La globalización y los movimientos antiglobalizadores

Carta de Principios del Foro Social Mundial

El Comité de entidades brasileñas que organizó el primer Foro Social Mundial, realizado en Porto Alegre del 25 al 30 de Enero de 2001, considera necesario y legítimo, después de analizar los resultados de dicho Foro y las expectativas por él creadas, establecer una Carta de Principios que oriente la continuidad de esa iniciativa. Los principios que constan en la Carta -que deberán ser respetados por todos los que desearen participar del proceso y por aquellos que sean miembros de la organización de las nuevas ediciones del Foro Social Mundial- consolidan las decisiones que presidieron al Foro de Porto Alegre, que garantizaron su éxito y ampliaron su alcance, definiendo orientaciones que parten de la lógica de esas decisiones.

1. El Foro Social Mundial es un espacio abierto de encuentro para: intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, elaborar propuestas, establecer un libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de las entidades y los movimientos de la sociedad civil que se opongan al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital o por cualquier forma de imperialismo y, también, empeñados en la construcción de una sociedad planetaria orientada hacia una relación fecunda entre los seres humanos y de estos con la Tierra.

2. El Foro Social Mundial de Porto Alegre fue una realización colocada dentro de su tiempo y espacio. A partir de ahora, basándose en la proclamación que surgió en Porto Alegre que “otro mundo es posible”, el Foro se convierte en un proceso permanente de búsqueda y construcción de alternativas, no limitándose exclusivamente a los eventos que le den apoyo.

3. El Foro Social Mundial es un proceso de carácter mundial. Todos los eventos que se realicen como parte de este proceso tendrán una dimensión internacional.

4. Las alternativas propuestas en el Foro Social Mundial se contraponen a un proceso de globalización, comandado por las grandes corporaciones multinacionales y por los gobiernos e instituciones que sirven a sus intereses, con la complicidad de los gobiernos nacionales. Estas alternativas surgidas en el seno del Foro tienen como meta consolidar una globalización solidaria que, como una nueva etapa en la historia del mundo, respete a los derechos humanos universales, a todos los ciudadanos y ciudadanas de todas las naciones y al medio ambiente, apoyándose en sistemas e instituciones internacionales democráticos que estén al servicio de la justicia social, de la igualdad y de la soberanía de los pueblos.

5. El Foro Social Mundial reúne y articula a entidades y movimientos de la sociedad civil de todos los países del mundo, pero no pretende ser una instancia de representación de la sociedad civil mundial.

6. Las reuniones del Foro Social Mundial no tienen un carácter deliberativo. O sea, nadie estará autorizado a manifestar, en nombre del Foro y en cualquiera de sus encuentros, posiciones que fueran atribuidas a todos sus participantes. Los participantes no deben ser llamados a tomar decisiones, por voto o aclamación – como conjunto de participantes del Foro – sobre declaraciones o propuestas de acción que incluyan a todos o a su mayoría y que se propongan a ser decisiones del Foro como tal.

7. Por consiguiente, debe asegurarse que las entidades participantes de los encuentros del Foro tengan la libertad de deliberar – durante la realización de las reuniones – sobre declaraciones y acciones que decidan desarrollar, aisladamente o de forma articulada con otros participantes. El Foro Social Mundial se compromete a difundir ampliamente esas decisiones, por los medios a su alcance, sin direccionamientos, jerarquizaciones, censuras o restricciones, aclarando que son deliberaciones de las propias entidades.

8. El Foro Social Mundial es un espacio plural y diversificado, no confesional, no gubernamental y no partidario, que articula de manera descentralizada y en red a entidades y movimientos que estén involucrados en acciones concretas por la construcción de un mundo diferente, local o internacional.

9. El Foro Social Mundial siempre será un espacio abierto a la pluralidad y a la diversidad de actuación de las entidades y movimientos que quieran participar, además de abierto a la diversidad de géneros, etnias, culturas, generaciones y capacidades físicas, desde que sea respetada la Carta de Principios. No deben participar del Foro representaciones partidarias ni organizaciones militares. Podrán ser invitados a participar, en carácter personal, gobernantes y parlamentares que asuman los compromisos de esta Carta.

10. El Foro Social Mundial se opone a toda visión totalitaria y reduccionista de la economía, del desarrollo y de la historia y al uso de violencia como medio de control social por parte del Estado. Propugna el respeto a los Derechos Humanos, la práctica de una democracia verdadera y participativa, las relaciones igualitarias, solidarias y pacificas entre las personas, etnias, géneros y pueblos, condenando a todas las formas de dominación o de sumisión de un ser humano a otro.

11. El Foro Social Mundial, como espacio de debates, es un movimiento de ideas que estimula la reflexión y la divulgación transparente de los resultados de esa reflexión sobre los mecanismos e instrumentos de dominio del capital, sobre los medios y las acciones de resistencia y de superación de ese dominio, sobre las alternativas propuestas para solucionar los problemas de exclusión y desigualdad social que están siendo creados, tanto internacionalmente como en el interior de los países, por el proceso de globalización capitalista, con sus dimensiones racistas, sexistas y destructivas del medio ambiente.

12. El Foro Social Mundial, como espacio de intercambio de experiencias, estimula el mutuo conocimiento y el reconocimiento por parte de las entidades y movimientos participantes, valorando el intercambio, en especial de aquello que la sociedad construye para centrar la actividad económica y la acción política en la atención a las necesidades del ser humano y el respeto por la naturaleza, tanto para la generación actual como para las futuras.

13. El Foro Social Mundial, como espacio de articulación, busca fortalecer y crear nuevas articulaciones nacionales e internacionales, entre entidades y movimientos de la sociedad, que aumenten, tanto en la esfera pública como la privada, la capacidad de resistencia social no violenta al proceso de deshumanización que vive el mundo y a la violencia utilizada por el Estado, además de fortalecer aquellas iniciativas de humanización que están en curso a través de la acción de esos movimientos y entidades.

14. El Foro Social Mundial es un proceso que estimula a las entidades y movimientos participantes a que coloquen sus acciones locales y nacionales junto a las instancias internacionales, como cuestiones de ciudadanía planetaria, introduciendo en la agenda global las prácticas transformadoras que estén vivenciando para la construcción de un nuevo mundo más solidario.

Aprobada y adoptada en São Paulo, el 9 de abril de 2001, por las entidades que constituyen el Comité de Organización del Foro Social Mundial. Aprobada con modificaciones por el Consejo Internacional del Foro Social Mundial el dia 10 de junio de 2001.

Fuente: Foro Social Mundial

¿Una nueva revolución?

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

La nuestra es la civilización del espectáculo -preferencia de las formas sobre los contenidos, la diversión como supremo valor de la vida- y, por eso, no es de sorprender que los grandes protagonistas de la actualidad sean los jóvenes antiglobalizadores a los que la policía italiana brutalizó, en Génova, durante la reunión del G-8, ofreciéndoles su primer mártir. Nostálgicos irredentos del viejo mesianismo social se han precipitado a anunciar que el movimiento contra la globalización representa ahora, ¡por fin!, una alternativa revolucionaria potente contra el capitalismo y su odiado embeleco político: la democracia neoliberal. Detrás de las decenas de miles de manifestantes que invadieron las calles de Génova, estos augures ven asomar en el horizonte, una vez más, -ave Fénix que renace de sus cenizas- un nuevo paraíso igualitario y colectivista.

Me temo que se apresuren demasiado y que confundan la presa con su sombra. Tengo la impresión de que al movimiento contra la globalización, por su naturaleza caótica, contradictoria, confusa y carente de realismo, le ocurrirá algo semejante que al Mayo del ’68 en Francia, con el que tiene mucho de parecido: lo que hay en él de crítica social válida y de iniciativas realizables, será absorbido y canalizado por el sistema democrático, y lo demás, el estruendo y los estragos de las grandes gestas callejeras, perderá toda actualidad y quedará sólo como un estimulante material para sociólogos e historiadores.

Baso esta suposición, en lo que me parecen dos evidencias: 1) el carácter heterogéneo y autodestructivo de un movimiento en el que cohabitan grupos, instituciones e individuos cuyas metas, convicciones y actitudes son absolutamente incompatibles entre sí, y 2) la extraordinaria flexibilidad del sistema democrático para integrar dentro de sus cauces institucionales las críticas y antagonismos que nacen en su seno, y aprovecharlas para su fortalecimiento. Prueba de ello es que la democracia, con todas sus abundantes imperfecciones y fallos, ha prevalecido sobre los dos formidables adversarios que la amenazaron en el siglo veinte -los totalitarismos fascista y comunista-, y que, en la actualidad, sólo tiene como enemigos a las satrapías tercermundistas, tipo Gaddaffi, Sadam Hussein o Fidel Castro.

Por lo pronto, ser enemigo de la globalización puede tener algún sentido en el ámbito de la teoría, o de la poesía, pero, en la práctica, es un disparate parecido al del movimiento luddita que, en el siglo XIX, destruía las máquinas para atajar la mecanización de la agricultura y la industria. La realidad de nuestro tiempo es la de un mundo en el que las antiguas fronteras nacionales se han ido desvaneciendo hasta casi desaparecer en ciertos campos -la economía, la tecnología, la ciencia, la información, la cultura, aunque no en lo político y otras esferas-, estableciendo, cada vez más, entre los países de los cinco continentes, una interdependencia que conspira frontalmente con la vieja idea del Estado-nación y sus prerrogativas tradicionales. El mejor indicio de lo irreversible de este proceso globalizador son, como lo ha recordado Amartya Sen, los propios militantes antiglobalizadores, variopinta colectividad de muchos países, lenguas y credos que se comunican y coordinan sus mítines a través de Internet.

Sin embargo, el rechazo de la globalización -objetivo totalmente huérfano de realismo- es el único denominador común de los jóvenes que, de Seattle a Génova, han ido protestando contra la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Foro Económico de Davos, o el G-8. En todo lo demás, existe en el movimiento una miríada de fobias, anhelos, proyectos, fines, métodos, que se anulan y rechazan entre sí.

¿Qué puede haber de común entre los ecologistas que piden políticas más radicales en la protección del medio ambiente y los iracundos del Bloque Negro que devastan los comercios e incendian automóviles? ¿Qué entre los prehistóricos estalinistas y los antediluvianos ultranacionalistas? ¿O entre las pacíficas e idealistas ONGs a las que moviliza el deseo de que los países ricos condonen la deuda de los países pobres o aumenten la ayuda para la lucha contra el sida y los grupúsculos y bandas de extrema derecha o de extrema izquierda, tipo ETA, que concurren a esas demostraciones por razones de autopromoción? Es verdad que, en el movimiento, hay mucha generosidad e ilusión de muchachas y muchachos avergonzados de vivir en sociedades prósperas en un mundo lleno de hambrientos; pero también lo es que, entre los miles y miles de manifestantes, hay un buen número de frívolos hijitos de papá, aburridos de la vida, que han ido allí sólo en busca de experiencias fuertes, a practicar un inédito “deporte de riesgo”. Es sin duda cierto que este archipiélago de contradicciones comparte una vaga animadversión al sistema democrático, al que, por ignorancia, moda, sectarismo ideológico o necedad, hace responsable de todos los males que padece la humanidad. Con este linfático sentimiento de malestar o rebeldía, se puede impulsar grandes espectáculos colectivos, pero no elaborar una propuesta seria y realista para cambiar el mundo.

Dicho lo cual queda, por supuesto, en pie el hecho de que el sistema democrático es muy imperfecto, y de que, aun en los países donde ha avanzado más, está aún muy lejos de haber solucionado todos los problemas. Las características que ha adoptado el movimiento antiglobalización tienen una consecuencia negativa: han hecho que las razones más válidas para criticar a los gobiernos de los países ricos, queden diluidas, e incluso desnaturalizadas, por la mescolanza de ideas y propuestas que acarrea. Nada ayudaría más a los países pobres a salir de la pobreza, por ejemplo -los ayudaría mucho más que la condonación de la deuda- que los países occidentales les abrieran las fronteras para sus productos agrícolas, medida que se resisten a tomar por culpa de los productores nacionales que, gracias a aranceles y subsidios, mantienen una agricultura e industria agrícolas sobreprotegidas que le cuestan un ojo de la cara al ciudadano común de cualquier democracia occidental. Sin embargo, una de las estrellas mediáticas del movimiento antiglobalización, el francés José Bové, ha hecho toda su carrera política exigiendo exactamente lo contrario: barreras arancelarias implacables contra los productos agrícolas importados. El, y quienes piensan como él, hacen más daño a los países pobres del planeta con sus tesis nacionalistas en contra del comercio libre, que la Organización Mundial del Comercio, que, de una manera excesivamente tímida, tecnocrática y pésimamente publicitada, es cierto, trata de conseguir que se abran las fronteras comerciales en el planeta. En este campo específico lo que los países pobres necesitan para poder exportar sus productos no es menos sino más libertad, es decir una globalización efectiva y no la mediatizada y parcial que impera aún.

Una verdad que, en medio del ruido y la furia de las manifestaciones contra la globalización, ha salido a la luz es la siguiente: el sistema democrático liberal, que ha traído tan extraordinarios progresos materiales, intelectuales, jurídicos y políticos a la humanidad, padece, en razón de la especialización creciente de la vida pública y de la modorra y rutina en que la acción cívica ha caído en muchas sociedades, una distancia creciente, que a veces cuaja en un divorcio, entre las élites políticas y la base social. Por eso, es tan frecuente la indiferencia que suele acompañar a las consultas electorales en muchos países democráticos: ¿para qué votar si nada va a cambiar, si todos los políticos son lo mismo? No es verdad que todos sean lo mismo y tampoco es cierto que nada vaya a cambiar. La democracia es el único sistema que, desde sus lejanos orígenes, ha sido capaz de reformarse internamente y de ir corrigiéndose y evolucionando de acuerdo a las necesidades y demandas de sus ciudadanos. No ha alcanzado la perfección ni la alcanzará nunca, pero su gran ventaja sobre todos los otros sistemas, es que, ella sí, ha sabido transformarse y renovarse en el tiempo, creando las sociedades menos imperfectas en materia de derechos humanos, libertad y progreso material que conoce la historia. Esta es una inconmovible realidad a la que la virulencia contestataria de los nuevos desafectos difícilmente podrá mellar. Mucho mejor sería, para el mundo, que estos jóvenes inconformes canalizaran sus ímpetus y anhelos en reformar el sistema desde dentro, algo perfectamente necesario posible, en vez de empeñarse en destruirlo, pasatiempo intenso, divertido, pero perfectamente inútil.

© Mario Vargas Llosa, 2001
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País,  6 de agosto de 2001.

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