La teoría del valor, según Adam Smith

Caricatura de Adma Smith

«Cada individuo intenta encontrar el medio más idóneo para invertir el capital del que dispone. Ciertamente, sólo piensa en los propios beneficios, pero normalmente estos negocios comportan mejoras sociales que el individuo no había previsto; así es conducido como por una mano invisible hacia un fin –el bien público- que no tenía en su intención inicial.

El Estado sólo debe ocuparse, de tres obligaciones principales: proteger a sus ciudadanos de la violencia y de la invasión de otro país; proteger a sus ciudadanos de la violencia o injusticia por parte de otros ciudadanos y crear ciertas obras y establecimientos públicos que los particulares no llegan a satisfacer.

Debe notarse que la palabra valor tiene dos diferentes significados; a veces expresa la utilidad de un objeto particular, y a veces el poder de adquirir otros bienes, el cual acompaña la posesión de ese objeto. A uno puede llamársele ‘valor de uso’; al otro, ‘valor de cambio’. Muchas cosa que tiene más valor que utilidad suelen tener menos valor de cambio; y, por el contrario, hay cosas con mucho valor de camb io que tienen poca utilidad. No hay una cosa más útil que el agua, y apenas con ella se puede comprar otra ocas; por el contrario, un diamante apenas tiene valor intrínseco de utilidad, y por lo común pueden obtenerse con él mucho bienes de gran valor.

Todo hombre es rico o pobre según el grado en que puede gozar por sí de las cosas necesarias, útiles y deleitables para la vida humana; y una vez introducida en el mundo la división de trabajo es muy pequeña parte la que de ellas puede obtener con sólo el trabajo propio. La mayor porción incomparablemente tiene que granjearla y suplirla del trabajo ajeno, por lo cual será rico o pobre a medida de la cantidad de trabajo ajeno que él pueda tener a su disposición o adquirir de otro, y, por lo mismo, el valor de una mercadería con respecto a la persona que lo posee, y que no ha de usarla o no puede consumirla, sino cambiarla por otras mercaderías, es igual a la cantidad de trabajo ajeno que con ella quede habilitado a granjear. El trabajo, pues, es la medida o mesura real del valor permutable de toda mercadería.

El precio real de cualquiera cosa, lo que realmente cuesta al hombre que ha de adquirirla, es la fatiga y el trabajo de su adquisición. Lo que vale realmente para el que la tiene ya adquirida y ha de disponer de ella o ha de cambiar por otra, es la fatiga y el trabajo de que a él le ahorra y cuesta a otro. Lo que se compra por dinero o granjea por medio de otros bienes, se adquiere con el trabajo lo mismo que lo que adquirimos con la fatiga de nuestro cuerpo. El dinero o estos otros bienes nos excusan de aquel trabajo, pero contienen en sí cierta cantidad de él que nosotros permutamos por otras mercaderías que se suponen tener también el valor de otra igual cantidad. El trabajo, pues, fue el precio primitivo, la moneda original adquiriente que se pagó en el mundo por todas las cosas permutables. No con el oro, no con la plata, sino con el trabajo, se compró originalmente en el mundo todo género de riqueza, y su valor para los que la poseen y tienen que permutarla continuamente por nuevas producciones es precisamente igual a la cantidad de trabajo que con ella pueden adquirir de otro.

La riqueza, como dice Mr. Hobbes, es cierta especie de poder; pero el que o adquiere o hereda un opulento patrimonio, o un caudal considerable, no necesariamente adquiere o hereda un poderío político, o una potestad civil ni militar: su riqueza podrá ofrecerle medios para adquirir todo esto, pero la mera posesión de ella no trae consigo precisamente aquel gran poderío o potestad de preferencia; lo que trae inmediata y directamente es un poder grande de adquirir y de comprar cierto imperio y cierta prepotencia sobre todo trabajo ajeno y sobre todo producto de este trabajo que se halla a la sazón en estado de venta. Su riqueza, pues, será mayor o menor a proporción de este poder o de la cantidad de trabajo o de su producto, que es lo mismo, que aquella riqueza que le habilita para adquirir. El valor permutable, pues, de cualquier cosa siempre será igual exactamente a este poder de que reviste el mismo a su dueño o propietario. Pero aunque el trabajo es la medida real del valor permutable de todas las mercaderías, por lo regular no se estiman por este valor. Las más veces es muy difícil asegurar con certeza la proporción entre las distintas cantidades de trabajo […].

De aquí ser más frecuente estimular el valor permutable de toda mercadería por la cantidad de dinero que por la de trabajo, o la de otra mercadería con la que pueda cambiarse […].

Pero aunque para el trabajador siempre sean de igual valor iguales cantidades de trabajo, para la persona que emplea aquél, o da que trabajar, unas veces parecen de más y otras de menos; porque adquiriendo estas cantidades de trabajo ajeno, unas veces por más y otras por menos bienes o mercaderías, con respecto a él varia el precio del trabajo como el de las demás cosas: en el primer caso le parece más caro y en el segundo más barato, pero en realidad los bienes o cosas y no el trabajo son los más caros o más baratos.»

Adam Smith, La riqueza de las naciones, 1776

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