Alegato del Doctor Franklin en la Cámara británica de los Comunes en contra de la “Stamp Act” para América (febrero 1766)

Benjamin Franklin (Boston, 17 de enero de 1706 - Filadelfia, 17 de abril de 1790)

«P.: ¿Cree usted que el pueblo americano se conformaría con pagar el impuesto del timbre si se redujera en su cuantía?
R.: No. Sólo lo pagaría si se le impusiera por la fuerza de las armas […]
P.: ¿Qué actitud prevalecía en América respecto de Gran Bretaña antes de 1763?
R.: La mejor del mundo. Todos aceptaban de buen grado al gobierno de la Corona y en todos los tribunales se obedecían las decisiones del Parlamento. A pesar de la abundante población repartida por las diversas provincias, no costaba nada a Inglaterra mantener sometidos a sus súbditos, sin necesidad de gastarse nada en fuertes, ciudadelas, guarniciones o ejércitos. Sólo hacia falta para gobernarles, pluma, tinta y papel. Eran dóciles y sumisos. No sólo sentían respeto, sino afecto por Gran Bretaña y sus leyes, sus costumbres, su educación. Hasta gustaban de sus modas, tanto que contribuyeron a hacer que floreciera el comercio. Los nacidos en Gran Bretaña siempre recibían el mejor trato. Ser la vieja Inglaterra era un signo de respeto y de distinción entre nosotros.
P.: ¿Y ahora, cuál es esta actitud?
R.: Ha cambiado notablemente.
P.: ¿Había oído usted antes de ahora que se pusiera en tela de juicio la autoridad del Parlamento para legislar en América?
R.: La autoridad del Parlamento era reconocida en toda su legislación, salvo en lo concerniente a los impuestos internos. Nunca se le discutió en lo concerniente a la regulación fiscal del comercio […]
P.: ¿Cómo juzgaba, en general, el pueblo americano al Parlamento de Gran Bretaña?
R.: Lo consideraba como el gran baluarte que defendía sus libertades y privilegios y hablaban de él con el mayor respeto y veneración. Pensaban que ministros arbitrarios quizá pudieran oprimirlos en algunas ocasiones, pero confiaban, en definitiva, que el Parlamento terminaría por poner las cosas en su sitio. Recordaban agradecidos aquella ocasión memorable en que se sometió al Parlamento un proyecto de ley con una cláusula según la cual las instrucciones reales tendrían fuerza de ley en las colonias, y que vetó la Cámara de los Comunes, quedando sin efecto alguno.
P.: ¿Conservan aún ese respeto al Parlamento?
R.: No. La verdad es que ha disminuido bastante.
P.: ¿Y a qué lo achaca usted?
R.: A un conjunto de causas; las restricciones impuestas últimamente al tráfico mercantil, en virtud de las cuales quedaba prohibida la importación de oro y plata extranjeros en las colonias; la prohibición de hacer papel-moneda por su cuenta; las nuevas exigencias en materia del impuesto del timbre, y al propio tiempo haber suprimido los juicios con jurado, rehusando dar entrada y oír las peticiones que humildemente se elevaban.
P.: ¿Y no cree usted que aceptarían la “Stamp Act” si se modificara lo que en ella pueda haber de odioso, y se redujera el tipo de imposición a ciertos supuestos sin gran trascendencia?
R.: No; nunca lo aceptarían […]
P.: ¿Cuál es su opinión sobre un impuesto que en el futuro pudiera repercutir en América de forma parecida a la “Stamp Act”? ¿Cómo lo recibirían los americanos?
R.: Igual que a éste. No lo pagarían».

Benjamín Frankiln, Autobiografía y otros escritos, Madrid, Editora Nacional, 1982

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