El concepto de libertad en Constand

Henri-Benjamin Constant de Rebecque (Lausana, 25 de octubre de 1767 - 8 de diciembre de 1830)

“Preguntaos primero, señores, lo que en nuestros días un inglés, un francés, un habitante de los Estados Unidos de América entienden por la palabra libertad.

Para todos es el derecho de no estar sometido sino a las leyes, de no poder ser arrestado, detenido o muerto, ni maltratado de ninguna manera por el efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos. Es para todos el derecho de decir su opinión, de escoger un oficio y ejercerlo; de ejercer su propiedad y, aun, de abusar de ella; de ir y venir sin necesidad de obtener permiso y sin rendir cuenta de los motivos de sus pasos. Es para todos el derecho de reunirse con otros individuos, sea para concretar sobre sus intereses, sea simplemente para llenar sus días y sus horas de una manera más conforme a sus inclinaciones, a sus fantasías. En fin, es el derecho, para todos, de influir sobre la administración del gobierno, sea para la nominación de todos o de ciertos funcionarios sea para las representaciones, las peticiones, las demandas que la autoridad está más o menos obligada de tomar en consideración. Comparad ahora esta libertad a la de los antiguos.

Esta consistía en ejercer colectiva, pero directamente las diferentes partes de toda la sobería, a deliberar en la plaza pública sobre la guerra o la paz, a concluir sentencias, a examinar las cuentas la gestión de los magistrados, a hacerlos comparecer ante todo el pueblo a condenarlos o absolverlos; pero al mismo tiempo que era esto lo que los antiguos llamaban libertad, admitían como compatible con esta libertad colectiva, el sometimiento completo del individuo a la autoridad del conjunto. Vosotros no encontraréis en ellos casi ninguno de los disfrutes que acabamos de ver hacen parte de la libertad de los modernos. Todas las acciones privadas están sometidas auna vigilancia severa. Nada está concedida a la independencia individual, ni bajo la relación de las opiniones, ni bajo la de la industria, -ni sobre todo la de la religión-. La facultad de escoger un culto, facultad que vemos como uno de nuestros derechos más preciosos, habría parecido a los antiguos un crimen y un sacrilegio. En las cosas más fútiles, la autoridad del campo social se interpone y entorpece la voluntad de los individuos. Terpandre (poeta lírico del siglo VIII a. C., que añadió tres cuerdas la lira griega que constaba entonces de cuatro) no puedo entre los espartanos agregar una cuerda a su lira qin que los éforos se ofendieses. En las relaciones domésticas la autoridad interviene también. El joven Lacedemonio no pudo visitar a su joven esposa. En Roma, los censores llevan sus escrutadores ojos al interior de las familias. Las Leyes regulan las costumbres, y las costumbres lo gobiernan todo. No hay nada que no regulen las leyes.

Así entre los antiguos, el individuo, soberano casi habitual en los asuntos públicos, es esclavo en todas sus relaciones privadas. Como ciudadano decide la paz y la guerra, como particular está circunscrito, observado, reprimido en todos sus movimientos; como parte del cuerpo colectivo, interroga, destituye, juzga, despoja, destierra, condena a muerte a magistrados o superiores, sometido al cuerpo colectivo puede a su vez ser privado de su status, despojado de sus dignidades, desterrado o muerto, por la voluntad discrecional del conjunto del que hace parte. Entre los modernos, al contrario, el individuo en la vida privada no es, aun en los Estados más libres, sobrerano sino en apariencia. Su soberanía está restringida, casi siempre suspendida y, si, en épocas fijas, aunque escasas, durante las cuales está envuelto en precauciones y trabas, él ejerce esta soberanía, no es nunca sino para abdicar de la misma.”

Benjamin Constand, Discurso en el Ateneo Real, 1819

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