riñones llevaba un “botiquín de emergencia” para el tratamiento de heridas graves sobre el terreno. En uno de sus bolsillos había un mapa plastificado y cuadriculado del complejo. En otro, un folleto con fotografías y descripciones físicas de las personas que se pensaba que estaban dentro. Tenía puestos unos auriculares para suprimir los ruidos. Solo escuchaba su corazón.

Durante los 90 minutos de vuelo, James y sus compañeros ensayaron mentalmente la operación. Abbottabad era, con gran diferencia, la misión en la que más se había adentrado el DEVGRU en territorio paquistaní. También representaba el primer intento serio, desde finales de 2001, de matar a “Cigüeñal”, el nombre en clave que el Mando Conjunto de Operaciones Especiales (en inglés, JSOC) había asignado a Bin Laden. Desde que se escapó aquel invierno durante una batalla en la región de Tora Bora, en el este de Afganistán, Bin Laden había permanecido oculto de EE UU.

Cuarenta y cinco minutos después del despegue de los Black Hawks, cuatro MH?47 Chinooks partieron de la misma pista de Jalalabad. Dos de ellos volaron hasta la frontera y se quedaron en el lado afgano; los otros dos entraron en Pakistán. El despliegue de los Chinooks fue una decisión de último minuto: el presidente Barack Obama quería estar seguro de que los estadounidenses iban a poder “salir de Pakistán”. Otros 25 SEALS del DEVGRU, sacados de un escuadrón estacionado en Afganistán, iban en los Chinooks que se quedaron en la frontera; era una “fuerza de respuesta rápida” que solo entraría en acción si la misión salía muy mal. Los otros dos Chinooks estaban equipados con un par de ametralladoras M134 Minigun. Siguieron la ruta inicial de los Black Hawks, pero aterrizaron en un lugar predeterminado, dentro del lecho seco de un río, en un amplio valle poco poblado del noroeste de Pakistán. La casa más próxima estaba casi a un kilómetro. A pesar de haberse posado, las hélices siguieron funcionando mientras los agentes vigilaban las colinas circundantes. Uno de los Chinooks llevaba bidones de combustible por si los otros aparatos lo necesitaban.

Localización de la residencia de Bin Laden

Mientras tanto, los dos Black Hawks se aproximaban a toda velocidad hacia Abbottabad por el noroeste. De pronto, los pilotos giraron a la derecha y fueron hacia el sur por encima de un risco. Al acabar las colinas, los pilotos volvieron a girar a la derecha, hacia el centro de la ciudad, e iniciaron el descenso. El interior de los Black Hawks se llenó del sonido metálico de las balas que iban entrando en las recámaras. Mark, suboficial mayor de la Marina y el de más rango entre los suboficiales que participaban en la operación, se agachó sobre una rodilla junto a la puerta abierta del helicóptero de cabeza. Él y los otros 11 SEALS que iban en el “helicóptero número 1”, con guantes y gafas de visión nocturna, se preparaban para deslizarse por cuerdas hasta el jardín de Bin Laden. Esperaron a que el jefe de la tripulación diera la señal de arrojar la cuerda. Pero cuando el piloto sobrevolaba el complejo, subió de pronto y empezó a bajar, Mark sintió que el Black Hawk se alejaba de él. Creyó que iban a estrellarse.

Cuatro meses después de que Obama llegara a la Casa Blanca, Leon Panetta, director de la CIA, informó al presidente de las últimas iniciativas de la agencia para localizar a Bin Laden. A Obama no le produjo gran impresión. En junio de 2009 redactó un memorándum en el que ordenaba a Panetta que elaborase un “plan operativo” para encontrar al dirigente de Al Qaeda. El presidente intensificó el programa secreto de aviones no pilotados de la CIA; hubo más ataques con misiles en Pakistán durante ese primer año de Obama que en los ocho años de George W. Bush. Pese a ello, Bin Laden seguía en paradero desconocido.

En agosto de 2010, Panetta regresó con mejores noticias. Los analistas de la CIA creían haber identificado al correo de Bin Laden, un hombre de treinta y pocos años llamado Abu Ahmed al Kuwaiti. Este conducía un todoterreno blanco que en la cubierta de la rueda de repuesto tenía bordada la imagen de un rinoceronte blanco. La CIA empezó a seguir la pista. Un día, un satélite capturó imágenes del todoterreno entrando en un gran recinto de cemento en Abbottabad. Los agentes, convencidos de que Kuwaiti vivía allí, vigilaron el complejo, que estaba formado por una vivienda principal de tres pisos, una casa de invitados y varios edificios auxiliares. Observaron que los residentes quemaban su basura, en vez de sacarla, y llegaron a la conclusión de que el complejo no tenía teléfono ni Internet. Kuwaiti y su hermano iban y venían, pero otro hombre que vivía en el tercer piso no se iba nunca. Cuando se atrevía a salir, se quedaba siempre dentro del recinto. Algunos analistas aventuraron que podía ser Bin Laden. La agencia le apodó El Caminante.

Aunque aquello entusiasmó a Obama, todavía no estaba preparado para ordenar una acción. John Brennan, asesor de Obama en materia antiterrorista, me contó que los consejeros del presidente examinaron los datos para ver “si podía refutarse la teoría de que Bin Laden estaba allí”. La CIA redobló sus esfuerzos y, según una información reciente en The Guardian, un médico que trabajaba para la agencia inició una campaña de inmunización en Abbottabad, con la esperanza de lograr muestras de ADN de los hijos de Bin Laden (al final, nadie del complejo recibió vacunas).

Al terminar 2010, Obama ordenó a Panetta que explorara las opciones de una acción militar. Panetta contactó con el vicealmirante Bill McRaven, el SEAL a cargo del JSOC. Tradicionalmente, el Ejército ha controlado las operaciones especiales, pero en los últimos años los SEALS han adquirido una mayor presencia: el jefe de McRaven en el momento de la incursión, Eric Olson -jefe del Mando de Operaciones Especiales, SOCOM en sus siglas en inglés-, es almirante de la Armada y fue comandante del DEVGRU. En enero de 2011, McRaven pidió a un oficial del JSOC llamado Brian, que había sido subcomandante del DEVGRU, que le presentara un plan. El mes siguiente, Brian se instaló en un despacho de la CIA en Langley (Virginia), y llenó las paredes de mapas e imágenes de satélite.

Un hombre lee la noticia de la muerte de Bin Laden en el 'Pakistan Today'. (Keystone)

La relación entre las unidades de operaciones especiales y la CIA se remonta a la guerra de Vietnam. Pero el límite entre los dos colectivos se ha ido difuminando a medida que los agentes de la agencia y los militares han coincidido cada vez más en Irak y Afganistán. “Tenemos una relación muy íntima, hablamos y entendemos nuestros respectivos lenguajes”, dice un alto oficial del Departamento de Defensa. Ejemplo de esa tendencia es que el general David H. Petraeus, general y antiguo comandante en jefe de las fuerzas en Irak y Afganistán, es ahora el nuevo director de la CIA, mientras que Panetta se ha hecho cargo del Departamento de Defensa. La misión para matar a Bin Laden, preparada en el cuartel general de la CIA y autorizada en virtud de los estatutos legales de la CIA, pero ejecutada por agentes del DEVGRU de la Armada, intensificó aún más la cooperación entre la agencia y el Pentágono. John Radsan, que había pertenecido al equipo de abogados de la CIA, dice que el asalto a Abbottabad fue equivalente a “una total incorporación del JSOC a una operación de la CIA”.

El 14 de marzo, Obama convocó a sus consejeros de seguridad nacional en la Sala de Crisis de la Casa Blanca y revisó un cuadro que mostraba posibles acciones contra el complejo de Abbottabad. Todas eran variantes de un asalto del JSOC o un ataque aéreo. En algunas versiones se proponía cooperar con el Ejército paquistaní; en otras, no pedir su colaboración. “Había una auténtica falta de confianza en que los paquistaníes pudieran mantener el secreto durante más de un nanosegundo”, dice un asesor cercano al presidente. Al final de la reunión, Obama ordenó a McRaven que siguiera adelante y elaborase un plan.

Brian invitó a James, el jefe del Escuadrón Rojo del DEVGRU, y a Mark, el suboficial mayor, al cuartel general de la CIA. Pasaron las dos semanas y media siguientes buscando formas de entrar en la casa. Una opción era volar en helicópteros hasta un lugar a las afueras de Abbottabad y hacer que el equipo entrara a pie en la ciudad. Pero el riesgo era alto y los SEALS estarían cansados después de tener que correr una distancia considerable hasta el complejo. Pensaron en excavar un túnel para entrar o, al menos, en la posibilidad de que Bin Laden excavara un túnel para salir. Pero las imágenes del Centro Nacional de Inteligencia Geoespacial mostraban que había agua estancada, lo cual sugería que el complejo estaba construido sobre una cuenca de drenaje. La capa freática estaba seguramente justo bajo la superficie, por lo que los túneles serían casi imposibles. Al final, los planificadores se pusieron de acuerdo en que tenía más sentido volar hasta el complejo. “Nuestro trabajo consiste en hacer lo inesperado, y es probable que lo que menos se esperasen fuera que llegase un helicóptero, dejase caer a unos hombres en el tejado y aterrizase en el jardín”, dice el oficial de Operaciones Especiales.

El 29 de marzo, McRaven presentó el plan a Obama. Los asesores militares del presidente estaban divididos. Algunos eran partidarios de un asalto; otros, de un ataque aéreo, y otros querían esperar a mejores datos. Una opción era atacar con bombarderos B-2 Spirit. Esto evitaba el riesgo de meter soldados estadounidenses en territorio paquistaní. Pero la Fuerza Aérea calculó que sería necesaria una carga de 32 bombas inteligentes, cada una de 1.000 kilos, para penetrar a 10 metros bajo tierra y asegurarse del derrumbe de cualquier búnker. La perspectiva de arrasar una ciudad paquistaní hizo dudar a Obama, que aparcó la opción de los B-52 e indicó a McRaven que empezara a ensayar la incursión.

Brian, James y Mark seleccionaron un equipo de dos docenas de SEALS del Escuadrón Rojo y les dijeron que se presentaran en un lugar muy boscoso de Carolina del Norte para hacer un ejercicio de entrenamiento el 10 de abril (el Escuadrón Rojo es uno de los cuatro que componen el DEVGRU, que cuenta con unos 300 agentes). Ninguno de los SEALS, aparte de James y Mark, estaba al tanto de las informaciones de la CIA sobre el complejo de Bin Laden hasta que un teniente de navío entró en un despacho en el que encontró a un general de dos estrellas del Ejército, del cuartel general del JSOC, sentado en torno a una mesa con Brian, James, Mark y varios analistas de la CIA. Allí mismo pusieron al teniente de navío al corriente. En el campamento se había construido una réplica del complejo, todo señalado con muros y alambradas. El equipo pasó los cinco días siguientes practicando maniobras.

El 18 de abril, la patrulla del DEVGRU voló a Nevada para otra semana de ensayos. Practicaron en una gran franja de desierto, propiedad del Gobierno, con una elevación equivalente a la zona de alrededor de Abbottabad. Había un edificio que podía hacer de casa de Bin Laden. Las tripulaciones de los helicópteros prepararon una ruta paralela al camino entre Jalalabad y Abbottabad. Cada noche, tras el atardecer, comenzaban las prácticas. Doce SEALS, entre ellos Mark, abordaban el helicóptero número 1. Otros 11 SEALS, Ahmed y Cairo subían al helicóptero número 2. Los pilotos volaban a oscuras, llegaban al falso complejo y se quedaban sobrevolándolo mientras los SEALS descendían por cuerdas. No todos estaban acostumbrados. A Ahmed lo habían sacado de una mesa para la misión, y nunca se había deslizado por una cuerda. Aprendió enseguida la técnica.

Refinaron el plan. El helicóptero número 1 volaría sobre el patio y lanzaría dos cuerdas por las que se deslizarían los 12 SEALS al suelo. El helicóptero número 2 volaría hacia la esquina noreste para dejar bajar a Ahmed, Cairo y cuatro SEALS, que vigilarían el perímetro del edificio. Entonces el helicóptero se situaría sobre la casa y James y los otros seis SEALS bajarían al tejado. Ahmed mantendría a raya a los vecinos curiosos. Si hacía falta, los SEALS y el perro ayudarían de forma más agresiva. Si no encontraran a Bin Laden, enviarían a Cairo para que buscase paredes falsas o puertas ocultas. “No era una operación difícil”, dice el oficial de Operaciones Especiales.

La noche del 21 de abril llegó un avión lleno de invitados. El almirante Mike Mullen, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se reunió con Olson, McRaven y el personal de la CIA en un hangar para que Brian, James, Mark y los pilotos les informaran sobre la misión, denominada Operación Lanza de Neptuno. A pesar del papel fundamental del JSOC, la misión era oficialmente una operación secreta de la CIA. El secreto permitía que la Casa Blanca ocultara su participación en caso necesario.

En la noche del martes 26 de abril, el equipo de SEALS subió a un Boeing C-17 Globemaster en Oceana, una base aérea de la Marina. Tras repostar en la base aérea de Ramstein, en Alemania, el C-17 continuó vuelo hasta el aeródromo de Bagram, al norte de Kabul. En Washington, Panetta convocó a más de una docena de responsables y analistas de la CIA a una última reunión. Panetta preguntó a los asistentes qué seguridad tenían de que Bin Laden estaba en Abbottabad. El agente especializado en antiterrorismo dice que los porcentajes “variaron entre el 40% y el 90% o 95%”.

Panetta era consciente de las dudas de los analistas, pero pensaba que las informaciones eran las mejores obtenidas por la CIA sobre Bin Laden desde su huida de Tora Bora. A media tarde del jueves, Panetta y el resto del equipo de seguridad nacional se reunieron con el presidente. Durante unas noches no iba a haber luz de luna sobre Abbottabad, las condiciones ideales para un asalto. Después habría que esperar otro mes a que el ciclo lunar volviera a tener su fase más oscura. Invitaron a varios analistas del Centro Nacional de Antiterrorismo a que expresaran su opinión; su grado de confianza en la fiabilidad de los datos de la CIA fue de entre un 40% y un 60%. El director, Michael Leiter, dijo que sería preferible esperar a una confirmación más sólida de la presencia de Bin Laden. Sin embargo, el peligro era que cuanto más se aplazara la acción, más posibilidades había de alguna filtración, “que habría desbaratado el plan”. Obama levantó la sesión pasadas las siete de la tarde. Se lo iba a pensar.

A la mañana siguiente, el presidente se reunió en la sala de mapas con su asesor de seguridad nacional, Tom Donilon; uno de sus adjuntos, Denis McDonough, y Brennan. Obama había decidido llevar a cabo un asalto con el DEVGRU, y McRaven debía escoger la noche. Era demasiado tarde para hacerlo ese viernes, y el sábado iba a haber demasiadas nubes. El sábado por la tarde, McRaven y Obama hablaron por teléfono, y McRaven dijo que la misión se iba a llevar a cabo el domingo por la noche. “Que Dios les ayude”, dijo Obama. “Por favor, transmítales mi agradecimiento personal por su servicio y el mensaje de que voy a seguir personalmente esta misión muy de cerca”.

El domingo 1 de mayo por la mañana, los miembros del equipo de la Casa Blanca cancelaron las visitas previstas, encargaron bandejas de sándwiches en un supermercado y transformaron la Sala de Crisis en un puesto de mando. A las once en punto, los principales asesores de Obama empezaron a reunirse en torno a una gran mesa de conferencias. Tenían una pantalla que les conectaba con Panetta, en la sede de la CIA, y McRaven, en Afganistán (había al menos otros dos centros de mando, uno en el Pentágono y otro dentro de la Embajada de Estados Unidos en Islamabad).

El general de brigada Marshall Webb, uno de los jefes adjuntos del JSOC, se sentó al extremo de una mesa lacada en un pequeño despacho anexo y encendió su ordenador portátil. Abrió varias ventanas de chat para mantener a la Casa Blanca conectada con los demás equipos. El despacho tenía la única pantalla de la Casa Blanca con imágenes del objetivo en directo, en tiempo real, tomadas por un avión no pilotado RQ 170 que sobrevolaba Abbottabad a más de 5.000 metros de altura. Los estrategas del JSOC, decididos a guardar el mayor secreto posible, habían preferido no utilizar aviones de combate ni bombarderos. “No valía la pena”, dice el oficial de Operaciones Especiales. Los SEALS estaban solos.

Obama regresó a la Casa Blanca a las dos en punto, después de jugar nueve hoyos de golf en la base aérea de Andrews. Los Black Hawks salieron de Jalalabad 30 minutos después. Justo antes de las cuatro, Panetta anunció al grupo en la Sala de Crisis que los helicópteros se aproximaban a Abbottabad. Obama se puso de pie. “Tengo que verlo”, dijo, y cruzó el pasillo para entrar en el despachito y sentarse junto a Webb. El vicepresidente Joseph Biden; el secretario de Defensa, Gates, y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, le siguieron, igual que hicieron todos los que pudieron caber en la habitación. En la pantalla LCD, de un tamaño mediano, el helicóptero número 1 -una imagen granulada en blanco y negro- apareció sobre el complejo y empezó a tener problemas.

Cuando el piloto notó que el helicóptero se le iba, tiró del plato cíclico, que controla la velocidad de las aspas de la hélice, pero el aparato no respondía. Los altos muros del complejo y las temperaturas cálidas habían hecho que el Black Hawk entrara en el flujo descendente causado por su propia hélice, una peligrosa situación aerodinámica conocida como settling with power, una caída en torbellino. En Carolina del Norte no habían visto ese problema, porque la alambrada utilizada en los ensayos permitía la libre circulación del aire. Un antiguo piloto de helicópteros con amplia experiencia explica la situación de quien estaba a los mandos: “Es terrorífico, yo he estado en una situación así. La única forma de superarla es empujar el plato cíclico hacia delante y salir del silo vertical que se ha formado y por el que estás cayendo. Pero hace falta altitud. Si estás a 700 metros, tienes tiempo. Si estás a 16 metros, te chocas contra el suelo”.

El piloto abandonó el plan de soltar las cuerdas y se centró en aterrizar. Fue en busca de un corral para animales que había en la parte occidental del complejo. Los SEALS a bordo se sujetaron mientras la hélice de cola giraba y rozaba el muro de seguridad. El piloto bloqueó el morro hacia delante para empotrarlo en el suelo y evitar que la nave se volcase hacia un costado. Vacas, gallinas y conejos salieron corriendo. Con el Black Hawk estrellado sobre la pared en un ángulo de 45 grados, la tripulación emitió una llamada de socorro a los Chinooks.

James y los SEALS del helicóptero número 2 observaron todo mientras sobrevolaban la esquina noreste del complejo. El segundo piloto, sin saber si sus colegas estaban recibiendo disparos o experimentando problemas mecánicos, dejó de lado el plan de sobrevolar el tejado y aterrizó en un campo al otro lado de la calle. Todavía no había ningún estadounidense en la parte residencial del complejo: Mark y su equipo estaban en un helicóptero caído en un lado, y James y el suyo estaban en el extremo opuesto. Los equipos llevaban un minuto sobre el objetivo y la misión ya se había desviado del plan.

“La eternidad es el tiempo entre el momento en que ves que algo va mal y la primera información de viva voz”, dice el oficial de Operaciones. Los responsables en Washington vieron las imágenes aéreas y aguardaron con inquietud a oír una transmisión militar. El asesor personal del presidente compara la experiencia con la de “ver el clímax de una película”.

Al cabo de unos minutos, los 12 SEALS del helicóptero número 1 se repusieron y transmitieron con calma por radio que seguían adelante con la incursión. Habían llevado a cabo tantas operaciones en los nueve años anteriores que pocas cosas les pillaban desprevenidos. En los meses transcurridos desde entonces, los medios de comunicación han dicho muchas veces que la operación de Abbottabad fue tan difícil como la Operación Garra de Águila y el incidente de Black Hawk Down, pero el alto funcionario del Departamento de Defensa dice que “esta no fue una de las tres misiones más difíciles. Fue una más entre las casi 2.000 misiones que se han realizado en los dos últimos años, noche tras noche”. Equiparó la práctica de las incursiones nocturnas con la tarea de “cortar el césped”. Solo en la noche del 1 de mayo, las fuerzas de Operaciones Especiales estacionadas en Afganistán completaron otras 12 misiones en las que capturaron o mataron a entre 12 y 15 objetivos. “La mayoría de las misiones siguen una dirección”, dice. “Esta se torció”.

Tras el choque, Mark y los demás miembros del equipo salieron por las puertas laterales del helicóptero número 1. Las botas se les hundían en el barro mientras corrían junto a una pared de más de tres metros que rodeaba el corral. Tres hombres del equipo de demolición se acercaron a la puerta de metal, cerrada, sacaron explosivos C4 de sus bolsas y los colocaron en las bisagras. La puerta se abrió con una gran explosión. Los otros nueve SEALS salieron corriendo y fueron a parar a una especie de callejón, dando la espalda a la entrada principal de la casa. Siguieron por el callejón, con los fusiles silenciados en los hombros. Mark iba el último mientras trataba de establecer comunicación por radio con el otro equipo. Al final del camino, los estadounidenses volaron otra verja y entraron en el patio del pabellón de invitados, donde vivía Abu Ahmed al Kuwaiti, el mensajero de Bin Laden, con su esposa y sus cuatro hijos.

Tres SEALS que iban en la parte delantera corrieron a examinar la casa de invitados mientras los otros nueve volaban otra puerta más y pasaban a un patio interior que daba a la casa principal. Cuando los primeros doblaron una esquina para acercarse a la puerta del pabellón de invitados, vieron a Kuwaiti que entraba corriendo a avisar a su mujer y sus hijos. Las gafas de visión nocturna de los estadounidenses daban a la escena unos tonos pixelados de color verde esmeralda. Kuwaiti iba vestido con un shalwar kameez (un conjunto de camisa y pantalón) blanco, había agarrado un arma y estaba volviendo a salir cuando los SEALS abrieron fuego y le mataron.

Los otros nueve SEALS, entre ellos Mark, formaron unidades de tres para limpiar el patio interior. Los estadounidenses sospechaban que había varios hombres más en la casa: el hermano de Kuwaiti, Abrar, de 33 años; dos hijos de Bin Laden, Hamza y Khalid, y el propio Bin Laden. Cuando una unidad SEAL acababa de atravesar el patio hacia la entrada delantera, Abrar -un hombre robusto, con bigote, con un shalwar kameez de color crema- apareció armado con un AK-47. Le dispararon en el pecho y le mataron, igual que a su mujer, Bushra, que estaba de pie, sin arma alguna, junto a él.

Fuera de los muros del complejo, Ahmed, el traductor, patrullaba el camino de tierra delante de la casa de Bin Laden como si fuera un policía paquistaní vestido de paisano. Tenía todo el aspecto, con un shalwar kameez por encima de un chaleco antibalas. Ahmed, el perro Cairo y cuatro SEALS protegían el perímetro de la casa mientras James y otros seis SEALS -el contingente que debería haber descendido sobre el tejado- entraban. Para el equipo que patrullaba el perímetro, los 15 primeros minutos transcurrieron sin incidentes. Los vecinos, sin duda, habían oído los helicópteros, el sonido de uno que se estrellaba y las explosiones y los disparos esporádicos, pero no salió nadie. Un habitante local mencionó el tumulto en Twitter: “Helicóptero sobrevolando Abbottabad a la una de la mañana (es poco frecuente)”.

Unos cuantos paquistaníes curiosos se acercaron a preguntar por la conmoción al otro lado del muro. “Vuelvan a sus casas”, dijo Ahmed en pastún, mientras Cairo permanecía alerta. “Está en marcha una operación de seguridad”. La gente se fue a sus casas sin sospechar que habían hablado con un norteamericano. Cuando, en los días siguientes, llegaron los periodistas a Bilal, un residente contó: “Vi que de un helicóptero salían unos soldados y que iban hacia la casa. Varios de ellos nos ordenaron en pastún que apagáramos las luces y permaneciéramos en el interior de las casas”.

El jefe del escuadrón, James, tras atravesar un muro, cruzar una parte del patio cubierta de enrejados y atravesar un segundo muro, se había reunido con los SEALS del helicóptero número 1, que estaban entrando en la planta baja de la casa. Lo que sucedió a continuación no está claro. “Les aseguro que hubo un periodo de casi 20 o 25 minutos en el que no supimos qué estaba ocurriendo”, declaró Panetta más tarde, en el programa de la cadena PBS NewHour.

Hasta ese momento, la operación había sido observada por docenas de responsables de defensa, inteligencia y la administración, que veían las imágenes enviadas por el avión no tripulado. Los SEALS no llevaban cámaras en los cascos, pese a lo que dijo una información muy reproducida de CBS. Ninguno de ellos conocía de antemano la planta de la casa y se sentían aún más excitados por saber que podían estar a unos minutos de acabar con la persecución más costosa de la historia de EE UU; como consecuencia, algunos de sus recuerdos -en los que se basa este relato- pueden ser poco precisos y sujetos a controversia.

Mientras los hijos de Abrar corrían, los SEALS registraron la primera planta de la casa principal, habitación por habitación. Aunque los estadounidenses habían previsto la posibilidad de que hubiera alguna bomba trampa, la presencia de niños en el complejo les indicó que no era así. “Hay un límite a lo hipervigilante que se puede ser”, dice el oficial de Operaciones Especiales. “¿Bin Laden se acostaba todas las noches pensando que íbamos a venir al día siguiente? Por supuesto que no. Quizá los dos primeros años, pero ahora ya no”. No obstante, había medidas de precaución: una puerta de metal cerrada bloqueaba la base de la escalera que llevaba al segundo piso.

Después de volar la puerta con cargas de C-4, tres SEALS subieron por las escaleras. A mitad de camino vieron al hijo de Bin Laden de 23 años, Khalid, que asomaba el cuello detrás de una esquina. Luego apareció en lo alto de la escalera con un AK-47. Khalid, que llevaba una camiseta con el cuello dado de sí y tenía el pelo corto y una barba recortada, disparó a los soldados. (El responsable de antiterrorismo afirma que Khalid no iba armado, aunque sí era una amenaza digna de tener en cuenta. “Un varón adulto, a última hora de la noche, a oscuras, que baja por la escalera hacia ti en una casa de Al Qaeda, lo normal es suponer que es un elemento hostil”). Al menos dos de los SEALS devolvieron los disparos y mataron a Khalid. Según los folletos que llevaban, dentro del complejo vivían hasta cinco varones adultos. Había ya tres muertos; el cuarto, Hamza, otro hijo de Bin Laden, no estaba allí. El último era el propio Bin Laden.

Antes de comenzar la misión, los SEALS habían creado una lista de palabras en clave, con referencias a los indios americanos. Cada palabra representaba una fase distinta de la misión: salir de Jalalabad, entrar en Pakistán, acercarse al complejo, etcétera. “Gerónimo” significaba que habían encontrado a Bin Laden. Tres SEALS pasaron corriendo junto al cuerpo de Khalid y volaron otra verja de metal que obstruía el paso a la escalera para subir al tercer piso. Subieron por los escalones sin luz y examinaron el descansillo. En el escalón superior, el primer SEAL giró a la derecha: con las gafas de visión nocturna había visto a un hombre alto y delgado, con barba, que miraba desde la puerta de un dormitorio, a tres metros de distancia. El SEAL sintió de inmediato que era “Cigüeñal”. El responsable de antiterrorismo dice que el SEAL vio a Bin Laden desde el descansillo y disparó, pero falló.

Los estadounidenses corrieron hacia la puerta del dormitorio. El primer SEAL la abrió de un empujón. Dos de las esposas de Bin Laden se habían colocado delante de él. Amal al Fatah, su quinta esposa, gritaba en árabe. Hizo un movimiento como si fuera a atacar; el SEAL bajó el cañón y le disparó en la pantorrilla. Temiendo que alguna de las mujeres, o las dos, llevara chalecos cargados de explosivos, se acercó y las envolvió en un abrazo del oso. Desde luego, si los hubieran llevado y los hubieran hecho estallar, habría muerto, pero habría absorbido parte del impacto y quizá habría salvado a los dos SEALS que iban tras él.

Un segundo SEAL entró en la habitación y apuntó el láser de infrarrojos de su M4 hacia el pecho de Bin Laden. El jefe de Al Qaeda, que llevaba un shalwar kameez de color tostado y un gorro de oración en la cabeza, se quedó paralizado; no iba armado. “Nunca se planteó la posibilidad de detenerlo o capturarlo; no fue una decisión de último minuto. Nadie quería prisioneros”, dice el oficial de Operaciones Especiales. El Gobierno mantiene que si Bin Laden se hubiera rendido, lo habrían capturado vivo.

Nueve años, siete meses y 20 días después del 11 de septiembre, un estadounidense estaba a un disparo de acabar con la vida de Bin Laden. El primer tiro, una bala de 5,56 milímetros, alcanzó a Bin Laden en el pecho. Cuando caía hacia atrás, el SEAL le disparó un segundo tiro a la cabeza, justo sobre el ojo izquierdo. Tomó su radio e informó: “Por Dios y por mi país, Gerónimo, Gerónimo, Gerónimo”. Tras una pausa, añadió: “Gerónimo E.K.I.A.” (enemy killed in action, enemigo muerto en acción).

Al oír esto en la Casa Blanca, Obama frunció los labios y dijo en tono solemne, sin dirigirse a nadie: “Lo tenemos”.

El primer SEAL soltó un poco a las dos mujeres de Bin Laden, les puso esposas de plástico y las llevó abajo. Mientras tanto, dos colegas suyos subieron corriendo con una bolsa de nailon para cadáveres. La desenrollaron, se arrodillaron cada uno a un lado de Bin Laden y colocaron el cuerpo en la bolsa. Habían pasado 18 minutos desde el aterrizaje del equipo del DEVGRU.

Durante los 20 minutos siguientes recogieron datos. Cuatro hombres examinaron la segunda planta, con bolsas de plástico en la mano, para recoger lápices de memoria, CD, DVD y discos de ordenador, en una habitación que había sido, en parte, un centro de medios de comunicación de Bin Laden. Fuera, los soldados agruparon a las mujeres y los niños -todos ellos con esposas de plástico- y les hicieron sentarse junto a una pared exterior desde la que se veía el segundo Black Hawk, el que no había sufrido daños. El único miembro del equipo que hablaba bien árabe les interrogó. Casi todos los niños eran menores de 10 años. Parecían no tener idea de quién era el que vivía en el piso de arriba, aparte de que era “un viejo”. Ninguna de las mujeres confirmó que el hombre era Bin Laden, pero una de ellas no dejó de llamarle “el jeque”. Cuando llegó el Chinook de rescate, un sanitario salió y se arrodilló junto al cuerpo de Bin Laden. Le inyectó una jeringuilla y extrajo dos muestras de médula espinal. Luego obtuvo más ADN con bastoncillos de algodón. Una de las muestras de médula fue al Black Hawk. La otra fue al Chinook, junto con el cadáver.

Después, los SEALS tenían que destruir el Black Hawk estrellado. El piloto, armado con un martillo que tenía para casos así, destrozó el panel de instrumentos, la radio y los demás dispositivos secretos de la cabina. Luego llegó el equipo de demolición. colocaron explosivos junto al sistema de aviación, las comunicaciones, el motor y la hélice. “No se podía ocultar que era un helicóptero”, dice el oficial de operaciones especiales. “Pero sí dejarlo inutilizable”. Mientras salían llamas gigantescas, los estadounidenses se fueron.

En la Sala de Crisis, Obama dijo: “No voy a estar tranquilo hasta que esos chicos salgan de ahí y estén a salvo”. Después de 38 minutos en el complejo, los dos equipos de SEALS tenían que superar el largo vuelo de vuelta a Afganistán. El Black Hawk tenía poco combustible y tuvo que quedar con el Chinook en el punto de repostaje que estaba cerca de la frontera afgana, pero todavía dentro de Pakistán. Se tardaban 25 minutos en llenar el depósito. En Washington, Biden, que tenía un rosario en las manos, se volvió hacia Mullen, el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor. “Deberíamos ir todos a misa esta noche”, afirmó.

Los helicópteros aterrizaron en Jalalabad hacia las tres de la madrugada; McRaven y el jefe de la delegación de la CIA recibieron al equipo en la pista. Dos SEALS bajaron la bolsa con el cadáver y la abrieron para que McRaven y el funcionario de la CIA pudieran ver el cuerpo de Bin Laden con sus propios ojos. Hicieron fotografías de su rostro y de su cuerpo. Pensaron que Bin Laden debía de medir alrededor de 1,90 metros, pero nadie tenía una cinta métrica a mano para confirmarlo. Un SEAL que medía 1,80 se tendió junto al cuerpo y vieron que este medía más o menos 10 centímetros más que él. Minutos después, McRaven apareció en la pantalla de teleconferencia de la Sala de Crisis para confirmar que el cuerpo de Bin Laden estaba en la bolsa. Lo enviaron a Bagram.

Desde el principio, los SEALS habían pensado arrojar el cadáver al mar, una forma rotunda de acabar con el mito de Bin Laden. Ya habían hecho algo similar en otro caso anterior. Durante un asalto con helicópteros del DEVGRU en Somalia, en septiembre de 2009, los SEALS habían matado a Saleh Ali Saleh Nabhan, uno de los principales dirigentes de Al Qaeda en África oriental; luego llevaron el cadáver a un buque en el océano Índico, le administraron los debidos ritos musulmanes y lo arrojaron por la borda. Antes de hacer lo mismo con Bin Laden, John Brennan hizo una llamada. Había sido jefe de la oficina de la CIA en Riad y llamó a un antiguo colega de los servicios de inteligencia saudíes. Le dijo lo que había ocurrido en Abbottabad y le informó del plan. Brennan sabía que la familia de Bin Laden seguía ocupando un lugar destacado en el reino y que Osama había sido ciudadano saudí. ¿Estaba interesado el Gobierno saudí en recuperar el cadáver? “Su plan me parece bien”, replicó su homólogo.

Al amanecer cargaron el cuerpo en la bodega de un V-22 Osprey de alas basculantes, acompañado por un oficial de enlace del JSOC y una patrulla de seguridad de policía militar. El Osprey voló hacia el sur, hacia el USS Carl Vinson, un portaaviones nuclear de más de 300 metros de eslora que navegaba por el mar de Arabia, frente a la costa paquistaní. Una vez más, los estadounidenses iban a atravesar espacio aéreo de Pakistán sin permiso. A algunos funcionarios les preocupaba que los paquistaníes, humillados por el ataque unilateral en Abbottabad, restringieran el acceso. Pero el avión aterrizó en el Vinson sin incidente. Lavaron el cuerpo de Bin Laden, lo envolvieron en una mortaja blanca, lo pesaron y lo metieron en una bolsa. El proceso se llevó a cabo “en estricto cumplimiento de los preceptos y las prácticas del islam”, dijo Brennan. El enlace del JSOC, el contingente de policía militar y varios marineros colocaron el cuerpo amortajado en un ascensor al aire libre y bajaron hasta el nivel inferior, el hangar para los aviones. Desde siete u ocho metros sobre las olas, arrojaron el cuerpo al agua.

La proximidad de la casa de Bin Laden a la Academia Militar de Pakistán sugirió la posibilidad de que el Ejército o el ISI le hubieran protegido. ¿Cómo había podido vivir el jefe de Al Qaeda tan cerca de la academia sin que por lo menos varios oficiales lo supieran? Las sospechas aumentaron cuando The New York Times informó de que en casa de Bin Laden se había encontrado al menos un teléfono móvil con los datos de contacto de militantes destacados pertenecientes al grupo Harakatul-Mujahideen, un grupo yihadista estrechamente vinculado al ISI. Aunque las autoridades estadounidenses han dicho que seguramente hubo funcionarios paquistaníes que le ayudaron a ocultarse en Abbottabad, todavía no se han presentado pruebas concluyentes.

La muerte de Bin Laden proporcionó a la Casa Blanca la victoria simbólica que necesitaba para sacar a las tropas de Afganistán. Siete semanas después, Obama anunció un calendario de retirada. No obstante, no se prevé que las actividades antiterroristas de EE UU dentro de Pakistán -es decir, las operaciones clandestinas de la CIA y el JSOC- se interrumpan a corto plazo. Desde el 2 de mayo ha habido más de 20 incursiones de aviones no tripulados en Waziristán del Norte y del Sur, incluida una que, al parecer, mató a Ilyas Kashmiri, uno de los principales líderes de Al Qaeda, mientras tomaba té en un huerto.

El 6 de mayo, Al Qaeda confirmó la muerte de Bin Laden e hizo pública una declaración en la que felicitaba “a la nación islámica” por “el martirio de su buen hijo Osama”. Los autores prometían a los estadounidenses que “su alegría se transformará en pena y sus lágrimas se mezclarán con sangre”. Ese día, el presidente Obama viajó a Fort Campbell (Kentucky), donde tiene su base el 160º Regimiento, para conocer a la unidad del DEVGRU y a los pilotos que habían llevado a cabo la misión. Los SEALS, que habían vuelto de Afganistán unos días antes, volaron desde Virginia. Biden, Tom Donilon y una docena de asesores de seguridad nacional les acompañaron.

McRaven recibió a Obama en la pista. Se habían conocido en la Casa Blanca unos días antes, el presidente había regalado una cinta métrica a Mc Raven. Le condujo, junto con su equipo, a un edificio de una planta al otro lado de la base. Entraron en una habitación sin ventanas, con una moqueta raída, luces fluorescentes y tres filas de sillas plegables de metal. McRaven, Brian, los pilotos del 160º Regimiento y James informaron por turnos al presidente.

Después, Obama y sus asesores fueron por el pasillo a una segunda habitación en la que estaban reunidas otras personas que habían intervenido en la misión: logísticos, jefes de tripulación y suplentes de los SEALS. Obama otorgó al equipo una mención presidencial y dijo: “Los profesionales de nuestros servicios de inteligencia han hecho una labor asombrosa. Yo creía a medias que Bin Laden estaba allí, pero tenía plena confianza en ustedes. Son, literalmente, la mejor fuerza pequeña de combate que ha existido jamás en el mundo”. Entonces, el equipo que había llevado a cabo la misión dio al presidente una bandera de Estados Unidos que estaba a bordo del Chinook de rescate. La bandera, de 1×1,6 metros, la habían estirado, planchado y enmarcado. Los SEALS y los pilotos la habían firmado por detrás; delante había una inscripción que decía: “De la Fuerza Conjunta para la Operación Lanza de Neptuno, 1 de mayo de 2011: por Dios y por nuestro país. Gerónimo”. Obama prometió colocar el regalo “en algún sitio privado y que signifique mucho para mí”. Antes de su vuelta a Washington, el presidente posó para que le hicieran fotografías con cada miembro del equipo y habló con muchos de ellos, pero hubo una cosa de la que no se dijo nada. Nunca preguntó quién había tirado el disparo mortal, y los SEALS nunca se ofrecieron a decírselo.

© ‘The New Yorker’.

Nicholas Schmidle: La caza del monstruo Bin Laden, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

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#bin-laden, #ee-uu, #islamismo, #terrorismo

11 de septiembre de 2001. Aquel olor a ceniza mojada

El escritor había llegado a Nueva York con su familia diez días antes. Un septiembre tranquilo. Pero todo cambió en minutos. Lo más irreal se hizo lo más real. Recuerda aquí sus sensaciones. Sobre todo, el olor.

Reflejo de la Zona Cero. JAMES RAJOTTE

Recuerdo de aquellos días que iba por la calle con la determinación instintiva de fijarme en todo tal y como lo vieran mis ojos, sin veladuras de interpretación o de opinión; ir mirando, escuchar, percibir los olores, aislar las sensaciones, contar lo que veía como si fuera una cámara, como cuando Christopher Isherwood dice eso al principio de Adiós a Berlín, “Soy una cámara”. No había vuelos comerciales a la ciudad. No había en ese momento nadie de la corresponsalía del periódico. Elvira y yo habíamos llegado con tres de nuestros hijos a Nueva York diez días antes, con el propósito de que ella descansara del agosto laborioso que había tenido en España escribiendo una crónica diaria. Yo empezaría a dar unas clases en la City University a principios de octubre. Septiembre sería el mes de vacaciones que no habíamos tenido aún ese año, y como los hijos no habían estado nunca en la ciudad, nosotros nos convertiríamos de nuevo en turistas para enseñársela a ellos. Uno o dos días antes habíamos bajado en metro a las Torres Gemelas. A ellos les hizo mucha sensación que la estación estuviera en el vestíbulo de una de las torres, un gran espacio cóncavo en el que resonaban siempre los pasos atareados de la gente, ejecutivos y turistas, repartidores de comida, empleados de las oficinas.

Yo había estado allí en mi primer viaje a Nueva York, en 1990, con un grupo de escritores españoles, entre ellos Bernardo Atxaga y José María Guelbenzu. Había subido con ellos al mirador de la planta más alta, con la camaradería del asombro, viendo desde allí, hacia el Norte, la amplitud selvática de la ciudad; hacia el Oeste, el Hudson; hacia el Sur, la boca del océano, el horizonte en el que se distinguían en la bruma las torres picudas de Ellis Island y la estatua de la Libertad, los paisajes invariables del turismo. Aquel día muy caluroso de septiembre de 2001 se nos hizo tarde para subir al mirador o a los adultos nos pudo la desgana y aplazamos el ascenso para un poco después. Al fin y al cabo teníamos un mes entero, y las torres estarían allí, invariables, mucho más atractivas para la mirada de lejos que de cerca, como estaría el Empire State y la estatua de la Libertad, o como está en Roma el Coliseo o en París la torre Eiffel, a medias reales y a medias espejismos turísticos, calderilla visual de postales y souvenirs, de recordatorios kitsch con baño de oro falso o lucecitas interiores.

En obras, cerca de la Zona Cero. JAMES RAJOTTE

La imaginación es fatalista; se acostumbra enseguida a lo que ya ha sucedido: ahora ya no sabemos recordar el estupor de que de un día para otro las dos torres no existieran, ni siquiera nosotros, que estábamos allí, que tantas veces a lo largo de estos diez años hemos respondido a la pregunta, cómo era estar en Nueva York la mañana del 11 de septiembre, salir a la calle, acercarse lo más posible a la frontera que establecieron las vallas de la policía, primero en Houston, luego un poco más al sur, en Canal Street, delimitando una parte de la ciudad que se volvía del todo fantasmal en cuanto caía la noche, cuando en los controles solo le permitían el paso a quien llevara uniforme de policía o de bombero o a quien mostrara con un documento de identidad que vivía o había vivido en la zona.

La escala verdadera del horror la escondía el secreto. No se podía pasar más allá de un cierto punto, y durante semanas el solar inmenso de escombros donde habían estado las torres permaneció tapado por altas pantallas de plástico o lona. No se veían fotos de heridos o de muertos. La pornografía visual a la que se entregaron algunos medios desalmados en España después del 11 de marzo de 2004 no se permitió en Nueva York. Tampoco la inmundicia de la gresca política a costa de las víctimas.

De modo que de un día para otro ya no éramos turistas, sino enviados especiales del periódico, y teníamos que mandar crónicas veloces de lo que veíamos, y al mismo tiempo adaptarnos a una incertidumbre demasiado absoluta como para que la haya preservado bien el recuerdo. La memoria hace trampa porque ahora sabemos lo que vino después, igual que hace trampa para convertir en natural lo que era inaudito. Había que fijarse en todo y había que vencer el miedo a que continuaran sucediendo cosas atroces. Después de que un avión colisionara contra una de las torres había aparecido en el cielo un segundo avión que atravesó la otra en una catástrofe de fuego. Cuando apenas nos adaptábamos a la imposibilidad de que una torre se hubiera derrumbado en unos segundos ya se estaba derrumbando la otra. Aviones militares atronaban el cielo volando muy bajo y proyectaban sus siluetas exactas sobre las calles y sobre las fachadas de los edificios. Pero cada nuevo avión podía ser otro emisario de catástrofe, lo mismo que cada largo alarido de sirena podía indicar un nuevo atentado. Estábamos en una isla unida al mundo exterior por unos cuantos puentes y túneles. De pronto se habían cortado las conexiones telefónicas. Quizá de un momento a otro se cortara la luz eléctrica o el suministro de agua. Nada que ocurriera sería menos inverosímil que lo que ya había sucedido. En la radio decían que un avión o un misil se habían estrellado contra el Pentágono, que otro avión podía estar dirigiéndose hacia la Casa Blanca. Los chicos, alucinados, miraban el televisor y desayunaban leche con galletas, mucho menos asustados que nosotros.

Era preciso fijarse en todo. Ser una cámara, un testigo absoluto. En el supermercado, la gente compraba cosas metódicamente y en silencio. Qué se debe comprar en esas circunstancias: botellas de agua, pan de molde, comida congelada, leche, cereales. Pero por qué no también bombillas, velas, alimentos no perecederos por si se corta la electricidad y no funciona el frigorífico, quién sabe. Nadie sabe. Nadie sabía. No saber conducía al aturdimiento más que al miedo. Buscábamos cestas de plástico para poner las cosas, pero ya no quedaban. La gente llevaba lo que quería comprar en las manos. Sin una cesta de plástico, el número de artículos que se pueden acarrear es muy limitado. En las colas perfectamente ordenadas de las cajas nadie hablaba. Se oía el tecleo en las cajas registradoras y el pitido del láser al reconocer los códigos de barras y la cantinela sempiterna de las cajeras neoyorquinas: Next? (¿el siguiente?).

LA VIDA SIGUE, EN APARIENCIA, IGUAL. Al menos en Times Square, el corazón de Nueva York. Como aquel 11 de septiembre de 2001, repleta de publicidad y de tráfico. JAMES RAJOTTE

A diferencia de lo simbólico o lo literario, lo real subyuga porque es específico. Nueva York en la mañana del ataque a las Torres Gemelas no era lo que nosotros veíamos. Eso lo veía cualquiera en cualquier parte del mundo, en la pantalla de un televisor. Nosotros veíamos un cielo limpio y sereno -el viento llevaba el humo hacia el este, hacia Brooklyn- y esa plaza que se forma en la confluencia de Broadway con Columbus Avenue a la altura de la Calle 66, donde hay una boca de metro y un busto poco afortunado de Leonard Bernstein, rodeado de sillas y mesitas metálicas en las que la gente se sienta a tomar el sol, comer un sándwich o hablar por teléfono. La boca del metro estaba abierta, pero nadie entraba ni salía por ella. Es una estación de la línea 1, la que pasaba por las torres. En los ventanales de las aulas de la Juilliard School no se veían músicos jóvenes ensayando. No se percibían cambios radicales en las cosas, tan solo diferencias de grado: un poco menos tráfico; más gente subiendo por la acera de Broadway a media mañana, cuando deberían haber estado en las oficinas. Mujeres enérgicas con trajes de chaqueta y zapatillas deportivas; hombres con corbata y con la chaqueta del traje al hombro, fatigados por el calor y las largas caminatas. Era ese tiempo ahora tan lejano en el que no todo el mundo iba por la calle con un móvil adherido a la oreja. Alguien se paraba en una esquina para marcar un número y no conseguía respuesta. Alguien escuchaba con el teléfono en el oído y con una expresión de estupor o de pánico.

Aprendíamos con extrañeza que la normalidad y el desastre pueden ser simultáneos. En un extremo de la ciudad, los supervivientes caminan extraviados por un desierto de ceniza en el que el humo y el polvo lo envuelven todo en una noche apocalíptica y unos kilómetros más al norte un camarero con chaquetilla negra limpia las mesas de un restaurante al aire libre y un vagabundo demente habla y gesticula solo en un banco de una plazoleta, bajo una estatua de Dante.

A la mañana siguiente, según se bajaba hacia el sur, una gasa de humo y ceniza debilitaba la luz del sol convirtiéndola en una claridad anaranjada. Por Union Square y Washington Square y las calles del Village, mucha gente llevaba mascarillas. Como no había tráfico, se escuchaba por todas partes un rumor multiplicado de pasos. Al fondo de las calles donde hasta ayer mismo habían estado las Torres Gemelas ahora ascendía una sola torre de humo negro mucho más alta. Partículas invisibles de polvo y de humo y ceniza picaban en la garganta. Luego comprendimos que en aquel aire que respirábamos habría también partículas volatizadas de los cuerpos humanos que nadie llegó a ver. La gente iba perdida de un lado para otro desconociendo los lugares más habituales, que de repente ya eran otros, como trastornados por la dislocación de los sueños. El día antes, a las nueve menos cinco de la mañana, una amiga nuestra había dejado a sus dos hijos en la escuela, justo al norte de las torres, y había regresado a casa con el alivio de quedarse sola a esa hora todavía fresca. Unos minutos después tomaba un café mirando perezosamente por la ventana de la cocina y lo que vio de pronto enmarcado en ella fue el apocalipsis, y salió corriendo a la calle para buscar a sus hijos. En Brooklyn Hights, otro amigo salía a cuidar el pequeño jardín que tenía en la terraza y al levantar los ojos vio una torre ardiendo y un avión que se acercaba en línea recta a la otra y que no podía ser verdad. Un directivo de un banco español al que conocí años más tarde acababa de salir de una de las torres y al mirar hacia arriba vio cómo un cielo negro se desplomaba sobre él y echó a correr y no recuerda lo que hizo durante los siguientes minutos ni cómo se salvó.

El estupor nos ayudaba a dejar en suspenso todo lo que no fuera la percepción sensorial de las cosas: el filtro sucio de la luz, la ligera aspereza del aire, las caras de resucitados de los supervivientes que salían del hospital St. Vicent’s, el tormento incesante de las sirenas, los bosques de velas ardiendo a la caída de la noche en Union Square y en Washington Square y casi en cualquier esquina, las velas, los ramos y los vasos de flores debajo de las fotografías de los desaparecidos, las pequeña banderas y las lámparas votivas, las calles oscuras y desiertas y el parpadeo azulado de los televisores en todas las ventanas. Y el olor que no parecía que fuera a irse nunca, enquistado al cabo de los días en las estaciones de metro más cercanas a la catástrofe, el olor que si volviéramos a percibirlo nos devolvería la atmósfera exacta de lo que fue aquel tiempo: olor a ceniza mojada y a partículas infinitesimales de carne putrefacta.

Antonio Muñoz Molina: Aquel olor a ceniza mojada, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

#ee-uu, #islamismo, #terrorismo

11 de septiembre de 2001. “Estados Unidos está siendo atacado”

En la única entrevista concedida al cumplirse el décimo aniversario del 11-S, el expresidente Bush recuerda ahora lo mucho que sintió aquel día y cómo cambió su mandato.

El momento en que a Bush fue le fuecomunicado el ataque a las Torres Gemelas

“Gata, pata…”. Palabras de niños en el aula de un colegio de Florida, carteles en la pared; en una pizarra, detrás del visitante ilustre, George W. Bush, está escrito: “La lectura hace grande a un país”. “Pata, lata…”. Y de repente, un susurro al oído. Una frase. “Estados Unidos está siendo atacado”. Y todo cambia. El rostro del hombre más poderoso del mundo se convierte en un libro abierto. Por la página Tocado y Hundido, se diría. Un poema. Como el de (casi) todos, en todo el mundo pegados en ese instante del 11 de septiembre de 2001, ante los televisores, viendo desmoronarse una época.

Bush aprieta los labios, la mirada se le pierde; le crecen bosques de rabia entre las cejas; océanos de desconcierto le caen por las mejillas. He aquí que la historia le convertía en protagonista (a él, presidente anodino bajo el nombre del padre). Siente enseguida el peso de su cargo. Lo recuerda ahora, desde su condición ya de ex presidente, en la única entrevista que ha concedido al cumplirse el décimo aniversario para hablar de los atentados; dos días de charla en su oficina de Dallas con el periodista Peter Schnall, del National Geographic Channel. “Miles de personas perdieron la vida y yo hice la promesa de que no volvería a repetirse nunca”.

Bush hilvana sus recuerdos sin citar guerras posteriores o efectos colaterales, relata cómo vivió y qué sintió desde su puesto y condición de mando esas horas. “No lo olvidaré nunca. Ese día cambió mi mandato”, afirma. “Pasé de ser un presidente centrado en asuntos nacionales a uno en tiempo de guerra”. O también: “La guerra nos llegó de forma inesperada, y tienes que afrontarla…no piensas en consecuencias ni política. Hay que decidir. Lo hice lo mejor que supe, algunas decisiones fueron polémicas… pero tomadas con el objetivo de proteger a mi país. No tenía una estrategia… vivía el día a día”.

Una jornada, comenta, que prometía ser como otra cualquiera. Esa mañana, Bush sale a correr, lee informes de seguridad (“Nada fuera de lo normal”), se sube a su coche, y ya ahí sabe del impacto de una avión en Nueva York, pero no le da mayor importancia, va de visita al colegio, para promover reformas, y los niños le cantan palabras. Hasta que su cara se llena de otras que no pronuncia porque decide callarlas: “Me concentré inmediatamente en los niños. El contraste entre el horror del ataque y su inocencia me hizo ver claramente cuál era mi trabajo: proteger a la gente”.

Proteger es la clave. Lo repite mientras habla y traga saliva, sus labios se tensan, se le achican los ojos… “Y al momento, los periodistas empezaron a recibir llamadas. Era como ver una película de cine mudo”. Todos lo sabían. Todos le observaban. Se movió lento. Demasiado para algunos. “Quería proyectar una imagen de calma”. Escribe un primer discurso allí mismo, para los padres y el mundo: “Hoy ha ocurrido una tragedia nacional…”. Llega la noticia del tercer avión en el Pentágono: “Con el primero pensé que sería accidente; con el segundo, ataque. Y el tercero era una declaración de guerra”. Dijeron también que estuvo escondido durante horas. Él lo desmiente: quiso salir hacia Washington de inmediato, pero su equipo en el Air Force One lo impidió: “Creían que era una irresponsabilidad por mi parte volver a una ciudad que había sido atacada…”.

Una jornada cualquiera, escrita con guion insuperable: escenas de rascacielos que se derrumban en segundos; aviones secuestrados cargados de civiles; masas de gente cubierta de polvo huyendo de la muerte en plena City. Un apocalipsis. Un país violentado. “Una de las cosas que cambió el 11-S fue la noción de estar protegidos por los océanos”. Sintió horror: “Lo más devastador fue ver a gente saltando al vacío y no poder hacer nada”. Y recuerda frases plenas de significado: “¿Quién demonios querría hacer eso a EE UU?”. “¿Por qué no lo hemos visto venir?”. “¿Estará bien mi esposa?”. “Decidí que ya nos encargaríamos de Irak. El primer objetivo era Al Qaeda, en Afganistán”. Su tarea era encontrar culpables, aplicar la justicia, implacable, serenar a la población. Fue al Pentágono y a la Zona Cero: “Desde el aire parecía una cicatriz enorme, pero de cerca fue caminar por el infierno”. “Atrápalos”, le pedían. “Su sed de sangre era palpable”.

Él no lo consiguió, pero llegó ese día. Una llamada de Obama el 1 de mayo pasado. Una frase: el fin de Bin Laden. “No sentí nada parecido a felicidad ni júbilo. Simplemente que se cerraba un capítulo. Con el paso del tiempo, el 11-S será una fecha señalada del calendario”, dice. Y el libro de su rostro ese día, de lectura obligada en las escuelas.

‘George W. Bush: la entrevista del 11-S’, National Geographic (Digital +), 5 de septiembre, 22.30. www.nationalgeographic.es/11S.

Lola Huete Machado: “Estados Unidos está siendo atacado”, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

#ee-uu, #george-w-bush, #islamismo, #terrorismo

11 de Septiembre de 2001. Las raíces del desastre

El ataque contra EE UU el 11 de septiembre de 2001 ha causado más de un millón de víctimas. ¿Se podría haber evitado? ¿Por qué la CIA ocultó información al FBI? Este es un viaje a Nueva York diez años después.

NUEVA YORK, DIEZ AÑOS DESPUÉS. La vida se ha ido normalizando poco a poco en esta década transcurrida. Permanece un hueco en el horizonte y heridas en muchas familias y en la tierra, el Ground Zero, donde aún se construye. JAMES RAJOTTE

A las 8.45, hora de Nueva York, del 11 de septiembre de 2001, Stephen Mulderry, un joven estadounidense repleto de sueños, estaba en el trabajo, como de costumbre, en su despacho de la planta 88 en la torre sur del World Trade Center; Khalid al Mindhar y Nawaf al Hazmi, acólitos saudíes de Osama bin Laden, estaban en sus asientos a bordo del vuelo 77 de American Airlines, un Boeing 757 que había despegado de Washington 25 minutos antes; John O’Neill, recién nombrado jefe de seguridad del World Trade Center, que hasta dos semanas antes había sido jefe de la brigada del FBI especializada en Al Qaeda, se encontraba en su mesa de la planta 34 de la torre norte, donde se estrelló el primer avión a las 8.46.

A las 10.30, todos estarían muertos, junto a otras 2.996 personas. Diez años después, el número de muertes causadas por el acto terrorista más atroz de la historia moderna es incalculablemente mayor. Los cuatro secuestros de aviones y atentados suicidas coordinados que llevaron a cabo Al Mindhar, Al Hazmi y otros 17 combatientes santos aquel desgraciado 11-S desencadenaron dos guerras, en Afganistán e Irak, que han costado, calculando por lo bajo, 250.000 vidas. El número de víctimas totales es imposible de saber, pero si se calcula que por cada uno de los seis mil y pico soldados estadounidenses muertos han resultado heridos siete, la cifra debe de ser muy superior al millón. A ello podemos añadir el trauma mental infligido a innumerables soldados y civiles afectados por las dos guerras, el frenesí global desatado por la percepción generalizada -por simplista que fuera- de un choque de civilizaciones entre el islam y Occidente y, en un plano más frívolo pero de gran alcance, los efectos que tienen sobre los viajeros las medidas de seguridad en los aeropuertos, cada vez más estrictas. En cuanto al coste económico, tras una inversión de Al Qaeda que el Gobierno de Estados Unidos calcula de no más de 500.000 dólares, el desembolso que ha tenido que hacer Estados Unidos debido a los acontecimientos del 11 de septiembre es casi igual al dinero que gastó, en términos reales, durante la Segunda Guerra Mundial. Según un estudio reciente de la Universidad de Brown, la cifra total, imposible de imaginar: cuatro billones de dólares.

Todo ello habría podido evitarse. Una torpeza, un fallo de comunicación entre la CIA y el FBI, una pista fundamental que no se pasaron, despejó el camino a los terroristas. En el centro, Khalid al Mindhar y Nawaf al Hazmi, los dos secuestradores que subieron a su avión en Washington. Si la CIA hubiera transmitido unos datos cruciales que había obtenido a principios de 2000 sobre estos dos hombres a la brigada anti-Al Qaeda de John O’Neill, conocida internamente como I-49, la madre de Stephen Mulderry y todos los demás padres, madres, esposos, esposas, hijos, nietos, familiares y amigos de los miles y miles de personas que han perdido sus vidas como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre quizá no habrían tenido de qué lamentarse.

Transeúntes por la Zona Cero, en 2011. JAMES RAJOTTE

De acuerdo con tres antiguos miembros de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) que ocuparon puestos importantes en el equipo antiterrorista de 150 personas dirigido por O’Neill, y a los que he entrevistado, existen buenos motivos para creer que si la Agencia Central de Inteligencia, el servicio de espionaje exterior de Estados Unidos, no se hubiera negado a compartir con ellos lo que sabían sobre esta pareja de Al Qaeda, la conspiración del 11 de septiembre se habría desbaratado de raíz. El más vehemente de los tres, pero también el mejor informado sobre los detalles del supuesto error, es Mark Rossini, que fue amigo y hombre de confianza del difunto O’Neill durante los cinco años que este fue el principal perseguidor norteamericano de Al Qaeda. “Iré a la tumba convencido de que habría podido evitarse”, dice Rossini. Más comedido se muestra Mark Chidichimo, analista jefe de inteligencia de la unidad sobre Al Qaeda. “Creo que habríamos podido evitar el 11-S si nos hubiéramos pasado mejor la información”, dice. “Si nos hubieran hablado de esos dos individuos, el FBI no les habría perdido de vista”. Pat D’Amuro, que era el segundo en la cadena de mando tras O’Neill y después dirigió la investigación del FBI sobre el 11-S, dice que, después de la amplia investigación oficial para saber si habría sido posible evitar los atentados, “lo que más destaca -lo único- es esta información concreta sobre esos dos terroristas que la Agencia no nos transmitió”. “El pueblo estadounidense”, añade D’Amuro, “no sabe lo crucial que fue aquello”.

“Te quiero, hermano”

Que el pueblo estadounidense o, en particular, los familiares que aún lloran a sus muertos quieran saberlo, es otra cuestión. Por ejemplo, Anne Mulderry, que durante mucho tiempo se negó a ver cualquier información en los medios sobre lo que sucedió el día en que asesinaron a su hijo, de 33 años, y que cuando se acerca el aniversario siente con más fuerza que nunca su ausencia y sus sensaciones personales de aquella terrible mañana.

Como recuerdan todos los que estaban entonces en Nueva York, el cielo estaba especialmente luminoso y claro aquella mañana, después de que se levantara como por arte de magia la bruma que envuelve la ciudad en verano. Anne, que hoy tiene 75 años, se levantó temprano y salió de casa para ir a clase de yoga, y recuerda sentirse impresionada por “la maravillosa luz”, sin saber qué pronto iba a descender sobre su vida la noche más negra. Su hijo Stephen era su alegría. Grande, alto y atlético, fanático jugador de baloncesto, exuberante y optimista, Stephen estaba haciendo realidad el sueño americano, triunfando en la ciudad más dura del mundo. Había empezado a trabajar repartiendo leche, luego había tenido un empleo de vendedor por teléfono y ahora era intermediario financiero y ganaba un sueldo importante en su oficina de las alturas del World Trade Center.

MARK ROSSINI, EL FBI Y LA CULPA. El exagente del FBI Mark Rossini, en su restaurante preferido, Club A Steakhouse: "Iré a la tumba convencido de que podría haberse evitado". JAMES RAJOTTE

Después del yoga, justo antes de las nueve, Anne fue a Correos, donde la mujer del mostrador le dijo que un avión acababa de estrellarse contra la torre norte del WTC. “Mi rostro demudado le hizo comprender todo”, dice Anne, “pero… pero… todavía no era más que un avión, y no era la torre sur, en la que trabajaba Stephen”. Cuando volvía de Correos a casa, a las 9.03, se estrelló el segundo avión, y esta vez sí fue en la torre sur. Lo que Anne no sabía en ese momento era que el avión se había empotrado en el edificio entre las plantas 77 y 85, lo cual quería decir que su hijo estaba tres pisos por encima del punto de impacto. Llegó a casa y se encontró en el contestador un mensaje de Stephen que mostraba su confusión: “Acaba de chocarse un edificio contra mi avión”. Pero también decía: “No me va a pasar nada, y a ti tampoco, luego te llamo”.

Pero no volvió a llamar. Sí lo hizo Amy, la hija de Anne, y aquello fue un alivio inmenso. La oficina de Amy estaba al lado del World Trade Center. Había conseguido salir y estaba a salvo; cubierta de polvo y ceniza, a trompicones entre cristales rotos y cemento, pero viva e ilesa. Arrastrada por una corriente de personas que iba hacia el norte, alejándose del escenario del holocausto, había estado examinando los rostros grises en busca de su hermano y gritando una y otra vez a los caminantes estupefactos: “¿Hay alguien que venga del World Trade Center?”. No había nadie. Amy no le mencionó estos detalles a su madre, que simplemente se alegró de saber que estaba viva. Pero que luego le preguntó si había visto a Stephen. La línea quedó muda por un instante. Amy sabía en qué planta del edificio trabajaba Stephen y sabía que su torre había sido la primera en caer. Le dijo a su madre que no sabía dónde estaba Stephen.

“Entonces lo supe. En ese momento lo supe”, dice Anne con lágrimas al recordar el instante más doloroso y desgarrador de su vida. “Amy volvió a quedarse callada y yo solté un grito, un grito horrible, primitivo, gutural. Y seguí gritando y gritando”.

Anne, que no se atrevió a encender el televisor ni un momento en todo el día (ni durante las semanas posteriores), se enteró más tarde de que Stephen había conseguido hablar con su otro hijo, Peter. Stephen le dijo que solo funcionaba el móvil de uno de sus colegas y que lo estaban compartiendo entre 18 de los que trabajaban en su piso para hacer sus últimas llamadas, porque no veían forma de salir de allí, de bajar. “No he salido del edificio… La gente está tirándose por la ventana”, dijo Stephen. “Tienes que irte”, replicó Peter. “Te quiero, hermano”, concluyó Stephen.

‘Guerreros santos’

Khalid al Mindhar y Nawaf al Hazmi, de 25 y 26 años, respectivamente, en el momento de su muerte, también eran como hermanos. Ambos eran saudíes, habían luchado por la causa musulmana en la guerra de Bosnia, se habían entrenado en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán (donde se empleaban camellos para perfeccionar las técnicas de degollar) y habían sido escogidos por su venerado líder, Osama bin Laden, para participar en la acción terrorista más ambiciosa de la organización hasta el momento.

Los dos volaron el 5 de enero de 2000 a Kuala Lumpur, la capital de Malasia, donde mantuvieron lo que los servicios de inteligencia estadounidenses denominaron posteriormente una “cumbre de planificación de Al Qaeda”. Con la ayuda de los servicios secretos malayos, la CIA siguió sus movimientos. La Agencia de Seguridad Nacional (NSA en inglés), el gigantesco mecanismo estadounidense dedicado a practicar escuchas en todo el mundo, llevaba más de un año vigilando un número de teléfono en Yemen al que, según Mark Rossini, llamaba el propio Bin Laden desde Afganistán. El número pertenecía a Muhammad Ali al Hada, suegro de Al Mindhar y actor fundamental en los atentados simultáneos contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998, que causaron 224 muertes. Pat D’Amuro dice que Al Hada tenía otros dos yernos que ya se habían suicidado en sendos atentados terroristas. Después de la reunión de Malasia, la NSA descubrió que tanto Al Mindhar como Al Hazmi tenían el visado de entrada estadounidense en sus pasaportes, emitidos en Yeda (Arabia Saudí). Sus agentes informaron a la CIA de este asombroso detalle.

ANNE MULDERRY Y EL HIJO MUERTO. Él trabajaba en el Word Trade Center. Consiguió llamar por teléfono a su hermano. Se despidió: "No he salido del edificio... la gente está tirándose por la ventana... Te quiero, hermano". JAMES RAJOTTE

“En cuanto se enteraron de que aquellos dos individuos tenían visado para entrar en Estados Unidos, era absolutamente imprescindible que transmitieran esa información al FBI”, dice Mark Rossini, temblando de indignación mientras habla. Porque la CIA, que se mantiene en silencio sobre el caso, deliberadamente no la transmitió al FBI, cuyo terreno de operaciones es EE UU. Rossini, un hombre alto, ágil, con mandíbula de estrella de cine, dirige esa rabia y esa frustración también en parte contra sí mismo. Porque Rossini, que había trabajado en tareas antiterroristas dentro del FBI desde 1996, se había encargado temporalmente de las labores de enlace entre la CIA y el FBI, precisamente en la época de la reunión de Malasia. Aunque había sido un trabajo de enlace con grandes restricciones legales. Había tenido que jurar que no pasaría informaciones de la CIA a sus jefes del FBI salvo que se le diera autorización expresa para hacerlo. Si lo hacía, infringiría la ley.

“Vi las informaciones sobre Malasia y los visados que tenían aquellos individuos y me apresuré a redactar un informe para enviarlo al FBI, a mi amigo y jefe John O’Neill”, cuenta Rossini. “Pero la CIA me impidió que lo transmitiera. Dijeron que no era un caso del FBI. Me quejé a la persona responsable en la CIA, pero la respuesta fue: ‘Es un asunto de la CIA y no puedes decirle nada al FBI’. Me enfurecí, pero no pude hacer nada al respecto”.

¿Por qué no infringió las normas? Esa, dice, es una pregunta que le atormentará toda su vida. En su defensa, alega que solo a posteriori se puede ver lo trascendental que era aquella información, en un momento en que los datos y los rumores sobre las actividades de Al Qaeda inundaban las ondas de los servicios de inteligencia. “Pero ya entonces me di cuenta de que aquello era muy, muy importante y que el FBI debía saberlo. La decisión que tomé, y que siempre lamentaré, fue que no era lo suficientemente importante como para arriesgarme a perder el trabajo, infringir la ley e ir a la cárcel”.

“Un mundo de cenizas y noche”

“Salieron a la calle, mirando hacia atrás, ambas torres en llamas, y no tardaron en oír un fuerte estruendo de derrumbe y vieron humo salir de lo alto de una torre, hinchándose y deshinchándose, metódicamente, de piso en piso, y la torre cayendo, la torre sur hundiéndose en el humo, y de nuevo corrieron”, escribe Don DeLillo en su novela El hombre del salto, que evoca de manera intensamente vívida el 11 de septiembre.

“Ya no era calle, sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta… Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno… El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, arremolinándose en las esquinas, sísmicas oleadas de humo… Llevaba traje y maletín. Tenía cristales en el pelo y en el rostro, cápsulas veteadas de sangre y luz…”.

El mundo que describe DeLillo es un mundo que Hassan Raza vio avanzar hacia él con toda su oscuridad y sus cenizas y que le envolvió y penetró con una épica venganza en las vidas de sus hermanos musulmanes de Little Pakistan, en Brooklyn, donde vivía, para luego volar sobre los mares y alcanzar a los musulmanes de todo el mundo, pero en especial de Irak y Afganistán, desde donde se contagió al auténtico Pakistán en el que había nacido y del que había salido para ir a Estados Unidos a los 40 años, solo un año antes, después de obtener un visado de trabajo con el sistema de lotería de los servicios de inmigración estadounidenses.

“Estaba en casa preparándome para ir a trabajar cuando vi en televisión el primer edificio en llamas y pensé: ‘Esto es una película’. Luego llegó el segundo avión y se estrelló y pensé: ‘Esto no es una película”, dice Hassan. Pero su puesto de trabajo como administrativo en un hospital de Nueva York era importante para él, así que corrió a coger el metro, que se detuvo justo antes del puente de Brooklyn. Salió y miró a través del East River, hacia la parte sur de Manhattan, y vio una gran nube de humo negro y blanco que se arremolinaba hacia arriba y llenaba el cielo. “¡Dios mío! ¿Dónde está el World Trade Center?”. Y vio que sobre el río había otro río que lo cruzaba, una marea de gente que volvía a casa, a Brooklyn, o que sencillamente huía de Manhattan, donde quién sabía en qué lugar iba a ocurrir el siguiente atentado. “Miles y miles de personas cubiertas de polvo y suciedad, sangrando por la nariz, algunos corrían hacia donde estaba yo, algunos se detenían y se abrazaban, algunos lloraban, algunos estaban atontados y estupefactos”.

Hassan no pudo ir a trabajar aquel día, pero cuando apareció al día siguiente, y durante las semanas posteriores, ninguno de sus colegas le dirigía la palabra. Al final perdió el empleo, pero tuvo suerte: muchos musulmanes de su barrio perdieron la libertad en los días y meses que siguieron. “Comenzó la caza al musulmán. El organismo de inmigración, la policía y el FBI invadieron Little Pakistan, irrumpieron en las casas a mitad de la noche, se llevaron a cientos de personas esposadas. Algunos trataban de esconderse, muchos dejaron Nueva York y huyeron a Canadá. En muchos casos detenían al padre y dejaban a la madre, que no sabía inglés y no tenía trabajo, obligada a arreglárselas por sí sola”.

Hassan volvió al trabajo que tenía antes de salir de Pakistán, asistente social, en este caso con una ONG creada en Nueva York para ayudar a los musulmanes de su comunidad a afrontar la reacción causada por el 11-S. De los muchos centenares de personas a las que intentó ayudar, un hombre le llamó la atención especialmente. Abdul Qayyum, que sobrevivía como vendedor de helados callejero, fue detenido en una mezquita dos meses después de los atentados y estuvo preso sin cargos durante siete meses, dos semanas en prisión incomunicado. Un abogado se enteró del caso y la organización de Hassan reunió los 5.000 dólares de fianza para sacarlo. “Salió con la cabeza mal, murmurando cosas sin sentido gran parte del tiempo, rechazando las sugerencias que le hacíamos de que volviera a Pakistán. No tenía familia ni perspectiva de trabajo y vivía en la calle. Nos daba lástima a todos. Estaba siempre sucio, pero engordó gracias a la caridad de la gente y se convirtió en una figura conocida, triste y patética en Coney Island Avenue. Era evidente que no había hecho nada malo porque, si no, le habrían deportado. Murió solo, creemos que por tensión alta y diabetes. Tenía alrededor de 55 años. Así acabó el sueño americano para él”.

La pesadilla americana

En el metro. Tras los atentados, algunos reaccionaron refugiándose en el silencio, otros optaron por vivir al día. "Muchos residentes en la ciudad se dieron a la bebida y la promiscuidad, como si creyeran que el fin del mundo estaba cerca". En las fotografía, escena cotidiana en el metro. JAMES RAJOTTE

Al Mindhar y Al Hazmi entraron en Estados Unidos por el aeropuerto de Los Ángeles el 15 de enero de 2000, con tanta facilidad como cualquier otro turista. Según el informe oficial de la comisión del 11-S, un exhaustivo documento de 567 páginas que se entregó al presidente y al Congreso, “ni Hazmi ni Mindhar estaban en las listas de pasajeros sospechosos que tenían los inspectores de fronteras. Pero se sabía ya que Mindhar era un agente de Al Qaeda, y los servicios de inteligencia tenían una copia de su pasaporte”.

Su objetivo inmediato era aprender inglés y a pilotar aviones. No consiguieron ninguna de las dos cosas, por lo que la tarea que se les había asignado en el plan cambió de pilotar los aviones a encargarse de la fuerza bruta en el secuestro: en concreto, a cortar cuellos empleando, según se descubriría después, cúteres y cuchillos. Al Mindhar regresó a Arabia Saudí en el verano de 2000 y volvió el 4 de julio de 2001, el Día de la Independencia estadounidense, a través del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, donde tampoco nadie puso en duda su derecho a entrar en el país. Se reunió con Al Hazmi y el resto de los secuestradores en Paterson (Nueva Jersey).

El 11 de septiembre se apoderaron del vuelo 77 de American Airlines y lanzaron el Boeing 757 contra el Pentágono, matando a los 64 pasajeros que iban a bordo y a 125 personas que se encontraban en el edificio. (El cuarto avión no alcanzó su objetivo, que se cree que era la Casa Blanca o el Capitolio de Washington, sino que se estrelló en un campo de Pensilvania, y también causó la muerte de todos los que iban a bordo).

“El informe oficial de la comisión del 11?S fue un relato histórico muy bien elaborado y escrito y que recibió muchos elogios”, dice Mark Rossini, “pero no abordaba por qué ocurrió ni destacaba suficientemente lo importante que había sido la información que la CIA no dio al FBI sobre la reunión de Malasia, así que no vale una mierda”. Pat D’Amuro, menos directo, reconoce que el informe sí mencionaba ese fallo concreto de comunicación, pero solo de pasada. “La comisión no dio a ese error la atención que debería haberle prestado”.

¿Qué habría sucedido si el FBI lo hubiera sabido? Mark Chidichimo dice: “Los habríamos vigilado muy de cerca, habríamos conseguido que su hotel nos dijera a quién llamaban y con quién se reunían, les habríamos hecho pasar un doble filtro de seguridad en los aeropuertos y habríamos encontrado los cúteres y los cuchillos. Cuando el FBI centra su atención en algo, es magnífico”. Pat D’Amuro no tiene la menor duda de que el FBI habría obtenido enseguida la autorización del Departamento de Justicia para plantar escuchas en los teléfonos de Al Mindhar y Al Hazmi. Rossini, que colaboró estrechamente con varios servicios de inteligencia internacionales, dice que John O’Neill habría enviado de inmediato un equipo a Malasia y habría acosado a los socios en el extranjero del FBI para que le dieran información. “John O’Neill habría peinado el mundo entero y, por supuesto, habríamos vigilado cada paso que esos individuos dieran dentro de Estados Unidos. ¡Puede imaginarse cuántas alarmas habrían saltado si hubiéramos descubierto que estaban tomando clases de vuelo! Pero a John le ocultaron cosas. Dirigía la lucha contra Al Qaeda y Bin Laden, no había nadie en toda la Administración estadounidense que supiera tanto de ellos ni estuviera tan obsesionado como él por la amenaza que representaban y, sin embargo, lo mantuvieron a ciegas de forma deliberada”.

¿Por qué? D’Amuro cree que, en parte, fue una cuestión de costumbre institucional. “La CIA y la NSA nunca quieren que sus informaciones salgan a la luz en una investigación criminal, que es el terreno en el que se mueve el FBI. Y en este caso estaba la coincidencia entre la reunión de Malasia y los atentados contra las embajadas en África oriental que estábamos rastreando y persiguiendo judicialmente en aquel entonces”.

En opinión de Rossini, entre los agentes del FBI que fueron a África a investigar las bombas de las embajadas, el problema era totalmente personal. “La CIA odiaba a John O’Neill y al FBI, y sus jefes prefirieron poner sus memeces personales por encima de los intereses nacionales. Les desagradaba John porque era carismático, porque llevaba trajes negros de diseño, porque bebía y le gustaban las mujeres y porque sabían que trabajaba más que nadie y obtenía mejores resultados que todos ellos juntos. Y yo también les caía mal porque era amigo de John y también llevaba trajes de diseño y me gustaba la buena vida. Esa es la razón de que no nos pasaran las informaciones y esa es también la razón de fondo por la que John terminase por dejar el FBI”.

Chidichimo y D’Amuro están de acuerdo en que O’Neill era “un personaje desmesurado”, con una mente brillante, increíblemente entregado -“obsesionado a todas horas del día y de la noche”, dice D’Amuro- a la tarea de perseguir a Al Qaeda. “John comprendió antes que nadie que Al Qaeda era una grave amenaza y que Bin Laden iba a ser un problema inmenso. Era una de las personas más inteligentes que he conocido”, dice Chidichimo, a su vez un analista brillante de los servicios de inteligencia del FBI. “John era un tipo difícil para trabajar con él, pero casi siempre tenía razón. Me enseñó antiterrorismo”, asegura D’Amuro, que tras el 11?S fue el hombre del FBI encargado de informar al presidente y al ministro de Justicia sobre la investigación que había dirigido.

¿Pero cree que pudo haber factores personales en la decisión de no pasarle la información sobre Malasia? “Cuando trataba con otros organismos, era como un elefante en una cacharrería”, responde D’Amuro. “Yo se lo decía mucho. Le decía que se relajara. Pero le era imposible. Era su estilo”. Entonces ¿es posible que esos choques de personalidades y que la tendencia de O’Neill a caer mal a la gente influyeran en las relaciones entre la CIA y el FBI y contribuyeran a que no le transmitiesen una información importante? D’Amuro, un hombre más juicioso que su antiguo jefe, más precavido que Mark Rossini en su utilización del lenguaje, hace una pausa antes de contestar. “Sí,” dice. “Podría ser”.

Los muertos desaparecidos

La novela de Don DeLillo muestra a un grupo de niños neoyorquinos que durante varias semanas después de los atentados miran el cielo por la ventana, en busca de aviones y de un hombre al que llaman Bill Lawton, el nombre que dan, por confusión o por eufemismo, a Bin Laden. No hay niños que tuvieran una experiencia más íntima de los sucesos del 11 de septiembre que los 600 escolares de entre 4 y 11 años que estaban en la escuela primaria PS 234, a 250 metros al norte del World Trade Center. Anna Switzer, la directora del centro, aún recuerda con horror aquella mañana y todavía se sobresalta cuando oye un avión o una alarma que suena.

“Hacía un día absolutamente maravilloso y estábamos en el patio. Era el primer día de curso para el jardín de infancia y yo me había quedado hablando con algunos padres cuando oímos un avión que volaba bajo. Pensé: ¿por qué vuela tan bajo? Y entonces lo vimos estrellarse contra la primera torre, entrar como con un corte suave y discreto en el costado del edificio”.

Llegó el choque del segundo avión y las dos torres se incendiaron, y mucha gente -al menos 200 personas al final- empezó a saltar por las ventanas. Los niños tuvieron una perspectiva de todo ello más cercana y horrible que lo que cualquiera pudo ver por televisión. Los maestros metieron a los niños en el interior del colegio, siguiendo órdenes que les habían dado por teléfono en pleno pánico las autoridades educativas de la ciudad, y cerraron las persianas de las aulas. Pero Anna Switzer prefirió ignorar la orden y sacar a los niños del colegio. De la mano, acompañados por los profesores, se unieron a la procesión fantasmal que avanzaba hacia el norte, lejos del humo y los olores a materiales de construcción y carne quemada -“Buchenwald con sustancias químicas”, lo llamó un neoyorquino- que persistiría en Manhattan durante muchos días.

Bajo los puentes de Queens. JAMES RAJOTTE

Los niños se quedaron sin aulas, sin poder regresar a su edificio durante cinco meses, y todos se sometieron después a pruebas psicológicas. “Algunos querían hablar todo el tiempo de lo que había pasado; otros no volvieron a decir una palabra de aquello. Pero afloró a la superficie durante semanas y meses, en sus redacciones y sus dibujos”.

En toda la ciudad, agravando el sentimiento de pena y desesperación que los adultos no lograban dejar de transmitir a los niños, aparecieron carteles improvisados con las fotografías de personas desaparecidas, a medida que sus familiares clamaban y se aferraban a creer lo -en casi todos los casos- increíble: que sus seres amados que habían estado en el World Trade Center entre las 8.46 y 9.02, el momento en el que chocó el segundo avión, podían estar todavía vivos en algún sitio al día siguiente, dos, tres, cuatro días después.

La sensación general era que aquello no era más que el principio, que Estados Unidos estaba “siendo atacado” y “en guerra”, como dijeron los dirigentes políticos; que el terrorismo iba a ser el pan de cada día para los neoyorquinos y para todos los estadounidenses. Algunos reaccionaron, como parte de los alumnos de Anna Switzer, refugiándose en una lúgubre introspección; otros se dejaron llevar por el espíritu de “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Muchos residentes en la ciudad se dieron a la bebida y la promiscuidad, como si creyeran que el fin del mundo estaba cerca. La herida más profunda y extendida fue la que sufrió la vieja y querida creencia de que dentro de Estados Unidos estaban a salvo de los horrores que acosaban al resto de los habitantes del mundo. Aparte del ataque japonés contra Pearl Harbour (Hawai), en 1941, este era el primer ataque de enemigos extranjeros en el “suelo patrio” estadounidense. La población sufrió un aturdimiento cósmico. Habían derribado los muros de su jardín americano; se sentían perplejos, violados, indignados. Y con un deseo nacional de venganza.

El Gobierno, aprovechando el clima popular, lanzó, en primer lugar, una guerra total en Afganistán, el refugio de Al Qaeda, y luego otra en Irak. “Yo soy una vieja progresista”, dice Anna Switzer, “y en aquel momento pensé que era una buena idea ir a Afganistán. Ahora, por supuesto, no. En cuanto a Irak, sabíamos que era inevitable, pero también que era una aberración”.

John O’Neill

Como en una de esos miles de películas de Hollywood, O’Neill era el clásico héroe policiaco atrevido, brillante y atractivo, frustrado por lo que Rossini llama unos hombres “grises, institucionales, de los que se guían por el manual”. O’Neill tuvo choques personales con ellos, pero también les proporcionaba munición con su carácter independiente y descarado. Se saltaba las reglas. En una ocasión, cuando se le estropeó el coche, cogió prestado uno del FBI para llevar a una novia a su casa. Un acto inocuo, pero suficiente para que le dieran una reprimenda y una advertencia. Tuvo varios incidentes de ese tipo, pero el más serio fue uno en el que O’Neill perdió sin darse cuenta, aunque solo de forma temporal y sin que nadie tuviera ocasión de leerlo, un expediente importante del FBI. Estaba en marcha una investigación interna cuando, en julio de 2001, O’Neill y Rossini fueron a España a reunirse con la Guardia Civil y tomarse unos días de vacaciones.

“Estábamos tomando un café una mañana en un chalet de Marbella propiedad de un amigo cuando vi en mi ordenador una información de The New York Times que hacía referencia a John. Alguien, algún enemigo que tenía en alguna parte, había contado la historia del expediente desaparecido al periódico. Imprimí la noticia, John la leyó y le cambió el rostro. Se calló y empezó a decir una y otra vez: ‘¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué?’. Yo no podía creérmelo. El mejor hombre que tenía Estados Unidos en la lucha contra Al Qaeda y le hacen eso. John permaneció callado casi todo el día, reflexionando, y a la mañana siguiente anunció su decisión. ‘Kiss my ass, man! Kiss my ass!’, gritó. [La traducción mas fiel al español sería: ‘A tomar por culo, tío’]. Es lo que decimos en el FBI cuando estamos hartos, cuando ya no podemos más. ‘Se acabó’, dijo. ‘Estoy libre. No necesito más comentarios de esos mandados sobre mis trajes’. Adoraba el FBI. Lo llevaba en la sangre. Le encantaba el poder que le daba para hacer el bien. Y era un agente muy valioso para el país. Pero los peones envidiosos consiguieron echarlo”.

Permaneció en su puesto del FBI hasta finales de agosto y asumió su nuevo cargo de jefe de seguridad del World Trade Center el 9 de septiembre. Al día siguiente de su dimisión, en un gesto de esplendidez típico de él, invitó a un viejo amigo de un servicio secreto europeo a cenar en un restaurante pijo de Nueva York al que le gustaba ir. Cuando el dueño se negó a cobrarle la cena, dejó a los camareros una propina de 200 dólares.

Las torres del World Trade Center tardaron segundos en derrumbarse y borrar su huella de la silueta de Nueva York. Sin embargo, Mark Rossini pensó durante un tiempo que O’Neill había sobrevivido. Al enterarse del atentado en la radio del coche cuando iba a trabajar al cuartel general de la CIA en Langley (Virginia), llamó a la oficina neoyorquina del FBI, donde le contaron que O’Neill había llamado para decir que había salido del edificio. “Llamé a los numerosos amigos de John en todo el mundo para asegurarles que estaba bien. Pero luego la noticia cambió. Lo encontraron entre los escombros, decapitado; le identificaron por el traje y por el anillo de graduación de la universidad”. A Rossini se le llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. “Murió como un héroe. Murió tomando las riendas de la situación, como había hecho siempre. ‘Yo soy el jefe. Yo soy el que manda’. Había una crisis y él tenía que solucionarla. Así que volvió a entrar”.

La única suerte que tuvo, a título póstumo, fue que pudieron identificar su cuerpo. A día de hoy, no se han encontrado huellas más que de 1.100 víctimas. Los restos de Stephen Mulderry aparecieron el 9 de noviembre, dos meses después de su muerte. Ocurrió algo parecido con todos los fallecidos que fue posible identificar.

Equipos enteros registraban los escombros en busca de fragmentos humanos que enviaban a un centro médico en el que se realizaban pruebas de ADN. Muchos familiares recibieron una macabra llamada tras otra, durante meses, para decirles que habían encontrado una mano, un dedo, un trozo de músculo, una mecha de cabello. En el caso de Stephen Mulderry, lo primero fue parte de su mandíbula, otro fragmento de hueso y un poco de tejido blando. “En el funeral pusimos sus pequeños restos en un ataúd para bebés y lo enterramos”, dice Anne, su madre. Durante los dos años siguientes aparecieron más fragmentos, y al final reunieron un trozo de hueso de cada uno de sus ágiles miembros de baloncestista, los incineraron y esparcieron las cenizas sobre un lago en las montañas del Estado de Nueva York.

El entierro de John O’Neill se llevó a cabo el 28 de septiembre de 2001. Fue una ceremonia a la que asistieron más de mil personas, con acompañamiento de gaitas irlandesas y en presencia de los máximos jefes de todos los cuerpos de las fuerzas del orden en el Estado de Nueva York, y varios invitados especiales de Washington.

En el funeral se leyó una carta que había escrito a su nieto, nacido dos meses antes, en la que le decía que recordase siempre que había nacido en el mejor país del mundo y que debía siempre ser un patriota. Junto a su tumba lloraban cuatro mujeres -una de ellas, la esposa de la que estaba separado- que hasta ese momento no habían sabido que las otras existían ni cuál había sido su respectiva importancia en la vida de O’Neill. Quizá nunca se habrían enterado, John O’Neill nunca habría dejado el FBI, el World Trade Center estaría todavía en pie, el mundo sería distinto, si no hubiera sido por los eternos defectos humanos de la envidia, el orgullo, la mezquindad y la vanidad de las que tantas veces derivan los grandes errores y las tragedias de la humanidad. Y que, junto con la inercia burocrática, indicada en el informe oficial de la comisión del 11-S, fueron la razón fundamental de que no se impidiera la catástrofe.

“Me arrepiento cada día de no haber infringido las reglas y haber dicho a John o a cualquier persona del FBI lo de la reunión en Malasia. No hay vuelta de hoja”, dice Mark Rossini. “La cabeza no deja de darme vueltas preguntándose ‘¿por qué?’ y ‘¿qué habría pasado si…?’, sabiendo que John habría volcado las fuerzas del FBI en descubrir todo sobre la reunión de Malasia. Se habrían evitado los atentados del 11-S. Estoy convencido”. Hoy las reglas han cambiado. La Patriot Act (Ley Patriótica) aprobada por el Congreso tras el 11-S hace que sea imposible que una información de tanta importancia nacional permanezca dentro de la jurisdicción de un solo organismo. Hoy no habría podido quedarse en manos de la CIA; la habrían tenido que compartir.

“Lo más difícil de aceptar es que, si se hubieran aplicado entonces esas normas, si en enero de 2000 hubieran informado al FBI, todos los servicios de inteligencia, colaborando, habríamos podido enterarnos de muchas cosas de los secuestradores y sus jefes”, dice Rossini. “El simple y deliberado hecho de decir ‘no’ por los prejuicios personales y los delirios de autoridad y jurisdicción de unas personas concretas causó el atentado terrorista más catastrófico jamás cometido en territorio estadounidense”.

John Carlin: Las raíces del desastre, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011

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