La salida a la crisis de 1929: el keynesianismo

El modelo keynesiano

Primeras impresiones de Keynes del crack de Wall Street

John Maynard Keynes

«El mundo comienza a darse cuenta -desde hace algunas semanas sobre todo- de que estamos pasando por una de las mayores depresiones en la industria que se han conocido. El descenso en los precios es en todos los países uno de los más fuertes y rápidos, con la sola excepción quizá de 1921. Desde principios del presente año, el precio medio de los productos de consumo ha caído en un doce por ciento, y ciertos artículos, tales como el cobre, el caucho, la plata alcanza su más baja cotización mientras que otros vuelven a los precios de anteguerra.

En tales circunstancias, es inevitable que se produzca un gran retraimiento en los negocios. Las nuevas empresas se ven detenidas y retrasadas en todas partes del mundo, y los comerciantes están sufriendo importantes pérdidas por doquier. Este retraimiento afecta igualmente a los Estados Unidos de Norteamérica; pero ocurre que en aquel país no parecen tomar la situación tan en serio como fuera menester. Y esto constituye, sin duda, un elemento peligroso.

En la actualidad, en efecto, Wall Street se ilusiona con la esperanza de que ésta es una de tantas depresiones de menor cuantía, como ocurrió, por ejemplo, en 1924. Creo totalmente errónea semejante interpretación»..

‘Mr. J. Maynard Keynes nos habla de la crisis mundial’, El Sol, Madrid, 10 de junio de 1930.

Las correcciones keynesianas al sistema capitalista-liberal

La doctrina económica elaborada por Keynes marca un hito para el capitalismo liberal; el supo teorizar una serie de prácticas que, abiertamente o en latencia, habían ido cobrando realidad desde la primera guerra mundial. El papel asignado al estado en el campo económico frente al tradicional “laissez faire”, constituye la nota más sobresaliente de la elaboración teórica keynesiana.

«Aunque mi teoría apunta la importancia vital de atribuir a los organismos centrales ciertos poderes de dirección hoy confiados en su mayor parte a la iniciativa privada, le reconoce un amplio dominio de la actividad económica.

En lo que concierne a la propensión al consumo (1), el Estado se verá obligado a ejercer sobre ella una acción directa por su política fiscal a través de la determinación de la tasa de interés y quizá también por otros medios. En cuanto a los flujos de inversión (2), parece poco probable que la influencia de la política bancaria sobre la tasa de interés baste para llevarlos a su nivel óptimo. También pienso que una muy amplia socialización de la inversión se revelará como el único medio de asegurar la proximidad al pleno empleo, lo que no implica excluir los compromisos y fórmulas de todas clases que permitan al Estado cooperar con la iniciativa privada. Pero al margen de lo dicho, no hay razón alguna que justifique un socialismo de Estado abarcando la mayor parte de la vida económica de la comunidad las medidas de socialización pueden, por lo demás, ser aplicadas de un modo gradual y sin trastornar las tradiciones generales de la sociedad […].

Pero tan pronto como los organismos centrales hayan conseguido restablecer un régimen de producción que se corresponda con una situación lo más cercana posible al pleno empleo, la teoría clásica volverá a tener vigencia […].

La existencia de organismos centrales de dirección necesarios para asegurar el pleno empleo, acarreará, como es de suponer, una amplia extensión de las funciones tradicionales del Estado. Por otro lado, la teoría clásica moderna ha llamado la atención sobre los diversos casos en los que puede ser necesario moderar o dirigir el libre juego de las fuerzas económicas. Sin embargo, no subsistirá un amplio dominio sobre ellas, al menos allí donde la iniciativa y las responsabilidades privadas puedan ejercerse. En este contexto, las ventajas tradicionales del individualismo conservarán todo su valor…

El aumento de la esfera de competencias estatales, imprescindible para el ajuste recíproco de la propensión al consumo y al estímulo a la inversión, parecería a un tratadista del siglo XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de funciones se nos muestra no sólo como el único medio de evitar una completa destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de una práctica acertada de la iniciativa privada».

Keynes, J.M.: Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Payot, París, 1936, pp. 391 y ss.

1) Propensión a consumir; relación entre la renta real de los consumidores y el valor de las compras que ellos efectúan.

2) Flujo de inversiones: suma destinadas a las inversiones, es decir, al incremento del equipamiento de una empresa.

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