Las aventuras del valeroso soldado Schwejk

Cuando Schwejk recibió la noticia de que tiene que presentarse en la Isla de los Cazadores para ser sometido al reconocimiento médico al cabo de una semana, estaba precisamente en cama, afectado de nuevo por el reuma.

[…] En este tiempo Schwejk hizo importantes preparativos. Ante todo mando a la senora Müller que le comprara una gorra de militar. Luego le envió a pedir al pastelero de la esquina que le prestara el cochecito, en el que había sacado a su maligno abuelo inválido para que tomara el aire. Entonces se le ocurrió que necesitaba unas muletas. Por suerte el pastelero guardaba las muletas de su abuelo como recuerdo familiar.

Ahora sólo le faltaba el penacho de recluta. También esto se lo proporcionó la senora Müller, que aquellos días habia adelgazado considerablemente y lloraba siempre, fuera adonde fuera y estuviera donde estuviera.

Y así fue como aquel día memorable tuvo lugar en las calles de Praga un caso de conmovedora lealtad:

Una mujer mayor que empujaba el cochecito en el que estaba sentado un hombre con gorro militar con un reluciente “Franzl”, el cual saludaba con las muletas. En su chaqueta brillaba un vistoso penacho de recluta.

[…] Si bien la tierra bohemia, según estos tres periódicos, no tenía ciudadano más noble, no obstante, los señores de la comisión de reclutamiento no opinaron lo mismo. Sobre todo el médico jefe Bautze.

Era famosa su expresión: “Todo el pueblo checo es una banda de farsantes”.

Era un hombre inflexible que veía en todo intentos de engaño para librarse del servicio del frente, de las balas y de los proyectiles.

En el transcurso de diez semanas de trabajo de 11000 civiles descubrió 10999 farsantes y hubiera metido también en cintura al undecimilésimo mil si en el momento en que le grito: “¡Dese la vuelta!” a este desdichado no le hubiera dado un ataque de apoplejía.

– ¡Llévense a este farsante! -dijo Bautze después de comprobar que el hombre estaba muerto.

[…] Bautze miró pavorosamente a Schwejk y bramó:

– ¡Es usted un farsante!

Y dirigiéndose al sargento mayor dijo con una calma glacial:

– ¡Encierren en seguida a este tipo!

[…] La tortura a que eran sometidos los farsantes estaba minuciosamente reglamentada y sus grados eran los siguientes:

1. Dieta absoluta. Una taza de té por la mañana y por la noche durante tres días con la que se administrará a todos, sin tener en cuenta la dolencia que padezcan, una aspirina para sudar.

2. Para quitarles la idea de que la guerra es dulce como la miel se les administrarán abundantes porciones de quinina en polvo o de la llamada “quinina para chupar”.

3. Dos veces al día limpieza de estómago con un litro de agua caliente.

4. Una lavativa de agua javonosa y glicerina.

5. Se les envolverá en una sabana mojada con agua fría.

Había hombres valientes que superaban los cinco grados de la tortura y a los que llevaban en un sencillo ataúd al cementerio de los soldados. Pero también había hombres pusilánimes que al llegar a la lavativa decían que ya se encontraban bien y que lo único que deseaban era irse al frente con el próximo batallón que saliera.

A Schwejk lo llevaron a la enfermería de la prisión del cuartes., precisamente entre este tipo de farsantes pusilánimes.

Jaroslav Hasek: Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (1920), Destino.

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