Bakunin opina sobre la dictadura del proletariado en Marx

Bakunin contra Marx

«Marx es un comunista autoritario y centralista. Quiere lo que nosotros queremos: el triunfo de la igualdad económica y social, pero en el Estado y por la fuerza del Estado; por la dictadura de un gobierno provisional, poderoso y, por decirlo así, despótico, esto es, por la negación de la libertad. Su ideal económico es el Estado convertido en el único propietario de la tierra y de todos los capitales, cultivando la primera por medio de asociaciones agrícolas bien retribuidas y dirigidas por sus ingenieros civiles, y comanditando los segundos mediante asociaciones industriales y comerciales.

Nosotros queremos ese mismo triunfo de la igualdad económica y social por la abolición del Estado y de todo cuanto se llame derecho jurídico que, según nosotros, es la negación permanente del derecho humano. Queremos la reconstitución de la sociedad y la constitución de la unidad humana, no de arriba abajo por la vía de cualquier autoridad, sino de abajo arriba, por la libre federación de las asociaciones obreras de toda clase, emancipadas del yugo del Estado.

Hay otra diferencia, esta vez muy personal, entre él y nosotros. Enemigos de todo absolutismo, tanto doctrinario como práctico, nosotros nos inclinamos con respeto no ante las teorías que no podemos aceptar como verdaderas, sino ante el derecho de cada cual a seguir y propagar las suyas… No es éste el talante de Marx. Es tan absoluto en sus teorías, cuando puede, como en la práctica. A su inteligencia, verdaderamente eminente, une dos detestables defectos: es vanidoso y celoso. Le repelía Proudhon, tan sólo porque este gran nombre y su reputación tan legítima le hacían sombra. Marx ha escrito contra él las cosas más nefandas. Es personal hasta la demencia. Dice “mis ideas”, no queriendo comprender que las ideas no pertenecen a nadie, y que si uno busca bien encontrará que precisamente las mejores, las más grandes ideas, han sido siempre el producto del trabajo instintivo de todo el mundo lo que pertenece al individuo no es más que la expresión, la forma.»

Bakunin: Carta a Rubicone Nabruzzi, 23 de julio de 1872.

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Condiciones de vida en el Antiguo Régimen: la carencia de higiene

«En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitoiros, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.

Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París habia un lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronnerie, o sea, el Cimetière des Innocents. Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hôtel-Dieu y de las parroquias vecinas; durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado y abandonado despues de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmarttre. Una vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres.

El pequeño Jean- Batiste Grenouille entre pescados

Fue aquí, en el lugar más maloliente de todo el reino, donde nació el 17 de julio de 1738 Jean-Batiste Grenouille. Era uno de los días más calurosos del año. El calor se abatía como plomo derretido sobre el cementerio y se extendía hacia las calles adyacentes como un vaho putrefacto que olía a una mezcla de melones podridos y cuerno quemado. Cuando se iniciaron los dolores del parto, la madre de Grenouille se encontraba en un puesto de pescado de la Rue aux Fers escamando albures que había destripado previamente. Los pescados, seguramente sacados del Sena aquella misma mañana, apestaban ya hasta el punto de superar el hedor de los cadáveres. Sin embargo, la madre de Grenouille no percibía el olor a pescado podrido o a cadáver porque su sentido del olfato estaba totalmente embotado y además le dolía todo el cuerpo y el dolor disminuía su sensibilidad a cualquier percepción sensorial y externa. Sólo quería que los dolores cesaran, acabar lo más rápidamente posible con el repugnante parto. Era el quinto. Todos los había tenido en el puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o medio muertas, porque su carne sanguinolenta se distinguía apenas de las tripas de pescado que cubrían el suelo y no sobrevivían mucho rato entre ellas y por la noche todo era recogido con una pala y llevado en carreta al cementerio o al río. Lo mismo ocurriría hoy y la madre de Grenouille, que aún era una mujer joven, de unos veinticinco años, muy bonita y que todavía conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza y, aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente, no padecía ninguna enfermedad grave, que aún esperaba vivir mucho tiempo, quizá cinco o diez años más y tal vez incluso casarse y tener hijos de verdad como la esposa respetable de una artesano viudo, por ejemplo… la madre de Grenouille deseaba que todo pasara cuanto antes. Y cuando empezaron los dolores del parto, se acurrucó bajo el mostrador y parió allí, como hiciera ya cinco veces, y cortó con el cuchillo el cordón umbilical del recién nacido. En aquel momento, sin embargo, a causa del calor y el hedor, que ella no percibía como tales, sino como algo insoportable y enervante -como un campo de lirios o un reducido aposento demasiado lleno de narcisos-, cayó desvanecida debajo de la mesa y fue rodando hasta el centro del arroyo, donde quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano.»

Patrick Süskind: El Perfume, 1985 [recreación literaria)

Alegato del Doctor Franklin en la Cámara británica de los Comunes en contra de la “Stamp Act” para América (febrero 1766)

Benjamin Franklin (Boston, 17 de enero de 1706 - Filadelfia, 17 de abril de 1790)

«P.: ¿Cree usted que el pueblo americano se conformaría con pagar el impuesto del timbre si se redujera en su cuantía?
R.: No. Sólo lo pagaría si se le impusiera por la fuerza de las armas […]
P.: ¿Qué actitud prevalecía en América respecto de Gran Bretaña antes de 1763?
R.: La mejor del mundo. Todos aceptaban de buen grado al gobierno de la Corona y en todos los tribunales se obedecían las decisiones del Parlamento. A pesar de la abundante población repartida por las diversas provincias, no costaba nada a Inglaterra mantener sometidos a sus súbditos, sin necesidad de gastarse nada en fuertes, ciudadelas, guarniciones o ejércitos. Sólo hacia falta para gobernarles, pluma, tinta y papel. Eran dóciles y sumisos. No sólo sentían respeto, sino afecto por Gran Bretaña y sus leyes, sus costumbres, su educación. Hasta gustaban de sus modas, tanto que contribuyeron a hacer que floreciera el comercio. Los nacidos en Gran Bretaña siempre recibían el mejor trato. Ser la vieja Inglaterra era un signo de respeto y de distinción entre nosotros.
P.: ¿Y ahora, cuál es esta actitud?
R.: Ha cambiado notablemente.
P.: ¿Había oído usted antes de ahora que se pusiera en tela de juicio la autoridad del Parlamento para legislar en América?
R.: La autoridad del Parlamento era reconocida en toda su legislación, salvo en lo concerniente a los impuestos internos. Nunca se le discutió en lo concerniente a la regulación fiscal del comercio […]
P.: ¿Cómo juzgaba, en general, el pueblo americano al Parlamento de Gran Bretaña?
R.: Lo consideraba como el gran baluarte que defendía sus libertades y privilegios y hablaban de él con el mayor respeto y veneración. Pensaban que ministros arbitrarios quizá pudieran oprimirlos en algunas ocasiones, pero confiaban, en definitiva, que el Parlamento terminaría por poner las cosas en su sitio. Recordaban agradecidos aquella ocasión memorable en que se sometió al Parlamento un proyecto de ley con una cláusula según la cual las instrucciones reales tendrían fuerza de ley en las colonias, y que vetó la Cámara de los Comunes, quedando sin efecto alguno.
P.: ¿Conservan aún ese respeto al Parlamento?
R.: No. La verdad es que ha disminuido bastante.
P.: ¿Y a qué lo achaca usted?
R.: A un conjunto de causas; las restricciones impuestas últimamente al tráfico mercantil, en virtud de las cuales quedaba prohibida la importación de oro y plata extranjeros en las colonias; la prohibición de hacer papel-moneda por su cuenta; las nuevas exigencias en materia del impuesto del timbre, y al propio tiempo haber suprimido los juicios con jurado, rehusando dar entrada y oír las peticiones que humildemente se elevaban.
P.: ¿Y no cree usted que aceptarían la “Stamp Act” si se modificara lo que en ella pueda haber de odioso, y se redujera el tipo de imposición a ciertos supuestos sin gran trascendencia?
R.: No; nunca lo aceptarían […]
P.: ¿Cuál es su opinión sobre un impuesto que en el futuro pudiera repercutir en América de forma parecida a la “Stamp Act”? ¿Cómo lo recibirían los americanos?
R.: Igual que a éste. No lo pagarían».

Benjamín Frankiln, Autobiografía y otros escritos, Madrid, Editora Nacional, 1982

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