Bombardeo durante la Primera Guerra Mundial

Según parece, a las cuatro y media un capitán al mando de la compañía especializada en los ataques de gas telefoneó al cuartel general de la división, desde la línea del frente para decir:

– Calma absoluta. Imposible descargar el accesorio. La respuesta que obtuvo fue la siguiente:

  • El accesorio debe ser descargado a toda costa.
Un bombardeo químico típico durante la Primera Guerra Mundial

Un bombardeo químico típico durante la Primera Guerra Mundial

Thomas no había menospreciado la eficiencia de la compañía encargada del gas. Se descubrió que con dos o tres excepciones todas las llaves para abrir los cilindros no funcionaban. Los encargados mandaron a toda prisa a pedir un instrumento adecuado. Lograron descargar uno o dos cilindros; el gas salió silbando, formó uni.j nube espesa unos cuantos metros adelante de la trinchera en la tierra de nadie, y luego gradualmente regresó a nuestras trincheras. Los alemanes, que esperaban el ataque de gas, inmediatamente se pusieron sus mascarillas: unas máscaras semirrígidas indudablemente mejores que las nuestras. Unas balas de algodón de desecho fueron colocadas a lo largo del parapeto alemán y sirvieron de barrera contra el gas. Luego sus baterías abrieron el fuego contra nuestras líneas. La confusión en la trinchera del frente debe haber sido horrible. Algunos disparos rompieron varios de los cilindros de gas, la trinchera se llenó de gas, toda la compañía comenzó a huir en des bandada.

No podíamos recibir ninguna orden debido a que el puesto de transmisiones en el cuartel general del batallón había sido bombardeado; la comunicación se había interrumpido no sólo entre las compañías y el batallón, sino también entre el batallón y la división. Los oficiales en la trinchera del frente tenían que decidir sobre la acción inmediata; de modo que dos compañías de los Middlesex, en vez de esperar el intenso bombardeo que debía seguir a los anunciados cuarenta minutos de la bataUa del gas, cargaron de inmediato y lograron llegar hasta las alambradas alemanas, que nuestra artillería no había cortado aún; para destrozar las alambradas había necesidad de poner explosivos poderosos y en gran cantidad, y hasta ese momento sólo habían sido rociados con metralla. Los alemanes abatieron a los soldados del Middlesex. Según se dijo, un pelotón logró encontrar un boquete entre las alambradas y llegó a introducirse en las trincheras alemanas. Pero no hubo un superviviente del batallón para confirmar ese rumor. Los Argyll y los Sutherland Highlanders se lanzaron a la carga también a la izquierda de los Middlesex; pero dos companías

Robert Graves, de militar

Robert Graves, de militar

en vez de atacar a la vez, salieron precipitadamente de la primera trinchera llena de gas y se dirigieron a la línea de apoyo, atacando desde allí. Debe recordarse que, en preparación de la batalla, se había acercado la primera línea de nuestras trincheras a las trincheras alemanas. Aquellas dos compañías lanzaron su ataque desde la vieja línea de tiro, pero la alambrada que la protegía no había sido levantada, de manera que los Highlanders fueron ametrallados entre su propia línea y las líneas de apoyo. Las otras dos compañías no lograron obtener tampoco ninguna victoria. Cuando el ataque se inició, los suboficiales alemanes habían saltado al parapeto y desde ahí enardecían a sus soldados. Eran los Higer, famosos por su puntería.

Los supervivientes de las dos compañías de Middlesex que habían lanzado el asalto, se hallaban ahora en los cráteres formados por las bombas, muy cerca de las alambradas alemanas, disparando y logrando que los alemanes no sacaran la cabeza. Tenían granadas para arrojar, pero eran casi todas de un nuevo tipo, fabricado para esta batalla. Eran granadas que había que encender con una cerilla, y la lluvia las había vuelto inutilizables. Las otras dos compañías de Middlesex pronto se lanzaron en su auxilio. El fuego de las ametralladoras las detuvo a medio camino. Sólo una de las ametralladoras alemanas seguía funcionando, las otras habían sido inutilizadas por disparos de rifle o por el fuego de mortero procedente de las trincheras. La supervivencia de aquella ametralladora es en sí una historia ( … )

Estaba de descanso, y me dormí en la trinchera sin esperar a que terminara el bombardeo. Lo mismo daba morir dormido que despierto. Por supuesto no había refugios. Yo podía fácilmente dormir durante los bombardeos, aunque tenía una vaga conciencia del ruido. Sin embargo si alguien me despertaba para hacer una guardia o gritaba: “¡Presenten armas!”, me ponía de pie al instante. Podía dormir estando sentado, de pie, mientras marchaba, tendido en un suelo de piedra, o en cualquier otra posición, en cualquier instante, de día o de noche.

GRAVES, R. (1985): Adiós a todo eso (Goodbye to All That: An Autobiography, 1929), Edhasa, Barcelona.

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