Chernóbil, de central nuclear a bomba en un minuto

Imagen de dos 'liquidadores'. RÍA NOVOSTIHacer experimentos con un reactor nuclear capaz de aportar el 10% de toda la electricidad que necesitaba Ucrania era jugar con fuego. “Los técnicos se negaron, pero sus autoridades les obligaron y tuvieron que hacerlo en contra de su criterio”, recuerda Javier Díez, ingeniero nuclear de la Universidad Politécnica de Catalunya, que por aquel entonces estaba terminando su tesis doctoral.

El plan era reducir progresivamente la potencia del reactor 4, realizar el simulacro de pérdida de electricidad y, 40 segundos después, apagar el sistema por completo. El 25 de abril todo había comenzado como debía y a las dos de la tarde hora local, según lo establecido, se desactivó el sistema de emergencia que permitía enfriar el reactor en caso de recalentamiento. La potencia de las desintegraciones nucleares de uranio que alimentaban el núcleo comenzaron a bajar, como cuenta Mikhail Malko, físico de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, en un estudio sobre el accidente basado en datos oficiales del Comité de Seguridad Nuclear de la URSS. Poco después, el gestor de la red eléctrica llamó desde Kiev dando orden de aumentar la potencia pues había un pico de demanda difícil de abastecer sin el reactor 4. Así se hizo todo el día hasta que, pasadas las 11 de la noche, los ucranianos se fueron a la cama, la demanda bajó de golpe y el operador del reactor 4 dio orden de reiniciar el ejercicio en la sala de control. Se volvió a reducir la potencia, pero esta bajó demasiado rápido hasta 30 megavatios, muy lejos de los 720 a los que estaba fijado el simulacro.

En este punto, Malko sigue la narración de Grigori Medvedev, antiguo ingeniero de Chernóbil en la década de 1970 y que trabajaba en el Ministerio de Energía en abril de 1986. Tras el accidente, fue enviado por el Gobierno para esclarecer los hechos. Tras entrevistar a los protagonistas del accidente, Medvedev mantiene que, después del bajón repentino, el operador del reactor, Leonid Toptunov, y el jefe del turno de noche, Alexander Akimov, decidieron apagarlo del todo y olvidar el simulacro. Pero el ingeniero jefe de los reactores 3 y 4, Aleksander Dyatlov, quiso realizar la prueba, impuesta desde lo más alto, y les ordenó que aumentasen la potencia.

Monstruo soviético

El corazón del reactor era un tambor de 12 metros de diámetro en el que había más de cien kilos de uranio refrigerados por agua y rodeados de toneladas de grafito. La decisión de Dyatlov arriesgaba un recalentamiento de ese agua, que pudo empezar a bullir como en una olla a presión hecha de carbón.

Tras la escalada de potencia, la orden de comenzar el simulacro se dio a las 01:23 de la noche. La potencia del reactor siguió en aumento. 40 segundos después, según lo planeado, se dio la orden de pulsar el botón AZ-5, que introduce unas barras de control en el reactor para detener las reacciones atómicas. Pero el núcleo está demasiado caliente, las barras no entran y, en su lugar, se escucha una explosión moderada y, luego, otra mucho mayor. Aunque en la sala de control lo ignoraban, el reactor había reventado.

“En un par de segundos, un potente brillo azul siguió a una explosión enorme. Cuando miré al bloque 4, sólo quedaban dos muros. Estaba todo en ruinas”, dice el testimonio de un operario que estaba a 500 metros del fuego, según el documento de Malko.

“La mitad de todo el combustible saltó por los aires y quedó pulverizado en una nube de virulencia tremenda”, señala Eduardo Gallego, físico nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid. La explosión liberó en diez días 400 veces más radiactividad que la de la bomba de Hiroshima. Esa cantidad, haciendo otra comparación, es mil veces inferior que el material radiactivo dispersado por todo el mundo con las pruebas de bombas atómicas realizadas durante las décadas de 1960 y 1970.

El mundo fue ajeno a la catástrofe hasta el 27 de abril, cuando una central nuclear sueca detectó partículas radiactivas cuyas características no podían venir de ningún otro lugar que Chernóbil. La nube radiactiva se cernía sobre Europa, dejando su peor carga en Ucrania, Bielorrusia y Rusia, que por entonces eran parte de la misma URSS. Sólo después del anuncio sueco, los soviéticos reconocen el accidente y comienzan a evacuar Pripiat, la ciudad más cercana a Chernóbil. El presidente de la URSS, que por aquella época lideraba un movimiento de apertura y transparencia, se tomó su tiempo.

“Publicamos la primera información del accidente en el Pravda del 28 de abril, pero para hablar a la gente necesitaba un análisis más preciso y sustancial. Por eso esperé casi tres semanas antes de presentarme en televisión”, reconocía Mijáil Gorbachov en 2006 durante una entrevista para Cruz Verde Internacional.

El mismo mes que Gorbachov decidió dar la cara, Díaz analizaba en el laboratorio la leche de una vaca que había recogido en su pueblo, Pont de Suert, en Lleida, a casi 2.500 kilómetros de Chernóbil. “Detectamos radiactividad en cantidades no peligrosas para la salud, pero sus isótopos mostraban que provenían de la fisión nuclear de la central”, recuerda el físico. Análisis similares estaban mostrando lo mismo en gran parte de Europa, donde el miedo a lo nuclear se exacerbó por la falta de transparencia de los responsables, algo de lo que también se está culpando ahora a los gestores del accidente de Fukushima.

La peor parte de la catástrofe se la llevaron los primeros liquidadores, operarios de la central que corrieron al reactor tras la explosión para intentar apagarlo. Su corazón se había convertido en lava a 2.500 grados que amenazaba con generar una tercera explosión aún más tóxica. Los tres hombres que se habían enfrentado en la sala de control se volcaron en intentar apagar aquel infierno nuclear. Toptunov y Akimov, que quisieron apagar el reactor desde la sala de control cuando todavía era posible, recibieron dosis de radiación letales tras intentar restablecer a mano el flujo de agua al reactor despanzurrado. Murieron unos días después, antes de que el Gobierno decidiera condecorarles con la orden al valor de la URSS.

Dyatlov, el hombre que quiso seguir adelante con el test, sufrió quemaduras en la cara, las manos y las piernas por la radiación mientras examinaba el exterior del reactor. Sobrevivió, fue expulsado del Partido Comunista y pasó cinco años en la cárcel por violar las normas de seguridad. Su muerte en 1995 por paro cardiaco fue achacada a la radiación que recibió durante su análisis del reactor. Aquel día le acompañaba Nikolai Gorbachenko, el hombre que, diez años después de la catástrofe, se confesaba inmerso en una película de terror y perseguido por una fecha. “El 26 de abril 1975 me casé, el mismo día de 1982 enterré a mi madre. El 26 de abril de 1986 la unidad 4 explotó durante mi turno. Y el 26 de abril de 1993 nació mi nieto. Por eso, ese día, nos reunimos para brindar por la salud y los muertos”, explicó entonces Gorbachenko a su entrevistador.

Nuño Domínguez, Madrid: De central a bomba en un minuto, Público, 24 de abril de 2011

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