Jóvenes reclutas alemanes conversan sobre su retorno a la vida civil

Soldados alemanes en las trincheras de la Primera Guerra Mundial

Kropp encuentra la expresión de nuestros sentimientos:

–  ¿Cómo puede uno tomarse en serio todo aquello cuando se ha estado aquí, en el frente?

–  ¡Pero bien has de tener una profesión u otra! – objeta Müller como si fuera el propio Kantorek.

Albert se limpia las uñas con el cuchillo. Quedamos asombrados ante esterefinamiento de pipioli. Pero es, simplemente, que está pensativo. Guarda la navaja y declara:

– Sí, eso es. Kat, Detering y Haie volverán a su trabajo porque lo tenían ya antes de venir. Himmelstoss también. Pero nosotros no teníamos ninguno. ¿Cómo podremos acostumbrarnos a algo, después de esto? – Y señala hacia el frente.

– Habríamos de ser rentistas y poder vivir solos en medio de un bosque – digo, pero me avergüenzo en seguida de este afán de grandezas.

–  ¿Qué pasará si volvemos? -dice Müller, perplejo.

Kropp se encoge de espaldas.

– No lo sé. Primero volvamos. Después, ya veremos.

Realmente, nadie de nosotros sabe cómo responder a la pregunta.

–  ¿Qué podríamos hacer? – inquiero.

– Nada me atrae -responde Müller, cansado- . Cualquier día revientas y entonces, ¿qué? Yo, la verdad, no creo que lo contemos.

– Cuando lo pienso, Albert -digo después de una pausa, tendiéndome en el suelo-  quisiera que al oír la palabra «paz», y suponiendo que la paz se firmara realmente, pudiera hacer algo inimaginable, ya ves si soy ambicioso. Algo, ¿sabes? que fuera la digna compensación de haber vivido este zafarrancho. Pero no puedo encontrar nada. En cuanto a lo que es más posible, estas porquerías del colegio, de los estudios, del sueldo, etc., me dan náuseas tan sólo de pensarlo; son la lata de siempre, es repugnante. No encuentro nada, Albert, no encuentro nada.

De pronto, todo se me aparece oscuro y desesperado. Kropp también piensa en esto.

– Todos las pasaremos moradas. ¿Y los que se han quedado atrás no se preocupan de eso? Dos años disparando y echando bombas de mano no podemos sacárnoslos de encima como quien se cambia los calcetines.

Todos estamos de acuerdo, no será nada fácil; y no sólo para nosotros, sino para todos aquellos que se encuentren en la misma situación, unos más, otros menos. Es el destino común de nuestra generación.

Albert lo expresa muy bien:

– La guerra nos ha estropeado a todos.

Tiene razón. Ya no somos jóvenes. Ya no queremos conquistar el mundo. Somos fugitivos. Huimos de nosotros mismos. De nuestra vida. Teníamos dieciocho años y empezábamos a amar el mundo y la existencia; pero hemos tenido que disparar contra esto. La explosión de la primera granada nos estropeó el corazón. Estamos al margen de la actividad, del esfuerzo, del progreso… Ya no creemos en nada; sólo en la guerra.

La oficina de la compañía se anima. Parece que Himmelstoss ha sembrado la alarma. A la cabeza de la columna trota el gordo sargento mayor. Es curioso que casi todos los sargentos mayores sean tan obesos.

Erich María Remarque: Sin novedad en el frente (1929), Bruguera.

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