Las consecuencias económicas de la paz

Caricatura de John Maynard Keynes (1883-1946)

«Llegue, por tanto, a la conclusión final de que, admitiendo todos los procedimientos de pago, riqueza inmediatamente transferible, propiedades cedidas y tributo anual, 2.000 millones de libras es la cifra máxima exacta de la capacidad de Alemania para pagar.

La oferta, tal y como se ha hecho, no parece que tenga en cuenta el problema de la capacidad de Alemania para pagar […]. Si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austriacos, húngaros y los demás son hijos de del demonio; si deseamos que, año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos, entonces rechacemos todas las proposiciones generosas, y particularmente las que puedan ayudar a Alemania a recuperar una parte de su antigua prosperidad material. […].

Si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el Cielo nos salve a todos¡ Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará. […]. Si las negociaciones prometidas se llevan realmente por estos caminos, no es probable que sen fructíferas. No será mucho más fácil llegar a una cifra convenida antes de fines de 1919 que lo eran en el momento de la Conferencia […].

La política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable, aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros, aunque no sembrara la decadencia de toda la vida civilizada de Europa. Algunos la predican en nombre de la justicia. En los grandes acontecimientos de la historia del hombre, en el desarrollo del destino complejo de las naciones, la justicia no es tan elemental. Y si lo fuera, las naciones no están autorizadas por la religión ni por la moral natural a castigar en los hijos de sus enemigos los crímenes de sus padres o de sus jefes […].

El Tratado no incluye ninguna disposición para lograr la rehabilitación económica de Europa; nada para colocar a los Imperios centrales, derrotados, entre buenos vecinos; nada para dar estabilidad a los nuevos Estados de Europa; nada para levantar a Rusia, ni promueve en forma alguna la solidaridad económica estrecha entre los mismos aliados. En París no se logró ningún arreglo para restaurar la desorganizada Hacienda de Francia e Italia, ni para concordar los sistemas del Viejo y el Nuevo Mundo.[…]

Los caracteres que expresan la situación inmediata se pueden agrupar bajo tres epígrafes: 1º. El hundimiento absoluto para el porvenir de la productividad interior de Europa; 2º. La ruina del transporte y del cambio que servían para enviar los productos cuándo y dónde más se necesitaban; 3º. La incapacidad de Europa para adquirir sus provisiones de Ultramar.

[…] Es un hecho sorprendente que, teniendo el problema económico fundamental de una Europa hambrienta y deshecha ante sus ojos, fuera ésta la única cuestión sobre la cual fue imposible despertar el interés de los Cuatro. Las reparaciones eran una única incursión en el campo económico, y la resolvieron como un problema de teología, de política, de táctica electoral, desde todos los puntos de vista, excepto el del porvenir económico de los Estados cuyos destinos tenían en sus manos […].

Europa es el núcleo más denso de población conocido en la historia del mundo. Esta población está acostumbrada a un tipo de vida relativamente elevado, que aún hoy muchos de sus elementos esperan mejorar y no empeorar. Comparada con otros continentes, Europa no se basta a sí misma; especialmente, no puede alimentarse a sí misma. La población no está distribuida con igualdad, sino que gran parte de ella está acumulada en un número relativamente pequeño de centros industriales muy densos. Esta población había asegurado su propia vida antes de la guerra, sin gran margen de excedente, mediante una organización delicada e inmensamente complicada, cuyas bases eran el carbón, el hierro, los transportes y una provisión ininterrumpida de alimentos y materias primas importados de otros continentes. La destrucción de esta organización y la interrupción de la corriente de aprovisionamientos privan a una parte de esta población de sus medios de vida.

[…] Todas estas influencias se combinan no sólo para impedir a Europa que inicie inmediatamente una corriente de exportaciones lo bastante grande para pagar las mercancías que necesita importar, sino para quitarle el crédito necesario para obtener el capital requerido para el restablecimiento del cambio, apartando también las fuerzas de la ley económica aún más de su equilibrio en lugar de acercarlas a él, favoreciendo la continuación de las circunstancias presentes, en lugar de curarse de ellas. Estamos ante una Europa improductiva, sin trabajo y desorganizada, desorganizada por querellas intestinas y por el odio internacional, luchando, muriéndose de hambre, robando y mintiendo.»

John M. Keynes, Las consecuencias económicas de la paz, 1919

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