¿Qué es la no-violencia?

Mohandas Gandhi, marzo de 1922

Debo tal vez explicar a la opinión pública de la India y también a la de Inglaterra, a la cual este proceso tiene por fin dar satisfacción, por qué de súbdito leal y ferviente cooperador me he convertido en descontento e intransigente no-cooperador. Debería explicar igualmente al Tribunal por qué me reconozco culpable de haber estimulado la sedición de un Gobierno establecido en la India por la Ley.

Mi actividad pública empezó en África del Sur, en 1893, en un momento crítico. Las primeras relaciones que tuve con las autoridades británicas de este país no tuvieron nada de agradables. Descubrí que no tenía ningún derecho como hombre y como indio; o, más exactamente, descubrí que no tenía ningún derecho porque era indio.

Esto me desanimó. Me dije que esta manera de tratar a los indios era una excrecencia de un sistema de gobierno intrínsecamente bueno. Le brindé, pues, mi cooperación leal y voluntaria, criticándolo sin irritación cuando consideraba que se equivocaba, pero sin desear jamás su destrucción.

Por eso, cuando en 1899 la existencia del Imperio fue amenazada por la guerra de los boers, ofrecí mis servicios, formé un cuerpo de camilleros voluntarios y cooperé en varios reclutamientos que tuvieron lugar para salvar Ladysmith. En 1906, en la época de la sublevación de los zulús, formé un cuerpo de enfermeros y serví hasta el fin de la revuelta. Me condecoraron en ambas ocasiones y fui citado en el orden del día. Por mis servicios en África del Sur, Lord Harding me remitió la medalla de oro Kaiser-Hind. Cuando en 1914 estalló la guerra entre Inglaterra y Alemania, formé un cuerpo de camilleros de ambulancia voluntarios, compuesto por indios que se encontraban en Londres, estudiantes la mayor parte. Su utilidad fue reconocida por las autoridades. En fin, cuando en 1918, en la Conferencia de la guerra que tuvo lugar en Delhi, Lord Chelmsford hizo un apremiante llamamiento a la juventud para lograr su alistamiento, me apresuré con tanto entusiasmo a organizar un cuerpo sanitario en Khedda que comprometí seriamente mi salud.

En todos estos esfuerzos me movía la convicción de que dichos servicios me permitirían obtener para mis compatriotas una plena igualdad legal en el Imperio.

El primer desengaño llegó bajo la forma del Acta Rowlatt, encaminada a robar al pueblo su verdadera libertad. Comprendí que necesitaba luchar vigorosamente contra esta ley. Después vinieron los horrores del Punjab, que empezaron por la matanza de Jallianwala Bahg y llegaron a su punto culminante cuando se dio la orden de hacer arrastrar a las gentes por el suelo, azotarlos públicamente y otras humillaciones indescriptibles; sospeché que la promesa hecha por el primer ministro a los musulmanes de la India, respecto a la integridad de Turquía y de los santos lugares del Islam, no sería cumplida. Y a pesar de esos presagios, a pesar de los consejos de mis amigos que me habían puesto en guardia en el Congreso de Amritsar de 1919, sostuve la cooperación y la aplicación de las reformas Montague-Chelmsford, porque todavía esperaba que el primer ministro mantendría sus promesas a los musulmanes, que se curarían las heridas del Punjab, y que las reformas, por poco adecuadas y satisfactorias que fuesen, serían el comienzo de una era de esperanza para la India.

Pero toda la esperanza que había alimentado se desplomó; la promesa hecha al Califato no fue mantenida, el crimen cometido en el Punjab fue disculpado y la mayor parte de los culpables no solamente no fueron castigados, sino que continuaron cobrando de las arcas de la India; algunos incluso fueron ascendiendo. Me di cuenta igualmente de que las reformas no indicaban el principio de una transformación de los sentimientos del Gobierno hacia nosotros, sino un método para debilitar a la India, tomarle todas sus riquezas y prolongar su servidumbre.

A pesar mío, llegué a la conclusión de que nuestra asociación con Gran Bretaña había convertido a la India en más importante que nunca política y económicamente. Una India desarmada no puede defenderse contra un agresor aunque quisiera batirse con él. Nos encontramos en una situación tal que algunos de nuestros hombres más capaces consideran que harán falta varias generaciones hasta que la India pueda vertirse en un Dominio. El país ha llegado a tal extremo que apenas puede resistir el hambre. Antes de la venida de los ingleses, la India tejía e hilaba lo suficiente para que sus millones de parados pudieran añadir a los débiles recursos de la agricultura un mínimo vital. Esta industria casera, tan importante para la existencia de la India, ha sido arruinada por procedimientos inhumanos y crueles, descritos por ingleses que han sido sus testigos. Los habitantes de las ciudades apenas saben cómo las masas de la India, medio muertas de hambre, van sucumbiendo lentamente de inanición, apenas saben que su despreciable confort proviene de las comisiones que reciben del explotador extranjero y que estas comisiones y estos beneficios han sido arrancados a las masas. No se dan cuenta de que el Gobierno establecido por la Ley en la India sólo existe para explotar a la masa. Ningún sofisma, ningún malabarismo con las cifras puede ocultar el evidente testimonio de los esqueletos que se ven en gran número de aldeas. No dudo de que tanto Inglaterra como los habitantes de las ciudades de la India, si existe un Dios por encima de nosotros, tendrán que responder ante Él por este crimen contra la humanidad que no tiene igual en la historia. También la Ley de ese país es puesta al servicio del explotador extranjero. Mi estudio imparcial de los procesos juzgados por la ley marcial del Punjab me ha convencido de que el noventa y cinco por ciento de las condenas fueron injustas; la experiencia que tengo de los procesos políticos me ha conducido a esta conclusión: nueve sobre diez de los hombres condenados eran absolutamente inocentes Su crimen consistía en amar a su país. De cada cien casos que se presentan a los Tribunales de la India, en noventa y nueve de ellos no se hace justicia a los indios sino a los ingleses. No exagero. Es la experiencia de cada indio que haya tenido alguna relación con este tipo de causas. A mi juicio, la administración de la Ley, consciente o inconscientemente, se ha prostituido al servicio del explotador. […]

En mi opinión, la no-cooperación con el mal es un deber tan evidente como la cooperación con el bien […]. Yo he querido mostrar a mis compatriotas que la cooperación violenta no hacía más que aumentar el mal, y dado que el mal solo se mantiene por violencia, era necesario, si no queríamos fomentar el mal, abstenernos de toda violencia. La no-violencia pide el sometimiento voluntario a la pena en que se incurra por no haber cooperado con el mal

Declaración de M. Gandhi en “El gran proceso” celebrado en 1922 por los artículos escritos en 1921 en la revista Joven India […]

Anuncios

#gandhi, #india