El absolutismo monárquico

Jacobo I de Inglaterra e Irlanda y VI de Escocia (Edimburgo, 1566-Theobalds Park, Hertfordshire, 1625)

El absolutismo monárquico fue un fenómeno de la Edad Contemporánea que tuvo múltiples manifestaciones; dejamos aquí breves fragmentos de esta realidad.

«Antes de que hubiera Estado había reyes; de donde se sigue que son los reyes quienes han hecho las leyes y no las leyes quienes han hecho los reyes. Es evidente que el rey es el dueño de todos los bienes. Su derecho le viene de Dios y sólo a Él ha de rendir cuentas. Todos los poderes en el Estado derivan de su poder y todos le deben la más completa obediencia».

Jacobo I, La verdadera ley de las monarquías libres, 1598

«Pero, para volver a los emperadores de hoy, os será fácil, hijo mío, comprender […] que no son en modo alguno lo que era Carlomagno […]. Se los debe considerar tan sólo como jefes y capitanes generales de una república de Alemania, bastante nueva en comparación con otros varios Estados, que no es ni tan grande ni tan poderosa que deba pretender superioridad alguna sobre las naciones vecinas. Sus resoluciones más importantes están sometidas a las deliberaciones de los estados del Imperio; al elegirlos, se les impone las condiciones que se quiera; la mayor parte de los miembros de la república, es decir, de los príncipes y de las ciudades de Alemania, no conceden a sus órdenes más que lo que les place. En esta calidad de emperadores, tienen muy pocas rentas, y si no poseyeran por su parte otros estados hereditarios, estarían reducidos a no tener por morada en todo el imperio más que la única ciudad de Bamberg […].

No veo por qué razón, pues, hijo mío, los reyes de Francia, reyes hereditarios que pueden vanagloriarse de que no hay hoy en el mundo, sin excepción, mejor casa que la suya ni monarquía más antigua, ni potencia mayor, ni autoridad más absoluta, serían inferiores a estos príncipes electivos».

Luis XIV, Memorias para el delfín, 1661

Luis XV de Francia (Versalles, 15 de febrero de 1710– Versalles, 10 de mayo de 1774), llamado El Bien-Amado (en francés: Le Bien-Aimé)

«Es sólo en mi persona donde reside el poder soberano, cuyo carácter propio es el espíritu de consejo, de justicia y de razón; es a mí a quien deben mis cortesanos su existencia y su autoridad; la plenitud de su autoridad que ellos no ejercen más que en mí nombre reside siempre en mí y no puede volverse nunca contra mí; sólo a mí pertenece el poder legislativo sin dependencia y sin división; es por mi autoridad que los oficiales de mi Corte proceden no a la formación, sino al registro, a la publicación y a la ejecución de la ley […]; el orden público emana de mí, y los derechos y los intereses de la Nación, de los que se suele hacer un cuerpo separado del Monarca, están unidos necesariamente al mío y no descansan más que en mis manos».

Discurso de Luis XV en la sesión del Parlamento de París, el 30 de marzo de 1766, leído por su consejero Joly de Fleury.

«Yo, por mi parte, señor, odio la presencia de un tirano, y cuanto más lejos de mí esté, más feliz me siento. El resto de la humanidad piensa del mismo modo; y ha creado, por unanimidad, un rey cuya elección, al par que disminuye el número de los tiranos, aleja a la tiranía de las masas populares. Ahora bien, los nobles, que ya eran tiranos antes de la elección de una sola tiranía, son naturalmente contrarios a un poder superior al suyo y cuya autoridad debe pasar más que por ellos sobre sus subordinados. Es por esto el interés de la nobleza en disminuir el poder real cuanto le sea posible, puesto que lo que se quita al rey se restituye a ellos. Y lo que éstos hacen en el Estado es minar la autoridad del tirano único con el fin de recuperar su primitiva autoridad».

Goldsmith: El vicario de Wakefoeld (1766), Buenos Aires, 1940

Monarquía absoluta

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